Esta madrugada me ha sorprendido la muerte de Tomás Eloy Martínez, uno de los más grandes periodistas y escritores que teníamos hasta hace unas horas. Digo teníamos porque es parte del valioso capital que tenemos como sociedad. He hecho algunas referencias a su trabajo a lo largo del blog. Quiero mencionar que mi última lectura de Tomás Eloy Martínez fue “La pasión según Trelew”, en su edición de 2009.
Recomiendo enfáticamente su lectura, porque su poderoso texto original, su investigación periodística en tiempo real de los hechos ocurridos en 1972, siguen repercutiendo hoy cuando siguen los juicios a los militares involucrados en los hechos. En esos juicios, la investigación de Eloy Martínez es una de las fuentes de información. Esta edición contiene nuevos textos y un epílogo de otra gran periodista, Susana Viau.
Desde hace muchos años no soy nada adicto a la ficción. Excepto aquella que me lleva a los lugares de la no ficción que me obsesionan y, hasta podría decir, me desvelan. Hice un comentario bastante similar al haber leído Historia del Llanto.
Acabo de pasarme desvelado 10 horas arriba de un avión sin poder despegarme de un libro. A veces me quedaba dormido, para despertarme al rato y seguir enloquecido con el relato hasta devorarlo por completo. Un relato en clave borrosa, de locura, extravío y contrariedades. Justo para leerla en ese estado de apasionamiento y semi-adormecimiento, donde las visiones y confusiones de los personajes (y de la Argentina) hacían perfecta coincidencia. Mientras atravesaba el Atlántico, “El Purgatorio” (2008), la última novela de Tomás Eloy Martínez, me llevó varias veces a las lágrimas y a caer desmayado en medio de las locuras que en la Argentina nos ha impregnado a todos.
El relato tiene el acompañamiento recurrente de Keith Jarrett con su Köln Concert, otra obra de un poseso que se sentó al piano y sacó algo que partió cabezas y aguas. Me duermo tratando de recordar esas notas tantas veces escuchadas. Ahora puedo escucharlas de nuevo. Es la primera parte, ojo, es larga y deja sin aire.
Es una novela donde la ficción y la realidad se mezclan con varios de los tópicos recurrentes y obsesivos en mí: la dictadura, la violencia política, los militares, el patrioterismo, el exilio, los fragmentos de argentinos que encuentro recurrentemente lejos del país como parte de un rompecabezas que a veces sueño que se vuelvan a juntar para armar y poder ver bien de qué se trataba.
Es un golpe, un ataque de locura extraordinario esta novela de Tomás Eloy Martínez. Para muchos críticos esta novela es consagratoria. Según lo reproduce la editorial Alfaguara, The New York Times considera que “Tomás Eloy Martínez afirma su lugar entre los mejores escritores de América Latina”.
Reproduzco un artículo que dice bastante más de lo que yo puedo decir
Cali
Domingo, 02/11/2008
Purgatorio, lo nuevo de Tomás Eloy Martínez
Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista argentino, presenta su próxima novela "Purgatorio", la cual será editado por Alfaguara. Todo sobre el adelanto de su obra.
Tomás Eloy Martínez, publicó a los 17 años, su primer texto en La Gaceta. Diario para el cual sigue siendo colaborador. Se inició periodísticamente allí, para luego convertirse en uno de los más destacados exponentes del oficio.
Es autor de dos libros clásicos de la literatura argentina: La novela de Perón y Santa Evita. Esta última es la novela argentina más traducida de todos los tiempos.
Su obra recibió críticas laudatorias de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Ganó el premio Alfaguara por El vuelo de la reina, y fue finalista del Man Booker International Prize, la distinción literaria más relevante del mundo después del Nobel. Es Writer in Residence por la Universidad de Rutgers (EE.UU.), donde dirige el programa de Estudios Latinoamericanos.
Comentan de su novela:
En el invierno de 1976 Simón Cardoso es detenido por los militares y nunca más aparece. Treinta años más tarde, su mujer, Emilia Dupuy, se paraliza al reencontrarlo en New Jersey. El mundo, que se había desmoronado con la tragedia, recobra su luz. Excepto por un detalle: para el ausente el tiempo no ha transcurrido. A partir de este enigma se enlaza la ansiedad del amor perdido y recuperado con una reconstrucción magistral de la irrealidad siniestra creada por el régimen.
Tomás Eloy Martínez vivió en el exilio y escribió este relato conmovedor e inolvidable en busca de la memoria que no pudo tener. Con maestría avanza sobre la débil línea entre verdad e ilusión, y expande la novela más allá de los límites del género.
"Dicen que es mi mejor novela, pero no sé."
(va otro fragmento del Köln Concert)
En una entrevista que le hizo el diario la nación se publicó lo siguiente Transcurría julio y el que así hablaba, sin el menor rasgo de envanecimiento ni de esperanza, era Tomás Eloy Martínez. Estaba sentado a una mesa de Hapenning en Puerto Madero, donde comemos cada vez que nos encontramos. Tomás pide siempre un ojo de bife bien jugoso y una ensalada. Ese día de julio venía algo fatigado y débil por una convalecencia, y sobre todo, a raíz de una tarea titánica: haberles puesto el punto final a trescientas páginas de Purgatorio, su séptima novela.
Su agente literario en Estados Unidos, Thomas Colchie, se había entusiasmado tanto que hablaba de una obra maestra, y varios editores extranjeros (ya compraron el libro para publicarlo en el gran país del norte, en Alemania, Inglaterra, España, Brasil y toda América Latina) cantaban loas luego de haber leído el original. Y sin embargo, Tomás Eloy se tomaba todo esto con escepticismo profesional, con incredulidad periodística. "Ya sabés que siempre que termino una novela me entra una gran inseguridad, Jorge –me recordó–. Siempre me pregunto: ¿estará bien?, ¿cometí errores?, ¿estaré yo aquí?" La última pregunta alude a la necesidad del escritor de saber si ha dejado su marca íntima en la obra, si ha conseguido algo vivo y verdadero, un soplo de honestidad, luego de haber hecho la carpintería racional de la estructura.
Cierta noche, cenando con Fito Páez, le pregunté cómo hace para elegir, entre tantas canciones que compone en su casa, las doce que meterá en un disco. Fito me contestó algo asombroso: "Sólo edito las que, al escucharlas de nuevo, más me extrañan, aquellas en las que menos me reconozco. En las demás soy otros, imito a otros, pero en las canciones en que no me reconozco estoy yo".
Desde Santa Evita, donde se jugó el pellejo en muchos niveles, Tomás no había producido un texto tan comprometido y personal. En Purgatorio Tomás Eloy Martínez dejó algo suyo muy en serio. Dejó también una cosa inusual en la literatura argentina moderna: un personaje femenino lleno de matices. No una mujer simbólica o alegórica, sino una mujer verdadera. Ya se sabe: cuando es buena, la ficción es más verdadera que la verdad.
Esa protagonista aparece en el primer párrafo, que inevitablemente hace pensar en el García Márquez de El amor en los tiempos del cólera y, sobre todo, en el que llevó los sortilegios del realismo mágico a la actualidad urbana en aquellos Doce cuentos peregrinos. Escribe Tomás: "Hacía treinta años que Simón Cardoso había muerto cuando Emilia Dupuy, su esposa, lo encontró a la hora del almuerzo en el salón reservado de Trudy Tuesday". Emilia es una argentina que vive en Nueva Jersey –como Tomás Eloy, que aparece como personaje de la novela–, cuyo marido fue secuestrado (y presuntamente asesinado) durante la dictadura militar. Pero a no confundirse: Purgatorio es un libro sobre desaparecidos que sin embargo no muestra campos de concentración ni tortura. Que convierte al desaparecido en un aparecido, por lo tanto, en un fantasma. Que indaga en el vacío patológico que produce la incertidumbre eterna en los familiares de los desaparecidos. Que lo hace en el formato de una dolorosa novela de amor, con algo de intriga fantástica, y que sólo utiliza el contexto histórico como siniestro y por momentos grotesco telón de fondo. "¿Qué es desaparecer para quien queda en el mundo de los vivos? –dijo Tomás aquella vez en Hapenning–. Ésa es la gran pregunta que llevé cinco o seis años adentro. Además, el libro nace de la necesidad de cubrir el hueco de lo que no viví en tiempos de la dictadura. Yo no estuve ni un solo día en la Argentina mientras ocurrían aquellos horrores. Traté entonces de reconstruir el espíritu argentino de la época. Por qué dejamos que nos pasara eso. Qué pasó con nuestra conciencia como sociedad."
Escribió, esta vez, sin un plan. Y a cada rato tenía que armar una línea de tiempo, porque la novela está hecha de saltos temporales magistralmente dosificados. La razón está en la página 90, donde Tomás dice que lo sublime de un novelista radica en practicar con acierto "el arte de escamotear lo sustancial para ir dejándolo caer de a poco".
"Antes me iba por los afluentes de la trama, ¿sabés? –me dijo a los postres–. En Santa Evita escribí cien páginas que no iban a ninguna parte y tuve que tirarlas a la basura. En Purgatorio fui derecho al asunto. Nunca me perdí en los recodos." El asunto era muy simple: crear a Emilia. Hacerla inolvidable. Lo consiguió.
La Gaceta nos acerca un interesante adelanto.
“Hacía treinta años que Simón Cardoso había muerto cuando Emilia Dupuy, su esposa, lo encontró a la hora del almuerzo en el salón reservado de Trudy Tuesday. Dos desconocidos hablaban con él en uno de los boxes del fondo. Emilia creyó que había entrado a un lugar equivocado y su primer impulso fue retroceder, alejarse, volver a la realidad de la que venía. Se quedó sin aliento, con la garganta seca, y tuvo que apoyarse en la barra del bar. Llevaba toda una vida buscándolo y había imaginado la escena incontables veces, pero ahora que sucedía se daba cuenta de que no estaba preparada. Se le llenaban los ojos de lágrimas, quería gritar su nombre, correr hacia su mesa y abrazarlo. Para lo único que tenía fuerzas, sin embargo, era para no caer redonda en medio del restaurante llamando la atención como una tonta. Apenas pudo caminó hacia el box contiguo al de Simón y se sentó en silencio a esperar que la reconociera. Mientras tanto, tendría que fingir indiferencia y quedarse callada aunque la sangre le batiera las sienes y el corazón se le saliera por la boca. Hizo señas para que le sirvieran un brandy doble. Necesitaba tranquilizarse, no temer que los sentidos se le confundieran como a su madre. Algunos sentidos la traicionaban a veces, perdía el olfato, se desorientaba en calles que conocía de memoria y se acostaba oyendo canciones idiotas que no sabía cómo llegaban a su equipo de música. Volvió a mirar el box de Simón. Quería asegurarse de que era él. Lo vio entre los desconocidos, de frente, hablándoles con animación. No le quedaban dudas: eran sus ademanes, la curva de su cuello, el lunar oscuro bajo el ojo derecho. No sólo era sorprendente que su marido estuviera vivo. Más inexplicable era que no hubiera envejecido. Seguía clavado en los treinta y tres años y hasta su ropa era la de antes. Llevaba los pantalones pata de elefante que ya nadie se atrevía a usar, una camisa abierta de cuello grande como las de John Travolta en Fiebre de sábado por la noche, las patillas y el pelo largo de otra época. Para Emilia, en cambio, el tiempo había pasado naturalmente y su cuerpo la ponía incómoda. Las ojeras y los músculos de la cara delataban a una mujer de sesenta años, mientras que a él no se le veía una sola arruga. Había imaginado infinitas veces la escena en que volvía a encontrarlo y en ninguna, en ninguna, se le había cruzado la cuestión de la edad. Este desajuste del tiempo la obligaba a revisar lo que tenía previsto. ¿Y si por azar Simón se hubiera vuelto a casar? La sola idea de que viviera con otra mujer la atormentaba. En todos estos años jamás había dudado de que su marido la seguía amando. Podía haber tenido relaciones ocasionales, lo comprendería, pero después del calvario que habían vivido juntos, no concebía que la hubiera reemplazado. La situación no era ya la misma, sin embargo. Ahora él podía ser su hijo.
Volvió a observarlo con más detalle. La espantó lo mucho que él desentonaba con la realidad. Representaba la mitad de los sesenta y tres años que debían declarar sus documentos. Le vino a la memoria una foto de Julio Cortázar tomada en París a fines de 1964, cuando el escritor, nacido al comenzar la Primera Guerra, parecía también su propio hijo. Quizá Simón tenía en la piel, como Cortázar, unas arrugas finas que sólo se notaban de cerca, pero lo que le oía decir en la mesa contigua, a sus espaldas, era de una juventud desafiante, y hasta el timbre de la voz era el de un muchacho, como si el tiempo fuera una cinta sinfín y él hubiera estado corriendo sin adelantar un solo día. Emilia se resignó a esperar. Abrió la novela de Somerset Maugham que llevaba consigo. Le pasaba algo extraño con el libro. Llegaba al extremo de una línea y tropezaba con una especie de barrera que le impedía avanzar. No porque Maugham le pareciera aburrido. Al contrario, la entretenía muchísimo. Había tenido una experiencia parecida con la versión en DVD de Muerte en Venecia. A poco de haber comenzado la película, cuando Dirk Bogarde contemplaba, turbado, al bello adolescente Tadzio saliendo del mar del Lido, la imagen daba un salto y regresaba a las conversaciones en ruso -¿o era alemán?- de los bañistas y los vendedores de frambuesas en la playa. Emilia supuso por un instante que el director repetía las vulgaridades de los veraneantes para dar otra lección de realismo crítico y trató de pasar a la escena siguiente. Pero la imagen de Tadzio sacudiéndose el agua de mar volvía, obstinada, acompañada por el mismo acorde de la Quinta Sinfonía de Mahler. Dos noches después, cuando se agotaba el plazo para devolver la película, Emilia la puso otra vez en el DVD y pudo llegar hasta el trágico final. Sabía que la vejez le acentuaba la torpeza, pero confiaba en que con un poco más de atención podría corregirlo.
Las voces de los hombres en el box de al lado la exasperaban. Quería concentrarse sólo en la voz de Simón y todo lo que la apartara de él le resultaba intolerable. En un restaurante donde rara vez se oía otra cosa que el acento arrastrado y nasal de New Jersey, los dos hombres intercalaban en su rústico inglés palabras técnicas e interjecciones escandinavas. Mencionaban los vectores del programa Microstation, que también se usaba en Hammond, donde ella trabajaba. Sin que viniera a cuento, uno de los desconocidos repitió lecciones que se aprenden en las primeras clases de Cartografía. Los mapas, dijo, son copias imperfectas de la realidad, que describen en superficies planas lo que en verdad son volúmenes, cursos de agua en perpetuo movimiento, montañas afectadas por la erosión y los derrumbes. Los mapas son ficciones mal escritas, siguió. Demasiada información y ninguna historia. Mapas eran los de antes: donde había nada creaban mundos. Lo que no se sabía, se imaginaba. El mapa de Africa que hizo Buonsignori, ¿se acuerdan?, continuó el hombre, con el reino de Canze, de Melinde, de Zaflan, puras invenciones. Del lago de Zaflan nacía el Nilo, y así. En vez de orientar a los caminantes les hacían olvidar el camino. Los desconocidos pasaban de un tema a otro sin detener el torrente. Emilia recordó el mapa de Buonsignori. ¿Lo había soñado, lo había visto en Florencia o en el Vaticano? Las voces la mareaban. No conseguía cazar las palabras completas. Llegaban a sus oídos desgarradas, en hilachas. Una frase que parecía a punto de tener sentido era interrumpida por los camiones de bomberos o por la queja animal de las ambulancias.
El hombre de voz más ronca y gastada dijo que no perdieran el tiempo y discutieran de una vez sobre la expedición a Kaffeklubben. Qué locura, Kaffeklubben, se dijo Emilia. Una islita de nada, al noroeste de Groenlandia, la última Thule donde doblaban hacia la perdición todos los vientos del mundo. Organicemos la expedición cuanto antes, insistió el ronco. En Copenhague creen que hay otro peñasco más al norte. Si no existe, nada nos impide imaginarlo.
Let’s think more about that, let’s think more, los cortó Simón. Emilia se sobresaltó. Reconocía su voz, pero en lo que decía quedaban pocos rasgos del Simón de antes. Este personaje hablaba un inglés fluido, pronunciaba con cuidado las consonantes finales, think, let’s, con una dicción británica inalcanzable para el marido, que jamás había sido capaz de leer ni siquiera los manuales técnicos en otros idiomas. ¿Qué hace que una persona sea quien es? No la música o el ripio de sus palabras, no las líneas del cuerpo, nada que esté a la vista. Se había engañado más de una vez corriendo en la calle detrás de hombres que caminaban como Simón, o que dejaban tras de sí el vapor de un perfume que le evocaba su nuca y cuando los miraba de frente quedaba desolada, ¿por qué no hay dos personas iguales, por qué los muertos ni siquiera se enteran de que han muerto? El Simón que hablaba a tres pasos de su mesa era el de hace treinta años pero no el mismo de diez minutos antes. Algo en él se modificaba demasiado rápido para darle alcance. Se le escapaba otra vez, por Dios, ¿o era más bien ella que lo perdía? No me dejes otra vez, Simón querido. No voy a despegarme de tu lado. No voy a permitir que te vayas solo. La verdadera identidad de las personas son los recuerdos, se tranquilizó. Yo recuerdo todo su ayer como si fuera ya, se dijo, y lo que él recuerde de mí seguirá siendo parte de su ser verdadero. Recuérdalo, tráelo, no lo pierdas.
Emilia se incorporó, se paró frente a él y, resuelta, lo miró a los ojos. Querido, querido mío, ¿dónde estabas?
El le devolvió la mirada, le sonrió sin turbación ni sorpresa, y se despidió de los escandinavos. Luego encaró a Emilia como si la hubiera visto el día anterior.
Tenemos que hablar, ¿no es cierto? Salgamos de aquí. No le dio una sola explicación, no le preguntó cómo estaba, qué le había pasado en todos esos años. Nada que ver con el Simón cortés y atento con el que había vivido. Emilia pagó el brandy, tomó del brazo a su marido y caminó hacia la calle”.
Me apareció entre una parva de archivos bajados de Internet, de búsquedas que había iniciado hacía más de un año atrás. Se trata de Spinetta en vivo en el programa “Cuál es”, de Mario Pergolini, en junio de 2007. Ni recordaba haberlo buscado y días atrás lo descubrí ya completo. La sorpresa es más grata ya que allí hace el tema “contra todos los males de este mundo” (tema nada frecuente en su repertorio). Había dicho que el segundo disco de Spinetta Jade era todo un amuleto por allá en los finales del 81. Entonces, antes de continuar, comparto este hallazgo cuyo titulo usé en la entrada anterior.
Hacer este recorrido por los números de Acuarela me hizo volver sobre cuadernos, sobres, cajones, archivos y fotografías que habían quedado cerrados y olvidados. Este ejercicio me motivó, cada vez más, a revisar un montón de papeles y documentos que habían quedado atrás y darles ahora un significado renovado. Estos días, en uno de esos bares de playa que ponen a disposición de los clientes libros y revistas, me encontré con un texto de Tomás Eloy Martínez (“El poder y la historia”, 1996) donde dice “nada refleja tanto el vértigo de la vida como la exhumación de papeles viejos”. Bien.
Con la convicción de que algo de lo que dice Tomás Eloy Martínez realmente sucede, sigo con el contenido del número 4 de Acuarela.
Luego de la nota ya comentada con Paco de Lucía vienen agrupadas una serie de poesías: "Resolución del instante" de Willy Harvey. "Vienes a mi como un silencio blanco" de Miguel Gomez Drummel. Luego una poesía sin nombre de Mario Perone y la infaltable de Rubén Vedovaldi:
Irene (suelta gorriones a la puesta del sol)
Irene teje y llueve
sus manos viejas
secas de amor
se caen otra vez.
Irene
es el último otoño
su cara está muerta
contra la ventana;
Una blanca y callada
tijera de penas
esta tarde ha cortado
el hilo de su respiración...
Y esa lluvia llama en el cristal
esa lluvia llora en el cristal
esa lluvia rota de esperar
es la tarde final
suelta gorriones a la puesta del sol
suelta dolores a la puesta del sol.
(escrita en el verano de 1975).
Ecología Humana II (Parte 2): Continuando la serie de notas publicadas sobre este tema, que queríamos ubicar en un sitio destacado, quiero citar un fragmento que muestra, por un lado, la fragilidad de nuestro conocimiento en ese momento pero, por otro lado, el temprano alerta que dábamos sobre varios temas, en particular sobre el cambio climático, hoy reconocido como la más grande amenaza ambiental de la humanidad. Repasando el impacto producto de diversas emisiones, la nota dice: “el monóxido de carbono, producido abundantemente por automotores y responsable de la teoría del efecto invernadero, la cual postula el calentamiento terráqueo ya que este óxido impide la salida de calor desde la Tierra al espacio”. Todo bien, excepto que se trata del dióxido de carbono y no el monóxido de carbono! De todos modos, vale señalar que el tema, completamente desconocido entonces, era aún una teoría que apenas había convocado a una reunión en 1980, en el marco de la ONU, sin mayor trascendencia. Recién en 1988 se creó por la Organización Metereológica Mundial (OMM) y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático), panel de expertos científicos sobre el tema, y recién en los ´90s llegarán la convención, protocolos y todo lo que hoy conocemos.
El gráfico muestra que las temperaturas medias globales a comienzos de los ´80 estaban en el rango medio de las temperaturas de la segunda mitad del siglo produciéndose un rápido ascenso durante la década siguiente y continuando de manera imparable hasta hoy.
Esta serie de notas sobre ecología estuvieron a cargo de Lelio Acetti (en la foto, enseñándole a armar a Guillermo, siguiendo con la serie de fotos de Carcarañá)
Reunión con Litto Nebbia: Una de las notas más importantes de este número, una entrevista a Litto Nebbia quien había llegado a Rosario como parte de su reencuentro con el público argentino luego de su exilio en México. Nebbia había estado dando una serie de conciertos en La Trastienda y por el interior del país apenas bajado del avión que lo trajo de vuelta a la Argentina. Con su característica hiper-productividad, ese año edita 4 discos, mucho material era parte de grabaciones realizadas en México y Estados Unidos.
Una de las nuevas canciones compuestas en México y que estaba estrenando por aquel año era “sólo se trata de vivir”:
Durante 1981 se produce el regreso al país de varios artistas que se habían exiliado, algunos de manera forzosa, otros, empujados por las malas condiciones de trabajo existentes durante esos años. El retorno de muchos de ellos muestra la ínfima, pero aún así, notoria flexibilidad que ese año tuvo el régimen. La nostalgia y la necesidad de volver al país de muchos de ellos fueron, en realidad, factores más poderosos que el real cambio de circunstancias en el país.
Juan L. Ortiz. Una puerta a la suprasensibilidad: nota dedicada a "juanele", poeta que recién comenzaba a conocer y en eso me ayudó Oscar Bondaz. Esta nota es un aporte importante de Oscar, con algo de biografía y algunas claves sobre el valor de su obra. Juan L. Ortíz , un hombre que desarrolló su obra con humildad y en silencio, hoy valorado por fuera de toda tendencia o forma literaria "firmemente arraigado a su provincia entrerriana y en constante comunión con la naturaleza, vivió para la poesía a la que se entregó enteramente con una inclaudicable fidelidad".
Una aproximación interesante a "juanele" es un reportaje realizado en 1972 y publicado en Crisis (1989). Hay un fragmento del mismo en el diario El Liberal (Santiago del Estero).
En parte, la genialidad de "juanele" y las historias de Oscar (foto abajo) nos decidieron a viajar, ese verano a Entre Ríos para ver si, aunque sea, por ósmosis, nos enriquecíamos de esa poesía y esa gente.
En el disco "Litoral" (2005) de Liliana Herrero se incluye "Fui al río" de Juan L. Ortiz.
“Cacho, el astronauta”: historieta de la cual ya conté la anécdota.
“Nos están diciendo”: una sección que responde a los mensajes que habían comenzado a llegar a partir de la distribución de la revista o referencias publicadas en revistas como “Pan Caliente” o “Expreso Imaginario”. En este caso, cartas desde Montevideo y San Lorenzo fueron las destacadas.
“Propuestas”: página final con los más variados ingredientes. Referencias a la aparición de los números 1 de las revisas rosarinas “Oscar y el reloj” (con ella conocimos a Reynaldo Sietecase), “Cráter” y “Gestus”. También saludamos el número 7 de "Invisible", una referencia importante de la ciudad de Santa Fe. El circuito alternativo crecía en calidad y cantidad.
También hacemos un comentario sobre la trayectoria de un legendario grupo de rock de la ciudad, Oasis (nacidos en 1973). Editaban sus producciones independientes en cassettes. Aún hoy siguen haciendo sus cosas, una alegría saber que no paran.
En materia de radio, destaco la referencia a un programa entrañable realizado en la ciudad de Santa Fe (Radio Nacional Santa Fe), “La Pirámide”, donde se podía escuchar lo más avanzado y desconocido en materia de rock progresivo y experimental. “Jazz & Pop”, por Radio Nacional Rosario. Ciclo antológico de jazz los domingos por la tarde. Pasaron de ser un programa admirado, a ser amigos nuestros y terminamos haciendo programas con ellos. En ese ejercicio de eclecticismo que practicábamos, hicimos por esos días, en "Jazz & Pop" un programa especial por la aparición de “En tránsito” de Serrat. El disco no sólo era bueno e inaugura un nuevo sonido de Serrat, yo ya estaba medio loco armando una nota extensa sobre la obra de Serrat que comenzaría a publicarse en el número 5.
Finalmente entramos en el verano del 81/82 en un vértigo para nosotros inédito. En diciembre sale el número 4, ese enero comienza una serie de conciertos auspiciados por las revistas que durará todo el verano, otras actividades organizadas por Acuarela arrancarían en el mismo mes de enero y no se detendrían en el resto del año. No había tiempo que desperdiciar. Sentíamos que eran meses claves. La llegada de Galtieri a la presidencia había sido una respuesta de los militares a la agitación que había empezado a colarse por las grietas del régimen. El “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar...” surgía de manera tímida pero cada vez más frecuente, podía ser en un recital, una obra de teatro, en un cine…
En la primera quincena de enero del ´82 realizamos un viaje “iniciático” a Entre Ríos, entre otras cosas, a conocer los pagos de Oscar Bondaz, como señalé antes. Un viaje inolvidable del que, por supuesto, no hay foto alguna!: Rosario, Santa Fe, Paraná, Villa Elisa, San José, Colón, Concepción del Uruguay, Gualeguay, haciendo campamento en Banco Pelay y en el camping del viejo molino en el arroyo Urquiza.
De toda lamúsica que sonaba durante esos días en Entre Ríos, entre chamamés, The Wall y otras yerbas, sobresale el trabajo de un, hasta ese momento, desconocido Raimundo Fagner, que se descolgó ese año con su disco "Traduzir-ce". Una mezcla extraña que nos atrapó a todos durante esos meses.