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sábado, 7 de diciembre de 2013

Las promesas incumplidas

La política resolvió sus tensiones; no hubo un nuevo golpe militar, pero la realidad comprobó que sólo con democracia no se come ni se educa.

Por Beatriz Sarlo, en Revista Ñ  (06/12/13)

10 DE DICIEMBRE DE 1983. Euforia en Plaza de Mayo por la asunción de Raúl Alfonsín como presidente.10 DE DICIEMBRE DE 1983. Euforia en Plaza de Mayo por la asunción de Raúl Alfonsín como presidente.

Los argentinos jóvenes sólo vivieron en democracia. Muchos son pobres y seguirán siéndolo. Esto es lo que no quisiera olvidar. Lo demás está casi todo en la Web.

El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín, al asumir la presidencia ante la Asamblea Legislativa, dijo: “¿De qué serviría el protagonismo popular, de qué serviría el sufragio, si luego los gobernantes, elegidos a través del voto, se dejaran corromper por los poderosos?” Yo no recordaba esa pregunta. Al leerla hoy, veo que lo que sucedió en la década menemista estaba encerrado entre esos signos de interrogación. Néstor Kirchner creyó que tenía su respuesta, que incluía una corte de poderosos alentados por su propio gobierno. La pregunta de Alfonsín pone en escena el drama de la política. En el momento mismo en que se recuperaba la democracia, el presidente electo enunciaba el obstáculo que la democracia iba a encontrar inexorablemente.

De aquella mañana de diciembre de 1983 recuerdo la alegría y la luz. No atendí la advertencia. Nunca fui más feliz y creo que muchos podrían decir lo mismo. Días después, un decreto presidencial ordenó el juicio a las Juntas Militares. Lo escuché por radio, emocionada, incrédula. Contra todo pronóstico, pero cumpliendo una promesa electoral, Alfonsín abría un tiempo de justicia, en las peores condiciones, porque los represores conservaban su poder de fuego.

En abril de 1987, desde la televisión pública, Mónica Gutiérrez y Carlos Campolongo miraban la cámara, nos miraban y decían: “Apague el televisor y venga a la Plaza”. Horas después, desde el balcón de la casa de gobierno, Alfonsín dijo: “Para evitar derramamientos de sangre di instrucciones a los mandos del Ejército para que no se procediera a la represión. Y hoy podemos dar todos gracias a Dios. La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Le pido al pueblo que ha ingresado a la Plaza de Mayo que vuelva a sus casas a besar a sus hijos y a celebrar las Pascuas en paz en la Argentina”. El primer capítulo de la hora de justicia se cerraba con la ley de Obediencia Debida. Pero antes habíamos visto el asombroso plano de televisión que mostraba a los comandantes en el momento de su condena y habíamos escuchado el alegato del fiscal Strassera.CLAROSCUROS. Días después de asumir la presidencia, Alfonsín ordenó por decreto el Juicio a las Juntas Militares.

Imagen blanco y negro de Víctor Bugge, fotógrafo presidencial: a mediados de 1989, Menem y Alfonsín caminan por el parque de la residencia de Olivos. “A mí Alfonsín me confesó que lo había convocado a Menem para proponerle el adelanto de la asunción. El le preguntó a Menem cuándo quería asumir y la respuesta fue: ya. No sabían que yo les iba a sacar la foto. Fue hecha con un lente especial y los seguí siempre de espaldas”. Luz tamizada sobre los cuerpos trajeados (un corte a la moda, el de Menem; el saco amplio y abierto de Alfonsín). Dos hombres de espalda caminan por un sendero que ni uno ni otro conocían del todo. Menem avanzaba hacia la traición de lo que había prometido a sus votantes; Alfonsín se retiraba derrotado. Los grises de la fotografía tienen ese carácter melancólico que conviene más al Presidente que tuvo que irse unos meses antes de cumplir su mandato. En esos cinco años y algunos meses transcurridos desde diciembre de 1983 había cambiado la luz.

El video-game de la convertibilidad

Otra imagen: una mañana en Santa Fe, donde sesionaba la Asamblea Constituyente que le otorgó a Menem la reelección y al país la Constitución de 1994. Desde el palco de visitantes, paso la vista sobre la sala: Chacho Alvarez, la cabeza de una alternativa republicana y social, tal como creímos muchos hasta que aceptó la fórmula con De la Rúa; Carlos Auyero, el hombre de larga experiencia y temperamento paciente; Elisa Carrió, en su restallante primera presentación en escena nacional; Palito Ortega, Reutemann, que Menem había llevado a la política inaugurando un camino que luego seguirá casi todo el mundo; y los clásicos: Cafiero, el príncipe peronista; Alfonsín, con sus carpetas. Por un momento creí que en esa sala, presidida por Eduardo Menem, transcurría la historia. Afuera, manifestaciones de colegios católicos rodeaban la sede para impedir lo que consideraban el peligro máximo: la despenalización del aborto.

Otra fotografía en el más restallante tecnicolor de los noventa: apoyado en el techo de una Ferrari roja, el cuerpo en diagonal, de mocasines, pantalón azul claro y camisa blanca, Menem es el emperador del capitalismo. Son los años en que hay fotos de Menem con todo el mundo: Charly García, Mick Jagger, Maradona (que repiten con Cristina Kirchner), Susana Giménez, Mirtha Legrand. Menem, maestro de la photo-opportunity, desenvuelto, cachafaz, simpático, en sintonía con los cambios culturales de la Argentina, no inventados acá, pero exagerados hasta la caricatura. Fotos de Menem futbolista, de Menem jugando al básquet, al tenis, de viaje con su hija. Un álbum de caprichos: los noventa son los coloridos años glam de un país que se iba convirtiendo en oscura aguafuerte. 1991. La preocupación por el precio del dólar se agravó con la hiperinflación y arrastró al

Durante esos años falsos, los argentinos de capas medias adoraron un ídolo atractivo y cruel, cuyo rito fue el video-game de la convertibilidad. Mientras el juego transcurría hasta el definitivo game-over de ese tótem suicida, la Argentina se dividía en dos países, que, hasta hoy, no han borrado sus límites aunque se discutan las cifras de pobreza. El país de Miami (real o imaginario: Miami estaba en los nuevos shoppings tanto como en la Florida) y el país de la Villa Miseria, no simplemente como tipo de urbanización precaria sino como concepto. La villa miseria es un complejo atlas con muchos mapas: el de la indigencia, el desempleo, la precariedad, el narcotráfico, la desigualdad y la inseguridad para siempre (o como si fuera para siempre, porque quien la sufre no hace diferencias temporales ni periodiza como si tuviera futuro).

Eso fue transcurriendo durante la cínica década menemista y los dos años de la Alianza, impotente, desarmada, cautelosa hasta la inercia, inmovilizada por sus promesas electorales (seguir con el uno a uno, un peso un dólar, el fantasy que se jugaba en las terminales bancarias). Nunca lo habíamos visto antes, ni tan generalizado ni tan homogéneo en todo el territorio. No teníamos idea de lo que era una pobreza consolidada y para siempre (para siempre, en la vida, es una década porque, después de ese transcurso penoso, quedan marcas que ni se borran ni se olvidan). Entrábamos al nuevo siglo con las promesas rotas: con la democracia no se comía ni se educaba. Precisamente porque, como lo dijo Alfonsín en su discurso inaugural, la democracia corre siempre el peligro de atarse al carro de los más ricos y de ser asaltada por los aventureros políticos y sindicales.

Quedó la experiencia de la hiperinflación. Tanto como la imposibilidad de gobernar que demostró la Alianza, las sucesivas olas de hiperinflación fueron mortales incluso en un país acostumbrado a ráfagas que, en otras partes, se consideran destructivas. Los que tenían tarjetas en plástico de todos los colores jugaban al endeudamiento a treinta días, baqueanos en el cálculo de que, cuando pagaran, recogerían el beneficio de la inflación. Los que no tenían tarjetas iban de aquí para allá siguiendo precios que aumentaban de una cuadra a la otra, de un kiosco a otro. Y estaban, claro, los que no tenían nada y marchaban o simplemente quedaban allí, tirados afuera por la corriente. En los barrios, las ollas populares se estabilizaron, los comedores en las villas se convirtieron en instituciones de un espacio sombrío del cual el gobierno y el Estado se habían retirado. EL FINAL DE DE LA RUA. El presidente renuncia y deja la Casa de Gobierno en helicóptero, 20/12/2001.

Los saqueos, las movilizaciones espontáneas y las organizadas en zonas liberadas, que empezaban en los supermercados y terminaban con los mercaditos de barrio, fueron otro avatar desconocido: carritos llenos de alimentos, de cerveza y de televisores. El saqueo es el momento en que la cólera impone la consigna del todo vale. Comerciantes que pasaban la noche sobre el techo de sus negocios; tiros al atardecer; policías o caudillos entreverados en acciones que tenían una base material que podía convertirse en política. Comenzó la era de la desconfianza: ¿quiénes son esos dos muchachos que caminan detrás de nosotros? ¿Quiénes los que entran, mal vestidos, al mercadito de la esquina? La desconfianza hace temblar todo lazo solidario. Hoy, los hambrientos dejan su lugar a los delincuentes. La Villa Miseria (en todas las ciudades del país) ha agregado otra capa a su mapa de despojo.

1997. Una marcha exige el esclarecimiento del asesinato del fotorreportero José Luis Cabezas.Hasta que todo explotó por los aires, como había explotado durante los últimos meses de Alfonsín, pero más y peor. En la tapa de los diarios, muertos en Plaza de Mayo, caídos en la represión ordenada por la Alianza. Sobre esas muertes, una imagen aérea: el helicóptero con el que De la Rúa, ciego e impotente, abandonó la casa de gobierno, después de renunciar. Y después, Kostecki y Santillán forman, bajo Duhalde, otra serie de muertos de la crisis. Hubo muchos cadáveres (Cabezas, asesinado por una foto prohibida de Yabrán; los cuerpos alineados en la vereda de Cromañón, que ni Néstor Kirchner ni Aníbal Ibarra quisieron ver en su presencia material; los del accidente de Once, que Cristina Kirchner no mencionó, la fila de los liquidados uno a uno: militantes sindicales, militantes sociales, Qom).

Ejércitos de cartoneros

En enero de 2002, Duhalde asumió la presidencia de un país irreconocible, casi sin moneda ni Estado. Frente a la Asamblea Legislativa dijo: “No tenemos hoy un peso para afrontar las obligaciones de salarios, jubilaciones y medio aguinaldo del Estado Nacional. La excepcional caída de la actividad económica se traduce en una fuerte caída de la recaudación. Genera esto, un círculo vicioso perverso que pone a nuestro país al borde de la desintegración, al borde del caos”. De este discurso podrá recordarse la promesa de que a cada uno se le respetarían las monedas originales de sus depósitos. Promesa rota, ciertamente porque era una fantasía. Pero el diagnóstico que hacía Duhalde daba las razones del incumplimiento. También hubo quienes se beneficiaron con la crisis, aquellos poderosos que Alfonsín mencionaba en su discurso. Esos todavía tienen que agradecer a una Argentina destruida que se hayan pesificado las deudas de sus empresas. cartonero

Todos los días, en los primeros años del nuevo siglo, desde mi oficina caminaba hacia la Avenida de Mayo. Por allí avanzaban las columnas de pobres, organizados en el piquete. Mujeres con un chico en brazos y una botella de gaseosa de quinta marca (los comentarios clasistas se referían obsesivamente a estas botellas y a eventuales sándwiches); chicos de cinco años agarrados a la madre o a la abuela, cansados de caminar, inquietos o llorosos; viejos, gente sin dientes, con ropa destrozada, deshilachada y desteñida, sin cobertura de salud, condenada a ser de tercera clase. Lo que había quedado y todavía queda: la villa que marchaba hasta el centro. Todos los días bajaba a verlos pasar.

De noche, caminaba entre formaciones compactas de cartoneros, que se iniciaban en ese oficio que ha perdurado. En la city formaban un ejército, los cuerpos inclinados sobre las bolsas que encerraban los papeles de bancos y empresas. Llegaban cruzando los puentes. En Pompeya eran un regimiento de desocupados viejos y nuevos. Después de los cartoneros, venían los que revolvían la basura para encontrar comida. Una madrugada, un viejo con anteojos para leer, examinaba cada uno de los restos que iba sacando de una bolsa cuyo contenido ya empezaba a podrirse. Otra noche, una mujer y sus hijos vestidos con delantales blancos dormían en la calle, quizá con la esperanza de que, al día siguiente, fueran a la escuela a comer algo. Todos nos acostumbramos a estas escenas. Chicos de la calle, solos, en los túneles de los subterráneos, familias con sus sillas y camas ocupando un playón de ferrocarril, como si hubieran instalado una casa.

Esa era la Argentina que había perdido sus señas de identidad de las que no quedaba sino el recuerdo entre los mayores de cuarenta años. Ninguna de estas señas (que nos habían diferenciado de América Latina) se aclimata en la pobreza profunda. El piquete, en aquellos años, fue su expresión organizativa: una mínima organización antes de que la sociedad terminara por deshacerse, o para impedir que la sociedad se deshiciera. La novedad era tan impactante como la de los saqueos. “Ustedes se han acostumbrado a esto”, me decían quienes llegaban a Buenos Aires, mientras caminábamos tarde en la noche por Corrientes, donde en la puerta de cada pizzería había gente esperando las sobras. En todas las ciudades, igual: los carritos con caballo de Rosario, la llegada de los pobres desde el norte a Córdoba, donde había mejores restos en la basura.

Kirchner, un nuevo comienzo

Elecciones de marzo de 2003. Es de noche y estoy en el sur de España. Desde un teléfono público, en la calle, donde había pasado las horas hasta que pensé que habría resultados, llamé a Buenos Aires. Yo habría votado a Kirchner o a Carrió. Estar varios meses fuera de la Argentina me evitó decidirme. Casi seguramente habría votado a Carrió, pero en la cabeza me daba vueltas una frase que dije pocos meses después a un amigo periodista: en la Argentina sólo puede gobernar el peronismo. La frase es un lugar común que quizás alguna vez sea desmentido. A los gritos, desde el teléfono público español, celebré con quienes me pasaban noticias. Celebrábamos que, después de una nueva crisis que pareció definitiva, esa incierta travesía iniciada en 2001, que tuvo cinco presidentes en pocos días, podía terminar alguna vez. La alegría de mis amigos no era por un candidato (ninguno de ellos había votado a Menem ni a Kirchner), sino porque, simplemente, las elecciones podían ser un nuevo comienzo.

Kirchner tomó esta idea demasiado en serio. Lo borró a Duhalde, después lo borró a Lavagna de la renegociación de la deuda, y finalmente se creyó el Unico. Con su muerte, se convirtió en El, pronombre divino que designa al fundador. Así se cierran estos treinta años, en los que Cristina Kirchner fue elegida presidente dos veces. Cada lector está hoy en condiciones de hacer su balance. El mío contiene lo siguiente.

El 24 de marzo de 2004 se recuperó la ESMA y se la entregó a las organizaciones de derechos humanos, que, acto seguido, se encaminaron en bandada a fortalecer el aparato kirchnerista. Se nombró una nueva Corte Suprema; en paralelo no hubo remilgos para presionar jueces, chantajearlos o hacerlos amigos del Ejecutivo. Se abrieron los juicios que habían sido interrumpidos por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. También se abusó de la historia reciente para legitimar al gobierno.

Contradicciones de la “década ganada”

Durante varios años se creció en condiciones externas excepcionales; a eso se llama la “década ganada” que también debería recibir el calificativo de perdida porque ya dos generaciones de habitantes de este país saben que la pobreza y la indigencia subsisten; y probablemente nunca hayan tenido ni una escuela completa ni un TRAGEDIA DE ONCE. Desnudó los costos fatales de la corrupción (22/2/2012). trabajo seguro. La corrupción fue una táctica para fabricar leales. Se mintió con todos los datos públicos, como si la “década ganada” necesitara de esa mentira para sostenerse. El personalismo no tuvo frenos; pero también surgió una nueva militancia política, entusiasta, activa, obsecuente y fanática, ambiciosa, sabedora de que ocupar el Estado es tan importante como ocupar el territorio, o más. Como en otro mundo, proliferaron los indiferentes o los movilizados por un activismo intermitente y antipolítico. Se fortaleció un eje latinoamericano (el primer paso, que pocos recuerdan, se dio en 1987 con la firma del Tratado de Paz con Chile); la Argentina no tuvo política exterior a la altura de sus necesidades en el resto del planeta. Se confirmaron con leyes nuevos derechos; se incumplieron derechos que están en la Constitución (paradoja: derechos baratos contra derechos caros para el presupuesto público).

Esta enumeración podría seguir. Se concentró el poder en la cabeza del Ejecutivo y se neutralizó el poder Legislativo. Tendencias centralistas, personalistas e intolerantes atacan al periodismo crítico mientras concentran varios grupos de medios adictos. Se confunden los intereses personales y de facción con el gobierno y el Estado. Es el populismo en acto y, como emblema, la imagen de Cristina Kirchner radiante en la cadena nacional, como una Viuda de la Patria, única capaz de dirigir el épico ejército de un proyecto del cual sólo ella conoce el plan maestro.

Pero más allá de un balance, la década se cierra sin que la Constitución fuera modificada. Durante buena parte de estos treinta años, la reforma de la Constitución fue fantasía y, en 1994, realidad. Alfonsín tuvo su proyecto, que la situación económica y sindical pulverizó. Menem logró el Pacto de Olivos que introdujo la reelección. Cristina Kirchner pudo haberlo intentado en el momento de su mayor gloria, después de las elecciones de 2011. No tuvo reflejos, coraje o decisión. La Argentina no encaró una nueva aventura. Quizás a eso pueda darse, finalmente, el nombre de normalidad.

Se resolvieron algunos aspectos de la cuestión política: en treinta años no hubo un golpe militar; dos veces un presidente de un partido le pasó la banda a un sucesor de otro diferente. Se disipó la ilusión democrática de 1983, cuando la democracia no era sólo un régimen de gobierno sino el fin de la dictadura. Sin ilusión, la democracia es esto: partidos depreciados y en crisis, militancias burocráticas, desigualdad. Las capas medias viven la era del desencanto y los pobres confían, quizá sin esperanza, en el Estado. Algo no funciona. Después de treinta años hay una promesa incumplida.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Protestas y desconcierto

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La protesta del pasado jueves fue desconcertante para muchos. No sólo porque la dimensión que tuvo nadie pudo anticiparla, o casi nadie, sino también porque está mostrando la dificultad para hacerla encajar en los dogmas, en los prejuicios y en los “relatos” que se quieren sostener.

A mi juicio, se trató de una sana reacción social frente a una serie de hechos que se enmarcan en un comportamiento soberbio y plagado de hipocresía del Gobierno Nacional. Es una larga serie de hechos, casi todos, de un modo u otro, aparecen reflejados en muchas de las pancartas que graficaron a las protestas en las diferentes localidades del país. Una de las más notables es el zafarrancho que están armando para lograr una reforma constitucional que permita a CFK seguir al mando del Poder Ejecutivo por (al menos) un nuevo período.

No participé de estas protestas, como no suelo participar de actos de esta naturaleza, auto-convocados, porque, si bien la dinámica es interesante, suelen generar el espacio para que cada uno despliegue, de manera exacerbada, sus razonamientos a niveles extremos. De allí que, si bien puedo compartir varias de las demandas genéricas, suelo evitar la incómoda situación de verme rodeado de gente que expresa cosas o sentimientos que no comparto. Por ejemplo, puedo compartir con muchos el rechazo al intento de la reforma constitucional pero no me gusta cuando tal cosa se reclama poniéndole adjetivos insultantes a la Presidenta. No estoy diciendo que todos actúen de ese modo, digo que este tipo de movilizaciones, por su naturaleza, permiten ese tipo de expresiones.

Ahora bien, lo anteriormente dicho, no me permiten restarle ni legitimidad ni potencia a la movilización de la semana pasada.

La estrategia del oficialismo, en sus más amplias expresiones, procura estigmatizar la movilización asociándola a intereses golpistas o anti-populares. Ese es un diagnóstico interesado. No es un diagnóstico cierto. Es una lectura que procura reforzar la idea de que la oposición o crítica a ciertas medidas del gobierno serán, sistemáticamente e invariablemente, catalogadas de antidemocráticas y cipayas. Eso es una trampa fenomenal en la que ha caído buena parte de la dirigencia política y social. Por eso, cuando la gente salió a la calle, desconcertó al gobierno y también a los propios dirigentes de la “oposición”.   

Frente a un cúmulo muy grande de medidas y acciones gubernamentales que resultan incomprensibles, me parece, entonces, un síntoma de salud básico que la sociedad, o un sector de ella, se exprese y se plante para mostrar su disconformidad. No veo nada preocupante en eso, todo lo contrario. En todo caso, lo bueno o lo malo que esto pueda generar, tendrá que ver en cómo se canalizan tales reclamos desde las estructuras políticas y sociales. Cómo lo metaboliza el Gobierno, cómo lo digieren los partidos de la oposición y cómo lo asumen, o no, las organizaciones sociales. A juzgar por las reacciones inmediatas, la respuesta oficial está siendo la peor de todas: ningunear, descalificar y convocar a una contramarcha! Eso es lo que llamo estar perdidos en su soberbia.

Mencioné los exabruptos que suelen expresarse en este tipo de movilizaciones (y en muchas otras). La presencia de elementos autoritarios o individualistas exacerbados no cambia la naturaleza y la representatividad de la protesta. En este punto, creo que debemos procurar mantener una mirada comprensiva sin caer en la trampa de deslegitimar una protesta o grupo social por la presencia de individuos con comportamientos extremos. Recordemos que ese mismo mecanismo se utiliza para deslegitimar desde un grupo piquetero, una movilización de la CGT o una asamblea barrial. La protestas fueron pacificas, tolerantes y generalistas en sus reclamos.

No sirve de nada agitar el fantasma del interés reaccionario ni antidemocrático en gente de a pie que reclama con consignas bastante obvias. Por el contrario, me resulta ciertamente reaccionario, antidemocrático y peligroso, un gobierno que miente, como ocurre en el caso del INDEC, y se enorgullece de hacerlo y es defendido por muchos en mantener esa mentira. Estoy tomando tan solo un ejemplo trivial, INDEC. Esas son el tipo de cosas ciertamente corrosivas para la democracia. Esa es la responsabilidad gubernamental que una protesta como la del jueves pone bajo crítica. No debemos dar vuelta las responsabilidades. El Gobierno deberá dar, o no, una respuesta a esas críticas. Esa es su responsabilidad.

Finalmente, la categorización de “clase media” como sinónimo de “reaccionario” y “anti-patria” es una categorización muy hipócrita de parte de muchos que la expresan. No sólo porque muchos de quienes así califican a las protestas, pertenecen  a la clase media, sino porque se cae en una categorización bastante autoritaria y complicada como es la de idealizar las protestas “propias” y demonizar las “ajenas”. Las contradicciones y las tensiones irresueltas abundan en todas ellas.

Comparto aquí dos notas de opinión sobre el tema de dos intelectuales que siempre es un desafío leer y analizar: Beatriz Sarlo y Martín Caparrós.

Cali

 

Opinión: La maldición argentina de ser hoy un representante de la clase media

Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

Cuando Raúl Alfonsín ganó las elecciones presidenciales, en 1983, se esperó ansiosamente que los peronistas hablaran por televisión reconociendo la victoria. Mucho parecía depender de ese reconocimiento, que iba a dar legitimidad a los resultados. Hacia media noche, el ensayista Jorge Abelardo Ramos (de quien descienden Jorge Coscia y Ernesto Laclau) apareció en las pantallas desconfiando todavía de los escrutinios parciales: "He visto a gente festejando por la calle Santa Fe, vestidos con Pierre Cardin". Ramos era un provocador, pero la frase con la que quería desacreditar un posible triunfo de la UCR tiene una historia que se prolonga hasta el presente.

Invalidar una manifestación por la composición social de sus integrantes fue un tipo de discriminación que se difundió precisamente para atacar al peronismo. Vittorio Codovilla, dirigente del Partido Comunista, calificó a las masas movilizadas por Perón el 17 de octubre como una multitud de marginales y lúmpenes. La oposición a ese primer peronismo reduplicó esa apuesta discriminatoria: negros, cabecitas, fueron los sustantivos que usaron los "cultos" para designar a los obreros.

Décadas después, el lenguaje de la discriminación vuelve a utilizarse para describir a los manifestantes del jueves pasado. De nuevo, las calles que se mencionan son Santa Fe y Callao como centro místico de la convocatoria. Si ese lenguaje podía describir adecuadamente la anterior movilización de caceroleros, que fue pequeña y poco entusiasta, no parece el más adecuado para la última. El cruce emblemático de las dos avenidas de Barrio Norte tuvo decenas de espejos en las ciudades argentinas.

Sin embargo, las críticas kirchneristas a la movilización del jueves se apoyan en datos y citan consignas indiscutiblemente escritas en las páginas de Facebook que propagandizaban la convocatoria. Allí se ha usado el lenguaje del odio contra los planes sociales y la asignación universal ("planes descansar" y "asignación para coger", entre otras frases), que no salió de la cabeza de Cristina, sino de una iniciativa presentada, hace años, por Elisa Carrió. Este despiste ideológico, la antipatía contra la política y el encierro dentro de los propios deseos indican el terreno fracturado en el que se mueve la protesta.

Por televisión algunos relatores periodísticos se entusiasmaron recordando la "primavera árabe". No recordaron, sin embargo, quiénes ganaron las elecciones en Egipto después de esas movilizaciones de masas. Por televisión también se subrayó la ausencia de toda interpelación política. Se olvidó, sin embargo, que es la política la que puede dar una continuidad a las reivindicaciones de quienes se movilizaron el jueves.

La lección de 2001

Todo sucede como si no tuviéramos la posibilidad de aprender de 2001: si se rechaza la política, lo que se consigue, finalmente, es o el activismo permanente (difícil de sostener en una sociedad como la argentina) o la volatilización de las energías llevadas al espacio público, que encuentran muchos obstáculos para seguir allí sin organizaciones.

Las manifestaciones "espontáneas" tienen todos los problemas de la ausencia de la política que, al mismo tiempo, rechazan. Un verdadero dilema que queda de manifiesto cuando se mira el paisaje español, donde son los partidos, rechazados en gigantescas marchas, los que siguen definiendo el futuro inmediato, imponen un ajuste implacable y no escuchan el mensaje de los indignados.

¿Por qué se sostiene el kirchnerismo? En primer lugar porque ocupa por completo, casi sin fisuras, el aparato administrativo y económico del Estado. En segundo lugar, porque se apoya en una vasta organización territorial, que representa a ese Estado en los últimos rincones de la sociedad, donde viven los que más sufren y los que más necesitan.

El aparato kirchnerista no permite desbande ni desmadre. Este arte de la movilización lo conocen bien los peronistas y fue su legado póstumo a Cristina Fernández.

La movilización del jueves pasado mostró a sus integrantes lejos del Estado y del Gobierno, contra el que protestaban, pero también lejos de una armazón que pudiera abrirles el camino del mediano plazo. La política es complicadísima. Nada es menos instantáneo que sus expresiones.

Todo esto es sabido y parece antipático recordarlo ahora, justamente cuando el periodismo oficialista hace una discriminación de clase para acusar a los manifestantes, como si las capas medias no tuvieran el derecho de presentar sus reclamos.

Solitario, aunque también cediendo a la tentación de hablar de "gente paqueta", Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, puso un alerta en su propio campo: "El Gobierno no debe descuidar esto. Es necesario tomar nota de esta importante movilización con cuyos fundamentos no estoy de acuerdo".

Podría decirse que la manifestación del jueves puso en escena un drama de clases. Sin duda, hoy ya no se habla más en esos términos, pero lo que sucedió evocaba ese tipo de divisiones.

Los manifestantes, que provenían de ese vasto sector con muchas diferencias que son las capas medias (que comienzan, recordémoslo, con salarios de 5000 o 6000 pesos), no protestaban solamente porque no podían comprar dólares. Llevaban otras consignas y convertirlas a todas ellas en un pretexto que cubría las ganas de tener divisas a precio oficial implica despreciarlas por completo. Es la versión simétrica a la de quienes afirman que los asistentes a manifestaciones kirchneristas van "por el plan y por el choripán".

Si esa frase es repudiable en el caso de los sectores populares, es igualmente repudiable cuando los que salen a la calle son los ciudadanos que no viven en Soldati. La clase media no debe convertirse en una clase maldita. Conoce sus intereses tanto como los conocen los sectores populares. De ellos los separa un vacío: la ausencia de una política progresista que los exprese generosamente.

Una vez más, éste es el drama. Detestar al kirchnerismo no produce política. Y hoy, en cualquier lugar del mundo, afirmar la primacía absoluta de los derechos individuales (yo hago lo que quiero con lo mío) es una versión patética y arcaica de lo que se cree liberalismo.

Es injusto hacer responsables a los manifestantes de lo que les falta y les sobra a sus consignas. Su movilización indica que hay allí fuerzas dispuestas a jugar en el espacio público.

La responsabilidad cae del lado de intelectuales y políticos que no articulamos una interpelación progresista, democrática y autónoma. No supimos escribir las cosas mejor que en Facebook..

 

 

La ley de la calle

Por: Martín Caparrós | 15 de septiembre de 2012 ((blog Pamplinas http://blogs.elpais.com/pamplinas/)

Cacerolazo

No defendían sus dineros como hace cuatro años; algunos eran los mismos, otros no, y todos salieron a decir que no toleran ciertas conductas del gobierno. Yo acuerdo con muchas de sus críticas y, aún así, creo que no era mi marcha: es más que probable que no comparta con muchos de los movilizados del 13-S casi nada, que nuestras visiones del mundo y sus políticas estén alejadísimas; también es probable que haya unos cuantos con los que sí. Fueron muchos miles: la idea de su homogeneidad es otro de los trucos del relato oficialista: que eran todos de los barrios caros, que eran todos de clase media alta, que no pisaban el pasto para no mancharse, que estaban bien vestidos –enunciado, por supuesto, por gente de clase media alta que vive en barrios caros, que suele “vestir bien” y no pisar el césped. Pero es una reducción: había mucho más que eso. Porque la convocatoria fue dispersa, porque una de las particularidades del gobierno kirchnerista es que algunos de sus actos pueden producir reacciones semejantes en personas muy diferentes, porque las consignas de la noche eran más que variadas.

Lo cierto es que, más allá de sociologías de café y taxonomías interesadas, la irrupción de la calle opositora cambia cosas. Instala una dinámica nueva que vale la pena tratar de pensar.

Está, por un lado, el problema de la ocupación de los espacios: el oficialismo basaba parte importante de su legitimidad en su capacidad de movilización –los jóvenes, los actos, la plaza y otros lugares comunes del relato– y, por lo tanto, la movilización era un recurso que sus voceras y voceros ensalzaban cadena tras cadena; ahora, cuando ya no les pertenece en exclusiva, se lanzaron a hacer malabarismos que, una vez más, se les transforman en esputos ascendentes: si dicen que “también en la cancha de Boca hay mucha gente”, ¿cómo podrán, la próxima vez, jactarse como suelen de su propia mucha gente? Por ahora, el truco consiste en definir movilizaciones malas y movilizaciones buenas; las malas son las de los bienvestidos en la calle, las buenas son las de los bienvestidos en el palco; el argumento tiene sus problemas. Quizás, que es demasiado claro: una definición del populismo.

Pero eso es un detalle. Lo central de la nueva dinámica, creo, será el crescendo. El gobierno y su gobernadora ya dijeron que la salida de los nuevos cacerolos no les importa, que allí no hay nada que escuchar. No por nada, sino porque honestamente no creen que valga la pena escuchar a esa gente.

El gobierno piensa que no debe gobernar para ellos sino para los suyos. No me parece mal: un partido siempre gobierna para una fracción de la sociedad. Es mentira que se pueda gobernar para todos. Siempre se beneficia a unos o a otros –aunque buena parte del discurso y la práctica políticos consista en tratar de disimularlo. El problema es que, en este caso, no está claro quiénes son realmente los suyos. Y, sobre todo, el error del gobierno es que su ataque a los que ataca es mayor en las palabras que en los hechos, cuando debería ser exactamente lo contrario: irritan al pedo. En lugar de hacer, amenazan. Y, cuando hacen, enarbolan esa inepsia con la que manejaron, por ejemplo, el tema del dólar: agregando una regulación nueva cada dos días, mostrando que empezaron sin tener ni idea de dónde iban –como cada vez.

Su otro problema está en pensar que los propios son el famoso 54%. Como si todos esos votos les pertenecieran, como si no se dieran cuenta de que un porcentaje significativo –y todavía no medido– de quienes los votaron no apoyan muchas de sus medidas y sus formas recientes. Pero siguen hablando como si nada de eso. No pueden engañarse tanto; espero –de verdad– que solo sea un recurso retórico, porque si realmente lo creen son peores que lo que uno podría creer.

En todo caso insisten: en las voces de los cacerolos no hay nada que les interese, que quieran o deban escuchar. Los cacerolos, en cambio, descubrieron que tienen con qué hacerse oír. Sería tonto pensar que se van a resignar a esa sordera oficial; sería necio pensar que no van a volver.

Me imagino que en las próximas semanas va a haber marchas parecidas y es probable que sean cada vez más numerosas. Me imagino que en algún momento el oficialismo –que nunca es rápido para corregir sus velocísimos errores– va a querer disputarles la calle. Me imagino que la primavera va a florecer de marchas, contramarchas.

Si eso sucediera, el que pierde es el gobierno: pierde la hegemonía, se convierte en un contendiente cuando, hasta ahora, aparecía como el protagonista indiscutido, el actor único. Quizás prevean su error y no lo hagan. Quién sabe: si no se dieron cuenta de que la Rerre era lo peor que podían lanzar, no veo cómo ni por qué se darían cuenta de esto.

Pero para evitar la pelea por la calle tendrían que desarmar las marchas cacerolas con alguna concesión, algún gesto que sirviera para bajar la tensión y diluir las demandas. No veo cuál sería. O sí: el más probable –el mejor terreno de entendimiento que los oficialistas y los cacerolos podrían encontrar– es la represión. ¿Qué mejor podría ofrecer la doctora CFK que hacerse cargo de los reclamos por la inseguridad y producir un endurecimiento de la intervención policial –que, en última instancia, la favorece de más de una manera? ¿Qué mejor -para ella- que una maniobra que le permitiría recuperar algún favor en los que ahora la critican al mismo tiempo que aumentaría su control de esa calle que ahora teme perder?

Sería siniestrito. Espero, una vez más, equivocarme.

lunes, 6 de febrero de 2012

Malvinas: abusos y olvidos selectivos

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Durante la semana pasada tuve una serie de mensaje de supuestas agrupaciones de la JP vía twitter donde se me acusaba de “cipayo”, entre otras cosas, debido a mis reflexiones sobre los dichos de CFK en relación a Malvinas. He dicho entonces, y reitero nuevamente, aquella expresión “el patriotismo es el último refugio de los canallas” y Malvinas ha servido y sirve como excusa para muchas canalladas.
CFK, entre otras cosas, criticó al “ambientalismo” por no decir nada sobre la depredación de los recursos naturales en el área de Malvinas. Una mentira, una picardía, que mezclada con el caldo malvinero, no dudo en calificarla de canallada.
Malvinas ha dado para todo. Hay mucho publicado en este blog al respecto. Una sola cosa quiero repetir, antes de dar lugar a una excelente nota de Beatriz Sarlo, de hace unos días: ¿cuándo el Partido Justicialista, al igual que la mayoría de la partidocracia argentina, pedirá perdón por haber apoyado a los militares en la aventura de 1982?
Cali
La memoria de la guerra de Malvinas sigue siendo inabordable como mito nacional

El patriotismo despótico

Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION 27/1/12

 
La reaparición de la presidenta Cristina Kirchner trajo dos buenas noticias. La primera fue la reafirmación de una voluntad de diálogo pacífico con Gran Bretaña sobre la cuestión Malvinas. La segunda, la difusión, por primera vez pública, del Informe Rattenbach. Frente a lo que podría haber sido una escalada verbal, se adoptó el más firme y modesto camino de la sensatez. ¿Por qué se ha tardado treinta años para que el Estado diera a conocer el Informe Rattenbach? Malvinas es un absceso envenenado de la sensibilidad patriótica nacional. Hagamos un poco de historia.
En abril de 1982, el país consumía el alucinógeno del patriotismo despótico, cuya visión era "Ya ganamos", en la que se mezclaban la bravata y el desconocimiento. Celebrityland estaba a sus anchas. Después de años de entonar el estribillo de la dictadura -"los argentinos somos derechos y humanos"-, muchos "famosos" (periodistas incluidos) se emocionaban por una causa buena. En las kermeses televisivas se donaban joyas para la gran guerra en la que "nuestro ejército" (el mismo que había exterminado a miles) se cubría de gloria en el Atlántico Sur. Alrededor del Obelisco, pacíficas mujeres tejían para los soldados. En las escuelas, los chicos escribían conmovedoras cartitas, destinadas a los paquetes de provisiones y de regalos (muchos de esos paquetes se encontraron luego en la reventa). En Plaza de Mayo, Galtieri, rodeado de una multitud, se entregaba con desparpajo a la exaltación del machismo belicista. Fue una borrachera: "Si quieren venir que vengan -dijo-, les presentaremos batalla". Parecía una novela latinoamericana de dictadores. Aunque, si pensamos en la literatura, fue la novela de Fogwill, Los pichiciegos , la que dio la versión más realista de la guerra. Para leer hoy en el colegio secundario.
Flamearon los pañuelos blancos de las Madres con la curiosa leyenda "Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también". Casi sin excepciones, lo que quedaba del peronismo setentista y la izquierda se hizo malvinero, con la descarrilada ilusión de que se ganaba la guerra y, acto seguido, se cambiaba el fusil de hombro y se pasaba a desalojar a la dictadura. Muchos exiliados querían participar y hubo para todos los gustos, desde documentos y foros hasta planes para embarcarse hacia las islas desde algún aeropuerto latinoamericano, como si eso fuera posible. En Plaza de Mayo se agitaron más banderas argentinas que durante el Mundial del 78, un récord difícil de empatar y que también está esperando un análisis crítico.
Los políticos de la multipartidaria desvariaban, y sólo Raúl Alfonsín se animó a llamar a la guerra "un cepo patriótico". Contadas excepciones dentro del territorio argentino: el marxista Carlos Brocato, y un grupo casi invisible de intelectuales que hicieron circular sus ideas como pudieron, ya que la prensa no publicaba posiciones contrarias a la guerra.
En San Telmo, Adolfo Pérez Esquivel hablaba con unos pocos, y organizaba con músicos jóvenes un concierto por la paz. Graciela Fernández Meijide recuerda que la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos no pudo lograr una posición única. El triunfalismo fue el hipnótico sueño de casi todos: se podía derrotar a Gran Bretaña; Estados Unidos abandonaba a su aliado del Atlántico Norte, y los militares, que hasta ese momento sólo habían demostrado ser diligentes ejecutores de gente mayormente en cautiverio o derrotada, tenían cualidades para organizar una guerra de verdad.
El Informe, que el ejército encargó al respetado general Benjamín Rattenbach, fue abiertamente crítico de la preparación militar y diplomática, la estrategia y la conducción de la guerra. Es una pieza fundamental de la historia militar de Malvinas. Sin embargo, no se difundió. En 2006, este diario publicó una entrevista con su hijo, el músico y coronel Augusto Rattenbach, quien sostuvo que al Informe se le arrancaron páginas. Los treinta años de la guerra son una gran oportunidad y la Presidenta lo ha comprendido. El Informe caracteriza a la guerra como "aventura". Esto no complica solamente a los responsables sino que obliga a revisar el sentimiento nacionalista malvinero de los civiles.
En la Argentina, el gobierno y muchas organizaciones sociales han abierto un nuevo capítulo de "políticas de la memoria". No es el primero, como se pretende, pero es el más extenso y detallado. El deber de recordar ha sido defendido con tanta fuerza como el derecho a recordar. El gobierno reivindica las políticas de la memoria como articulación central de su política de derechos humanos. No se clausura el pasado y, en ese sentido, hay razón, porque el pasado fue demasiado terrible como para desplazarlo de la conciencia del presente. Desde el Nunca más hasta hoy, el conocimiento y la condena se han extendido. No muchos países en el mundo pueden presentar tal récord de juicios y condenas, realizados en democracia, en tribunales locales, con jueces locales.
Sin embargo, la memoria de la guerra de Malvinas hasta ahora ha seguido siendo inabordable como mito nacional. En un reportaje reciente, el canciller Timerman cuenta que, hace muchos años, en un primer diálogo con Cristina Kirchner, tanto lo impresionó su posición respecto de las islas que le dijo: "Sos muy malvinera". Era una comprobación, no una crítica. Pero el adjetivo "malvinero" no es neutro.
En 1982, la Argentina cometió un error gigantesco que llevó a la muerte a cientos de conscriptos y afectó la vida de miles, atropellando el principio de que los conflictos territoriales no deben abordarse jamás por medios armados. Y desestimando que la población de las islas parece tener una opinión adversa a vivir bajo soberanía argentina. Ese error es parte de la memoria reconquistada por la democracia, sobre todo porque la acción de la dictadura fue apoyada por amplias mayorías.
La difusión del Informe Rattenbach rompe oficialmente un tabú. Ese tabú existe porque, en el caso Malvinas, no es posible adjudicar todo el mal a los militares. También la sociedad argentina tiene que revisar su historia de entusiasmo frenético. También los políticos, que en su mayoría apoyaron la invasión, deben mencionar explícitamente que esa acción errónea e injusta fue un abalorio de la política interior, y que las islas fueron usadas del mismo modo por Thatcher, y ahora por David Cameron, que por Galtieri. Cameron acusó a la Argentina de ser una potencia colonialista. Dicho por un británico, la frase es absurda. Tan absurda que no provoca en el gobierno una escalada, ni siquiera verbal. En su discurso del miércoles, la Presidenta ha dado señas de comprender que el tema Malvinas exige un discurso tranquilo, no patriotismo de agitación. Hace pocas horas se designó a Alicia Castro como embajadora en Gran Bretaña. Castro viene del mismo cargo en Venezuela y su chavismo es ardiente. Los símbolos pesan en la diplomacia. Sin embargo, confiemos en que, como sucede con los funcionarios kirchneristas que quieren retener su cargo, no abrirá la boca fuera del guión presidencial.
El martes pasado, en un acto a metros de la embajada de Gran Bretaña, los asistentes, organizados por la Juventud Peronista del Movimiento Evita, gritaban "fuera ingleses de las Malvinas, fuera yanquis de América latina", tal el lema de la convocatoria. En ese clima, la consigna más exaltante era un clásico futbolero: "el que no salta?". Sobre el palco, que compartía con Emilio Pérsico, Fernando "Chino" Navarro mostró más prudencia. "Esta iniciativa -dijo- tiene que ver con la paz; le reclamamos a Gran Bretaña que negocie racionalmente. Lo queremos hacer en el marco de la paz y el diálogo. Le decimos a la Presidenta: cuente con nosotros en el marco de la paz y la legalidad, para que las Malvinas sean argentinas, pero también cuente con nosotros para que, en la patria, no haya un solo pobre". De algún modo, en las frases citadas hay una advertencia. En cinco minutos exactos, se repite "paz y diálogo" unas diez veces. Y también se pone un horizonte: el presente no culmina en una reivindicación territorial sino social. Por eso el acto comenzó con el Himno y terminó con la marcha peronista transmitida desde los equipos de sonido del palco.
En efecto, es una pobre identidad la que se sostiene como identidad territorial, sobre todo en el caso de una nación como la Argentina que, lejos de lo que se piensa en círculos donde el irredentismo es una mística, no padeció una historia de despojos en sus fronteras, sino de despojos fronteras adentro: pueblos originarios, viejos y nuevos pobres de todo origen, recursos naturales, depredación del medio ambiente, ésos son los temas abiertos. Los otros quedan para un museo razonado del desvarío nacionalista sin principios y para los tiempos lentos del diálogo en los foros internacionales.
La Presidenta tiró toda la responsabilidad sobre la locura malvinera a los militares. Es una verdad a medias, exculpatoria de una sociedad que se dejó arrebatar y aceptó que la dictadura se travistiera con un neblinoso manto patriótico. En un país que quiere una memoria completa del pasado, es necesario reconocer estos hechos, entre otras razones para honrar a los caídos y hacer justicia a los veteranos. No para convalidar el nacionalismo malvinero, sino para ofrecerles un lugar como víctimas, separado de los jefes que los condujeron a la aventura.

domingo, 11 de diciembre de 2011

democracias

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Hoy es un día importante porque se produce un recambio (bueh!) de autoridades en el orden nacional y en las provincias. Sin duda que es una fecha importante en el devenir de las instituciones públicas. También lo son las fechas de elecciones y demás pasos institucionales que muestran una continuidad en el ejercicio democrático. OK.
Dicho lo anterior, digo, ¿no es medio salame estar repitiendo cada vez que hay elecciones y cambio (bueh) de autoridades que “es una fiesta de la democracia”, que “debemos valorizar la democracia”, que “es un privilegio vivir en democracia” y tanta bobada y frase hecha?
Digo porque, en algún punto, debemos otorgarnos el permiso de “pasar de pantalla”, superar la reverencia boba hacia el sistema democrático, dejar definitivamente atrás los fantasmas de la dictadura y dejar de utilizarlos como recordatorios de lo valioso que es “ésta” democracia y ponernos a mirar seriamente qué hacemos con la democracia.
Objetivamente, hablo de pasar de pantalla porque estoy convencido que en Argentina el sistema “democrático” no corre riesgos. Si alguien tiene alguna duda, la crisis de 2001/2002 lo puso definitivamente a prueba.
Ahora bien, sucede que si dejamos de lado el "fantasma” y dejamos la bobada de la “fiesta democrática” nos tendremos que poner a pensar seriamente qué sucede y cómo avanza la democracia.
Quiero decir, el dilema no es democracia si o democracia no. El dilema es qué estilo y qué grado de democracia queremos, construimos o elegimos cuando elegimos.
Este es el punto. No hay una democracia. Hay democracias y democracias.
Sospecho que detrás de los “fantasmas” del pasado (golpes, crisis, etc.) se esconde una trampa. La trampa del conformismo, “mejor conformate con esto, porque acordate lo que era aquello”.
El recientemente fallecido Guillermo O´Donnel escribió bastante sobre esto y las democracias en América Latina. Esa trampa deriva en lo que él denominó las “democracias delegativas”.
Una cita de O’Donnel:
La Voz del Interior, 6/9/2009
"Desde que tenemos democracia ningún gobierno se ha salvado de la tentación de perpetuación del elenco gobernante. Para ello hay un recurso típico: adoptar una práctica delegativa o decisionista de gobierno que se sustenta en leyes de emergencia que se prolongan indefinidamente. Las facultades extraordinarias resultantes son una droga muy peligrosa: permiten hacer muchas cosas en el corto plazo pero erosionan terriblemente las instituciones políticas y estatales cuyo sustento es indispensable cuando pasa la época de las vacas gordas."
Comparto la nota que publica hoy Beatriz Sarlo:
Cali

Cristina Kirchner, en el inicio de su segundo mandato

La victoria da derechos

Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION (10/12/11)


Tiene todas las razones para sentir que ha llegado adonde, hace diez años, ni siquiera se lo proponía.
El peronismo es vertiginoso. José Luis Romero llamó a la Argentina "país aluvial", porque los inmigrantes lo cambiaron en pocas décadas. El peronismo tiene esa cualidad. Movimiento aluvial, que Perón formó primero con retazos: caudillos provinciales conservadores, dirigentes sindicales que abandonaron el socialismo y hombres en disponibilidad para la aventura nacional. El líder de ese ejército tradujo a la Argentina en términos políticos. Fue el gran interpretador, en épocas en que todavía no era fashion la palabra "relato". Quien acierta en la interpretación, representa a los interpretados.
El peronismo también es un portaaviones, donde no se examinan demasiado los papeles de quienes aterrizan en su plataforma. Poroso y abierto a las incorporaciones, necesita, por eso mismo, de la lealtad hacia el dirigente como garantía de que los nuevos, o los que vienen de otras líneas internas, reconozcan la voz de mando. El peronismo tiene una jerarquía de valores que son imprescindibles a su estilo: verticalidad y lealtad, por encima de innumerables peleas, ambiciones e intrigas. Los ascensos y los descensos tienen lugar según la regla de la obediencia a quien dirige. Por eso, Menem tuvo como leales a casi todos los leales al kirchnerismo. Por eso, también, existen las promociones más veloces que la luz y los descensos fulminantes.
La plasticidad del peronismo ha sido la razón de su supervivencia y de los giros de 180 grados que le echan en cara quienes no comprenden que interpreta a la Argentina. Lo que a Cristina Kirchner le gusta llamar "el relato" es eso: poner en discurso el aire de la época (que también captó Menem). Trazar una línea de tiempo: estábamos en el infierno, pasamos al purgatorio, para sintetizarlo con una frase de Néstor Kirchner.
Esa fórmula expresó con sencillez un principio de esperanza, sostenido en un haz de medidas de gobierno, organizadas sobre tres ejes: la memoria de los años 70, los planes sociales y la abstención a reprimir las protestas. Las inconsistencias se hacen visibles a medida que salimos de la crisis y nos acercamos al presente. La inflación real corroe el alcance de los planes; el desempleo y el empleo en negro atentan contra los derechos. Se tiroteó a los que reclamaron tierras en Jujuy y en Santiago del Estero, y a empleados públicos en el Chaco; la gendarmería comenzó a desalojar piquetes. El futuro de la protesta social no tiene asegurado la paciencia benevolente del kirchnerismo y su liga de gobernadores.
Otro capítulo concierne a la definición de amigos y enemigos: todos recuerdan los "destituyentes" de la resolución 125 y los "apropiadores" de la ley de medios. Separaciones nítidas. No estoy juzgando la verdad intrínseca de esas denominaciones, sino su cualidad para organizar el campo de conflicto. Esta fue una especialidad de Néstor Kirchner, su forma de transmitir las batallas del Gobierno.
La forma en que la Presidenta las transmite tiene algunas diferencias. Su muy reciente aporte al discurso hegemónico es la búsqueda de un momento de unidad imaginaria entre sectores que compiten por la distribución de los ingresos. Ella sabe que esa competencia es inevitable. Pero tiene un plan: que el Estado (es decir, ella misma) la habilite o la suspenda. Eso es lo que le está diciendo a la CGT en los últimos meses, con un enternecedor llamado a la cooperación social. Moyano se da cuenta de que la cosa va contra él y se abroquela.
Se necesita mucha institucionalidad, en diferentes niveles, para que un pacto tramite los conflictos por la distribución del ingreso, en un país donde hay un 30% de pobres y millones de excluidos. La Presidenta se concibe a sí misma como pivote y única garantía de una discusión que abra ese gran tema nacional. Es cierto que tiene una idea exaltada de su capacidad, pero no será suficiente. Donde cosas así funcionan, las instituciones políticas y corporativas, de arriba abajo, también funcionan plenamente. En los próximos cuatro años se acentuará la protesta que tendrá como motivo una menor disponibilidad de recursos estatales. A la Presidenta, que monopoliza las decisiones sobre los recursos, quizá le toque ahora monopolizar también las consecuencias de sus propias decisiones.
Cristina Kirchner tiene dos creencias. La primera, de índole subjetivo, concierne a su autoestima. La ratificación de su gabinete (excepto cambios imprescindibles por el paso a otras funciones electivas) indica un pensamiento rector: nada se ha hecho mal. Si se reconociera que algo no salió del todo bien implicaría que ella misma, la Presidenta, ha fallado, ya que se presenta como inventora y motor omnisciente. La segunda es que el poder sólo está en el vértice y es indivisible, porque cualquier otro esquema no vuelve al poder más democrático sino que lo pone a disposición de sus enemigos. Por lo tanto, sólo ella enuncia. Entre la Babel del conflicto de posiciones, que no permite el momento indispensable de la unidad resolutiva, y el unicato personalista, eligió el personalismo y las decisiones secretas. No sabemos si sostendrá el estilo hasta el final de su segundo mandato. Por el momento prorrogará la ley de emergencia económica, que es, entre otras, una máquina concentradora de decisiones.
Sin tocar el tema de la sucesión, que quedará abierto a partir de mañana, otras complejidades están en el horizonte, sobre todo si las elecciones de medio término no son tan favorables al kirchnerismo como fueron las presidenciales; sobre todo si las "medidas de austeridad" tocan el nervio de las capas medias, que, como en los años 90, creyeron que la bonanza podía durar más de lo verosímil; sobre todo si algunas líneas intransigentes del sindicalismo (que se sienten amenazadas y con las que la Presidenta no simpatiza) ganan la calle.
Otro desafío, más importante, es dejar una construcción a largo plazo, algo del orden material o institucional. La Presidenta tiene cuatro años para corregir los errores y omisiones cometidos en términos de políticas energéticas, territoriales (transporte, ecología, industrias depredadoras) y en términos de distribución (la reforma de un sistema impositivo donde el IVA deje de ser la vía de transferencia hacia arriba de los ingresos). Quizás haya tiempo para encarar esas tareas que dejarían un balance más perdurable.
De todos modos, la Presidenta inicia su segundo mandato como figura reconocida en la escena política latinoamericana. Néstor Kirchner, cuando terminó su gobierno, pasó a la Unasur. Su viuda acaba de firmar con decenas de presidentes latinoamericanos la carta fundadora de la Celac. En 1985, Raúl Alfonsín suscribió con el brasileño José Sarney un acuerdo de integración, que anunciaba el Mercosur, cuyo tratado ratificaron, en Asunción, en 1991, Menem y Collor de Mello. El final de ambos en los tribunales de sus respectivos países no alcanza para opacarlo. Es posible que cuando Cristina Kirchner termine su presidencia, la Celac todavía esté organizándose, pero eso no le quita significación, como tampoco aligera sus problemas.
¿Por qué señalar el final de lo que hoy comienza con el juramento de Cristina Kirchner? Porque es la única apuesta relativamente segura. Duhalde también tendrá en su balance la confianza que ganó mientras estuvo en la Comisión Permanente de Mercosur y activó en la fundación de lo que poco después se llamó Unasur. Son proyectos a largo plazo y pensar en ellos permite hacer foco sobre un futuro que, en otros términos económicos y políticos, no parece asegurado. Los Kirchner no trabajaron para perfeccionar la democracia ni para liberar a los sectores populares del tutelaje de caudillos provinciales y locales del más alto conservadurismo. Esto no figura dentro de sus cualidades ni de su espontaneidad. Pero hicieron un aporte en la construcción de una idea de nación inserta en América latina.
La Presidenta ha demostrado que no figura en la lista de sus deberes escuchar distintas voces. Ganó limpiamente las elecciones. Cree que la victoria da derechos. Sería inútil pedirle que abra el juego y no se limite al pequeño círculo político que ha elegido. Justamente hoy, en esa plenitud tan segura como frágil, no necesita consejos porque no va a seguirlos. Mientras pueda, hará lo que quiera. Después, veremos cómo encara los obstáculos que se planteen a su voluntad política, acostumbrada, como está, a tener la voz de mando, pese a sus vistosos y emotivos efectos de discurso.


sábado, 19 de noviembre de 2011

El secreto de sus actos

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Ayer publicó este artículo Beatriz Sarlo sobre el modo de conducción de CFK. Un estilo que caracteriza cada vez más fuertemente esta etapa histórica de la Argentina: Un presidencialismo “premium”. Un personalismo que primitiviza la política.

Cali 

 

La Presidenta y una conducción basada en mutismos y suspenso

El secreto del poder

Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

Parece historia antigua. El 25 de junio, hubo suspenso en Olivos. Cuatro horas antes de que venciera el plazo para la inscripción de fórmulas, Cristina Kirchner destapó a Amado Boudou como candidato a vicepresidente. El elegido no salió de una deliberación cuyos contenidos fueran conocidos por nadie. Lo tenía in péctore y reunió a la plana mayor para decirle lo que había decidido en soledad. A nadie se le ocurrió que las cosas podían suceder de otro modo, ya que la Presidenta ha hecho del secreto un estilo para tomar decisiones. Maneja el tiempo, la oportunidad, la puesta en escena, las invitaciones, la difusión televisiva y por redes sociales, los pequeños signos de favoritismo, las menciones, los reconocimientos.

Desde la muerte de Néstor Kirchner, el peronismo convergió en la figura de la Presidenta. La mesa chica fue más chica que antes y quienes, con razón o sin ella, presentan reclamos u objeciones, como Moyano, quedan mal colocados en la perspectiva que organiza las jerarquías de la platea de los actos presidenciales. Un ceremonial de alta precisión decide, en cada caso, quién puede estar dentro de la esfera de límites invisibles pero precisos cuyo centro lo ocupa la Presidenta-Sol. A ese espacio se lo denomina "la cápsula". Esto sucede con todos los presidentes, sin duda, ya que su entorno físico más inmediato no puede quedar librado al azar (la seguridad del mandatario está en juego). Lo que distingue a "la cápsula" argentina es que muestra la temperatura de las relaciones entre la Presidenta y el resto: es un teatro expresivo del día a día de la política.

Cristina Kirchner actuó como si su poder dependiera de dos factores: por un lado, la destilación que purifica casi todo elemento exterior; por el otro, su relación "directa" con la "gente" en actos organizados hasta la minucia. Ambos factores conservaron su importancia durante toda la campaña que la condujo al triunfo. Si se la juzga por los resultados, la Presidenta no se equivocó en nada. Por lo tanto, tiene todas las razones para conservar el estilo.

En ausencia de un partido organizado (el Frente para la Victoria tiene accesos espasmódicos de reunión de sus autoridades), Cristina Kirchner ocupa también ese lugar. Se acepta el liderazgo absoluto porque, hasta ahora, ha conducido a grandes triunfos electorales. Es difícil sugerir a un vencedor que cambie los modales con que llegó al lugar donde está parado, ya que su autoridad no se sostiene únicamente en logros de gobierno o en programas, sino en la eficacia de los resultados. Sobre los programas se puede discutir, los números que reflejan los logros pueden examinarse y resultar, a veces, exagerados. Pero los números electorales, no admiten vueltas. La victoria da derechos.

Como sea, es posible preguntarse si el secretismo presidencial es indispensable o, más sencillamente, un rasgo que caracteriza a Cristina Kirchner. Formulado de otro modo: ¿podría la Presidenta gobernar sin tener siempre en vilo a todo su gabinete? ¿Podría gobernar en una cotidianidad política más transparente? ¿Podría gobernar sin ejercer un control de hierro sobre las declaraciones de sus funcionarios? Si la respuesta a estas preguntas es afirmativa, si se pensara que Cristina Kirchner no necesita de tanto poder acumulado en su persona, habría que concluir que el secreto del poder es un rasgo del poder mismo. Como si se concluyera que el poder sólo se ejerce de manera concentrada y sólo si sus decisiones son fulminantes y el proceso que llevó a tomarlas se caracterizó por el secreto.

El periodismo tiene como tarea profesional transgredir los límites del secreto. Como actividad sostenida en el lenguaje y las imágenes, puede hacerlo traicionando sus propios fines, mintiendo y mintiéndose. Pero su razón de existencia, el motivo que lleva a un lector a un diario o a un portal de noticias es enterarse de lo que no sabe porque no está dentro de su territorio físico o mental, pero que intuye que lo concierne. La antipatía que el poder siente por el periodismo es una reacción perfectamente fundada. Sin algo de secreto, no hay poder. Sin develamiento de una porción de eso oculto, tampoco hay periodismo sino comunicación de lo que otros deciden que es comunicable.

Lo dicho no implica una glorificación del periodismo cualquiera que sea su estilo, ya que puede haber periodismo que produzca el develamiento de un secreto sólo a cambio de colaborar en el ocultamiento de otros; o periodismo que revele secretos que no son de interés público, cruzando la frontera movediza con la esfera de la vida privada. Inscripto en la lucha de significaciones que es toda la cultura, el periodismo vela y devela. Sin embargo, si omite toda revelación de lo oculto, si omite por completo señalar su existencia, se convierte en Boletín de los Administradores del Secreto. Una concepción que se atenga a lo absoluto del poder es hostil al periodismo, no porque sea objeto de críticas sino porque el secreto queda bajo la amenaza de ser descubierto. Las críticas pueden resultar molestias secundarias, frente a la amenaza principal de que el periodismo esté en condiciones de atravesar una barrera detrás de la cual palpita el núcleo del poder.

Esto no significa, por supuesto, afirmar al poder presidencial como absoluto (tiene dificultades para serlo realmente, más allá de los deseos de quien lo ejerce). Quiere decir, más bien, que la fusión de jefa de Estado, jefa de gobierno y jefa de todos los kirchneristas se apoya, seguramente, sobre muchas cualidades pero también sobre el ejercicio del poder como suspenso: no te diré cuál será tu destino hasta la medianoche del día indicado; no sabrás dónde irás a parar si caes en desgracia, y tampoco evitarás terminar allí donde no quieres terminar ni podrás llegar al lugar que deseas y crees merecer. Para que haya suspenso, algo debe quedar oculto. Para que haya poder concentrado y personal alguien tiene que preservar para sí el monopolio de un secreto (ésta no es una novedad, ya que hace un siglo lo afirmó Georg Simmel, uno de los grandes pensadores sociales).

Por supuesto, el esquivo ideal de transparencia democrática se opone a esta concepción centralista y circular del poder. Es un horizonte sobre el cual se recortan las formas reales de ejercicio. La cuestión no es si ese ideal se realiza por completo fundando un mundo donde los ángeles vengadores de WikiLeaks estén de más. La cuestión es, más bien, si quienes ejercen el poder lo tienen como horizonte deseable aunque huidizo. Si la forma de distribuir y concentrar poder se opone o es relativamente compatible con el ideal.

Por el momento, la Presidenta cree más en la eficacia del secreto que en el ideal de la transparencia. Cada político hace su mezcla. Cristina Kirchner confía en que el secreto se compensa con una escena de "comunicación directa": ella, en las pantallas de los televisores, hablando frente a reuniones de vecinos, de obreros, de escolares, de industriales, que están allí como representación en miniatura de la variada multiplicidad del pueblo, una suma de audiencias reales y audiencias mediáticas. El secreto no se disuelve sino que, por el contrario, se profundiza, porque nadie, sino la Presidenta, puede ocupar esos lugares del ceremonial de Estado y gobierno.

Pero hay algo que a veces resulta ingobernable. La lógica del secreto tiene su doble en la lógica del rumor. Si la Presidenta suscribe la primera, no podría molestarse frente a la segunda, porque vienen juntas. Suspenso y secreto desencadenan el trascendido. Esto sería, de todos modos, un problema menor. La lógica del secreto busca algo más: que las decisiones políticas se presenten como invariables hechos consumados. El secreto sustrae a las decisiones tanto de la esfera del debate como de una anticipada rendición de cuentas. Podrá decirse que así se ejerce el poder cuando se tiene la mayoría. Más bien, lo pondría a la inversa: las mayorías pueden ser usadas de muchos modos. El destilado de concentración vertical y secreto no es inevitable.

 

lunes, 1 de agosto de 2011

“Macri no es una salida superadora al kirchnerismo”

“Macri no es una salida superadora al kirchnerismo”

Reportaje a Betriz Sarlo

La intelectual analiza la figura de la Presidenta y expresa que “hay algo en su subjetividad que la vuelve insegura al debate público, una instancia que elude”. Y a horas del ballotage porteño, Beatriz Sarlo señala "es fácil hablar de mal de Macri desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche, pero después para convertir eso en política necesitás bastante más".

 Por Federico Sierra - Fotos: Juan Carlos Casas  |  La Política OnLine 30.07.2011

 “La antikirchnerista que los kirchneristas aman odiar”, “una socialdemócrata sin partido” o “una kirchernista malgré moi” . Las definiciones de Beatriz Sarlo sobre sí misma siempre son mejores que las que pueda dar otro sobre ella.

Sarlo viene desde lejos en el tiempo atravesando el campo intelectual: dirigió la revista Punto de Vista durante dos décadas, participó en la reconstrucción de la Facultad de Filosofía y Letras durante el alfonsinismo, analizó con destreza las derivas culturales de la posmodernidad durante el menemismo y asesoró a Graciela Fernández Meijide en la fallida experiencia de la Alianza. Pero fue su participación en el programa 678 lo que le valió una notoriedad inédita, una sobreexposición mediática y una frase que ingresó en la cultura popular “Conmigo no Barone”, que la dejó “extenuada por momentos”.

Su último libro, “La audacia y el cálculo”, indaga en el kirchnerismo como fenómeno político cultural y su despliegue en todas las instancias del campo periodístico.

“Un periodismo que se ha vuelto hipersofisticado, que se forma a la vez en las redacciones y las universidades, donde los periodistas están presentes tanto como objeto y sujeto de estudio”, señala la autora.

-¿Existe una fuerte tensión que atraviesa el campo intelectual actualmente?

-Y, está tensa la cuestión. Yo no podría compararlo con el peronismo histórico porque es algo que yo no viví, porque era muy chica, pero está tensa. Entonces, mi obsesión en este momento es mantener el diálogo. Algún tipo de diálogo. Eso se ha vuelto casi una obsesión te diría en cada una de mis intervenciones: ubicar cuáles son mis interlocutores y formular mis señalamientos pensando cómo pueden ser leídos y recibidos. Escribir pensando cómo puede ser leído en el otro campo. Sino se convierte en un ruido infernal. No romper puentes: continúe o no el kirchnerismo, acá la Republica sigue y hay colegas con los que nos vamos a seguir cruzando.

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-A pesar de haber muchas plumas críticas al kirchnerismo, pareciera que la oposición carece de intelectuales de jerarquía...


No, no creo que haya orfandad de intelectuales opositores. Vicente Palermo y Marcos Novaro son tipos de consulta. Incluso Roberto Gargarella, con un estilo de intervención típicamente intelectual, en el que parte de la disciplina que él maneja para hacer señalamientos puntuales, ha hecho críticas fuertes. No sé si se podría nombrar una lista de veinte tipos porque ya se convertiría en otra cosa y acá no se trata de armar un equipo de fútbol, pero no diría que no hay intelectuales de jerarquía.

-¿Pero por qué Carta Abierta tuvo más visibilidad?

Tuvo más visibilidad, pero tipos de jerarquía… sólo Horacio González, Forster o una intelectual más joven que es María Pía López. A González hay que reconocerle su persistencia y honestidad intelectual: una persona que hace cuarenta años que indaga en ese objeto simbólico-cultural central que es el peronismo. Viene de lejos. Pero todos los demás, que firman debajo, tampoco es que ocupan las primeras líneas. Son ciudadanos ejerciendo su derecho a participar, a expresarse, y está muy bien que lo ejerzan pero nadie podría decir que son intelectuales de renombre.

La catarsis de Carta Abierta

-Hubo cierto malestar del kirchnerismo con Carta Abierta luego de sus críticas a la campaña de Filmus.

Creo que Carta Abierta publicó y subió sus videos como lo hace siempre. Ya habían subido un escrito a la web antes de la elección, con una suerte de declaración de la ciudad, un horizonte mas utópico y otro mas concreto que no tuvo eco en el espacio de Filmus. Lo que sucedió fue que, quizás como responden mas a una lógica de ágora, de asamblea, tal es su estilo y así suben el material a internet. Que es el estilo contrario al del gobierno que ellos defienden. Ellos, no yo. El estilo Zannini, el secretismo, la negociación en bambalinas, que es el estilo del gobierno. Entonces se lo criticaron por lo que tienen no por lo carecen.

-¿Pero hacer esa autocrítica camino al ballotage no es políticamente contraproducente?

Alguno puede cuestionarlos, que tuvo las repercusiones que tuvo, camino al ballotage. Pero yo no lo haría. Para nada. Justamente es la forma en que trabaja ese grupo. No así el gobierno que ellos defienden. Es una forma más abierta que es lo contrario al kirchnerismo, con Cristina tomando decisiones a solas todos los días, en Olivos, Calafate o donde sea.

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Cristina

-¿Es de esperar que Cristina acepte participar de un debate en esta campaña, camino a su reelección?

No, para nada. Si no lo ha hecho nunca. Un gobierno que nunca sentó a la oposición en una mesa de negociaciones, mucho menos va a someterse a un debate de campaña. Yo creo que Cristina Kirchner es una persona intelectualmente insegura. Hay algo en su subjetividad que la vuelve insegura al debate. Mas allá de lo que se dice, que tiene oratoria y maneja bien las frases con subordinadas, ella elude constantemente una instancia discursiva y de debate. Yo no creo que lo presidentes deban estar debatiendo y argumentando las 24 horas del día, pero hay instancias en las que es clave. Una elección es una de ellas.

-¿El principal problema del próximo gobierno será dirimir quién herede al kirchnerismo?

No digo que se termine el peronismo, ni si quiera el kirchnerismo. Pero que la herencia es un tema. Y esa herencia va a entrar en disputa cuando Cristina Kirchner asuma su segundo gobierno. Hay muchos que tienen un pagare y van a pasar a cobrarlo. El que se propone como futuro vicepresidente, Amado Boudou, no es una persona que pueda heredar el kirchnerismo. Así parece al día de hoy, pero se han visto milagros en la Argentina. También han quedado varios heridos. Veremos como se resuelve. Hasta ahora, hablando con peronistas ortodoxos, peronistas de toda una vida asociada a la política, muchos me repiten “nosotros somos gente educada”.

-¿Cómo queriendo decir qué?

Queriendo decir que, a pesar de que pudieron haber recibido maltratos, ellos van a respetar a la Presidenta. “Somos gente educada” significa que tiene códigos, que se van a abstener del canibalismo que ocurre a veces en la política argentina.

Macri

-Usted suele decir que “del kirchnerismo hay que salir hacia delante” ¿La victoria de Macri en Capital hace caer las esperanzas de “salidas superadoras” al kirchnerismo? ¿O cree que la alianza Macri-Duhalde puede ser leída como “salida superadora”?

De ningún modo, ni siquiera sé si es una salida, para nada. Y no lo veo a Macri como presidente de la republica en 2015 como se grita en esos “Festilindo” que organiza cada vez que gana una elección. Pero aún si lo viera tampoco diría que es una salida superadora. El discurso de la pospolítica es que ya no se dan alineamientos; y el discurso de la política es descubrir que no serán tan fuerte como se daban en la Argentina de 1920 donde había socialistas, anarquístas, partidos liberales y partidos conservadores, porque tampoco hay una estructura social que lo sostenga, pero esos alineamientos subsisten. De ningún veo que Macri sea una salida superadora.

Por otro lado, no se puede ver que el gobierno de Macri en la ciudad haya sido una administración eficiente. Lo que se sabe y se reconoce sobre el gobierno de Santa Fe es que el Partido Socialista ejerce una política muy eficiente en términos de gestión, yo no diría que eso es característico del gobierno porteño

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-¿Al kirchnerismo le conviene antagonizar con Mauricio Macri para ocupar el lugar de la centro izquierda?


Macri es facilísimo, por muchos aspectos. Para cualquier progresista de izquierdas, Macri es un picnic. La cuestión es si uno esta en política para ir a los picnic o para ganarle a esa efectividad que Macri ha construido. Por otra parte es obvio que Macri se ha beneficiado de un voto antikirchnerista que jamás lo hubiera votado a él en otra circunstancias. Queda claro que hay un voto antikirchnerista que fue directo a Macri en primera vuelta. No hizo lo que pudimos haber hecho muchos de votar a Pino o Estenssoro, muchos fueron directo a Macri para decirle a Cristina Kirchner: “Tomá!”. Macri no puede hacer cosecha de ese voto porque no ese voto no es de él. Él no puede instrumentalizar eso porque sencillamente no le pertenece. Pero con Filmus es muy difícil, la soledad en la que Filmus hizo esta campaña tuvo por momentos algo patético. Es la soledad del corredor de fondo. Es fácil hablar mal de Macri desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche, pero después de eso para convertirlo en política necesitás bastante mas, y Filmus no lo tenía. No porque no tenía condiciones intelectuales, sino porque fue llevado a una especie de desierto. Alguien que no pudo hablar en su acto de asunción como candidato ya es un signo de alguien profundamente debilitado.

-¿Cómo interpretar la reacción de Fito Páez y todo el debate sobre la idiosincrasia del electorado porteño?

A mí lo que me asombró fue lo sucedido en Página 12. Dentro de diez años seguramente la pregunta que me haría es “¿Quién cerró Página 12 esa noche? ¿Quién estaba a cargo de cerrar esa edición y no lo llamó a Fito por teléfono para consultarle por una o dos frases?" La sensación que queda es de la irresponsabilidad periodística. Cualquier editor responsable levanta el teléfono para hablar con Páez antes de cerrar. Eso es lo que a mí me dejó pensando. Después, qué se yo lo que le pasa a Fito Páez, no tienen mucha importancia las ideas de Páez en política.

El progresismo, Del Sel y Duhalde

- ¿La división del Frente Progresista que postula a Binner y el radicalismo es síntoma de qué?

- La voluntad de Pino fue la que impidió que hubiera un frente progresista unificado. Cuando Solanas dice: “con el radicalismo nada” y Alfonsín ,- la voluntad de otro individuo-, se va con De Narváez. Ahí se comportan de manera simétrica y en sentidos opuestos. Cualquier salida para adelante en términos ideológicos, políticos, de gestión, quedo trunca. Muchas veces la historia depende del movimiento de un individuo o de unos pocos individuos. No depende cuando todas las condiciones están dadas, pero cuando no es así y Solanas pone una interdicción y comprueba las peores hipótesis de esa interdicción, ahí la historia gira. Entonces llegamos al 14 de octubre en posición debilitada y fragmentada. Alfonsín se comportó de modo acorde a todos los prejuicios que se tenían sobre él. No hay salida.

-¿A Del Sel le cabe el rótulo de “antipolítica” o es una fachada de la alianza entre el PRO y el duhaldismo?

-Con Del Sel ocurren ambas cosas: por un lado es un candidato que se presenta como no político, mediático. Un personaje puro de lo que yo describo en el libro como “celebrityland”, que hace su cierre de campaña en el programa de Susana Giménez junto a Dady Brieva. Más “celebrityland” que eso no se me ocurre nada. Nada, ni Oprah Winfrey. Es la argentinidad en celebrityland. Pero por otro lado hay un aparato político detrás. Quien conoce un poco la política sabe que no entra cualquiera con un autito por los pueblos a hacer campaña. Todo lo que hizo Del Sel en la provincia requiere de un aparato político. Las noticias que llegaban de Santa Fe indicaban que, una vez que Rossi fue elegido candidato del kirchnerismo, muchos empezaron a trabajar para Del Sel. Del Sel es la no política él, eso es lo que él vende y las gente acepta. Pero para mostrar a ese personaje se necesita de un aparato político, y siempre lo hay.

-Que se lo proporcionó el duhaldismo…

Duhalde jugó muy fuerte y la presencia del “Momo” Venegas en la fiesta es un sello. Duhalde envía ese hombre porque está enviando su sello. Entonces son dos cuestiones: una que puede preocuparnos mucho desde el punto de vista ideológico cultural: la gente se divierte un rato, mira el programa de Susana Giménez, siente que Del Sel es igual a ellos. No lo es, dado que no tenemos 40 millones de Midachis, pero siente ese efecto que dan las celebridades: por un lado es como Dios y por otro lado es como Jesucristo: un hombre en la tierra. Pero para ello necesita los apóstoles, y los apóstoles fueron puestos por el peronismo no kirchnerista. ¿Qué quiere decir que la elección se nacionalizó? Significa que es una elección que se “peronizó”: una elección entre dos aparatos peronistas, el kirchnerista y el disidente.

martes, 26 de julio de 2011

Una votación rara

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Opinión

Beatriz Sarlo
LA NACION, Publicado el Lunes 25 de julio de 2011

En Santa Fe, provincia que paga el 82% a sus jubilados, se votó con boleta única . En la tarde de ayer, Agustín Rossi criticó la boleta única porque "fragmenta los proyectos políticos". Ahora, visto el gran resultado de la candidata a diputada María Eugenia Bielsa, del Frente para la Victoria, Rossi tendrá que sentarse a pensar por qué muchos votantes no lo eligieron a él y sí a ella. Rossi se lo veía venir y quiso atribuir a la boleta única esa voluntad diferenciadora.

Los resultados establecieron distancias no sólo cuantitativas entre derrotados y victoriosos. También cambiaron las expectativas del socialismo, que esperaba diferencias mayores a su favor que fueran el combustible del Frente Progresista a nivel nacional. Miguel del Sel terminó su campaña en el programa de Susana Giménez, festejado por Dady Brieva y la anfitriona. El reino mediático iluminó con todos los focos a un candidato cuya definición más sincera fue reconocer que es "un vago apolítico" ("vago", en Santa Fe, es "tipo"). Me cuentan que en Rafaela muchos de los que votaron al intendente Perotti en la interna abierta pusieron la boleta de Pro en el sobre.

Eso debe de haber sucedido un poco en todas partes, con la ayuda territorial invalorable de peronistas heridos por el kirchnerismo, que no rechazan a Duhalde. Al filo de la veda electoral abrió la boca la esfinge Reutemann, que fue la esperanza de muchos ilusionados en arrastrar fuera de los alrededores de la laguna Guadalupe a un hombre que conserva su popularidad por razones que forman parte del misterio de la política, además de que nadie pudo acusarlo, cuando fue gobernador, de latrocinios ni de excesos, pero tampoco de grandes cambios. El pétreo silencio de Reutemann vale más cuando lo quiebra para pronunciar alguna frase solitaria. En este caso: "Nunca fui kirchnerista" , un pase libre para votar a Miguel del Sel, ya que la antipatía de Reutemann por el Frente Progresista y por los socialistas quedó elocuentemente registrada la noche de 2009 en que, victorioso en la elección de senador, hizo el mayor gesto de expresividad que se le conoce: un corte de manga transmitido por televisión.image

Osvaldo Salomón, el candidato a vicegobernador de Miguel del Sel, es hombre de Reutemann. Alguien, lejos de Santa Fe, contribuyó a tejer esas convergencias. El nombre de Duhalde no puede pasar en silencio.

Todo esto obliga a pensar en dos direcciones. Por una parte, el talante de votantes alejados de la política pensada en términos de antecedentes de los candidatos y programas. Por la otra (igual o más importante), la incapacidad del kirchnerismo para conseguir todo el voto peronista, tarea para la cual la breve sentencia de Reutemann fue un obstáculo, además de los menos visibles y más eficaces movimientos de las estructuras territoriales justicialistas no cristinistas.

"Esta ha sido una elección rara", dijo el socialista Juan Zabalza cuando se dieron los cómputos de las mesas testigo, a las nueve y media de la noche. "Rara" quería decir que sólo unos exiguos puntos separaban a Bonfatti de Miguel del Sel.

No se trata de hablar mal de estos votantes, sino, simplemente, de señalar que existen: a ellos la política no los convoca y puede llamarles la atención una novedad recién desembarcada de los medios. Este perfil de votante es el gran desafío de la política no solamente en la Argentina. Hoy favorecieron a Miguel del Sel, agradeciendo simpatía, "cariño", "sencillez" y lenguaje de llaneza invencible. Qué va a suceder, de ahora en más, con Del Sel ya no depende de sus votantes sino de sus cualidades, si tiene algunas más que las demostradas hasta ahora. Palito Ortega y Scioli también llegaron al justicialismo desde afuera. Palito se esfumó, después de ser gobernador, y Scioli continúa. Macri llegó de Boca Juniors y todavía está en muy buena forma.

De todos modos, no hay que llamarse a engaño. En el cuartel general de Del Sel no estaba sólo la decoración festiva de Pro. También estaban Gerónimo Venegas y Martín Redrado, dos duhaldistas netos y, para quien quisiera escucharlo, estaba el intendente de Chabás, Osvaldo Salomón, un defensor del campo que considera que el socialismo fue "tibio y vacilante" en la cuestión agraria y que Rossi fue sencillamente un enemigo de esos intereses.

image Rossi, al filo de las once de la noche, pronunció un discurso digno y subrayó el triunfo en diputados de María Eugenia Bielsa. Como en la ciudad de Buenos Aires, en Santa Fe el candidato a gobernador del kirchnerismo dio una batalla que si ganaba iba a tributar al "modelo" y si perdía iba a pagar solo el gasto. Lógicamente, Randazzo no recibió la orden presidencial de que alguien viajara para darle un abrazo al derrotado. En el temperamento de Cristina Kirchner hay algo profundamente egocéntrico que la lleva a actuar como si las victorias le pertenecieran y las derrotas fueran de los otros.

Vale la pena recordar que cinco días antes se decidió a hacer acto de presencia en Puerto San Martín, lo subió a Rossi al palco y nacionalizó la elección, afirmando que le preocupaba mucho que Santa Fe hubiera crecido tan poco, pero que el gobierno nacional estaba dispuesto a ejercer la magnanimidad. Los asistentes al acto (se recordará que se trataba de una ceremonia en el predio de una empresa privada) insultaban copiosamente a Binner y a su madre. La jugada de Cristina Kirchner salió muy mal. Al día siguiente, Binner respondió. ¿Cuánto creció Santa Fe? El debate no tuvo lugar porque Rossi, enardecido, le contestó con una frase que probablemente le haya costado muchos votos: "Tenemos un canalla como gobernador".

Acostumbrado a los rigores y la intemperie de ser gobernador con los Kirchner en el Ejecutivo nacional, Binner tiene un temperamento moderado y paciente. Estos pueden no ser los rasgos de un dirigente audaz, pero son los de un administrador respetable y de un hombre respetuoso; un político parco y contenido, con más ideas de gestión que grandes ademanes para conmover a la sociedad. Esas cualidades posiblemente sintonicen bien con electorados que no quieren movimientos volcánicos ni piensen a la política como una dimensión que debe atravesar emocionalmente sus vidas, sino que, con el menor ruido posible, cree las condiciones administrativas para que éstas se desarrollen de la mejor manera. Jorge Henn, el vicegobernador electo, caracterizó bien al Frente Progresista: "Ha demostrado decencia, honestidad, capacidad de gestión y un federalismo bien entendido".

Binner no galvaniza emociones. La Presidenta las despertó en los cortos meses que vivió iluminada por la Gracia de su viudez. Pero Rossi no recibió los beneficios de esa Gracia. Las elecciones son un cortante filo cuantitativo. Allí se termina la indulgencia frente a la desdicha y pierde valor la identificación piadosa. Aparecen otras identificaciones, como la que suscitó Miguel del Sel. Sentimentalismo contra sentimentalismo.image

Pero estas elecciones no son sólo la derrota del Gobierno, sino la victoria, mucho más estrecha de lo previsto, de una construcción política pausada. Hermes Binner fue dos veces intendente de Rosario, ciudad gobernada por el socialismo desde 1989, cuando fue elegido Héctor Cavallero, un socialista de estilo populista, hoy candidato a intendente de Rosario en las boletas kirchneristas, derrotado ampliamente por Mónica Fein, del Frente Progresista. Después, en 2007, Binner fue el primer gobernador socialista de la provincia (con una vicegobernadora, Griselda Tessio, de origen radical), sostenido por una alianza donde están el viejo Partido Demócrata Progresista, la Coalición Cívica y el radicalismo, entre otras fuerzas locales.

Los gobernantes del Frente Progresista no han sido sospechados nunca de corrupción y nadie tiene que decir que esperará la decisión de los jueces en un proceso penal. Esto ya dura veinte años, una eternidad en la espasmódica escena nacional. Han recibido en estas elecciones una aprobación que es inferior a sus méritos y a sus expectativas.

Binner y Bonfatti son lo contrario de la política mediática. En el programa de Susana Giménez serían una extravagancia. Si decidieran incorporarse a esa Celebrityland serían expulsados por monotonía. Tienen algo gris y administrativo en sus aspectos y sus discursos, algo que prueba que están con las manos en la gestión de gobierno, en los programas y en los acuerdos. Sin brillo ni simpatía mediática, han demostrado ser gente confiable. Hombres de trabajo, que no convocan a una épica ni un escenario de farándula, sino a una rutina ordenada y eficiente.

En un clima módico, donde pocos creen en grandes cambios porque pocos están dispuestos a entregar algo para que se alcancen, el Frente Progresista abre, por su nombre y los ideales a los que se remite, un horizonte. Pero no pidió que se lo votara por ese horizonte sino por el presente. Sin prepotencia, alcanzaron votos seguramente muy diferentes en sus motivos, los votos de quienes comprobaron que Santa Fe era posible sin suscribir todo el "Modelo". Hicieron cuentas y concluyeron que las inversiones nacionales que nunca recibieron porque Santa Fe estaba gobernada por Binner significan menos en sus vidas que esa administración democrática, prolija, cumplidora de sus promesas.

Hay que analizar las razones por las cuales el Frente Progresista tuvo un resultado más módico del que se preveía y no es posible hacerlo a medianoche, cuando recién se tienen resultados parciales.

Hubo una peronización antikirchnerista del voto. La elección se nacionalizó por el lado justicialista. Es difícil pasar por alto el aparato territorial del peronismo y sus intendentes, que no jugaron con Rossi y apoyaron abierta o silenciosamente al candidato de Pro Federal, que hace pocos días declaró su intención de votar a Duhalde en las próximas elecciones nacionales. El kirchnerismo, en esta elección, hizo dos víctimas: su propio candidato Agustín Rossi y las expectativas, sin duda mayores, el Frente Progresista.