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martes, 24 de marzo de 2015

24 de marzo – memoria para aprender

Viví la dictadura militar 1976-1983 durante mi adolescencia. Creo haber vivido lo que pasaba entonces bastante más conscientemente que la media de la población argentina. Ninguna virtud extraordinaria, sólo tener la suerte de haber estado rodeado de gente más informada que uno.

He relatado aquí en varias oportunidades situaciones y sensaciones que vivimos en aquellos años y que aún hoy las tenemos incorporadas como reflejos de autoprotección.

Pero lo que quiero destacar hoy es que trato de comprender a las millones de personas que apoyaron entonces la dictadura, con mayor o menor vehemencia. Todos los apoyos les sirvieron a la dictadura para hacer lo que hizo.

Ahora, lo que pido es a aquellos que hayan apoyado a la dictadura, ya sea por ignorancia, por temor, comodidad o falta de integridad, que ejerciten una dosis de reflexión y humildad ante lo sucedido, ante la siempre compleja realidad que transitamos. Debo suponer que el error que cometieron, apoyando la dictadura, los haga comprender mejor algunas cosas tales como la violencia, la intolerancia y el valor de la libertad.

Creo que los errores se pueden superar. Creo en la evolución de la inteligencia y la experiencia humana.

Pero lo que no tolero, o me resulta extremadamente desagradable y de una deshonestidad intelectual y humana inmensa, es quienes habiendo sido amigables con la dictadura, hoy se hayan convertido en feroces jueces de la moral ajena y espías despiadados del pasado de los demás.

A veces la militancia feroz anti-dictadura de los conversos, me hace pensar que son los mismos de siempre. Antes y ahora. Prefirieron, en el pasado, “las cosas en su lugar”, por las buenas o por la malas. Prefirieron un liderazgo cruel que pusiera en blanco o negro a la sociedad, una sociedad sin matices, una sociedad monocorde. Hoy, por métodos infinitamente más suaves, persiguen una realidad que les sea cómoda a su manera de pensar, sin matices y sin disidencias.

La dictadura nos dejó sus secuelas. Ya las superaremos, con más ejercicio de la democracia y menos comisarios políticos.

Cali

miércoles, 9 de julio de 2014

Mi cicatriz mundial


Escribo esto a pocas horas de que Argentina tenga su semifinal con Holanda. Entonces quiero contarles que tengo un profundo placer cuando miro futbol, me encanta el juego, lo he practicado y creo entenderlo a mi manera.
Pero nunca me verán gritando goles, asumiendo alguna actitud demasiado expresiva, particularmente en los mundiales. Sucede que estas contiendas activan mecanismos, actitudes y se movilizan símbolos y palabras que me renuevan el dolor de ciertas heridas que acarreo.
Viví el Mundial 78 con 18 años. Sabía lo que ocurría con la poca información de la que disponíamos entonces, me recuerdo a mí mismo diciendo “¿serán 15.000!?” en un altillo de zona sur en Rosario, mientras mirábamos revisas europeas a las que mejor no preguntar cómo habíamos accedido a ellas. Mis convicciones profundamente anti-milicas me convertía, y a una banda de amigos, rockeros todos, en fantasmas dentro de la Ciudad.
La efervescencia de ese invierno, las banderas, el patriotismo idiota que se desplegaba al mismo tiempo que una operación de encubrimiento descomunal se desplegaba por los medios apelando a la pasión futbolera y los valores de la familia argentina. Odio ese invierno maldito. Lo odio como pocas cosas.
Odio cada partido de ese mundial. Odio esa fiesta inaugural y a Videla hablando ante un país-cuartel del que era perfectamente y orgullosamente EXTRANJERO. Tal como Charly García nos cantaba en “botas locas” desde unos cassetes clandestinos.

Definitivamente no me sentía parte de “La Fiesta de Todos”, fiesta cuartelera, asesina y de la que fue parte una hipócrita argentina.
 
En la final, los jugadores holandeses se negaron a recibir la medalla del segundo puesto de manos de Videla. Ya habían dado la nota mostrándose con las Madres de Plaza de Mayo y haciendo críticas declaraciones a la prensa, que obviamente se conocieron mucho después. Para mí los holandeses fueron entonces un pequeño ejemplo de dignidad en medio de la miseria. La gran figura holandesa de aquellos años, Johan Cruyff, repentinamente decidió no participar del mundial. Se sospechaba no querer ser parte del mundial de una dictadura.
Durante 1979 la fiesta siguió, el mundial juvenil en Japón (ya con Maradona) y el aniversario del mundial con un partido amistoso entre Argentina y Holanda, esta vez en Holanda, pero allí las cosas ya no serían lo mismo. Durante ese partido aparecían una misteriosa banda que tapaba uno de los arcos. He aquí lo que sucedió y que disfruté mucho.

El cartel “Videla Asesino” y luego “militares son miseria y represión” fueron vistos por todo el mundo, aquí sólo en los primeros minutos hasta que se avivaron.
A todo esto, transcurría el conflicto con Chile por el Beagle, del cual nos salvó el Cardenal Zamoré enviado por el Papa. Estábamos ya a los tiros con Chile a finales de 1978. Así eran esos años de fiesta futbolera.
Soldados_Argentinos_Marchan
Para continuar con tragedias y futbol, en plena guerra del Malvinas, en 1982, durante ese junio invernal, ver a los argentinos agolpados en los bares frente al televisor mirando el Mundial de España ya colmaba todo lo que se podía tolerar. Una sociedad alienada, estúpidamente triunfalista y que había decidido hacerse la distraída de todo, porque ya cualquiera podía saber lo que pasaba acá nomás y lo que estaba sucediendo en las islas con lo pibes cagados de hambre y frío y la matanza que se venía.

Así las cosas, los mundiales me dejaron una cicatriz. No volví a ver partidos de mundiales hasta 1990. El del 1986 no vi absolutamente nada, ningún partido. En 1990 vi algo y poco a poco, pude volver a mirar los partidos y disfrutar de una manera discreta. Por eso no me pidan que hoy grite o me lamente demasiado. No me verán jamás en ningún festejo futbolero en mundiales. Esa ya no tiene vuelta atrás. Dichosos los que pueden hacerlo porque son parte de otra historia. La mía sólo me permite ver el partido como si fuera un eterno extranjero, que disfruta del espectáculo y la alegría de los demás. Hasta allí llego.
Cali

domingo, 6 de mayo de 2012

Para la tribuna que lo mira por TV


Se sabe que el gobierno está en una escalada planificada de cara a la los Juegos Olímpicos en Londres. Quiere “Malvinizar” esos juegos y está construyendo el clima, el relato y la épica a una estrategia que no pasa de la provocación y la búsqueda de la reacción del otro. Una vez lograda la reacción, ya sea un insulto, un chiflido, un gesto de rechazo, entonces sí, el nacionalismo “victimista” tendrá su pieza de colección. ¿Malvinas? no pasará nada, lo que importa es el relato y alimentar la pasión.
El spot malvinero de estos días es una pieza en esa construcción. Torpe por donde se lo mire. Generó el obvio rechazo de los habitantes de Malvinas y de Inglaterra. Pero también provocó rechazo entre los deportistas que participaron de la sexta edición de la Maratón de las Islas Malvinas, oportunidad utilizada subrepticiamente para filmar el spot. Su intención, opuesta al espíritu deportivo con el que se desarrollaron esos juegos, provocó el rechazo de los propios impulsores de la participación argentina en esa maratón. Entre los deportistas que hablaron está el testimonio patético de quien es el protagonista del spot, sin haberlo sabido, aparentemente.
El Comité Olímpico Internacional (COI) reaccionó y pidió que “no se politicen” los juegos y rechazó el aviso. La propia empresa publicitara Young & Rubicam manifestó su desacuerdo con el spot, que sus mismo creativos habían “craneado” y solicitó suspender su emisión. Un papelón importante la de estos muchachos.
Una semana antes la embajadora argentina en Inglaterra, Alicia Castro, protagonizó un episodio en una conferencia del canciller británico, haciendo un reclamo, cuyo contenido pasa a ser lo menos importante, por el contrario, es la forma la que permite encender los ánimos de manera confusa. Una estrategia más apropiada para una organización que procura visibilizarse que la de un representante gubernamental. No quiero decir que deben guardarse a rajatabla las formas diplomáticas recoletas y pacatas. Pero, la estudiantina, protagonizada por un funcionario de un gobierno que ejerce plenamente su poder, me parece una frivolidad que pulveriza la seriedad del reclamo. La ubicación de Alicia Castro en funciones diplomáticas en Londres este año, saliendo de Venezuela, obedece al plan malvinero a desarrollarse de cara a los Juegos Olímpicos.
Hoy leo que el ciclista Luis Curuchet, quien participará en los Juegos de Londres, teme que los atletas argentinos sean silbados en las competencias. Tal episodio, en realidad, sería el resultado buscado por el gobierno. Si eso ocurre, habrá sido un éxito y los atletas podrán ser recibidos como nuevos “héroes” de Malvinas en la Casa de Gobierno.
Nada tiene que vincularse entre el deporte y los conflictos políticos, mucho menos, cuando ha corrido sangre debido a ese conflicto. Pero la estrategia elegida es la más riesgosa, de altísimo impacto, no hay duda, pero de muy dudosos resultados.
También leo hoy que el gobierno nacional ha cerrado varios nuevo contratos para importar gas licuado por vía marítima durante 2012. Uno de esos contratos es con la petrolera británica BP.
Para la tribuna que lo mira por TV.  


domingo, 8 de abril de 2012

Hubo uno que no fue

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Veo que se ha hecho una reivindicación merecida a Raúl Alfonsín en relación a Malvinas. Me parece un ejercicio de memoria en serio.
Se suele decir que los “chicos de Malvinas” murieron por la patria. Siempre me pareció un patraña esa frase. Obvio que no hablo del sentimiento  con que los chicos actuaron allá. Me refiero que al decirlo, unos cuantos, muchos, esconden sus agachadas. No murieron por la patria, murieron por un gobierno asesino y miles de cobardes que aplaudieron.
Entre esos miles de cobardes, hubo algunos con enorme responsabilidad y que nunca hicieron su autocrítica. Entre ellos, la dirigencia política de entonces. Los actuales dirigentes políticos de esos mismos partidos jamás hicieron una revisión de tal actuación.
Me refiero a todo esto en varios artículo aquí, por ejemplo, en ¿Pedirán perdón alguna vez?
Clarín, 08/04/12
“En 1982, partió un avión militar con los principales dirigentes de todo el arco político para apoyar la guerra. Hubo uno que no fue”. Ese es el texto del afiche que muestra la foto de Raúl Alfonsín y que salió a pegar la UCR-Morena, la agrupación que lidera Ricardo Alfonsín. El afiche recuerda que, ante la Guerra de las Malvinas, Alfonsín fue uno de los pocos políticos argentinos que se opuso a la acción militar en las islas y sostuvo que su finalidad era lograr el “fortalecimiento de la dictadura”. El ex presidente no participó del viaje de varios dirigentes políticos y sindicales para asistir a la asunción del nuevo gobernador militar de las islas, el general Mario Benjamín Menéndez.

lunes, 6 de febrero de 2012

Malvinas: abusos y olvidos selectivos

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Durante la semana pasada tuve una serie de mensaje de supuestas agrupaciones de la JP vía twitter donde se me acusaba de “cipayo”, entre otras cosas, debido a mis reflexiones sobre los dichos de CFK en relación a Malvinas. He dicho entonces, y reitero nuevamente, aquella expresión “el patriotismo es el último refugio de los canallas” y Malvinas ha servido y sirve como excusa para muchas canalladas.
CFK, entre otras cosas, criticó al “ambientalismo” por no decir nada sobre la depredación de los recursos naturales en el área de Malvinas. Una mentira, una picardía, que mezclada con el caldo malvinero, no dudo en calificarla de canallada.
Malvinas ha dado para todo. Hay mucho publicado en este blog al respecto. Una sola cosa quiero repetir, antes de dar lugar a una excelente nota de Beatriz Sarlo, de hace unos días: ¿cuándo el Partido Justicialista, al igual que la mayoría de la partidocracia argentina, pedirá perdón por haber apoyado a los militares en la aventura de 1982?
Cali
La memoria de la guerra de Malvinas sigue siendo inabordable como mito nacional

El patriotismo despótico

Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION 27/1/12

 
La reaparición de la presidenta Cristina Kirchner trajo dos buenas noticias. La primera fue la reafirmación de una voluntad de diálogo pacífico con Gran Bretaña sobre la cuestión Malvinas. La segunda, la difusión, por primera vez pública, del Informe Rattenbach. Frente a lo que podría haber sido una escalada verbal, se adoptó el más firme y modesto camino de la sensatez. ¿Por qué se ha tardado treinta años para que el Estado diera a conocer el Informe Rattenbach? Malvinas es un absceso envenenado de la sensibilidad patriótica nacional. Hagamos un poco de historia.
En abril de 1982, el país consumía el alucinógeno del patriotismo despótico, cuya visión era "Ya ganamos", en la que se mezclaban la bravata y el desconocimiento. Celebrityland estaba a sus anchas. Después de años de entonar el estribillo de la dictadura -"los argentinos somos derechos y humanos"-, muchos "famosos" (periodistas incluidos) se emocionaban por una causa buena. En las kermeses televisivas se donaban joyas para la gran guerra en la que "nuestro ejército" (el mismo que había exterminado a miles) se cubría de gloria en el Atlántico Sur. Alrededor del Obelisco, pacíficas mujeres tejían para los soldados. En las escuelas, los chicos escribían conmovedoras cartitas, destinadas a los paquetes de provisiones y de regalos (muchos de esos paquetes se encontraron luego en la reventa). En Plaza de Mayo, Galtieri, rodeado de una multitud, se entregaba con desparpajo a la exaltación del machismo belicista. Fue una borrachera: "Si quieren venir que vengan -dijo-, les presentaremos batalla". Parecía una novela latinoamericana de dictadores. Aunque, si pensamos en la literatura, fue la novela de Fogwill, Los pichiciegos , la que dio la versión más realista de la guerra. Para leer hoy en el colegio secundario.
Flamearon los pañuelos blancos de las Madres con la curiosa leyenda "Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también". Casi sin excepciones, lo que quedaba del peronismo setentista y la izquierda se hizo malvinero, con la descarrilada ilusión de que se ganaba la guerra y, acto seguido, se cambiaba el fusil de hombro y se pasaba a desalojar a la dictadura. Muchos exiliados querían participar y hubo para todos los gustos, desde documentos y foros hasta planes para embarcarse hacia las islas desde algún aeropuerto latinoamericano, como si eso fuera posible. En Plaza de Mayo se agitaron más banderas argentinas que durante el Mundial del 78, un récord difícil de empatar y que también está esperando un análisis crítico.
Los políticos de la multipartidaria desvariaban, y sólo Raúl Alfonsín se animó a llamar a la guerra "un cepo patriótico". Contadas excepciones dentro del territorio argentino: el marxista Carlos Brocato, y un grupo casi invisible de intelectuales que hicieron circular sus ideas como pudieron, ya que la prensa no publicaba posiciones contrarias a la guerra.
En San Telmo, Adolfo Pérez Esquivel hablaba con unos pocos, y organizaba con músicos jóvenes un concierto por la paz. Graciela Fernández Meijide recuerda que la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos no pudo lograr una posición única. El triunfalismo fue el hipnótico sueño de casi todos: se podía derrotar a Gran Bretaña; Estados Unidos abandonaba a su aliado del Atlántico Norte, y los militares, que hasta ese momento sólo habían demostrado ser diligentes ejecutores de gente mayormente en cautiverio o derrotada, tenían cualidades para organizar una guerra de verdad.
El Informe, que el ejército encargó al respetado general Benjamín Rattenbach, fue abiertamente crítico de la preparación militar y diplomática, la estrategia y la conducción de la guerra. Es una pieza fundamental de la historia militar de Malvinas. Sin embargo, no se difundió. En 2006, este diario publicó una entrevista con su hijo, el músico y coronel Augusto Rattenbach, quien sostuvo que al Informe se le arrancaron páginas. Los treinta años de la guerra son una gran oportunidad y la Presidenta lo ha comprendido. El Informe caracteriza a la guerra como "aventura". Esto no complica solamente a los responsables sino que obliga a revisar el sentimiento nacionalista malvinero de los civiles.
En la Argentina, el gobierno y muchas organizaciones sociales han abierto un nuevo capítulo de "políticas de la memoria". No es el primero, como se pretende, pero es el más extenso y detallado. El deber de recordar ha sido defendido con tanta fuerza como el derecho a recordar. El gobierno reivindica las políticas de la memoria como articulación central de su política de derechos humanos. No se clausura el pasado y, en ese sentido, hay razón, porque el pasado fue demasiado terrible como para desplazarlo de la conciencia del presente. Desde el Nunca más hasta hoy, el conocimiento y la condena se han extendido. No muchos países en el mundo pueden presentar tal récord de juicios y condenas, realizados en democracia, en tribunales locales, con jueces locales.
Sin embargo, la memoria de la guerra de Malvinas hasta ahora ha seguido siendo inabordable como mito nacional. En un reportaje reciente, el canciller Timerman cuenta que, hace muchos años, en un primer diálogo con Cristina Kirchner, tanto lo impresionó su posición respecto de las islas que le dijo: "Sos muy malvinera". Era una comprobación, no una crítica. Pero el adjetivo "malvinero" no es neutro.
En 1982, la Argentina cometió un error gigantesco que llevó a la muerte a cientos de conscriptos y afectó la vida de miles, atropellando el principio de que los conflictos territoriales no deben abordarse jamás por medios armados. Y desestimando que la población de las islas parece tener una opinión adversa a vivir bajo soberanía argentina. Ese error es parte de la memoria reconquistada por la democracia, sobre todo porque la acción de la dictadura fue apoyada por amplias mayorías.
La difusión del Informe Rattenbach rompe oficialmente un tabú. Ese tabú existe porque, en el caso Malvinas, no es posible adjudicar todo el mal a los militares. También la sociedad argentina tiene que revisar su historia de entusiasmo frenético. También los políticos, que en su mayoría apoyaron la invasión, deben mencionar explícitamente que esa acción errónea e injusta fue un abalorio de la política interior, y que las islas fueron usadas del mismo modo por Thatcher, y ahora por David Cameron, que por Galtieri. Cameron acusó a la Argentina de ser una potencia colonialista. Dicho por un británico, la frase es absurda. Tan absurda que no provoca en el gobierno una escalada, ni siquiera verbal. En su discurso del miércoles, la Presidenta ha dado señas de comprender que el tema Malvinas exige un discurso tranquilo, no patriotismo de agitación. Hace pocas horas se designó a Alicia Castro como embajadora en Gran Bretaña. Castro viene del mismo cargo en Venezuela y su chavismo es ardiente. Los símbolos pesan en la diplomacia. Sin embargo, confiemos en que, como sucede con los funcionarios kirchneristas que quieren retener su cargo, no abrirá la boca fuera del guión presidencial.
El martes pasado, en un acto a metros de la embajada de Gran Bretaña, los asistentes, organizados por la Juventud Peronista del Movimiento Evita, gritaban "fuera ingleses de las Malvinas, fuera yanquis de América latina", tal el lema de la convocatoria. En ese clima, la consigna más exaltante era un clásico futbolero: "el que no salta?". Sobre el palco, que compartía con Emilio Pérsico, Fernando "Chino" Navarro mostró más prudencia. "Esta iniciativa -dijo- tiene que ver con la paz; le reclamamos a Gran Bretaña que negocie racionalmente. Lo queremos hacer en el marco de la paz y el diálogo. Le decimos a la Presidenta: cuente con nosotros en el marco de la paz y la legalidad, para que las Malvinas sean argentinas, pero también cuente con nosotros para que, en la patria, no haya un solo pobre". De algún modo, en las frases citadas hay una advertencia. En cinco minutos exactos, se repite "paz y diálogo" unas diez veces. Y también se pone un horizonte: el presente no culmina en una reivindicación territorial sino social. Por eso el acto comenzó con el Himno y terminó con la marcha peronista transmitida desde los equipos de sonido del palco.
En efecto, es una pobre identidad la que se sostiene como identidad territorial, sobre todo en el caso de una nación como la Argentina que, lejos de lo que se piensa en círculos donde el irredentismo es una mística, no padeció una historia de despojos en sus fronteras, sino de despojos fronteras adentro: pueblos originarios, viejos y nuevos pobres de todo origen, recursos naturales, depredación del medio ambiente, ésos son los temas abiertos. Los otros quedan para un museo razonado del desvarío nacionalista sin principios y para los tiempos lentos del diálogo en los foros internacionales.
La Presidenta tiró toda la responsabilidad sobre la locura malvinera a los militares. Es una verdad a medias, exculpatoria de una sociedad que se dejó arrebatar y aceptó que la dictadura se travistiera con un neblinoso manto patriótico. En un país que quiere una memoria completa del pasado, es necesario reconocer estos hechos, entre otras razones para honrar a los caídos y hacer justicia a los veteranos. No para convalidar el nacionalismo malvinero, sino para ofrecerles un lugar como víctimas, separado de los jefes que los condujeron a la aventura.

martes, 5 de abril de 2011

Nunca más! (no al “nunca digas nunca”)

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Debo confesar que la creciente movilización, expresiones de repudio y actividades vinculadas a la memoria del 24 de marzo de 1976 me despierta sentimientos contradictorios. Preferí que pasaran unos días de la fecha conmemorativa para poder escribirlo sin los calores del aniversario y procurando ser todo lo claro que pueda ser.
Por supuesto que es todo ganancia que haya una convicción cada vez más fuerte y masiva de que algo así no debe suceder “Nunca Más”. 
Lo que que también me sucede, como con muchas otras cosas que pasan en la Argentina actual, es que estas expresiones me resultan sobreactuadas, con mucho gesto y cotillón para la tribuna y con muy poca autocrítica, diría que ninguna. Un “nunca más” convertido en efeméride simplista, casi escolar, con una lectura con buenos muy buenos y malos, muy malos. Una lectura que no alcanza a dimensionar la espesura de lo que aconteció en la Argentina.
Francamente, me pone en alerta de que algo no está del todo bien cuando veo que muchos espectros que deberían quedar atrás con un verdadero “Nunca Más”, están encaramados en varios de los escenarios de estos actos desde donde dictan cátedra de “memoria”, “derechos humanos” y apego a la “democracia”. Cuidado, que si ejercitamos la memoria, el “Nunca Más” se llevaría puestos a varios del top ten gubernamental y opositor. O por lo menos, deberían bajar el dedito acusador o usarlo con más cuidado.
Se que lo que digo va en dirección opuesta a la opinión mayoritaria. Pero bueno, tengo un compromiso conmigo que no me permite tener memoria selectiva para con estos temas tan  básicos y definitorios.
No creo que sea necesario que me extienda aquí recordando y destacando a los criminales de la dictadura. No creo que eso sea necesario. Por las dudas, aclaro a quienes me conocen poco, que desprecio en forma absoluta y radical cualquier cosa que se asimile al alma militar y sus instituciones. Mi desprecio, parafraseando a Serrat, es un desprecio de antes de la guerra.
Pero es mi profundo asco a la matanza sucedida y el estropicio que generaron que se me hace imposible olvidar el activo “colaboracionismo” (antes, durante y después) con la dictadura de muchos, realmente muchos, de los que hoy están en el coro de esta “cruzada” por la memoria. No entiendo eso. Yo no los olvido en el papel que jugaron, no tienen ante mí excusa alguna, sólo pedir perdón, una autocrítica o hacer un respetuoso silencio. Por supuesto que me parce valioso verlos en el sitio que ahora se ponen, pero que no se hagan los jueces de los demás.
Vamos por partes: 
ANTES de la dictadura.
Creo que no hace falta que me detenga en los dinosaurios cuarteleros. Ahora bien, ¿Hace falta mencionar el absoluto desprecio por la democracia, sus propias vidas y de las ajenas con que militaban fervientemente en ese entonces una enorme cantidad de dirigentes políticos y sociales? Algunos de ellos, sobrevivientes de lo que ocurrió, son hoy funcionarios, legisladores y dirigentes sociales que encabezan y participan en muchos de los actos de los 24 de marzo? Y no hablo sólo del “oficialismo”.  
La democracia era para ellos una tontería burguesa. Despreciaban cualquier defensa del sistema democrático. El coctel que generaron junto con los golpistas de siempre, la mentalidad retrógrada de militares y políticos que vivían en las cavernas del pensamiento más brutal, fue determinante para que la sociedad argentina aceptara mansamente la llegada de los militares nuevamente al poder. Esta vez con la furia más grande que hayamos presenciado.
Nunca una autocrítica. Nunca una reflexión sincera.
Cuando uno dice estas cosas, rápidamente surge el “vos defendés la teoría de los dos demonios”. Nunca entendí cabalmente esa expresión. Si eso supone equiparar responsabilidades y el peso de los crímenes cometidos, definitivamente, no es así. Lo peligroso de esa frase es que me suena a tratar de anular la existencia de un infierno en la Argentina donde varios demonios hacían pata ancha a los tiros. Yo no puedo olvidarlo ni ignorarlo. El que opte por una historia simplona, que lo haga. Pero será una historia injusta, y como toda injusticia, es dolorosa. Un ejercicio de memoria ficticia no alcanza para un verdadero “nunca más”.
Lo sucedido en la Argentina a partir de marzo de 1973, cuando se realizan las elecciones en las que resulta elegido Héctor Cámpora, para mí no admite atenuantes. La feroz interna peronista generó un caos en la que por derecha e izquierda, lo que menos importaba era la opinión de la gente, del “pueblo”, como se decía entonces, y poco importaba el derecho de los demás, incluso el de elegir un gobierno. image
El verdadero poder se disputaba por medio de los “fierros”, aparatos y matones. Por derecha e izquierda. Lo que podía caer en el medio, poco importaba. Unos defendían lo que entendían era el espíritu más puro de la nación, una réplica en escala de la ideología del nazismo, otros querían una revolución “fast track” y sin tanto papeleo.
Durante esos años, 1973, 1974 y 1975, hubo una acción política enferma de militarismo, violencia y soberbia. Quien profundice en esos años verá con horror cómo nos deslizábamos hacia el abismo. Muchos activos dirigentes de esa locura tenían una ambivalente actitud frente al golpismo que esperaba agazapado. Eso también es “colaboracionismo”, diferente, pero de igual efecto letal como el que se pregonaba desde algunos partidos políticos y medios de comunicación. Aunque ahora sólo se quiera mirar y poner el acento en el “rol de los medios”.

DURANTE la dictadura.
Y comienza la masacre a una escala inédita. Caen detenidos dirigentes políticos y sociales de todo orden, algunas se salvarán, la mayoría no. Afuera, el colaboracionismo era importante. Se habla mucho de los medios de comunicación. Pero muy parcialmente.
No es mi idea al escribir esto, estar tirando nombres, primero porque son muchos, y porque, a priori, me suena mal hacerlo. Pero de cada cosa que menciono, hay nombres y nombres. Pero hay un caso que es sublime por lo ridículo del caso y porque ha estado en el candelero hace un año atrás, en el anterior aniversario del golpe. Uno de los principales ministros del actual gobierno publicaba en esos días inaugurales de la masacre un diario especialmente dedicado a defender la dictadura y la “oportuna” intervención militar. Insisto, quisiera evitar dar nombres, no quiero caer en eso de tirar prontuarios (como hoy se acostumbra), pero el caso de Twitterman es un chiste, grotesco y criminal.image
Lo anterior, sólo lo señalo como ejemplo de la endeble seriedad que tiene el cargar las tintas de manera excluyente sobre los medios de comunicación. Es cierto, hubo mucho canalla en los medios. Pero también hubo refugios, entrelíneas y actitudes nobles en casi todos los medios, incluso en los tan vapuleados en estos días. El colaboracionismo era importante en los dirigentes empresariales, la iglesia, y desde la grasada artística en que se convirtió la TV y el cine en esos años. Algunos de esos personajes, luego fueron democráticos, militando en las filas de partidos populares, llegando incluso a puestos claves de gobierno.
Hay nobles y heroicas excepciones. Hay bajezas increíbles.
La cúspide del colaboracionismo se vivió durante la guerra de Malvinas. Casualmente, esta semana se cumple un nuevo aniversario que debería también ser asociado a la consigna “Nunca Más!”. Quien frecuente este blog, sabrá que para mi es una de esas cúspides de la bajeza moral de la dirigencia política y del pueblo argentino. Los máximos dirigentes políticos y muchos militantes de base, algunos de ellos ahora en el gobierno y en el congreso, aplaudieron, colaboraron y vivaron esa masacre de pibes indefensos. Lo hacían con intrincados argumentos y alambicados conceptos histórico-ideológicos, todos empujaron esa locura. Viajaron con los militares a las islas a bendecir la operación, por supuesto antes de que silbaran las balas.
Los recuerdo a los representantes de los partidos políticos nacionales y populares allí, felicitando a Galtieri y Menéndez. ¿Qué pasaba en las cárceles clandestinas en ese momento?. ¿Qué pasaba con las madres desesperadas entonces?. ¿Qué pasaba si Thatcher decidía que el entuerto Malvinas lo dejaba para resolver más adelante? Lo pienso, y me da escalofríos. ¿Cómo pudieron ir a las islas? ¿Cómo pudieron bendecir lo que iba a ser una masacre de pibes o un indulto fenomenal para la dictadura?. Cualquiera de las dos hipótesis era inaceptable. Pero las aceptaron. Es bueno tomarse el trabajo de investigar si algún partido político tuvo el atrevimiento de decirlo que NO a los militares. Repito, muchos de los que alentaron todo eso, hoy son legisladores. Algunos en las primeras líneas del oficialismo y también de la oposición.
Por supuesto, luego fueron los críticos de la improvisación de la operación y se despegaron apresuradamente.
Hay nobles y heroicas excepciones. hay bajezas increíbles.
Entre las figuras políticas de la época, cabe mencionar a Alfonsín, como lo he hecho anteriormente. Es una de esas excepciones, aunque no se lo quieran reconocer, por especulación política y porque llevaría implícitamente un mea culpa.
¿Recuerdan la auto-amnistía de los militares en 1983?. En abril de ese año, mediante decreto, los militares ordenan la destrucción de toda la documentación existente sobre la represión y asesinatos de desaparecidos. Se emite un documento “final” sobre esos años. Luego, en septiembre, se dicta la "Autoamnistía", llamada ley de Pacificación Nacional, para los miembros de las fuerzas armadas por los actos cometidos en la guerra contra la subversión.
El “dialogoguismo” de alguna dirigencia política y sindical durante esos meses le permitieron creer al gobierno militar que podían ponerle un apresurado punto final a sus delitos. Ese dialoguismo fue denunciado por Alfonsín en marzo de 1983, el llamado “pacto sindical-militar”. No quiero extenderme en opiniones personales, me parece que hay opiniones infinitamente más autorizadas que la mía. Tomo un reportaje a Alberto Piccinini, secretario de la UOM de Villa Constitución, del 1 de abril del 2009 (La política on line)
Cuando en 1983 se recuperó la democracia se quería recuperar la representación en todos los ámbitos. Por eso, la propuesta de Raúl Alfonsín era hacer elecciones libres en todos los gremios. La idea era que se limpiaran los sindicatos de los dirigentes aggiornados que habían sido cómplices de la dictadura militar y se eligieran democráticamente nuevas autoridades. Pero en la Cámara de Diputados, donde había mayoría peronista no se aprobó el proyecto de ley. No hubo la relación de fuerzas suficiente.
¿Le faltó apoyo de la oposición dentro del Congreso solamente o tampoco lo tenía dentro del movimiento obrero?
No, de los dos.
¿Qué sectores del sindicalismo eran los que presionaban más para que nada cambiara?
No eran sólo sectores del sindicalismo, sino también sectores políticos allegados a los gremios y a los militares. Para dar una idea, a nosotros nos metieron presos gente del sindicato en el gobierno de Isabel Perón en 1975. Hubo muchas complicidades. Era lo que en ese entonces se le decía el pacto sindical-militar. Cuando cae en el Congreso, comienza a debilitarse Alfonsín frente al sindicalismo aggiornado. Ahí –en 1984- fue cuando Antonio Mucci se tuvo que ir del Ministerio de Trabajo. Su ida fue una concesión que le dio Alfonsín al sindicalismo de Saúl Ubaldini. Quizás si hubiera usado más la fuerza, la democracia se hubiera profundizado.
¿Qué tipo de fuerza?
Tendría que haber aplicado la autoridad que le había dado la mayoría del pueblo argentino en las elecciones. Ante una dictadura militar había que intervenir todos los sindicatos y llamara a elecciones democráticas libres, donde los compañeros pudieran participar. El gobierno que recibió la mayoría de los votos populares, debería haber intervenido todos los sindicatos porque en muchos de ellos se encontraban dirigentes que habían sido cómplices de la dictadura militar. Se tendría que haber removido a todas las autoridades y reelegirlas en un proceso democrático.
Pero no lo hizo.
¿Pero podía hacerlo frente a un sindicalismo que le hizo 13 paros nacionales en seis años?
Creo que sí.
¿Cómo ve a la distancia esos 13 paros nacionales que el sindicalismo le realizó a Alfonsín?
Fue la manera de demostrar la relación de fuerzas. La lucha política se define de esa manera. Yo no estaba de acuerdo. Pero eso demuestra que los sectores antidemocráticos querían cercenarle el proyecto democrático que quería establecer Alfonsín.
¿Se los podría considerar en aquella época como actos golpistas?
Sí, claro. No me gusta el término, pero sí. Los paros nacionales eran actos para cercenarle el poder.
Quien reproduzca el discurso de que el golpismo y el colaboracionismo fueron propiedades excluyentes de Clarín, flaco favor le hace a la verdad.

POST- Dictadura
Cuando lo militares estaban aún de pié y las pistolas aún calientes, el juicio a las juntas fue de los actos más heroicos y determinantes de la democracia. Aún así, el final de Alfonsín comienza con la entrega del “punto final” (diciembre 1986) y la “obediencia debida” (junio 1987), limitando así las investigaciones a los militares. Esa claudicación obedece a una debacle política y social que excede a los efectos de la hiperinflación y la impericia radical. Desde el final de los juicios, en 1985, el gobierno estuvo permanentemente amenazado por las Fuerzas Armadas que se negaban a aceptar los enjuiciamientos. La democracia parecía tambalear en cualquier momento.
La Ley de Punto Final tampoco fue suficiente y en la Semana Santa de 1987 se produce una nueva rebelión militar de los “carapintadas” al mando de Aldo Rico. Eran los “héroes de Malvinas” y no estaban dispuestos a obedecer al Alfonsín. El país estuvo al borde del colapso otra vez. La fuerzas Armadas no obedecían al gobierno civil. En junio se aprueba la “Obediencia Debida”. Tampoco fue suficiente, hubo nuevo planteos militares del sector “carapintada”, con Rico y Seineldín a la cabeza, durante 1988, el 18 de enero y 1 de diciembre, y un permanente estado de insubordinación de las Fuerzas Armadas. Por si algo faltaba al golpismo reinante, el MTP produce el copamiento del regimiento La Tablada en enero de 1989.
En medio de la hiperhinflación, la violencia y el fenómeno, no siempre espontáneo, de los saqueos, las elecciones nacionales que debieron haber sido en diciembre de 1989, se adelantaron para mayo de ese año. Todos los sectores que hicieron caer o facilitaron la caída del gobierno (mercados, medios y oposición) condicionaron de manera suicida a lo que vendría después. Y  vino, por supuesto. Y no era nada difícil advertirlo por esos días. Otra vez, no hay atenuantes. image
Con Carlos Menem, vinieron los indultos. Ya no era ponerle un límite a la actuación de la justicia, ahora se trataba directamente de borrar lo ya juzgado. Menem asume en julio de 1989. La primera serie de indultos los firma en octubre de 1989, la segunda serie, en diciembre de 1990. Los indultos les cabían a militares ya juzgados, lideres guerrilleros y hasta a los líderes de las rebeliones militares de los años recientes.
El de Menem era un gobierno que nació con una política en materia de derechos humanos muy clara desde el primer día. Sin embargo parece ser que muchos que fueron parte de ese gobierno, o lo aplaudieron, o simplemente callaron, descubrieron recientemente qué cosas pasaron en los 90.
Muy tarde para mi gusto. Cobardía, acomodarse a los tiempos y/ flojitos de convicciones.
Mientras las cosas pasaban, muchos de los hoy notables promotores de escraches a periodistas, gobernaban provincias, intendencias, eran ministros, militantes del justicialismo gobernante o del principal partido aliado de Menen, la UCD, cuando la UCD tuvo su momento de gloria. En este “colaboracionismo” con la impunidad hicieron su aporte primeras líneas del actual gobierno y a buena parte de la oposición.
Todos los que fueron parte del gobierno de Menem, que duró hasta finales de 1999, fueron cómplices de semejante estropicio. Todos los que callaron teniendo importantes cargos y posiciones, también. Son contadas las excepciones de los funcionarios nacionales de primer rango que hayan hecho oír su voz en esos días. No lo hizo Néstor Kirchner, por más que ahora lo quieran canonizar. Ni tantos otros ministros actuales y pasados. 
A mi juicio el “Nunca Más” debe representar un categórico repudio al golpismo, al colaboracionismo y un sincero acto de autocrítica por parte de quienes trabajaron, de un modo u otro, para la impunidad y el olvido. Antes, durante y después. Cuando veo los afiches con la cara de Mirtha Legrand o Magdalena Ruiz Guiñazú, siento un profunda injusticia y por supuesto, sospecho un linda manera de desviar la atención, buscando chivos expiatorios y no hacerse cargo nada.
Por eso me es tan contradictorio estas plazas de los 24 de marzo.
Cali
PS: lo que sigue es… no sé como calificarlo.
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Llevan a niños a escupir fotos de periodistas

El Día de la Memoria frente al Congreso, varios chicos escupieron fotos de Grondona, Morales Solá y Mirtha Legrand, entre otros.
29.03.2011 (diario Perfil)
Mirtha Legrand, uno de los personajes escupidos por los chicos.
"Escupí tu bronca". Con esos carteles, justo arriba de inodoros apostados en la puerta del Congreso, la asociación La Poderosa armó un gran "escupidero público" el pasado 24 de marzo, para escrachar a periodistas, empresarios y otros personajes públicos al conmemorarse el Día de la Memoria.
Acompañados por sus padres, se pudo ver a gran cantidad de niños que, casi como un juego infantil, escupían las fotos de personalidades como Mirtha Legrand, la dueña de Clarín Ernestina Herrera de Noble, el periodista Joaquín Morales Solá o el empresario Franco Macri, entre otros. Los mayores los observaban entre risas.
Este evento fue parte de una campaña ese día, que incluyó una pegatina por toda la Avenida de Mayo con las fotos de distintos periodistas y personalidades bajo el título “Cómplices”.
A través de un fotomontaje, se podía ver en los carteles a periodistas como Mariano Grondona, Chiche Gelblung, Morales Solá, Mauro Viale y Aldo Proietto, entre otros, con gorros similares a los usados por las Fuerzas armadas.