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lunes, 11 de enero de 2010

Quizás

imageBuena nota de Osvaldo Bazán. Es un buena réplica a la nota de Caparrós. Se anima a un punto donde yo me detuve. Es en el mejor sentido de la palabra, provocadora: obliga a pensar las cosas nuevamente, a revisarlas. Supongo que con esta entrada cierro esta saga.

Cali

 

La pelvis de Gardel

En estos días se escucharon muchas reivindicaciones rockeras de la figura de Sandro. Hubo necesidad de revestir al ícono suburbano con el prestigio que –parece– tiene el rock y casi ninguna otra música popular. A Sandro no lo agrandó la muerte. Sandro es grande desde hace casi medio siglo. Osvaldo Bazán.

Por Osvaldo Bazán, diario Crítica, 8 de enero de 2010

¿Y si un solo movimiento de pelvis de Sandro hubiese resultado más útil a la revolución que todas las bombas que pusieron las organizaciones armadas de los 70? No, en serio…, ¿qué pasaría si las incitaciones carnales de ese jetón hermoso que se mordía los labios desparramando lascivia se descubren finalmente mucho más liberadoras, más igualitarias, más dañinas para la reacción descontrolada que gozó del poder todo a lo largo del siglo XX, que los copamientos, las cárceles del pueblo, las consignas esclarecedoras? ¿Qué ocurriría si se descubriese que el hombre nuevo no estuvo cerca de nacer en la toma de Monte Chingolo sino en ese coxis dislocado, en esa provocación hormonal a mansalva? La sociedad en la que explotó Sandro era una sociedad injusta y reprimida. Nunca dijo una palabra que pudiera ser confundida con una toma de conciencia frente a las injusticias sociales que lo rodearon. Sin embargo, le bastaron cuatro penetrantes miradas para romper barreras morales que nunca supieron diferenciar derecha de izquierda. Ninguneado por los que estaban haciendo la revolución, supongo que porque nunca arengó para desalambrar nada ni se preguntó por las culpas del tomate, visto como objeto de consumo alienante por la vanguardia esclarecida, Sandro se calzó pantalones de cuero, abrió su camisa e hizo sus shows catatónicos en los escenarios de los clubes de barrio de todo el país. Sembró en los lugares más impensados la semilla de la concupiscencia, combatida con ahínco por las mismas armas que enfrentaban la guerrilla urbana. Sin embargo, haber tenido los mismos enemigos nunca los unió. También la guerrilla combatió la concupiscencia. La libertad sexual siempre fue sospechosa para el poder y para quienes quisieron tomar el poder. Los hombres son verdaderamente libres sólo cuando son también sexualmente libres.

Sandro lo sabía.

Las organizaciones guerrilleras, no.

Quizás por eso él consiguió lo que las organizaciones, nunca: el cariño del pueblo.

 “Penas”, Aterciopelados (1999)

Miren atentamente el DVD de las actuaciones de Sandro en la televisión mexicana. Pantalones y chaleco ajustadísimos, blancos, con algunos detalles plateados. Camisa rosa. ¡Rosa! Transpiración. Mucha transpiración. El pibe, el conurbano bonaerense en su maravillosa expresión, la desfachatez y el sentimiento, la alegría y los ojos oscuros. Salta el micrófono de una mano a otra. Y otra vez. Mira fijo a cámara. Todo va a estallar. Y entonces el éxtasis, el pubis impúdico del morocho de los barrios del sur, el sexo marcado direccionando las miradas hacia la entrepierna ajustada, el sexo no disimulado, exacerbado, desafiante. Exagerado. Absolutamente exagerado. Los camarógrafos mexicanos no saben qué hacer. No pueden lograr un zoom tan rápido que elimine de las pantallas ese festival espástico que nunca antes había aparecido en las casas de la clase media mexicana. Ni en los televisores de ningún otro país latinoamericano. Son cinco segundos, y él los aprovecha. Miren las caras del público, de todas esas mujeres ardidas, de esos hombres asombrados. Y del chico que nunca confesará. Miren esa señora que por primera vez desconfía de lo aprendido, pide los binoculares, se entusiasma. En esa sonrisa caben las ansias de las venas abiertas de Latinoamérica. Miren la sed, las ganas, la determinación de la vida, lo que no había. Sandro encendió el deseo sexual, el deseo de la vida en un continente que sólo rendía pleitesía a la muerte. Sandro fue vital ahí donde se desataba la masacre. Ahora que ya pasaron el deseo y la masacre, ¿dónde estuvo la verdad?

En estos días se escucharon muchas reivindicaciones rockeras de la figura de Sandro. Hubo necesidad de revestir al ícono suburbano con el prestigio que –parece– tiene el rock y casi ninguna otra música popular. Según la historia contada por cierto periodismo progresista, Sandro habría sido uno de los padres fundadores del rock nacional, pero –muchacho pícaro– se decidió por una música comercial, sin valor artístico, una música que sólo puede ser tomada en broma.

Y sin embargo.

Del 63 al 66, antes aun de que alguien tomara una balsa para irse a naufragar, editó cinco discos. En realidad, el primero, Presentando a Sandro con Milo y su conjunto, es una compilación de sus simples; la traducción más básica y simultánea posible pre-televisión satelital de lo que pasaba en el centro de poder mundial. Así, la versión argenta de “Love me do”, que los Beatles editaron en octubre del 62, él la publicó en mayo del 64. Y tiene un primer escarceo simpático con la comedia musical, con el archifamoso “América” de “Amor sin barreras” y éxitos italianos como “Las noches largas”. El segundo (en realidad, el primero) es Sandro y siguen las versiones Ben Molar de los Beatles, de Johnny Hallyday, de los éxitos de la época en Estados Unidos e Inglaterra. Es decir, fue una antena de lo que escuchaba el Primer Mundo, oía lo que oían los iniciados y lo compartía con aquellos que no tenían esa información. Lo hizo mal, bien, mejor, pero llevó esa modernidad de cabotaje a mucho más que los cien barrios porteños. Al calor de Sandro y los de Fuego y El sorprendente mundo de Sandro siguen esa lógica de la traducción mediocre pero pasional, esas ansias por interpósita persona, rock de acá como si fuera de allá, entrañable pero mal, los pininos obvios de cualquier artista cachorro. Una copia necesaria para que después aparecieran las balsas, las mariposas de madera, los osos. Y para que el público estuviese preparado para todo lo que se venía. Todo sirve. En el 66, con Alma y fuego entra en acción la grandilocuente orquesta de Oscar Cardozo Ocampo. Si la carrera de Sandro hubiera terminado ahí, quizás la colonialista denominación de “Elvis criollo” sería justa. Pero hubo más, mucho más. Quizás ellos tuvieron un “Sandro yanqui”.

Cuando en el invierno del 67 editó Beat latino, algo estaba ocurriendo: es el puente que Sandro no quiso cruzar, el que le hubiera dado el prestigio con el que hoy los rockeros insisten en barnizarlo, por eso aman ese disco y cuántos darían media vida por poder tener eso que a Sandro le chorreaba a borbotones: estilo. “Cuando hablo de ti” es aristocracia de barrio en grado excesivo y “Ave de paso” demuestra que el pibe –¡sólo tenía 22 años!– ya no era una copia, ni una promesa ni un ahí veremos.

“Tengo”, Divididos (1999)

Tomó un camino poco prestigioso, el de la balada sangrante, desaforada, cursi. Lo que algunos rockeros parecen no querer admitir es que lo hizo porque quiso. Porque en un país en el que aún hoy se dice por televisión que el hombre que baila levantando los brazos es poco hombre, pocos hicieron por la liberalización de las costumbres tanto como Sandro en su exaltada virilidad. Mientras la represión sangrienta y la militancia iluminada se tapaban con prejuicios medievales, Sandro saltaba en pelotas en un catamarán en el Delta. Ésa sí que era revolución.

Por eso a mí el fundamental me parece el disco posterior, (¡grabado sólo dos meses después de Beat latino!): Quiero llenarme de ti (vibración y ritmo), con una tapa que quizás no casualmente muestre a dos Sandros: el de jacket con moñito y el de pulóver a rayas. Es el disco en donde comienza la dupla con Anderle, que se consolidaría en el disco posterior, La magia de Sandro, no casualmente ambos con la dirección de Jorge López Ruiz, que supo mandar la voz al frente, porque esa personalidad no podía estar tapada por coros, violines y trompetas y supo entender al histriónico compositor de “Quién”, “Estoy desesperado” o “Atmósfera pesada” y el showman consumado de “Mon ami”, además, claro de esa súplica sexual explícita: “Quiero llenarme de ti”. Era el momento en que Gardel, finalmente, bajaba del bronce, movía la pelvis.

Lo que las fuerzas vivas de este país nunca soportaron.

Lo demás es historia, envidia, gloria y cigarrillos.

A Sandro no lo agrandó la muerte.

Sandro es grande hace casi medio siglo.

“Una muchacha y una guitarra” (versión en italiano”, Sandro (1968)

sábado, 9 de enero de 2010

anochecer de un día agitado

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Yo me imaginaba que venía la nota de Caparrós.

Por supuesto, se trata de una nota inteligente, pero no agota un tema escurridizo como son los gustos, los símbolos y los caprichos de “lagente”, como a él le gusta señalar. Al final de esta entrada está su nota completa, creo conveniente antes de seguir, pegarle una leída.

Para empezar, podría suscribir cada uno de los conceptos de su nota. Pero es tanto lo que Caparrós deja afuera o soslaya que se me hace imposible no escribirlo.

Yo también sufrí este tormento de superlativos a granel y de homenajes en cadena. Pero…

…no se puede ignorar que ha sido una muerte que a casi nadie le pasó desapercibida. No hay tantas vueltas, no cabe la pregunta si 40.000 señoras son “lagente” o no. Cualquiera puede decir: “La gente le dice adiós a Sandro” y no tengo ninguna duda que es una expresión que posee muy pocas posibilidades de ser injusta. ¿Cómo medimos la opinión de “la gente”?. Los más diversos medios de comunicación: de masas, de guetos, interactivos, audiovisuales, virtuales, escritos, orales, etc. reflejaron, cada uno a su modo y destacaron lo que consideraron destacable, pero nadie ignoró el hecho. No es este un caso en donde debemos señalar alguna manganeta para hacer pasar por “lagente” una opinión sectorial. En otros casos, puede ser, pero éste, no es el caso Caparrós.

Por supuesto que la muerte embellece y afloja las críticas y que hubo adjetivos por demás. Pero…

…suponer que es la muerte lo que dispara el mito, en este caso, es una enorme equivocación. Sandro recibió todos los premios habidos y por haber, fue reconocido por el Estado Nacional, con discos tributo, mil veces versionado, imitado, caricaturizado, homenajeado, etc. etc. etc. Sólo le faltaba morirse!. Su carácter de “leyenda nacional” nada tiene que ver con su muerte.

“Rompan Todo”, de Tango 4 (1991)

Por supuesto que su figura y sus canciones retrotraen a un pasado, que por lo general, se lo añora, con justicia o no, pero se lo añora. También es cierto que su obra no califica como obra artística de gran valor y no justifica algunas comparaciones tontas que se hicieron.Pero…

… el pasado al que, para muchos como yo, Sandro está asociado es un momento en que la música popular pegaba un salto y un grito que nunca habíamos sospechado podía darse aquí. Es haber hecho lo que hizo en su momento, y ahí está. Después vinieron muchos más y mejores, pero el que hizo que “eso” saliera por televisión, llegara a todo el país, llegara a Juncal!… en fin. Que en Juncal le hayan tirado barro a la camioneta es como cuando rompían discos de los Beatles en Estadios Unidos (salvando todas las distancias!!!!). Por eso, su pasado en los 60 es tan recordado y, en mayor o menor medida, valorado. Vale leer el recuerdo de un hueso duro de roer como Javier Martínez. Caparrós, yo sé que el rock´n´roll no te importa y acá se nota.

“Si yo fuera carpintero” de Tributo a Sandro (1999)

Es cierto que el ser querido no otorga calidad de gran artista. Está claro, Sandro se dedicó al entretenimiento, por sobre todo. Sus letras son horrendas, aún así, mejores que la mayor parte del repertorio melódico usual. Su dicción se la fabricó para cantar en América Latina, obvio. también cantó en italiano para entrar en ese mercado. Pero…

… el ser querido no es poca cosa en el medio artístico y la feria de vanidades de los medios. Llegó a ser lo que fue y creo que recién en su agonía final, supimos al detalle aspectos de su intimidad, cosa que nunca ocurrió. Una muy sana manera de ser “estrella”, su público sólo lo veía en sus shows, nunca en escándalos, programas de chismes, ni nada parecido. No es poco si se trata de darle a “lagente” algo mejor que lo mismo de siempre. Nunca le dio a su público escándalos o romances, le dio una colección de discos y shows, algunos memorables otros terriblemente malos, pero sólo eso. Ni más, ni menos. No se que sucederá cuando se muera Tinelli o Susana, probablemente lo mismo que suceda cuando se muera Sofovich o Legrand. ¿Generarán lo mismo que Sandro? a mi me parece que no, pero es contrafactico, esperemos a que ocurra y el que esté vivo para entonces, que nos cuente.

Finalmente, coincido con lo de “la plebeyización del gusto que empezó con el menemismo”, el futbol y el cuarteto son dos ejemplos elocuentes de lo que sucedió en los 90. Pero…

… es un enorme disparate asociar a Sandro con ese proceso. Sandro ganó todo, vendió todo y se hizo popular en toda América latina mucho antes que el menemismo hiciera su trabajo. No se puede mezclar todo: una cosa es Rodrigo, otra cosa son los más de 40 años de carrera de Sandro. Finalmente, nadie le está perdonando nada a Sandro en estos días. Hay gente agradecida, hay gente que añora cosas, hay gente que se entretuvo con Sandro, hay gente a la que le daban gracia sus payasadas y grasadas. No tiene nada que ver con las culpas de las que habría que olvidarse (si es que deseáramos hacerlo) cuando se mueran Kirchner, de Narváez y todos los que menciona Caparrós al final de su nota.

“Bailando en la vereda” (ver link)

Bueno, son algunos de los puntos en los que creo que Caparrós mete la gamba y tratándose de Sandro no los podía dejar pasar!

Cali

El mejor argentino

Por Martín Caparrós

07.01.2010

La locutora cubana hacía llegar, desde Miami, su solidaridad con todos los argentinos por la pérdida sufrida –y el conductor de la radio local, educado, la dejaba hablar. Un locutor mexicano le explicaba, desde el DF, al mismo conductor que esto no era ni más ni menos que una tragedia y como tal debíamos enfrentarla –y el local, educado, acordaba con él. Y después una paraguaya y un chileno y quichicientos argentinos repetían; eran sólo un ejemplo de los cientos, miles de periodistas que velaban la aureola del señor Roberto Sánchez Sandro.

Este lunes la muerte volvió a golpear a la Argentina, y consiguió atontarla una vez más. Durante un par de días, los medios hablaron del señor Sandro más que nada: los diarios lo llevaron a la primera página y dieron a su muerte ribetes de tragedia. Los diarios son –curiosamente, todavía– los que establecen la agenda informativa que siguen los demás medios, así que todos entendieron que se trataba de una tragedia nacional. Que sirvió, entre otras cosas, para precisar uno de los conceptos blandos más exitosos del postmenemismo. Clarín lo usó con propiedad de propietario: “La gente le dice adiós a Sandro en el Congreso” –y, enseguida: “Pasaron 40 mil personas”. Quedó claro, por fin, quién es lagente: esas 40.000 personas que pasaron a mirar el cuerpo del cantante, un suponer.

–Así que eso era lagente.

–Y sí, mire vea.

–La mitad de un recital de los Redondos o de los Piojos. Pero seguro que esos no serían lagente.

–Quién sabe no, vaya a saber.

No es fácil escribirlo, porque está la famosa muerte de por medio, pero las loas y alabanzas que desparraman sobre el difunto me suenan a levemente mucho. El señor Sandro fue un cantor con una voz agradable pródiga en gritos y susurros, una puesta en escena que rozaba la caricatura, la toqueteaba, la penetraba impune, un cuerpo atractivo y movedizo y esa cara de turrito seductor, que cantaba canciones tan poco originales –ajenas, al principio, y después copias– con una dicción rara, donde su ye porteña se transformaba en una elle for export sudaca. El señor Sandro no inventó nada; su aporte a la música consistió en un puñado de temas muy primarios que recordamos como se recuerdan los jingles de la infancia: con esa misma mezcla de nostalgia y displicencia y una pizquita de vergüenza:

–Bueno, éramos chicos.

–Sí, chicos éramos, claro. Pero no…

Ahora pataleamos en el mito: leyenda, tragedia, ídolo nacional. La primera psicóloga aburrida diría que nos estamos quedando tan huérfanos de referentes que cualquiera que pueda lejanamente postular para el puesto se lleva toda la torta las velitas el payaso un par de serpentinas –y más si consigue morirse cuando cuadra. La segunda –discusión encendida, café, cigarrillos con rímel– retrucaría que es un efecto más puro de la muerte: que el señor se convirtió en este tótem improbable porque en sus últimas semanas capturó nuestra atención con esa agonía sin fin que ofrecía la esperanza de que incluso las enfermedades terminales dejaran de serlo –y que fue realmente trágico comprobar que no, que cuando alguien va a morirse en general se muere. La tercera –porque las psicólogas siempre vienen de a tres, por si las moscas– contestaría que no es así, que hablamos de la muerte pero de otra manera: que se trata de la nostalgia de tantos por su propia juventud perdida, de cómo se trabajan la memoria para convertir ciertos hechos menores en momentos espléndidos: aquellos ritmos que bailaron sudados en algún carnaval y que, tiempo mediante, por la monotonía de lo que le siguió, se volvieron gloria en el recuerdo, y que llorar a Sandro es llorar lo que no fuimos, diría, su lagrimita atravesada.

Y así seguirían y yo, por decir algo, les propondría dejar por un momento el barro del mito y la leyenda y las apologías del artista eximio, y mirar sus canciones para chequear esa noción –seguramente malintencionada– de que sus letras son cimas picos cúspides de la cursilería. Entonces buscaría entre las más celebradas; la que empieza, por ejemplo, “Ay, Rosa, Rosa/ tan maravillosa/ como blanca diosa,/ como flor hermosa,/ tu amor me condena/ a la dulce pena/ de sufrir...”, portento del lugar común ya ni siquiera muy común de tan común. O, si no –siempre entre sus hits–: “Una muchacha y una guitarra/ para poder cantar,/ esas son cosas/ que en esta vida/ nunca me han de faltar./ Siempre cantando,/ siempre bailando/ yo quisiera morir,/ dejar al cielo/ sobre este suelo/ en el que yo nací”. Otro milagro de profundidad, revelación, interpretación de lo nunca antes dicho con rima infinitiva o bien gerundia. Y una de las psicólogas me miraría y pensaría en preguntarme qué me pasa, e incluso, quizá tararearía: “Se te nota,/ porque estás muy agresiva,/ la mirada siempre esquiva,/ vida mía, se te nota./ Se te nota,/ porque finges al hablarme,/ y pretendes simularme,/ vida mía, se te nota.” Otro hondo drama humano encerrado en siete versos.

–Bueno, pero lagente lo quería.

–¿Ah, sí, lagente?

Es indudable que el señor Sandro fue muy querido por muchos argentinos. Es un hecho, es un mérito –quizá mayor que tantos otros. Pero que alguien sea querido no lo convierte en un artista ni da un valor estético particular a lo que hace; prueben a matar a Tinelli o a Giménez y verán cuántos millones van a velarlos dónde sea. Parece obvio y, sin embargo, abundaron estos días columnistas en diarios y radios mofándose de los “intelectuales” –o, incluso, “intelectualoides” o “intelectualosos”, aunque la mayoría considera que la palabra intelectuales ya es insulto suficiente– que osaran decir que el señor Sandro era lo que era y no ese busto gardeliano que han inventado esta semana. Que son elitistas, retorcidos, insensibles al sentir de lagente, dicen: populismo en todo su esplendor.

–Tá bien, pero ¿por qué se tira contra el pobre Sandro? ¿Qué le molesta de él?

–Nada, a mí nada, ¿y a usted?

El señor Sandro me parecía un tipo simpático y decente, querible, respetable, todo bien; lo curioso es que lo hayamos convertido en lo que nunca fue. Sandro era un señor que la pegó con unas cuantas canciones hace cuarenta años y que, desde entonces, las repetía para un público acotado de señoras cada vez mayores. Y había sido, también, el protagonista de algunas de las peores películas del peor cine argentino. Los que ahora se llenan la boca con su leyenda su mito su poesía su arte nunca lo escuchaban en su walkman o ipod o portátil ni iban a verlo a un recital; alguno, si acaso, habrá pensado en divertirse un rato con un espectáculo francamente kitsch –y después, seguramente, le dio fiaca y se quedó mirando Los Soprano.

Yo creo que la apoteosis del señor Sandro es un episodio más de la plebeyización del gusto que empezó con el menemismo, cuando los ricos argentinos y sus repetidoras habituales consiguieron por fin deshacerse del deber ser que decía que tenían que alabar la “alta cultura” y se entregaron sin tapujos a la cumbia y el fútbol –Macri, valor y referente– y legitimaron esos gustos: los convirtieron en valores. Un gran momento; frente a eso, la pretensión de producir estéticas distintas pasó a ser –considerado– elitista o antipopular o simplemente estéril, el intento de formular un juicio estético pasó a ser –condenado por– intelectualoso o pretencioso o vanidoso o algún otro oso más o menos hormiguero. Y la popularidad –también llamada mercado– se convirtió en el gran baremo.

Por eso, entre otras cosas, es posible convertir a Sandro en gran artista, mito. Por eso, y porque la muerte cambia todo, calla todo, transforma cualquier voz en loa. En la Argentina actual la muerte es el gran criterio de legitimidad, de atención, de importancia. Y, entre otras cosas, mata cualquier posibilidad de análisis y la reemplaza por la hagiografía.

A este paso, un día se va a morir Kirchner y va a ser el varón probo austero que salvó a la Argentina del abismo, Narváez y va a ser el sacrificado Gautama que olvidó su fortuna por el amor del pueblo, Carrió la pitia ahumada en Delfos, Cobos aquel iluminado que en un momento decisivo vio la luz y dijo voto caca, y así. Lo sabemos, aunque todavía no está confirmado el rumor de que hay un consultor guatemalteco que anda proponiendo a los candidatos para las próximas elecciones que se mueran un mes antes del comicio –para asegurarse la victoria pírrica. Quizá no sea verdad, pero podría. Para nuestros líderes, para todos nosotros argentinos es una suerte la desgracia de saber que al fin y al cabo nos morimos: una luz de esperanza. Después de haber sido denostados –en general, muy justamente denostados– durante todas nuestras vidas, siempre nos queda ese momento en que, ya muertos, vamos a ser espléndidos. Allá vamos, henchidos de esperanza, rumbo a nuestra leyenda, a nuestro mito pequeñito. Porque como ya sabe –por experiencia propia– Sandro, el mejor argentino es el argentino muerto. O, dicho por Él con esa verba incomparable: “Serán los días más felices/ que puedas tú vivir/ con luz de mil matices/ y todo es para tí.”

image (1999)

jueves, 7 de enero de 2010

Nunca se le subió el estrellato a la cabeza

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Nunca se le subió el estrellato a la cabeza

Javier Martínez (Músico)

Estoy anonadado y todo esto es una gran pena porque era un gran amigo. Nos conocimos en La Cueva, cuando él se transformó en el alma mater del lugar, que dejó de ser un club de jazz llamado La Cueva de Pasarotus y pasó a ser La Cueva de Sandro. Era su época rockera, con Sandro y Los de Fuego. El contacto inicial lo tuvo Pajarito Zaguri, que lo conocia de las salas de ensayo en Callao 11, y en La Cueva estábamos Miguelito Abuelo, Pipo Lernoud y Moris. Nosotros éramos apenas profesionales y él ya actuaba en televisión y se vestía con ropa de cuero y bailaba. De toda la barra, Sandro era el único que estaba en la fama, pero no le teníamos envidia, sino que lo admirábamos, y nos enseñó los secretos de la profesión. Estar al lado de él fue toda una escuela, porque nunca se le subió el estrellato a la cabeza. Era un rockero de primera y aprendimos mucho con él, no sólo del rock and roll sino de la vida, con máximas como “Que hablen, mal o bien, pero que hablen”, o “Cuando subo al escenario soy Sandro y cuando bajo soy Roberto Sánchez”.

Yo conocí la humildad del tipo, su simpleza y falta de ego. Con el tiempo nos hicimos muy amigos, de verdad, y compartimos años de bohemia en los bares del Bajo, en los centros nocturnos de la calle 25 de Mayo casi Reconquista, ahí por la parte baja de la City. Sandro aparecía en La Cueva con un auto sport descapotable y a veces me decía: “¡Vamos a los boliches!”. Yo era cero cholulo y muy discreto.

Sandro iba a La Cueva todas las noches. Caía bien tarde y se ponía a cantar algún tema de Little Richard, Elvis o Jerry Lee Lewis con la banda que estaba ahí o con su propio grupo, con Adalberto Cevasco, Hebert Orland, Bernardo Baraj y Fernando Bermúdez, de quien me hice amigo y a veces me pedía que lo cubriera si tenía una salida. Entonces Sandro me reconoció como baterista, un día nos pusimos a hacer “All Shook Up” y le gustó tanto que me llevó a la CBS para grabar. ¡Y para mí fue toda una aventura porque ni había entrado en El Grupo de Gastón y ni soñaba con hacer Manal! Conocí el estudio de la calle Paraguay, con Héctor Techeiro como productor. ¡Así que en realidad mi debut discográfico fue haciendo coros con Sandro!

Me gusta hablar de la parte humana, porque la parte artística ya se conoce. A lo sumo, hubo seudocríticos e historiadores que en un momento se olvidaron del lugar de pionero que tuvo en el rock nuestro. Sandro fue el primero de todos. Después vinieron los demás: Los Pick Ups y Los Tamis, todos con el repertorio de Elvis en castellano, pero él lo hizo primero y recontra bien. Tenía toda esa data muy clara y armó unas bandas que sonaban fenómeno. Y en su casa, con amigos, tocaba el piano como Little Richard, perfecto. Y era un muy buen guitarrista rítmico.
Recuerdo que una vez tuvimos un show en el Rowing Club de Tigre, fuimos a pedirle una guitarra, nos prestó todos los equipos y Moris tocó con esa viola. También nos dio la data precisa para comprar la primera Telecaster de Manal, cuando Pipo cobró los derechos de autor de “Ayer nomás”, que era el lado B de “La balsa”. Siempre nos ayudó a todos y nos aconsejó a todos.

“Atmósfera Pesada” del disco “Quiero llenarme de ti” (1968

martes, 5 de enero de 2010

Mi “peak experience”

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Entre las cosas buenas de tener hermanos mayores está el haber tenido acceso a cosas que, sólo, me hubiera llevado mucho tiempo alcanzar.

Sandro fue en mi niñez, y casi en tiempo real, un impacto único. Crecí con los tapas de los discos de Sandro en la pared como se si tratase de las fotos de la evolución humana. Todos aquellos discos de los ‘60, cuando todavía no alcazaba los 10 años, fueron un culto. Pero en el comienzo hay una iniciación, una “experiencia pico”. Única.

Primero debo incluir un texto que dimensione de lo que hablo:

"Experiencias Pico"

Existen experiencias particulares que pueden conducir al ser humano a otro estado de consciencia, mucho más significativo que el actual estado de estar despiertos. Estas fueron llamadas "experiencias pico" por Abraham Maslow. Para poder definir el contenido de estas experiencias, todas las grandes tradiciones han elaborado sus términos específicos: El Zen habla del satori, El Taoísmo sobre hsù ("estado de vacío"), El Sufismo sobre fana’ ("extinción del ego"), el Budismo sobre nirvana, el Cristianismo sobre el "reino de los cielos".

Una experiencia pico tiene algunas de las siguientes características:

Una emoción profunda y muy fuerte semejante al éxtasis.
Una profunda sensación de paz o tranquilidad.
La sensación de estar a tono, en armonía o ser uno con el universo.
Una sensación de profundo conocimiento o profundo entendimiento.
La sensación de que es una experiencia muy especial que sería difícil o imposible describirla adecuadamente con palabras.
Las experiencias pico son definidas como las mejores, más importantes y significativas experiencias de la vida de uno y son similares en varios aspectos a las experiencias místicas y espirituales.

Las investigaciones han detectado que las personas tienden a no discutir las experiencias picos con los demás. Ellos no tienen las palabras adecuadas para describirlas y sienten miedo que las personas subestimen la experiencia o los crean locos. La Psicología Transpersonal alienta la inclusión de las experiencias pico como una ventana importante de salud mental y completo funcionamiento como seres humanos.

Los hechos. Sería 1965 o 1966, tendría 5 o 6 años. Supongo que Sandro y Los de Fuego habrían grabado ya su primer disco y habían hecho su aparición por TV. Una noche se realizaba en Juncal una de esas grandes fiestas que supongo habría organizado la cooperadora escolar o el club. Eran grandes fiestas y siempre había alguna orquesta para animar el baile. Esta se hizo en los galpones del ferrocarril. Eran galpones de cereales que se limpiaban y despejaban para la ocasión. Pasada la cena, me recuerdo (o supongo) corriendo entre las mesas. Hasta que algo pasó.

Esa noche tocaba Sandro y Los de Fuego. Sólo me recuerdo parado y tieso, desde bajo del escenario (seguramente improvisado en un acoplado) viendo a los extraterrestres bajar. La bola de electricidad, sonido y locura me dejó ciego, sordo y mudo. Guitaras eléctricas como nunca se me hubiera ocurrido, Sandro aullando y revolcándose por el piso como un poseído por el demonio… la película vira al blanco y no recuerdo más nada. Supongo que caí dormido en los brazos de mi mamá. Pero para mí que fui capturado por el rock’n’roll!

De esa noche, mi hermano mayor conservaba la corbata de Sandro, que se la había pedido a la salida. Esa corbata estuvo en nuestro ropero por mucho tiempo y era el testimonio que eso realmente había ocurrido.

Luego me enteré que esa noche, la “vieja guardia” local (tangueros y conservadores) le llenaron de barro, pasto y puteadas a la camioneta con la que la troupe de fuego saldría luego hacia otra fiesta en otro pueblo.

En 1996 vi (por esas cosas de la vida) a Marilyn Manson, me resultó un pobre infeliz comparado al Sandro que vi en Juncal a los 6 años.

Cali

Sandro y Los de Fuego (1965) "Hay mucha agitación" (Whole lotta shakin' goin' on) de Jerry Lee Lewis

Este cover fue grabado por Sandro y los de Fuego en dos oportunidades. La primera en febrero de 1964 para la edición de un disco simple, y luego esta versión de 1965 para el 1°L.P. del grupo.