sábado, 27 de marzo de 2010

¿La “fe religiosa” es asesina?

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Escribo esto sabiendo que muchos van a disentir y a decir que llevo mis razonamientos a un extremo.

Todo arranca con la noticia de la semana pasada que dice:

Nuevos choques entre musulmanes y cristianos

Baño de sangre en Nigeria: 500 muertos

Bandas de la etnia fulani atacaron con machetes tres aldeas; muchas de las víctimas eran niños, Martes 9 de marzo de 2010

JOS, Nigeria.-A dos meses de la muerte de 300 nigerianos durante un estallido de violencia religiosa en el centro de Nigeria, ganaderos musulmanes armados atacaron en los últimos días tres aldeas cristianas, donde habrían masacrado a por los menos 500 personas en total, entre ellas mujeres y niños. Los funerales masivos de las víctimas se realizaron ayer en las tres aldeas cercanas a Jos, de mayoría musulmana, perteneciente a la etnia fulani. La prensa local destacó ayer que los residentes musulmanes de los poblados de Dogo Nahawa, Ratsat y Jeji, en el estado de Plateau, fueron advertidos del ataque dos días antes mediante mensajes de texto. Las bandas, armadas con machetes, hachas, guadañas, palos y armas de fuego, ingresaron en las aldeas al grito de "Allah akhbar" ?Dios es grande, en árabe? antes de irrumpir en los hogares y protagonizar un verdadero baño de sangre. Durante el raid mortal, de tres horas, varias iglesias también fueron blanco de la furia de los fulani, que incendiaron los templos cristianos. "Tenemos más de 500 personas asesinadas en tres aldeas, y los sobrevivientes se encuentran ocupados enterrando a sus muertos", dijo el comisionado de información de Plateau, Gregory Yenlong. "La gente fue atacada con hachas, picos, guadañas y sables. Muchos eran niños y mujeres embarazadas", agregó el funcionario. Los sobrevivientes relataron que los atacantes tuvieron la habilidad de distinguir a los fulanis de los integrantes de la etnia rival, los beroms, a través de la palabra clave "nagge", ganado, en dialecto fulani. Los que no contestaban lo correcto eran golpeados hasta morir…image

Activistas defensores de los derechos humanos dijeron ayer que la matanza parecería ser una venganza por los ataques de enero pasado, cuando la mayoría de los muertos fueron musulmanes… La explosión de violencia es la última entre dos etnias rivales que profesan religiones diferentes. En enero pasado, 326 personas fueron asesinadas durante los violentos choques en Jos, que fueron denunciados como actos de jihad (guerra santa) por los dirigentes cristianos. La imputación fue descartada por el arzobispo de Abuja, John Onaiyekan.

(Agencias DPA, AP, EFE y Reuters)

Algunos dirán que esto es producto de la pobreza, de las divisiones tribales y de influencias diversas. Seguramente muchos factores está presentes, pero la fe religiosa realimenta y justifica el exterminio del otro. Siempre ha ocurrido, la fe religiosa ha teñido de causa santa a infinitas atrocidades. Puede haber intereses económicos y políticos que engendran disputas violentas, pero esos intereses logran su cúspide letal cuando se disfrazan de, o se convierten en, una “fe” religiosa.

La fe religiosa es totalitaria. Porque toda “fe religiosa” es absoluta, no admite otras lecturas acerca de elementos esenciales y abismos en la mente del hombre: origen, destino, sentido de la existencia, comprensión del mundo que nos rodea y el universo en el que estamos. La fe religiosa tiene UNA respuesta para todo eso, no dos, ni tres, una sola.image

Quienes adopten otras visiones, interpretaciones o lecturas del universo, caen en el terreno de los “infieles”, “pecadores”, “salvajes”, “impíos”, “herejes”, etc. Depende del contexto y la época, todas esas calificaciones connotan un impulso de censura, eliminación o supresión por medio de la evangelización y/o la desaparición física.

¿Ese impulso, es siempre violento? No siempre puede ser violento, depende los contextos y cuán cercana al poder se encuentra esa “fe”. Depende cuán limitada esté la violencia por las leyes de la sociedad que se trate. En un contexto de fragilidad en la preservación de los derechos humanos, la “fe religiosa” se torna muy peligrosa. Por decirlo de otro modo, el que profesa una fe religiosa necesita de leyes que castiguen los actos violentos. Si eso no existe y se deja a la “de religiosa” actuar con libre albedrío, es muy difícil que no termine en situaciones, por decirlo suavemente, complicadas.

Los ejemplos sobran.

image Alguno puede decir que existen muchos religiosos que frente a circunstancias adversas y contra todo, han realizado obras bondadosas y de gran humanismo. Es cierto. Al igual que muchos otros, hasta me animaría a decir muchos más, que también han realizado obras magníficas sin tener en la fe religiosa su justificación. Me parece que esa argumentación no es suficiente.

También se dirá que estas derivaciones violentas se deben a las “autoridades” o “cúpulas” eclesiásticas. Tampoco me parece suficiente. No creo que la crueldad de matanzas sacrificios perpetrados por la fe religiosa dependa siempre del “oro del vaticano”. Seguramente hay detrás algún predicador, iluminado o santurrón o cosa por el estilo, pero no calificaría como cúpulas eclesiásticas”.

¿No existe la tolerancia religiosa"? yo creo que no. Lo que existe son leyes que les prohíben a unos matar a los otros. Eso genera la llamada “tolerancia religiosa”. Por otro lado, si esa tolerancia fuese genuina, es decir, “profeso una fe, pero admito como legítimo que otros puedan tener otra fe distinta a la mía”, se cayó la “fe” en pedazos. Existe entonces el “germen” de la duda y la duda “corrompe” la fe, no hay más “fe”. Las creencias que dan respuesta a todo no admiten que puedan existir legítimamente otras respuestas. Tal es el proceso que desde hace dos siglos viene ocurriendo con la fe religiosa, una progresiva popularización de la “duda”.

Entre tanto, si mi fe es sólida y universal, los demás deberán entender como es la cosa, por las buenas o por las malas. Dependerá de cuán fuerte es el contexto y cuán débil sea mi fe.

Abrí un línea 0810-deje-su-puteada.

Cali

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martes, 23 de marzo de 2010

Acuarela Final: Ha sido y es

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Esta es la última entrada sobre Acuarela. Aquí finalizo esta historia que fue un viaje compartido con gente que me ayudó muchísimo, con quienes tengo algunos de los mejores recuerdos y por sobre todo, porque todo lo hecho en esos años continúa aún de múltiples modos en cada uno de nosotros. No es historia. Son algunos de los primeros pasos que fuimos dando tanto los que aparecen en las crónicas que escribí, como aquellos que quedaron sin mencionar por razones de faltarme nombres o cosas así. Como decíamos entonces “…el rayo no cesa”.

15 Algunas de las fotos que pongo aquí corresponden a los conciertos de MIA que organizamos en marzo de 1982. Al momento de poner la anterior entrada no tenía a mano estas fotos. Bueno, para que el documento esté más completo, van aquí.

Una de las cosas que hicimos como revista en esos meses de 1982 fue colaborar en la organización de la visita a Rosario de Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1981. En cierto modo fue “pagar” una deuda que me había quedado atravesada. Colaboramos en la organización junto a la APDH de Rosario y el SERPAJ. El evento significaba jugar al límite de lo que se podía y eso no estaba exento de06 riesgos. Esa operación nos introdujo en la dinámica de disciplinarse a los infinitos recaudos que debían tomarse para esas actividades. Recuerdo que todos quienes participamos de la organización y armado de la actividad debíamos reportarnos a cierta hora de la noche con quienes teníamos de referencia, de manera de finalizar el día seguros que todo el mundo estaba de regreso en sus casas a la noche. Una dinámica que para las organizaciones de derechos humanos era usual por esos años. No puedo recordar en qué mes exactamente fue esa visita. Pero esa actividad fue parte de la explosión de cosas que hicimos aceleradamente en 109982.

Quedaron en cintas de audio y fotografías (perdidas por Popo, no me cansaré de recordárselo!) reportajes a Charly García presentando “Yendo de la cama al living”, una nota sobre Serrat inconclusa, Pérez Esquivel y pila de cosas que nunca llegaron a salir.

La última actividad pública de Acuarela fue en Octubre de 1982. No es casual para mi, ya que era el inicio de mis nuevos proyectos que ya estaban de algún modo en marcha. Se trató de una conferencia de Jorge Cappato, de Santa Fe. En ese entonces Jorge pertenecía al Centro de Protección a la Naturaleza (Santa Fe) y tenía una columna en el diario El Litoral. Debo agradecerle la información que por esos días pude acceder gracias a él.

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No hay mucho que agregar. Las actividades se estiraron, un poco porque personalmente pensaba que Acuarela debía reformularse, haciéndose “verde” y más chica, pero tampoco estaba claro y ya no era el proyecto de todos. Así que Acuarela deja de existir hacia finAA001Aales de 1982. Ya en plena campaña política y apertura “democrática”. Viene un tiempo de descubrimientos extraordinarios, la política, en su esplendor de la “juventudes políticas” y con todas sus miserias.

Ese tiempo significó que todos nos involucramos de algún modo en ayudar a reconstruir espacios políticos. Hice algunos esfuerzos iniciales con varios de Acuarela para colaborar en la formalización y legalización del PI. Luego partí hacia lo que había decido sería mi norte, la militancia “verde”, en principio, a través de organizaciones “no gubernamentales”. Esa es una nueva etapa que se había iniciado aún dentro de Acuarela.

Me alegra haberme reencontrado con tanta gente de esos años a lo largo de estos relatos y verlos que siguen, cada uno a su manera, lo que empezamos juntos.

Cali

PS: todo repentinamente toma otro color, sale el sol y aparecen las maquinas de ritmo!

lunes, 22 de marzo de 2010

Cine-Teatro “La Mar Chiquita”

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Rescato este relato maravilloso de Osvaldo Bazán: No creo que sea sólo admirable para quienes hemos vivido en uno de esos pueblitos de Santa Fe. Pasé mi infancia y comienzos de la adolescencia en un pueblo de apenas 1000 habitantes. Imagínense, que si para Osvaldo Bazán, Totoras resultaba ser New York, debo decir que para el alcance de mi imaginación Wheelwright tenía las luces de Las Vegas y Alcorta, era Detroit (de allí venía el transporte automotor). Rosario no entraba en la escala.

Mis recuerdos al cine-teatro “La Mar Chiquita”. El cine, y sala de usos múltiples, de Juncal. Hoy sólo existe en el recuerdo y en tantas fotos de graduaciones y fiestas.

Cali

 

El secreto de mis ojos

por Osvaldo Bazán, diario Crítica, 19.03.2010

No vi películas para chicos cuando era chico. No es que no haya querido. Me pasé la infancia armando mis propios álbumes de figuritas, cortando las propagandas de las películas en blanco y negro del diario La Capital para pegarlas en una carpeta de hojas blancas a la que nadie más que yo tenía acceso. Horas y horas miraba esos dibujos a lápiz de la cara de Charles Bronson o Mia Farrow. Sabía el nombre de los directores, las que eran prohibidas, las nacionales. Sabía todo lo que pasaba en el mundo Disney pero no puedo decir que mis traumas tengan que ver con la madre de Bambi: en el pueblo no había cine y a Mickey Mouse sólo lo veía en blanco y negro por televisión.

Hasta que se corrió la noticia de que en el pueblo vecino al mío, Totoras, a once kilómetros de Salto Grande por la ruta 34 en Santa Fe, la Sociedad Española se había reabierto como cine. Totoras era para nosotros, secretamente, Nueva York. Claro que nunca lo íbamos a decir, aparentábamos estar de igual a igual, pero “ellos” tenían 6.000 habitantes y “nosotros” 1.500 (ahora ambas cifras crecieron, y si bien “ellos” son ciudad y “nosotros” somos pueblo, nuestros carnavales son mejores). Que te dejaran ir solo a Totoras en el Güemes (la línea de colectivos que sigue haciendo el recorrido) era casi como que te salieran bigotes. No sin mucho pataleo fue que conseguimos, varios chicos del pueblo, que nuestros padres nos dejasen ir, domingos a la tarde, a ver dos películas. Volvíamos en el último colectivo de la noche, el de las diez. Claro que para eso nos perdíamos el final de la última de las películas. Más o menos cuando la película estaba por definirse mi hermano urgía la retirada. Siempre fue más responsable que yo, que me quedaba mirando la pantalla y si él no me tironeaba no me despegaba. Corríamos de la Sociedad Española hasta la Terminal de Ómnibus y, ya con el Güemes en marcha, nos subíamos. Tenía su parte buena: las películas terminaban como yo quería. Y yo siempre quería que terminaran bien. Durante la semana imaginaba nuevos finales, a cual más feliz.

Pero las películas de la Sociedad Española no eran películas para chicos. O sí, pero no solamente. Nosotros íbamos todos los domingos. Indiscriminadamente. El señor del cine de la Sociedad Española era el responsable de nuestra educación cinematográfica, quedaba todo en sus manos. Y no había prohibición posible. Por supuesto que vi todo el cine que había, incluso, claro, el prohibido para menores. Y como eran los primeros años 70, el cine de Totoras, como todos los del interior del país, se llenaba de películas argentinas. Recuerdo el impacto emocional que produjo en un nene de doce años una película de Fernando Ayala con guión de María Luisa Bemberg, Triángulo de cuatro, con Thelma Biral, Graciela Borges, Federico Luppi y Juan José Camero. Recuerdo unos obreros sufridos sobre una chata en Quebracho, que me había gustado más que las otras porque actuaba un chico al que yo veía en Jacinta Pichimahuida, el alumno más prolijo, el bueno.

Por suerte, a La Patagonia rebelde la dieron primera en el programa doble y así pude ver el final, cuando a Héctor Alterio le cantan el feliz cumpleaños en inglés. Desde aquel momento, en la penumbra del Salón de la Sociedad Española de Totoras, tuve una imagen clara para la palabra “traición”. Me la regaló el cine.

A pesar de que las películas eran prohibidas, en mi casa no había problemas en que las viera. En todo caso, estaban más preocupados por el viaje en el Güemes que por el contenido de las películas. Papá y mamá sabían que al día siguiente, y por toda la semana, me deberían soportar contando cada uno de los detalles de las películas, así que podían dar ellos el punto de vista que deseaban sobre lo que con Carlitos habíamos visto.
Pero una vez no nos dejaron ir.

Ni a mí ni a mi hermano, que tenía dos años más.

No era para menos.

En la Sociedad Española de Totoras se anunciaba, sola, La Mary. Que por primera vez el programa doble fuera simple y que a los chicos de Salto Grande no nos dejasen tomar el colectivo para ir al cine, hablaba de la excepcionalidad del caso y no hacía más que incentivar nuestra imaginación. Era la primera vez que no tenía que inventar sólo el final de la película. Tenía libertad para imaginar todo el film entero. Susana Giménez y Carlos Monzón.

–Parece que se mueren todos en un tranvía.

–Parece que Monzón habla con la voz de otro.

-Parece que Susana Giménez aparece desnuda en toda la película.

–Parece que se acuestan juntos desnudos y las sábanas son transparentes.

–¿Cómo transparentes?

–Transparentes, son como un celofán.

–Pero entonces transpiran mucho.

–Cuando dos se acuestan juntos en una cama, siempre transpiran mucho.

–¿Cómo sabés?

–¡Eh! ¡Tenés pelitos en las manos!

Ni Sandokán en la isla de Mompracem ni Phileas Fog y Passpartout en su vuelta al mundo en 80 días había trabajado tanto por nuestra imaginación como las sábanas transparentes de La Mary.

Por suerte, cuando dieron Juan Moreira fue la segunda del programa doble. Conocíamos el final de la historia de memoria, porque aún a principios de los 70 en pueblos como el mío de la pampa gringa andaban los circos que terminaban su show con sainetes gauchescos. Ya habíamos visto en persona al Sargento Chirino trabuquear a Moreira. Es más, con los chicos ya lo habíamos escupido lo suficiente. Por lo que me enteré más tarde, el papel de Sargento Chirino en los sainetes de los pueblos era casi como un castigo para quien tuviera que interpretarlo. No había función en que los chicos no escupieran al pobre actor y en más de un pueblo cuentan la anécdota como verdadera de que el tipo, el Chirino del momento, tenía que salir corriendo y esconderse en la comisaría, corrido por la ira de unos cuantos pueblerinos a los que se les hacía difícil diferenciar realidad de ficción. Estoy hablando de hace menos de cuarenta años, a poco más de 300 kilómetros de la Capital Federal.

Después vino la dictadura y ya no hubo películas argentinas que nos dejaran inventar finales felices.

En mi pueblo, y supongo que viendo la cantidad de gente que todos los fines de semana tomaba el Güemes para ir a Totoras a ver películas, la Sociedad Italiana reacomodó su enorme pantalla, reacondicionaron las butacas y ¡abrieron un cine! No recuerdo muchos días de alegría tan completa como el día en que entré al cine de mi pueblo, a sólo dos cuadras de casa. Me sentía en Hollywood: salía de casa y ¡a dos cuadras tenía el cine! Es cierto, había algunos inconvenientes menores, pero… ¿qué importaban?

El Turco Aruachán abrió el cine en Salto Grande y se llenaba. Claro que, para abaratar costos, compartía las películas con un cine de otro pueblo, Serodino, a unos cuantos kilómetros del mío, por caminos de tierra. (Hoy me gusta imaginar que habré visto alguna película en la misma copia que Juan José Saer, que era de Serodino). El Salón de la Sociedad Italiana tenía –tiene– techos altísimos y un escenario imponente, que conocíamos de los actos escolares. Ahí fueron y serán las fiestas de casamiento y las de quince y las de conscripción (sí, todos los años, en la época de la colimba, todos los jóvenes sorteados para hacerla se presentaban de traje serio en el escenario y se hacía un baile. Tuve el mío, aunque me había salvado por número bajo. Hace sólo treinta años, a poco más de 300 kilómetros del Obelisco).

Un día, ya a comienzos de los 80, con doble programa de Los Incorregibles –esa de los franceses vagos que recuerdo con alegría supongo que porque no volví a ver jamás– faltando una media hora para terminar la última de la saga, se encendieron las luces del cine. Desde lo alto del balcón interior de la sala el Turco Aruachán salió y gritó para todos: “¡Muchachos, terminó! La moto de Serodino no va a llegar”.

Y pude volver a imaginar el final de la película.

Ya no hay cines en pueblitos como el mío.

Allá se siguen imaginando el final de las películas.