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martes, 19 de octubre de 2010

Hoy llovió y todavía está nublado

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En una entrada previa coloqué el tema “Avellaneda blues” por Manal. Fue en ocasión de comentar un show de Javier Martínez y no fue esa la primera vez que hacía referencia (y reverencia) a ese tema aquí en el blog. En relación a la nota que sigue, recomiendo fervorosamente leer y escuchar la entrada Un trozo de este siglo y del otro.

Acabo de comprarme “Canciones Argentinas 1910-2010” (Emecé, 2010), de Sergio Pujol. Una recorrida por las canciones que están en la memoria colectiva de los argentinos. El libros trata sobre el misterio de “esa conjunción químicamente feliz entre unas pocas estrofas y una melodía”.

¿De qué misterio están hechas las canciones favoritas de los argentinos? ¿Sobre qué hablan sus letras y sus melodías? ¿Qué dicen sus compases acerca de los gozos y las sombras del país a lo largo de cien años?

De Sergio Pujol invito a leer también Rock y dictadura: Esperando nacer.

Quiero compartir de “Canciones Argentinas…”, el capítulo “Avellaneda Blues” (Martínez-Gabis). El libro es una buena excusa para volver a escuchar y visitar los mundos de esas canciones.

Cali

“Avellaneda Blues” (Martínez-Gabis)

A diferencia del rock and roll, con su clamor generacional, el blues se asume como música adulta, de hombres y mujeres endurecidos por experiencias de vida sórdidas o por lo menos difíciles. El blues transmite una carga épica que no podía menos que fascinar a muchos jóvenes de la generación del rock. Éstos se rebelaban contra sus padres; los trovadores negros, contra todo un sistema de segregación y marginalización.

A miles de kilómetros del Mississippi, pero educado con los mismos discos con los que los Rolling Stones y la poderosa movida del «blues británico» selló su pacto trasatlántico con el Demonio del deep south, el argentino Claudio Gabis se enamoró de la ambigüedad modal de la música afroamericana, y a través de ella tomó contacto con las venas abiertas de Norteamérica. En 1968, con sus amigos Javier Martínez y Alejandro Medina, fundó el trío Manal. Debutaron en el Instituto Di Tella y dos años más tarde grabaron en el sello Mandioca «No pibe», «Jugo de tomate», «Una casa con diez pinos» y «Avellaneda blues».

Fugitiva y fascinante, la historia de Manal está inscrita en el núcleo mismo del relato fundacional del rock nacional. Hablamos de los pioneros, y enseguida salta Manal. Poco y nada hubo antes que ellos. Sin embargo, ningún grupo de esos años remite tan insistentemente a una tradición como el trío blusero. Que esa tradición sea extranjera —o foránea, para decirlo con la palabra favorita de los nacionalistas de entonces— encierra una poderosa ironía. Y acaso también un gesto desafiante hacia los cultores del tango y del folclore. ¿Por qué Muddy Waters y no Buenaventura Luna? ¿Por qué Cream y no Pugliese? En fin, ¿por qué los negros norteamericanos y no los «cabecitas negras» argentinos?

Encuentro dos anécdotas ejemplares. La primera: al niño Javier Martínez lo mandaron al rincón cuando, en una escuela porteña de mediados de los 50, prefirió cantar «Tutti frutti» de Little Richard en lugar de una zamba. Y otra anécdota, ya de los 60: Javier Martínez y Arturo Jauretche discutieron sobre cultura nacional en la librería/editorial de Jorge Alvarez, a la sazón productor de Mandioca. De esos cruces, de esas circulaciones controversiales estuvo hecha la textura de los 60. Qué curiosos los caminos de la rebelión hecha sonido: en los 50, una escucha solitaria, a contrapelo de las instituciones y de la música popular predominante. Algunos años más tarde, la incorrección política de tocar blues en inglés —no hay en la música de Manal signos de mestizaje musical, más allá del ya producido con el encuentro del blues con la cultura rock— y cantarlo en español, con inequívocas inflexiones tangueras:

          Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado

          tren de carga, el humo y el hollín están por todos lados

          hoy llovió y todavía está nublado

          sur, aceite, barriles en el barro, galpón abandonado

          Charco sucio, el agua va pudriendo un zapato olvidado.

          Un camión interrumpe el triste descampado.

Dije «inequívocas inflexiones tangueras». Pienso, lógicamente, en “Nieblas del riachuelo», con sus «puentes y cordajes donde el viento viene a aullar» y esos «barcos carboneros que jamás han de zarpar», en «Tinta roja», con sus esquinas, ladrillos y fondines. Pero el blues de Gabis y Martínez le canta a las vías del tren, como corresponde a tradición poética del folclore afroamericano... Salvo que estas vías son las que nacen en Constitución y se prolongan hasta Avellaneda, y de ahí a diferentes destinos del sur.

Apasionado por los trenes casi tanto como por la música, Gabis relató a la pedagoga musical Violeta de Gainza el origen de la canción. Una tarde de 1968, él y su amigo Luis Gambolini paseaban por vías del tren de Avellaneda, desde la barrera de la calle Bernardino vadavia en Fiorito hasta avenida Mitre, en Crucecitas. Caminaban r la vía, directamente. Curiosa forma de fláneur argentino con estructuras de blues en la cabeza, Gabis resolvió ahí mismo la secuencia armónica de su futuro tema. Pensó en Sol mayor con séptima y novena sus posibles direcciones tonales. También se le ocurrió, a manera de adencia a mitad de tema, el pasaje de Sol a La menor séptima. Ese módulo, poco convencional dentro de la sintaxis armónica del blues cIásico, le evocaba al joven guitarrista la imagen del cruce del Riachuelo. Atrás quedaron las luces de los edificios y los carteles de la ciudad menguante. Los amigos se sumergieron en la oscuridad del Riachuelo, y entonces imaginaron el blues en la escenografía porteña.

Más tarde, en una reunión de amigos, Gabis le mostró la secuencia de acordes a Javier Martínez y entre los dos concibieron la letra, ie es más de Javier, claro. Actor por mandato paterno, baterista intuitivo y fervoroso, cantante de voz inventada —como todos los cantantes, salvo que él se inventa una voz negra—, Javier Martínez es el gran letrista del rock suburbano. Sólo él podía mantener el tono plebeyo en un ágape del Di Tella, o discutir con los escritores que frecuentaban la librería de Alvarez sin quedar como un cipayo.

La melodía de «Avellaneda blues» prácticamente no existe, es apenas un cauce musical concebido por Martínez mientras lee en voz alta su propia letra. Esa oralidad discurre bastante libremente sobre Una base que, tal como la piensa Gabis, es el verdadero protagonista sonoro del tema. La atmósfera rebosa de jazz. Es el blues más jazzeado que un rocker argentino haya podido crear. Con una gota más de blues, se habría ido al terreno de Pappo. Y con más jazz, habría dejado el blues para internarse en los standards. De este juego de proporciones estaba hecho Manal.

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Una versión de Avellaneda blues por Claudio Gabis y León Gieco del disco “Convocatoria” (1995)

Claudio Gabis: guitarras; León Gieco: voz; Ciro Fogliatta: piano; Horacio Fumero: contrabajo; Pedro Barceló: batería.

martes, 23 de febrero de 2010

Un trozo de este siglo y del otro

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Hace poco hice un par de visitas a Jazz & Pop, un boliche (bah!, un sótano) que para mi tiene una connotación especial porque en los 70s  y 80s era un reducto donde tocaron muchos de los monstruos que en esa época visitaron a la Argentina. Yo leía las crónicas de esas zapadas post-conciertos a través de las revistas en Rosario. Luego Jazz & Pop cerró. Ahora, en esta nueva etapa, me dispuse a disfrutar de una cartelera que cubre todo el verano. Así, cualquier noche uno puede disfrutar de buena música, como estar en un ensayo, en ese ambiente “cálido y húmedo” como sólo un buen sótano puede ofrecer.

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Uno de los gustos que me di en este verano de Jazz & Pop es haber podido escuchar a Javier Martínez, a quien nunca antes había visto en vivo. En formato de trío, a lo Manal, me despaché con una noche de Javier Martínez y sus blues, en un sótano húmedo en una noche porteña más húmeda aún, como debía ser. Hasta con el agregado que hubo que bajar el volumen porque lo vecinos se quejaban!

Javier Martínez es un “hueso duro” dentro del panorama musical nacional, una leyenda, un músico y poeta cuya figura se agranda con el tiempo.

Hace un tiempo puse la data de “Avellaneda Blues”. Si tuviese algún sentido un ranking así, Avallaneda Blues estaría entre las diez mejores de la historia de la música argentina. En aquella entrada no puse el tema porque no contaba con la maquinita “goear”. Ahora va:

Aquí un programa dedicado a este increíble Javier Martínez

Para terminar, el trailer de “Argentina Beat”, y ahí está Javier Martínez.

jueves, 28 de febrero de 2008

Avellaneda Blues

En la entrada del 12 de febrero hacía referencia a la potencia poética del Riachuelo y sus aledaños. Quiero ahora rendirle su homenaje a esa inmensa composición que es “Avellaneda Blues”, publicada por Manal en 1970. El tema pertenece a Javier Martínez y Claudio Gabis. Manal se componía por Javier Martínez en batería y voz, Claudio Gabis en guitarra y Alejandro Medina en bajo y voz.
Imposible no ubicar a Manal como "grupo fundacional" del rock argentino, junto a Los Gatos y Almendra. Originariamente bautizados Ricota, este trío interpretaba un blues marcadamente influenciado por Cream (el grupo de Eric Clapton) y se presentaban casi diariamente en La Cueva.
Después de algunos primeros simples y tras varias presentaciones exitosas, Manal logra grabar su primer LP (Long Play, para lo mas chiquitos) en 1970.
En ese disco aparece por primera vez “Avellaneda Blues”, un clásico de la música argentina.


Avellaneda Blues
Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado.
Tren de carga, el humo y el hollín están por todos lados.
Hoy llovió y todavía está nublado.

Sur y aceite, barriles en el barro, galpón abandonado.
Charco sucio, el agua va pudriendo un zapato olvidado.
Un camión interrumpe el triste descampado.

Luz que muere, la fábrica parece un duende de hormigón
y la grúa, su lágrima de carga inclina sobre el dock.
Un amigo duerme cerca de un barco español.

Amanece, la avenida desierta pronto se agitará.
Y los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van.
Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial.