En una entrada previa coloqué el tema “Avellaneda blues” por Manal. Fue en ocasión de comentar un show de Javier Martínez y no fue esa la primera vez que hacía referencia (y reverencia) a ese tema aquí en el blog. En relación a la nota que sigue, recomiendo fervorosamente leer y escuchar la entrada Un trozo de este siglo y del otro.
Acabo de comprarme “Canciones Argentinas 1910-2010” (Emecé, 2010), de Sergio Pujol. Una recorrida por las canciones que están en la memoria colectiva de los argentinos. El libros trata sobre el misterio de “esa conjunción químicamente feliz entre unas pocas estrofas y una melodía”.
¿De qué misterio están hechas las canciones favoritas de los argentinos? ¿Sobre qué hablan sus letras y sus melodías? ¿Qué dicen sus compases acerca de los gozos y las sombras del país a lo largo de cien años?
Quiero compartir de “Canciones Argentinas…”, el capítulo “Avellaneda Blues” (Martínez-Gabis). El libro es una buena excusa para volver a escuchar y visitar los mundos de esas canciones.
Cali
“Avellaneda Blues” (Martínez-Gabis)
A diferencia del rock and roll, con su clamor generacional, el blues se asume como música adulta, de hombres y mujeres endurecidos por experiencias de vida sórdidas o por lo menos difíciles. El blues transmite una carga épica que no podía menos que fascinar a muchos jóvenes de la generación del rock. Éstos se rebelaban contra sus padres; los trovadores negros, contra todo un sistema de segregación y marginalización.
A miles de kilómetros del Mississippi, pero educado con los mismos discos con los que los Rolling Stones y la poderosa movida del «blues británico» selló su pacto trasatlántico con el Demonio del deep south, el argentino Claudio Gabis se enamoró de la ambigüedad modal de la música afroamericana, y a través de ella tomó contacto con las venas abiertas de Norteamérica. En 1968, con sus amigos Javier Martínez y Alejandro Medina, fundó el trío Manal. Debutaron en el Instituto Di Tella y dos años más tarde grabaron en el sello Mandioca «No pibe», «Jugo de tomate», «Una casa con diez pinos» y «Avellaneda blues».
Fugitiva y fascinante, la historia de Manal está inscrita en el núcleo mismo del relato fundacional del rock nacional. Hablamos de los pioneros, y enseguida salta Manal. Poco y nada hubo antes que ellos. Sin embargo, ningún grupo de esos años remite tan insistentemente a una tradición como el trío blusero. Que esa tradición sea extranjera —o foránea, para decirlo con la palabra favorita de los nacionalistas de entonces— encierra una poderosa ironía. Y acaso también un gesto desafiante hacia los cultores del tango y del folclore. ¿Por qué Muddy Waters y no Buenaventura Luna? ¿Por qué Cream y no Pugliese? En fin, ¿por qué los negros norteamericanos y no los «cabecitas negras» argentinos?
Encuentro dos anécdotas ejemplares. La primera: al niño Javier Martínez lo mandaron al rincón cuando, en una escuela porteña de mediados de los 50, prefirió cantar «Tutti frutti» de Little Richard en lugar de una zamba. Y otra anécdota, ya de los 60: Javier Martínez y Arturo Jauretche discutieron sobre cultura nacional en la librería/editorial de Jorge Alvarez, a la sazón productor de Mandioca. De esos cruces, de esas circulaciones controversiales estuvo hecha la textura de los 60. Qué curiosos los caminos de la rebelión hecha sonido: en los 50, una escucha solitaria, a contrapelo de las instituciones y de la música popular predominante. Algunos años más tarde, la incorrección política de tocar blues en inglés —no hay en la música de Manal signos de mestizaje musical, más allá del ya producido con el encuentro del blues con la cultura rock— y cantarlo en español, con inequívocas inflexiones tangueras:
Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado
tren de carga, el humo y el hollín están por todos lados
hoy llovió y todavía está nublado
sur, aceite, barriles en el barro, galpón abandonado
Charco sucio, el agua va pudriendo un zapato olvidado.
Un camión interrumpe el triste descampado.
Dije «inequívocas inflexiones tangueras». Pienso, lógicamente, en “Nieblas del riachuelo», con sus «puentes y cordajes donde el viento viene a aullar» y esos «barcos carboneros que jamás han de zarpar», en «Tinta roja», con sus esquinas, ladrillos y fondines. Pero el blues de Gabis y Martínez le canta a las vías del tren, como corresponde a tradición poética del folclore afroamericano... Salvo que estas vías son las que nacen en Constitución y se prolongan hasta Avellaneda, y de ahí a diferentes destinos del sur.
Apasionado por los trenes casi tanto como por la música, Gabis relató a la pedagoga musical Violeta de Gainza el origen de la canción. Una tarde de 1968, él y su amigo Luis Gambolini paseaban por vías del tren de Avellaneda, desde la barrera de la calle Bernardino vadavia en Fiorito hasta avenida Mitre, en Crucecitas. Caminaban r la vía, directamente. Curiosa forma de fláneur argentino con estructuras de blues en la cabeza, Gabis resolvió ahí mismo la secuencia armónica de su futuro tema. Pensó en Sol mayor con séptima y novena sus posibles direcciones tonales. También se le ocurrió, a manera de adencia a mitad de tema, el pasaje de Sol a La menor séptima. Ese módulo, poco convencional dentro de la sintaxis armónica del blues cIásico, le evocaba al joven guitarrista la imagen del cruce del Riachuelo. Atrás quedaron las luces de los edificios y los carteles de la ciudad menguante. Los amigos se sumergieron en la oscuridad del Riachuelo, y entonces imaginaron el blues en la escenografía porteña.
Más tarde, en una reunión de amigos, Gabis le mostró la secuencia de acordes a Javier Martínez y entre los dos concibieron la letra, ie es más de Javier, claro. Actor por mandato paterno, baterista intuitivo y fervoroso, cantante de voz inventada —como todos los cantantes, salvo que él se inventa una voz negra—, Javier Martínez es el gran letrista del rock suburbano. Sólo él podía mantener el tono plebeyo en un ágape del Di Tella, o discutir con los escritores que frecuentaban la librería de Alvarez sin quedar como un cipayo.
La melodía de «Avellaneda blues» prácticamente no existe, es apenas un cauce musical concebido por Martínez mientras lee en voz alta su propia letra. Esa oralidad discurre bastante libremente sobre Una base que, tal como la piensa Gabis, es el verdadero protagonista sonoro del tema. La atmósfera rebosa de jazz. Es el blues más jazzeado que un rocker argentino haya podido crear. Con una gota más de blues, se habría ido al terreno de Pappo. Y con más jazz, habría dejado el blues para internarse en los standards. De este juego de proporciones estaba hecho Manal.
Una versión de Avellaneda blues por Claudio Gabis y León Gieco del disco “Convocatoria” (1995)
Pasaje en Neuquén (capital) bautizada por vecinos. Se puede ver nota al respecto aquí
La semana pasada fui a ver a Spinetta a San Isidro, teatro Don Bosco. Un show con mucha calma, y mucha mucha gente. Mayormente, en la atmósfera de “Un Mañana” , sólo hacia el final subieron los decibeles y apareció, por ejemplo, una novedosa versión (y van…) de “Rutas Argentinas”. Me resulta increíble tanta gente joven cantando canciones nuevas y antiquísimas, se conocen todo!
“Un mañana” (2009)
Una nota que se publica hoy en Página/12, tiene que ver. Si, qué se yo, sale hoy y a las sincronicidades no hay que dejarlas de lado.
CINE › LEON GIECO PRESENTO MUNDO ALAS EN NUEVA YORK, Y VIAJA A LOS ANGELES
“A mí el Oscar ya me lo dio Spinetta”
Aunque está cumpliendo con los pasos necesarios para presentar la película en competencia, León disfruta la experiencia y los buenos comentarios que despertó el film en Estados Unidos. Y se lleva una perla extra: un encuentro y una charla con Roger Waters. “Un documental admirable sobre un concierto inusual que promovió León Gieco”, escribió el New York Times.
“Estar en movimiento es maravilloso. Soy una persona que se cansa cuando no hace nada”: León Gieco es de esos artistas que se entregan tanto a lo que hacen que encuentran a cada paso pasiones nuevas. Maravillado, enérgico: así se lo escucha desde Estados Unidos, donde está presentando Mundo Alas, la road movie que retrata la gira que realizó con artistas y músicos discapacitados por el interior del país y que dirigió con Fernando Molnar y Sebastián Schindel. Desde el viernes 6 hasta ayer, el documental se proyectó en un cine neoyorkino, con funciones que incluyeron conciertos, y a partir de hoy se verá en Los Angeles. Uno de los propósitos es buscar la candidatura al Oscar. “Estar acá me da la energía que tenía a los diecinueve años, cuando llegué a Buenos Aires e iba a una radio para hacer mi primer disco. Ahora voy a Univisión a promocionar Mundo Alas. Me hago muy de abajo”, recalca el músico santafesino, que recopila en su mente las anécdotas del viaje con la capacidad de sorpresa intacta. Entre las más preciadas, un encuentro fortuito nada menos que con Roger Waters.
Página/12 conversa con Gieco luego de que se concediera una extensa caminata matutina por los alrededores del Central Park. Al momento de la entrevista le quedaban horas en Nueva York, donde también se presentó en el Festival Cultural Latino. El encuentro anual tuvo lugar esta vez en el Queens Theatre in the Park, con actuaciones de la peruana Susana Baca y el cubano Carlos Varela. El de Gieco, el 6, “fue un gran recital, a sala llena, ante 900 personas”, describe. El entusiasmo se multiplica cuando se dispone a hablar de Mundo Alas –proyecto que tiene a la película como columna vertebral, pero que incluye disco y libro– y de sus repercusiones en EE.UU. “Gracias a Dios la reacción siempre es la misma: a la gente le encanta y termina a los lagrimones”, sostiene. Y pese a que por el AMC Empire 25 pasaron muchos argentinos hambrientos de viejas canciones, asistieron también “chilenos, colombianos y venezolanos, y los norteamericanos que leyeron las buenas críticas” que recibió el film. The New York Times definió lo de Gieco como “un gesto de amor”: “Un documental admirable sobre un concierto inusual que él promovió. Uno termina con ganas de sentarlo en una silla y hacerlo hablar”, puede leerse en las páginas del matutino. En tanto, otro diario relevante de la ciudad, el Daily News, destaca “el profesionalismo de los artistas”, entre los que menciona a Carina Espina, Alejandro Davio y Demián Frontera.
Mundo Alas viene girando internacionalmente –el destino anterior a EE.UU. fue España– y cosechando reconocimientos, dentro y fuera del país. Entre ellos se destacan el Premio del Público del Festival de Cine EDOC (Ecuador), el Premio del Público en Docupolis (España) y al Mejor Documental en el Festival de Cine de Pamplona (España). La intención ahora es ir por el Oscar al Film Documental. “Estamos aquí para mandarlo a la Academia”, indica Gieco. Su estreno en cines estadounidenses es sólo uno de los requisitos. “Hay que mandar cien copias para que las vea el jurado y se necesitan cartas de recomendación. Ya contamos con el apoyo de Luis Puenzo, Juan José Campanella y Eugenio Zanetti. Supongo que tendremos el de Gustavo Santaolalla y Michelle Bachelet”, calcula el músico. “No sé si la Academia va a ver la película. En realidad, el Oscar ya me lo dio Spinetta cuando, antes del concierto que dio en Vélez, dijo que esta gira ‘mágica y misteriosa’ se lo merecía. Es un film que tiene mucho sentimiento, pero que está hecho muy rápidamente y con escasos recursos económicos... no lo hicimos para el Oscar”, aclara. Y en efecto, se lo percibe más contento por el recorrido que motivado por llegar a la meta. “Este es un centro muy importante en el mundo: pasan muchísimas cosas. Le mandé la peli a Pedro Almodóvar, al guionista de Oliver Stone, a David Blum. Es importante estar acá. Me llena de satisfacción.”
Un episodio que Gieco se lleva de su visita a Nueva York es el encuentro con Waters, bajista y cantante de Pink Floyd. “Fuimos a escuchar música a un lugar que se llama Guantanamera. Ahí toca una banda buenísima de latinoamericanos, tres cubanos y un venezolano. El bajista, Alvaro Benavides, me había dicho que a veces caían músicos importantes. Y me mostró una foto de su mujer, Cecilia Molinari, hija de Edelmiro, con Waters y Eric Clapton. Y yo fui y apareció Waters. Bueno... no con Clapton, pero con el gobernador de Nueva York, que también tiene su importancia”, relata Gieco. “Como está tan encantado con todo lo que le pasó en nuestro país, se levantó de su mesa y se vino a la nuestra, toda de argentinos. Y un tipo le tradujo que yo era un músico importante. Lo primero que hizo fue preguntarme por Gustavo Cerati. Me dijo que estaba preocupado. Lo de Gustavo es una pesadilla para todos los músicos. Justo, Waters iba a trabajar en una canción para la Fundación Alas, de Shakira, y estaba realizando unas letras o músicas con Gustavo”, se entristece Gieco. El encuentro quedó sellado en una instantánea. “Fue muy amable.” –¿Y usted? ¿Qué le dijo?
–Nada. ¿Qué le voy a decir? ¿Que me dio vuelta la cabeza durante treinta años con El lado oscuro de la luna? Ya lo sabe. El fue a ver un grupo que toca increíble, millones de notas todo el tiempo... Pero yo pensaba que este tipo con tres notas le voló la cabeza a medio mundo. Ahora está preparando, otra vez, el espectáculo de The Wall. Es tremendo, increíble... ¿Con todo lo que hizo, qué más va a hacer? Me dio mucha impresión cruzarlo. A él le encanta el público sudamericano y recuerda con mucho amor cómo lo trataron en Argentina. Lo único que le dije es que había estado en el concierto en River, que fue maravilloso.
Gieco también destaca sus acercamientos con el público. Se sabe: le gusta estar cerca de la gente. Antes de las proyecciones de las 20.15 ofrecía conciertos. Y luego, se quedaba para debatir con el público junto a Schindel, que lo acompañó en este viaje. El sistema se repetirá en Los Angeles, hasta el 18 de agosto. “A la gente le encanta que el director presente la película. Tenemos resultados increíbles. Conseguimos sala llena. Además, el público quiere saber todo”, explica Gieco. Es, en cierto modo, la modalidad con la que se viene dando a conocer Mundo Alas. “En la Argentina, con los chicos, presentábamos la película, hacíamos una conferencia de prensa y al día siguiente tocábamos”, compara. Por eso, entre las instantáneas que se lleva, también están las siguientes: “Ay Leoncito, cantame ‘Canción para Carito’” o “León, cantame ‘La colina de la vida’, que me fui hace veinticinco años de la Argentina y no la escuché más.” Entrevista: María Daniela Yaccar.
“Las cosas tiene movimiento”, con Fito Páez (no tengo datos de esta versión). La que tocó el viernes pasado fue una versión más tranquila, como todo el show.
Apenas terminaba ese verano de 1985, sería febrero/marzo, y todas las amenaza desaparecieron así como llegaron. Fue una oleada.
Recuerdo una madrugada de esos días, me despierto por un estruendo increíble. Creí que se venía abajo todo. “Me habían puesto una bomba!” pensé con el cagazo del siglo. Bajé las escaleras y nada. Al día siguiente me entero que en la misma manzana que vivía le habían puesto una bomba en la puerta a un abogado bastante conocido que llevaba adelante causas por derechos humanos. En fin, cuando recuerdo todo eso y escucho ahora hablar de “clima destituyente” me parece tan tonta y sobreactuada esa táctica para hacerse las víctimas, en fin.
El consejo que me dieron entonces fue: “tenés que tener pasaporte al día y dólares guardados en el ropero”. Eso era lo imprescindible. Jamás había hecho el pasaporte, lo hice. Los dólares, jamás pude pasar más allá de un par de billetes de 100. Pero bueno, el pasaporte estaría a los pocos meses.
Así de frágil vivíamos la democracia, había que aprovecharla mientras estuviera. Luego, tener todo listo para rajar. Aunque no tuviera la más pálida idea hacia dónde.
León Gieco, “Esos ojos negros” de “De Ushuaia a la Quiaca 1” (1985)
De todas maneras, me había quedado repentinamente frenado cuando la cosa se ponía buena. Era un poco desesperante quedarme afuera de la movida que empezaba a gestarse en torno al movimiento verde en eso días. Además, no tomé muy en serio lo pasado, sabía que era algo indiscriminado y que estaba afectando a muchísima gente.
Entre tanto, Alfonsín no paraba. El juicio a las juntas había comenzado en abril y concluiría con las sentencias para diciembre de ese año. Seguir lo que ocurría allí era como seguir una novela de terror. Todos los días salía un diario con lo que sucedía en el recinto con los testimonios. Ese año se aprueba la patria potestad compartida, comenzaba poco a poco un proceso de inserción de Argentina en el planeta Tierra. Luego vendría la ley de divorcio en 1986 y era así. A todo o nada. El gobierno de Alfonsín estaba permanentemente amenazado por sectores de las Fuerzas Armadas que se negaban a aceptar el enjuiciamiento de sus cúpulas. Los planteos estaban a la orden del día.
En ese contexto me pongo a armar un nuevo proyecto para cuando pasara el temblor. Supuestamente, siguiendo el consejo de los más experimentados, dejando pasar ese año. No fue así.
“Cuando pase el temblor” del disco “Nada Personal” Soda Estéreo, 1985
Por supuesto, se trata de una nota inteligente, pero no agota un tema escurridizo como son los gustos, los símbolos y los caprichos de “lagente”, como a él le gusta señalar. Al final de esta entrada está su nota completa, creo conveniente antes de seguir, pegarle una leída.
Para empezar, podría suscribir cada uno de los conceptos de su nota. Pero es tanto lo que Caparrós deja afuera o soslaya que se me hace imposible no escribirlo.
Yo también sufrí este tormento de superlativos a granel y de homenajes en cadena. Pero…
…no se puede ignorar que ha sido una muerte que a casi nadie le pasó desapercibida. No hay tantas vueltas, no cabe la pregunta si 40.000 señoras son “lagente” o no. Cualquiera puede decir: “La gente le dice adiós a Sandro” y no tengo ninguna duda que es una expresión que posee muy pocas posibilidades de ser injusta. ¿Cómo medimos la opinión de “la gente”?. Los más diversos medios de comunicación: de masas, de guetos, interactivos, audiovisuales, virtuales, escritos, orales, etc. reflejaron, cada uno a su modo y destacaron lo que consideraron destacable, pero nadie ignoró el hecho. No es este un caso en donde debemos señalar alguna manganeta para hacer pasar por “lagente” una opinión sectorial. En otros casos, puede ser, pero éste, no es el caso Caparrós.
Por supuesto que la muerte embellece y afloja las críticas y que hubo adjetivos por demás. Pero…
…suponer que es la muerte lo que dispara el mito, en este caso, es una enorme equivocación. Sandro recibió todos los premios habidos y por haber, fue reconocido por el Estado Nacional, con discos tributo, mil veces versionado, imitado, caricaturizado, homenajeado, etc. etc. etc. Sólo le faltaba morirse!. Su carácter de “leyenda nacional” nada tiene que ver con su muerte.
“Rompan Todo”, de Tango 4 (1991)
Por supuesto que su figura y sus canciones retrotraen a un pasado, que por lo general, se lo añora, con justicia o no, pero se lo añora. También es cierto que su obra no califica como obra artística de gran valor y no justifica algunas comparaciones tontas que se hicieron.Pero…
… el pasado al que, para muchos como yo, Sandro está asociado es un momento en que la música popular pegaba un salto y un grito que nunca habíamos sospechado podía darse aquí. Es haber hecho lo que hizo en su momento, y ahí está. Después vinieron muchos más y mejores, pero el que hizo que “eso” saliera por televisión, llegara a todo el país, llegara a Juncal!… en fin. Que en Juncal le hayan tirado barro a la camioneta es como cuando rompían discos de los Beatles en Estadios Unidos (salvando todas las distancias!!!!). Por eso, su pasado en los 60 es tan recordado y, en mayor o menor medida, valorado. Vale leer el recuerdo de un hueso duro de roer como Javier Martínez. Caparrós, yo sé que el rock´n´roll no te importa y acá se nota.
“Si yo fuera carpintero” de Tributo a Sandro (1999)
Es cierto que el ser querido no otorga calidad de gran artista. Está claro, Sandro se dedicó al entretenimiento, por sobre todo. Sus letras son horrendas, aún así, mejores que la mayor parte del repertorio melódico usual. Su dicción se la fabricó para cantar en América Latina, obvio. también cantó en italiano para entrar en ese mercado. Pero…
… el ser querido no es poca cosa en el medio artístico y la feria de vanidades de los medios. Llegó a ser lo que fue y creo que recién en su agonía final, supimos al detalle aspectos de su intimidad, cosa que nunca ocurrió. Una muy sana manera de ser “estrella”, su público sólo lo veía en sus shows, nunca en escándalos, programas de chismes, ni nada parecido. No es poco si se trata de darle a “lagente” algo mejor que lo mismo de siempre. Nunca le dio a su público escándalos o romances, le dio una colección de discos y shows, algunos memorables otros terriblemente malos, pero sólo eso. Ni más, ni menos. No se que sucederá cuando se muera Tinelli o Susana, probablemente lo mismo que suceda cuando se muera Sofovich o Legrand. ¿Generarán lo mismo que Sandro? a mi me parece que no, pero es contrafactico, esperemos a que ocurra y el que esté vivo para entonces, que nos cuente.
Finalmente, coincido con lo de “la plebeyización del gusto que empezó con el menemismo”, el futbol y el cuarteto son dos ejemplos elocuentes de lo que sucedió en los 90. Pero…
… es un enorme disparate asociar a Sandro con ese proceso. Sandro ganó todo, vendió todo y se hizo popular en toda América latina mucho antes que el menemismo hiciera su trabajo. No se puede mezclar todo: una cosa es Rodrigo, otra cosa son los más de 40 años de carrera de Sandro. Finalmente, nadie le está perdonando nada a Sandro en estos días. Hay gente agradecida, hay gente que añora cosas, hay gente que se entretuvo con Sandro, hay gente a la que le daban gracia sus payasadas y grasadas. No tiene nada que ver con las culpas de las que habría que olvidarse (si es que deseáramos hacerlo) cuando se mueran Kirchner, de Narváez y todos los que menciona Caparrós al final de su nota.
Bueno, son algunos de los puntos en los que creo que Caparrós mete la gamba y tratándose de Sandro no los podía dejar pasar!
Cali
El mejor argentino
Por Martín Caparrós
07.01.2010
La locutora cubana hacía llegar, desde Miami, su solidaridad con todos los argentinos por la pérdida sufrida –y el conductor de la radio local, educado, la dejaba hablar. Un locutor mexicano le explicaba, desde el DF, al mismo conductor que esto no era ni más ni menos que una tragedia y como tal debíamos enfrentarla –y el local, educado, acordaba con él. Y después una paraguaya y un chileno y quichicientos argentinos repetían; eran sólo un ejemplo de los cientos, miles de periodistas que velaban la aureola del señor Roberto Sánchez Sandro.
Este lunes la muerte volvió a golpear a la Argentina, y consiguió atontarla una vez más. Durante un par de días, los medios hablaron del señor Sandro más que nada: los diarios lo llevaron a la primera página y dieron a su muerte ribetes de tragedia. Los diarios son –curiosamente, todavía– los que establecen la agenda informativa que siguen los demás medios, así que todos entendieron que se trataba de una tragedia nacional. Que sirvió, entre otras cosas, para precisar uno de los conceptos blandos más exitosos del postmenemismo. Clarín lo usó con propiedad de propietario: “La gente le dice adiós a Sandro en el Congreso” –y, enseguida: “Pasaron 40 mil personas”. Quedó claro, por fin, quién es lagente: esas 40.000 personas que pasaron a mirar el cuerpo del cantante, un suponer.
–Así que eso era lagente.
–Y sí, mire vea.
–La mitad de un recital de los Redondos o de los Piojos. Pero seguro que esos no serían lagente.
–Quién sabe no, vaya a saber.
No es fácil escribirlo, porque está la famosa muerte de por medio, pero las loas y alabanzas que desparraman sobre el difunto me suenan a levemente mucho. El señor Sandro fue un cantor con una voz agradable pródiga en gritos y susurros, una puesta en escena que rozaba la caricatura, la toqueteaba, la penetraba impune, un cuerpo atractivo y movedizo y esa cara de turrito seductor, que cantaba canciones tan poco originales –ajenas, al principio, y después copias– con una dicción rara, donde su ye porteña se transformaba en una elle for export sudaca. El señor Sandro no inventó nada; su aporte a la música consistió en un puñado de temas muy primarios que recordamos como se recuerdan los jingles de la infancia: con esa misma mezcla de nostalgia y displicencia y una pizquita de vergüenza:
–Bueno, éramos chicos.
–Sí, chicos éramos, claro. Pero no…
Ahora pataleamos en el mito: leyenda, tragedia, ídolo nacional. La primera psicóloga aburrida diría que nos estamos quedando tan huérfanos de referentes que cualquiera que pueda lejanamente postular para el puesto se lleva toda la torta las velitas el payaso un par de serpentinas –y más si consigue morirse cuando cuadra. La segunda –discusión encendida, café, cigarrillos con rímel– retrucaría que es un efecto más puro de la muerte: que el señor se convirtió en este tótem improbable porque en sus últimas semanas capturó nuestra atención con esa agonía sin fin que ofrecía la esperanza de que incluso las enfermedades terminales dejaran de serlo –y que fue realmente trágico comprobar que no, que cuando alguien va a morirse en general se muere. La tercera –porque las psicólogas siempre vienen de a tres, por si las moscas– contestaría que no es así, que hablamos de la muerte pero de otra manera: que se trata de la nostalgia de tantos por su propia juventud perdida, de cómo se trabajan la memoria para convertir ciertos hechos menores en momentos espléndidos: aquellos ritmos que bailaron sudados en algún carnaval y que, tiempo mediante, por la monotonía de lo que le siguió, se volvieron gloria en el recuerdo, y que llorar a Sandro es llorar lo que no fuimos, diría, su lagrimita atravesada.
Y así seguirían y yo, por decir algo, les propondría dejar por un momento el barro del mito y la leyenda y las apologías del artista eximio, y mirar sus canciones para chequear esa noción –seguramente malintencionada– de que sus letras son cimas picos cúspides de la cursilería. Entonces buscaría entre las más celebradas; la que empieza, por ejemplo, “Ay, Rosa, Rosa/ tan maravillosa/ como blanca diosa,/ como flor hermosa,/ tu amor me condena/ a la dulce pena/ de sufrir...”, portento del lugar común ya ni siquiera muy común de tan común. O, si no –siempre entre sus hits–: “Una muchacha y una guitarra/ para poder cantar,/ esas son cosas/ que en esta vida/ nunca me han de faltar./ Siempre cantando,/ siempre bailando/ yo quisiera morir,/ dejar al cielo/ sobre este suelo/ en el que yo nací”. Otro milagro de profundidad, revelación, interpretación de lo nunca antes dicho con rima infinitiva o bien gerundia. Y una de las psicólogas me miraría y pensaría en preguntarme qué me pasa, e incluso, quizá tararearía: “Se te nota,/ porque estás muy agresiva,/ la mirada siempre esquiva,/ vida mía, se te nota./ Se te nota,/ porque finges al hablarme,/ y pretendes simularme,/ vida mía, se te nota.” Otro hondo drama humano encerrado en siete versos.
–Bueno, pero lagente lo quería.
–¿Ah, sí, lagente?
Es indudable que el señor Sandro fue muy querido por muchos argentinos. Es un hecho, es un mérito –quizá mayor que tantos otros. Pero que alguien sea querido no lo convierte en un artista ni da un valor estético particular a lo que hace; prueben a matar a Tinelli o a Giménez y verán cuántos millones van a velarlos dónde sea. Parece obvio y, sin embargo, abundaron estos días columnistas en diarios y radios mofándose de los “intelectuales” –o, incluso, “intelectualoides” o “intelectualosos”, aunque la mayoría considera que la palabra intelectuales ya es insulto suficiente– que osaran decir que el señor Sandro era lo que era y no ese busto gardeliano que han inventado esta semana. Que son elitistas, retorcidos, insensibles al sentir de lagente, dicen: populismo en todo su esplendor.
–Tá bien, pero ¿por qué se tira contra el pobre Sandro? ¿Qué le molesta de él?
–Nada, a mí nada, ¿y a usted?
El señor Sandro me parecía un tipo simpático y decente, querible, respetable, todo bien; lo curioso es que lo hayamos convertido en lo que nunca fue. Sandro era un señor que la pegó con unas cuantas canciones hace cuarenta años y que, desde entonces, las repetía para un público acotado de señoras cada vez mayores. Y había sido, también, el protagonista de algunas de las peores películas del peor cine argentino. Los que ahora se llenan la boca con su leyenda su mito su poesía su arte nunca lo escuchaban en su walkman o ipod o portátil ni iban a verlo a un recital; alguno, si acaso, habrá pensado en divertirse un rato con un espectáculo francamente kitsch –y después, seguramente, le dio fiaca y se quedó mirando Los Soprano.
Yo creo que la apoteosis del señor Sandro es un episodio más de la plebeyización del gusto que empezó con el menemismo, cuando los ricos argentinos y sus repetidoras habituales consiguieron por fin deshacerse del deber ser que decía que tenían que alabar la “alta cultura” y se entregaron sin tapujos a la cumbia y el fútbol –Macri, valor y referente– y legitimaron esos gustos: los convirtieron en valores. Un gran momento; frente a eso, la pretensión de producir estéticas distintas pasó a ser –considerado– elitista o antipopular o simplemente estéril, el intento de formular un juicio estético pasó a ser –condenado por– intelectualoso o pretencioso o vanidoso o algún otro oso más o menos hormiguero. Y la popularidad –también llamada mercado– se convirtió en el gran baremo.
Por eso, entre otras cosas, es posible convertir a Sandro en gran artista, mito. Por eso, y porque la muerte cambia todo, calla todo, transforma cualquier voz en loa. En la Argentina actual la muerte es el gran criterio de legitimidad, de atención, de importancia. Y, entre otras cosas, mata cualquier posibilidad de análisis y la reemplaza por la hagiografía.
A este paso, un día se va a morir Kirchner y va a ser el varón probo austero que salvó a la Argentina del abismo, Narváez y va a ser el sacrificado Gautama que olvidó su fortuna por el amor del pueblo, Carrió la pitia ahumada en Delfos, Cobos aquel iluminado que en un momento decisivo vio la luz y dijo voto caca, y así. Lo sabemos, aunque todavía no está confirmado el rumor de que hay un consultor guatemalteco que anda proponiendo a los candidatos para las próximas elecciones que se mueran un mes antes del comicio –para asegurarse la victoria pírrica. Quizá no sea verdad, pero podría. Para nuestros líderes, para todos nosotros argentinos es una suerte la desgracia de saber que al fin y al cabo nos morimos: una luz de esperanza. Después de haber sido denostados –en general, muy justamente denostados– durante todas nuestras vidas, siempre nos queda ese momento en que, ya muertos, vamos a ser espléndidos. Allá vamos, henchidos de esperanza, rumbo a nuestra leyenda, a nuestro mito pequeñito. Porque como ya sabe –por experiencia propia– Sandro, el mejor argentino es el argentino muerto. O, dicho por Él con esa verba incomparable: “Serán los días más felices/ que puedas tú vivir/ con luz de mil matices/ y todo es para tí.”
Cuando el año pasado se cumplieron los 25 años del retorno a la democracia mi balance personal se focalizó casi en una única variable, la más importante para mí desde los años bajo el gobierno militar y se trata del sueño de terminar con los militares y los valores castrenses en la sociedad: el autoritarismo, la violencia y la falta de racionalidad. La democracia y sus progresos siempre tuvieron una contabilidad algo simplificada en mí, ¿cuánto nos alejábamos de una sociedad militarizada?.
Durante los `80, los juicios a las juntas y el escarnio público fueron la fuente de mayor avance en ese sentido, también la disolución de algunas “hipótesis de conflicto” estúpidas como los que sosteníamos con Chile, en primer lugar, y algo larvadamente (aunque muy costosa económicamente) con Brasil. Ese período de Alfonsín fue determinante para afianzar la democracia y enfrentar los planteos militares que pretendían mantenerse como actores políticos en la Argentina. Siempre le exigí más a Alfonsín, pero lo que sucedió en esos años no fue poco, por el contrario, fue determinante. El pensamiento militarista, en ese entonces, se ocultaba en acusaciones como la “desmavilnización” y la desprotección de las instituciones militares.
Desactivar hipótesis como Antártida fue sacarles de las manos una gran porción de poder, presupuestos y razón para parasitar. El proceso de los `90, que tuvo sus reflujos, siguió siendo positivo. Durante el proceso hacia la reforma constitucional estuve principalmente dedicado a procurar el reconocimiento constitucional del derecho a la “Objeción de Conciencia”, el derecho a negarse a realizar el servicio militar obligatorio por razones morales. Teníamos que acabar con la más poderosa institución de disciplinamiento y militarización de la sociedad. Por esos años, desde el Taller Ecologista junto al SERPAJ, promovimos el reconocimiento a ese derecho y dimos cobertura a un grupo de “objetores”.
No logramos ese objetivo en la Constituyente de Santa Fe, nuestro lobby no pudo con los partidos políticos tradicionales, aún, con el Frente Grande, la novedad política de entonces.
Una situación muy loca vivimos cuando, en esos meses sucede el asesinato del soldado Carrasco en Neuquén. Ese hecho fue determinante para volcar la balanza, para que el Servicio Militar dejase de ser obligatorio. Menem, con su eficacia simplificadora, en agosto de 1994, borró del mapa una de las instituciones más tradicionales y aberrantes en la sociedad argentina. Una revolución, “Menem lo hizo” diría su propaganda electoral luego.
Desde entonces la historia ha sido muy distinta. Hoy los militares no son actores políticos, no deciden, no intervienen. Pero gastan plata y distraen aún recursos económicos y humanos que pueden ser destinados hacia otras áreas. Lamentablemente se incorporaron las mujeres al reclutamiento voluntario, una verdadera tontería.
Quiero aprovechar un artículo recientemente publicado por Martín Caparrós para reactivar el debate acerca de qué debemos hacer en materia de gasto militar. Son tantas las cosas que se podrían hacer con esos recursos. Podemos enseñar a miles de jóvenes a través de un servicio social voluntario a ayudar a la gente en situaciones de emergencia, a realizar tareas útiles, oficios, a manejar herramientas y no armas. Algunos dirán, “si el ejército acude en situaciones de emergencia!”, si, pero lo hace con instrumentos no aptos y gente no preparada para eso, podríamos hacerlo regularmente, hacerlo bien, con gente preparada y con los instrumentos necesarios. Hay tantas cosas que reparar, cuidar y rehacer en la Argentina, que tener gente grande haciendo simulacros de combates como chicos, gastando plata y aprendiendo lo que, si alguna vez se usa, será para dañarnos, es ridículo. Basta. ¿Quién querrá cerrar los cuarteles definitivamente?. ¿Cuándo?
Les dejo el artículo de Caparrós. a quien hay que agradecer su valentía y frontalidad. Ojalá haya quienes quieran seguir con el tema y seguir con el proceso de desmilitarización.
Cali
“El Taller Ecologista de Rosario viene realizando distintas campañas: * OBJECION DE CONCIENCIA: Un derecho humano que debe ser reconocido. En conjunto con el Servicio de Paz y Justicia y el grupo Nacimiento se inicia esta campaña a fines de 1993 con intensa actividad durante 1994. Se presentaron 7 jóvenes objetores de conciencia en Rosario y una mención en el nuevo texto de la Constitución Nacional. (Susana Moncalvillo, Dic.1995)”
Sui Generis, tema del disco que nunca fue (1975)
Adiós a las armas
A veces me da por preguntarme para qué tenemos un ejército. O, como yo no tengo nada: para qué existe el ejército argentino. M. Caparrós.
diario Crítica, 22.10.2009
Tampoco es que me suceda todo el tiempo, pero algunas tardes de esta primavera que no parece primavera me da por preguntarme para qué tenemos un ejército. O, como yo no tengo nada: para qué existe el ejército argentino. Durante más de un siglo, la respuesta fue más o menos clara: el ejército –tierra, agua o aire– era el reaseguro armado que tenían los ricos argentinos contra la posibilidad de un levantamiento de los sectores que querían compartir su poder, socavar su poder, sacarlos del poder. Así funcionó cuando se ac abaron las guerras territoriales –contra los indios, contra los paraguayos, contra las provincias– y los que se alzaban eran los radicales, en 1890, en 1905; así funcionó, a partir de 1930, cada vez que los gobiernos democráticos no parecieron aptos para mantener la hegemonía de los ricos –porque eran populistas, porque molestaban a las grandes corporaciones, porque no conseguían reprimir todo lo necesario– y entonces los señores convocaban un par de reuniones, doraban píldoras, prometían prebendas y mandaban al ejército a poner orden –y gobernar, junto con ellos, unos años. El ejército, en esos años felices, era uno de los polos de la política argentina y, precavidos, muchos ricos mandaban a algún hijo menor a formar parte de ese cuerpo, a mantener una mano en el pomo. Era lógico: necesitaban ese poder armado. Pero ahora –por ahora– la democracia les garantiza el control y la supervivencia del sistema, y los golpes están muy desprestigiados y terminan por salir muy caros, así que el ejército ya no les interesa. Por eso, entre otras cosas, lo fueron achicando; por eso, entre otras cosas, ya no mandan a sus hijos al Liceo y ahora los coroneles de la Nación no se llaman Anchorena sino Spichicuchi.
–Pero estimado, lo que usted dice son infundios, pura ideología. El ejército es el esqueleto de la patria, el legado del Libertador.
–Sí, ya sé, y también sirve para los desfiles. Pero últimamente no va mucha gente. Ya con la selección tenemos suficiente.
–Evite los golpes bajos, por favor. Nuestro ejército nos sirve sobre todo para defendernos de los enemigos de la argentinidad.
–Por supuesto. ¿Y cuáles serían esos enemigos?
La última vez –una de las muy pocas– que el ejército sanmartiniano peleó contra extranjeros fue en 1982, Islas Malvinas, y ya todos sabemos cómo fue: la tontería soberbia de pensar que una banda de inútiles mal preparados y peor equipados podía abollar siquiera la carrocería de uno de los ejércitos potentes de este mundo. Fuera de eso llevamos, grasiadió, más de cien años sin una pinche guerra externa. Y, lo mejor: sin grandes perspectivas de tenerlas.
En la paz, entonces, hay algo que los ejércitos sí suelen tener y que llaman, pomposamente –porque los términos científicos quedan bien, dan serio– “hipótesis de conflicto”. Hace años que me pregunto qué hipótesis de conflicto real puede sostener el ejército patrio. Con los ingleses ni hablar, porque no hay forma de que no perdamos. Con los birmanos, checoslovacos, norvietnamitas y otros demonios soviéticos va a ser complicado –para empezar, porque habría que encontrar una buena excusa; para seguir, porque viven muy lejos; para terminar, porque ya no existen. Con los franceses o los indios o los australianos tampoco suena lógico; quedan, por supuesto, los vecinos. La posibilidad de que vayamos al combate contra Chile, un suponer, por diez leguas de hielos continentales, o contra Paraguay por el agua de un estero, o contra Brasil por un casino en Iguazú o un penal mal cobrado es cada vez más tenue. El mundo actual está lleno de organizaciones y mecanismos para que eso no suceda, y el nivel de conflicto al que –eventual, remotamente– podríamos llegar con nuestros vecinos es perfecto para que lo solucione una de esas mediaciones.
Lo cual es tan afortunado porque, de todas formas, no estamos a la altura. Nuestro ejército –desprestigiado, descuidado, justamente reducido, mal equipado– no sería capaz de combatir dos días seguidos contra Brasil, que acaba de comprarse 17.000 millones de dólares en aviones, helicópteros y submarinos nucleares, y ni siquiera contra Chile, que también acumula fierros a lo bobo. América Latina sigue llena de pobres, pero nuestros vecinos están derrochando fortunas: el gasto militar en la región se duplicó en los cinco últimos años. Lo cual nos deja dos opciones: o sumarnos de atrás a una carrera carísima que no podemos permitirnos y vamos a perder de cualquier modo, o hacer de necesidad virtud y declarar que no queremos ni precisamos un ejército, transformar la Argentina en un país desarmado –o relativamente desarmado– y decir que somos los más buenos y razonables y maravillosos. Y quizás, incluso, alguien nos crea. Nosotros mismos, por ejemplo.
Sería fantástico. Una medida inteligente, desapasionada, modélica –y, encima, muy rentable. El presupuesto nacional de este año prevé gastar 5.900 millones de pesos, un 2.5 por ciento del total, en las fuerzas armadas. Esos 5.900 millones son más que los 5.000 que se dedican a la asistencia social, por ejemplo –que podría entonces duplicarse. O son un 66 por ciento del presupuesto de salud, que podría crecer en dos tercios, o el equivalente de 120 hospitales buenos nuevos. O un tercio más que el presupuesto de ciencia y técnica; un área que, si recibiera esa inyección, podría ayudar a intentar un país que dejara de ser el sojero de los chanchos chinos. Eso sin contar las numerosas posesiones de las tres fuerzas que podrían servir para escuelas, hospitales, empresas públicas, iniciativas mixtas. Y habría miles de empleados más o menos capacitados que podrían reciclarse en otros empleos –con un lapso largo de readaptación y seguro de desempleo a cargo del Estado. Muchos de ellos, incluso, podrían aumentar las fuerzas de seguridad –que ahora parece una de las prioridades de la política argentina.
Aún así, sería extraordinario. ¿Se imaginan el desfile del 9 de julio de escuelas, asociaciones, clubes de barrio, criadores de llamas y vicuñas? ¿Se imaginan el edificio Libertador sede de tres carreras de la UBA? ¿Se imaginan los dólares de los turistas japoneses por un crucero en verdadero portaaviones a la Antártida? ¿Se imaginan la cantidad de pilotos realmente preparados que podrían trabajar en Aerolíneas? ¿Se imaginan las grandes estaciones de experimentación agrícola de yuyito en las tierras ex-militares? ¿Se imaginan al presidente Pepe Mujica declarándonos la guerra para defender sus plantas de papel y a nuestro gobierno diciéndole que sí faltaba más con todo gusto pero nosotros no hacemos esas cosas, que si quiere invadir que invada nomás, que la fuerza es el derecho de las bestias?
Quedaríamos tan bien, sería todo tan lindo: nada te legitima tanto frente a una situación de conflicto como no querer ningún conflicto. Solucionaríamos un par de problemas acuciantes y, de yapa, seríamos un país envidiado, estudiado, un caso testigo, un orgullo menor en una época en que andamos tan escasos de orgullitos: de cómo una sociedad se desembarazó de un parásito arcaizante que no le servía para nada y consiguió convertir esos recursos perdidos en beneficio para su sociedad. Porque, de todas formas, insisto, lo que tenemos es un ejército de utilería, de opereta: un ejército que sirve para decir que tenemos un ejército pero no tiene hipótesis de conflicto razonables ni medios para llevarlas adelante. En tales condiciones, no tiene ningún sentido conservarlo. A menos que los ricos quieran guardarlo por si de nuevo necesitan patotearnos y matarnos; si así fuera no deberíamos pedir su cierre para mejorar un par de cosas; deberíamos exigirlo por puro instinto de supervivencia. Lo digo en serio: me parece que vale la pena pensarlo, darle vueltas, proponerlo. Es el momento, como casi siempre.
Lo he dicho varias veces, el suplemento Radar de Página/12 es para mí el mejor suplemento dominical de los diarios en Argentina. Siempre tiene lo que necesito y quiero leer y, a veces, me saca de la comodidad y me hace animar a cosas nuevas. Para mi es lejos, lo mejor que se publica los domingos. Aunque de Página/12 (el diario) estoy cada vez más alejado, pero bueno.
Este domingo pude hojearlo y entre las cosas que traía estaba esa sección en la que un artista elige una obra, sección simple, pero es un juego interesante que permite aproximarse a canciones y obras de un modo diferente.
Esta vez le toco a una de Ivan Lins y una favorita mía también “Começar de novo”. Canción que descubrí del casete “Pedaços” (1979) de Simone. Ese casete, por ese tiempo, conformaba una unidad inseparable con el radiograbador de Guillermo y sus mates.
Ivan Lins es una usina infinita de canciones. Esta es solo una.
La nota.
Cali
Domingo, 18 de octubre de 2009
FAN > UN MUSICO ELIGE SU CANCION FAVORITA
Haberme ya golpeado y sobrevivido
Por Guillermo Fernandez
Hay un tema que marcó prácticamente toda mi vida, es “Começar de novo”, de Ivan Lins. Lo conocí en el año ‘78, cuando recién salía, y me alucinó como músico y me cautivó por su letra. Es una canción que me apoyó en diversos momentos de mi vida, al punto que terminé comprendiendo que a lo largo del tiempo sigue siendo un himno para mí, escuchándola permanentemente. Me alienta en situaciones a veces difíciles de la vida, y me inspira profundamente en lo musical.
Conocí la canción gracias a un gran músico amigo, el rosarino Lalo de los Santos, que formaba parte de un gran grupo en el que estaban también Fito Páez, Silvina Garré, Juan Baglietto, Jorge Fandermole y otros, con quienes conllevamos un montón de lindos momentos. Los conocí a todos ese mismo año: yo estaba grabando en la compañía EMI, en la calle Mendoza, e ingresando a sus estudios me encontré con este grupo de chicos, muy hippies, sentados en el hall de entrada. Pregunté por ellos y me contaron que eran una banda de talentosos músicos recién llegados de Rosario, y que ese mismo día grababan ahí. Así que, estando yo en el estudio de al lado, pasé un rato a escucharlos. Ahí estaba esta sinfónica pop rock, e inmediatamente tuve la sensación de que a partir de ellos cambiaría el panorama de la música en Argentina.
En 1978 Lins grabó ese tema en Brasil, acá no se había editado, así que nos pasábamos casetes truchos y cuando una copia de ese casete llegó a mis manos vía Lalo, fue un punto sin retorno: ya no pude olvidar esa canción nunca más. Cuando falleció Lalo se pasó ese tema, “Comenzar de nuevo”, en su funeral. Su hijo se llama Ivan, en homenaje.
En el momento en que grabó esa canción Lins era un artista prohibido por sus letras; sus canciones era realmente muy revolucionarias para ser parte de la música pop de aquellos tiempos. “Comenzar de nuevo” es la historia de una persona que después de un momento muy difícil –en la situación en que se encontraba Brasil en esa época, como otras partes de Latinoamérica– se levantaba después de un secuestro. Ahí es que dice: “Comenzar de nuevo y contar conmigo / va a valer la pena haber amanecido”. Es como un canto permanente al levantarse después de la desgracia, a tomar impulso, a cobrar fuerzas y seguir adelante.
Con esa fuerza, con ese aliento, la canción me acompañó en momentos conflictivos, en situaciones difíciles de trabajo, en momentos de dolores fuertes, de pérdidas, de muertes. Siempre está esta canción a mano; la busco permanentemente. Es un tema que considero muy altruista, y que me resulta muy fuerte, capaz de devolverme raudamente al espacio donde yo necesito estar. La canción estuvo conmigo en la enfermedad y muerte de mi hermana. En el año ‘74, cuando el papá de mi novia de entonces, la mamá de mis hijos, fue secuestrado y torturado por la dictadura, escuchando esa canción tomé fuerzas para cruzar el umbral de la Décima Brigada en Palermo para hablar con “Adolf” Harguindegui y preguntar por él. La canción también me acompañó cuando, a principios de los ‘90, fui estafado por un productor importante y una compañía muy grande en Estados Unidos, y como consecuencia estuve vetado en todas las discográficas, y sin poder cantar tuve que dedicarme a otra cosa. Fueron tres años, tiempos muy difíciles para mí en los que seguí regresando a esa canción como un nuevo punto de partida.
En todas esas épocas, como en aquellos años complicados pero de mucha efervescencia creativa de los inicios, “Comenzar de nuevo” estuvo siempre ahí, dando fuerzas, levantando el ánimo, poniendo la energía para ir para adelante a pesar de todo.
Simone - Começar de novo (1979)
Comenzar de nuevo (Começar de novo)
Letra: Ivan Lins, Vitor Martins
Começar de novo e contar comigo Vai valer a pena ter amanhecido Ter me rebelado, ter me debatido Ter me machucado, ter sobrevivido Ter virado a mesa, ter me conhecido Ter virado o barco, ter me socorrido
Começar de novo e contar comigo Vai valer a pena ter amanhecido Sem as suas garras sempre tão seguras Sem o teu fantasma, sem tua moldura Sem suas escoras, sem o teu domínio Sem tuas esporas, sem o teu fascínio
Começar de novo e contar comigo Vai valer a pena já ter te esquecido Começar de novo
Guillermo Fernández y su Orquesta Típica estará presentando por estos días su nuevo CD, Deseo, que rescata el espíritu de las orquestas típicas de los ‘50, a través de un repertorio que incluye clásicos como “Corrientes y Esmeralda”, “Niño Bien”, “Viejas alegrías” y “El llorón”, y obras propias de Fernández nuevamente junto al poeta Luis González (“Deseo”, “Dame una razón para olvidarte” y “Petróleo”). Los próximos viernes 23 y sábado 24 de octubre, en Torquato Tasso, Defensa 1575.
Ivan Guimaraes Lins (Río de Janeiro, 1945), se graduó como químico industrial en 1969, pero para entonces ya se había producido el inicio formal de su carrera musical, que tuvo lugar cuando tenía 18 años, en 1963. Por esa época pasó por varias bandas y varios festivales. Entre algunos de sus grandes éxitos de los ‘70 se cuentan la canción “Somos Todos Iguais Nesta Noite” (compuesta junto a Vitor Martins), que está incluida en el disco homónimo, de 1977, que incluía también hitos previos como “Aparecida”, “Dinorah, Dinorah” y “Maos de Afeto”. El tema “Começar de Novo” apareció en uno de sus discos más inspirados de esa década: A Noite, producido por Milton Miranda para EMI Odeon, y compuesto por temas escritos junto a Vitor Martins, entre los cuales se destacan “Desesperar, Jamais” (un samba en guitarra, interpretada con la participación de Roberto Ribeiro), “Antes que Seja Tarde”, “Saindo de Mim”, “Formigueiro”, “Velas Içadas”. “Começar de Novo” se convirtió en un gran éxito a principios de 1980, en la voz de Simone, para su disco Pedaços.
En 1984 Lins se presentó por primera vez en la Argentina, en el Luna Park, con un show televisado por ATC en el que participaron León Gieco, Luis Alberto Spinetta y Pedro Aznar. Entre los artistas que grabaron temas de Ivan Lins alguna vez se encuentran Ella Fitzgerald, Patti Austin, Sarah Vaughn, Lee Ritenour, Dave Grusin, Carmen McRae, Nancy Wilson, Take Six, Sergio Mendes, George Benson, Manhattan Transfer, Herbie Mann, Terence Blanchard, Toots Thielemans, Sting, Chaka Khan, Brenda Russell, Diane Schuur y Barbra Streisand, con una versión no muy aceptada de “The Island”, según se conoce por su título en inglés “Começar de Novo”. Lins volvió a grabar su tema a principios de los ‘90 para The Brasil Project, convocado por el armoniquista belga Toots Thielemans (donde participaron también Caetano Veloso, Djavan, Chico Buarque, Milton Nascimento, Gilberto Gil, entre otros), y con Simone en 1999 en su cd / dvd en vivo Cantando Histórias, grabado en el Café Teatro Arena de Rio.
Finalizo con el número 5 de Acuarela. En sus página finales tenemos una serie de cartas verdaderamente elogiosas de algunos núcleos solidarios, uno de ellas de Jorge de la revista “transparencia” de Venado Tuerto. La página final con múltiples recomendaciones para sobrevivir y un deseo final, “un rayo de esperanza y fortaleza (de la buena) para todos, en estos especiales momentos. CHAU”.
No sabíamos que pasaría con Acuarela porque estábamos un poco desconcertados con el escenario nuevo en el que estábamos. Personalmente creía que Acuarela debía dar un giro ante ese escenario, pero no lo tenía claro. Además la inflación nos comía las ventas y la economía era un caos. Aún así, Acuarela continuó varios meses produciendo cosas importantes y preparando, sin mucha claridad, un hipotético número 6.
Eran malas condiciones para hacer una revista. Por eso se hizo.
Acabo de finalizar “Las Guerras por Malvinas” (2006) de Federico G.Lorenz. De allí quiero extraer algunos párrafos que tienen relación muy directa con nuestros días entonces. En Rosario también hicimos nuestro “Festival de la Solidaridad” el 11 de junio, con la revista recién publicada.
Lo que reproduzco aquí son unos fragmentos de ese libro:
También otros espacios sospechosos a ojos del gobierno dictatorial se vieron atravesados por las contradicciones. El desembarco en Malvinas y el desarrollo del conflicto tuvieron, paradójicamente, el efecto de dar una dimensión pública a uno de los fenómenos culturales juveniles más ricos de la Argentina. El rock, que hasta 1982 había sido una suerte de contraseña cultural entre un “selecto” grupo de jóvenes , se convirtió en la banda de sonido de una guerra. El debate por lo nacional ya no era simbólico, ahora había territorios, cuerpos, vidas humanas.
El 16 de mayo de 1982 se realizó en el Club Obras Sanitarias el Festival de la Solidaridad Latinoamericana, con tres objetivos centrales: exigir la paz en Malvinas, recaudar víveres y ropas para los combatientes y agradecer la solidaridad a los países latinoamericanos. No se cobró entrada sino que se optó por pedir ropa y alimentos no perecederos. Concurrieron alrededor de sesenta mil personas, la mayoría jóvenes. El concierto fue transmitido en directo por TV, algo inédito para el rock argentino que no sonaba en los medios de comunicación. El espectáculo fue conducido por Juan Alberto Badía y Graciela Mancuso. Desde el escenarios se dijo “La música progresiva nacional , que es parte del lenguaje universal de amor y comunicación, se hace presente en este momento histórico para ratificar la voluntad constructiva de un pueblo de paz”. Muchos de los principales referentes del rock nacional participaron de ese evento inédido: Charly García, Luis Alberto Spinetta, León Gieco, Litto Nebbia, Nito Mestre, David Lebón, Rubén Rada, Raúl Porchetto, Pappo, Antonio Tarrago Ros, Miguel Cantilo, Tantor, Edelmiro Molinari, Ricardo Spulé, Javier Martínez, Dulces 16 y Beto Satragni, entre otros. Entendiendo a las tradicionales relaciones entre los jóvenes, sus músicos y el poder, se trataba de una situación inédita:
Ese mediodía, a las puertas de Obras se estacionaron camiones del Ejercito, pero esta vez no para llevarse gente sino para cargar todo lo recaudado: 50 camiones de abrigos y alimentos. A las 3 de la tarde del 16 de mayo, cerca de 60 mil jóvenes asistieron al Festival de la Solidaridad Latinoamericana. El título aludía al apoyo que la mayoría de los países de América Latina le habían confiado a la Argentina en relación con el conflicto. Pero también hacía referencia a la mirada continental que el rock había empezado a tener. Con lo recaudado se juntaron 5.000 bolsos de donaciones que debían ir a Malvinas. Dos semanas después de que el submarino inglés Conqueror hundiera al General Belgrano con su mil tripulantes, Somos tituló: El rock en el frente. Y Pelo le puso a su tapa: La hora del rock nacional. (Sergio Pujol, Rock y Dictadura)
Continúa el relato:
Entre los que fueron al Festival de la Solidaridad Latinoamericana no hubo expresiones eufóricas ni mucho menos. Desde el césped de Obras pudo notarse la desazón de los músicos y la consternación de los oyentes, aunque algunos vitoreaban al país y a sus músicos favoritos. Era difícil poder pensar en otra cosa que no fuera en eso miles de chicos, de la misma edad del público reunido, que estaban en Malvinas con 15 grados bajo cero, mal calzados y mal alimentados en medio de una guerra que no habían elegido y representando un gobierno que nadie había votado. Era imposible asociar al encuentro al sentido festivo que solían tener los recitales. Gieco cantó Sólo le pido a Dios y cuando termino todo se fue corriendo a su casa , como si acabara de hacer algo en contra de su voluntad; no veía la hora de dejar todo eso atrás y empezar la segunda parte de su exploración del país. Spinetta tocó lo suyo, no sin antes aclarar que estaba ahí por la paz, no por la guerra. Lo mismo hizo Miguel Cantilo al entonar Gente del Futuro. Edelmiro tocó rock and roll con Ricardo Soulé, pensando que al menos los que allí estaban recibirían un poco de aliento (…) Para el final, Charly García, David Lebón, Raúl Porchetto, León Gieco, Nito Mstre y Tarragó Ros hicieron Algo de Paz.(Sergio Pujol, Rock y Dictadura)
Sin embargo, en un contexto en el que era difícil expresar el desacuerdo como no fuera a través de esa sensación de ambigüedad , hubo otros grupos que no aceptaron participar del festival y, además, realizaron una lectura crítica de la guerra y su contexto. La familia Vitale estuvo organizada en torno al colectivo MIA (Músicos Independientes Asociados") desde 1976 hasta 1982. Además de la escuela de formación musical que tenían, editaban discos y organizaban conciertos por toda la Argentina de forma autogestiva. En 1982 se habían convertido en el CECI (Centro de Cultura Independiente). Cuando Donvi y María Esther Soto –el matrimonio Vitale, gestor de los proyectos- se enteraron del desembarco argentino en las Malvinas se pusieron en contacto con un representante de la Cruz Roja con la idea de hacer un concierto en Ushuaia en contra de la guerra. Los Vitale se definían como “neutrales”. El proyecto no llegó a concretarse. Por otra parte, Virus y Los Violadores fueron dos de los grupos que decidieron no participar del Festival de la Solidaridad Latinoamericana.
En el caso de Virus, los hermanos Moura habían adquirido una fuerte conciencia política de una forma trágica. Su hermano Jorge, militante del ERP, había desaparecido. Fue secuestrado de la casa familiar que los Moura tenían en La Plata delante de sus padres y de su hermano Marcelo. Para los músicos de Virus era impensable sumarse a un concierto oficial, organizado por la Junta responsable del secuestro de su hermano.
Voy cerrando con el contenido del “negro” número 5 de Acuarela. La última nota estaba dedicada a un reportaje a Antonio Tarragó Ros, realizada por Claudio Joison. En aquel momento Tarragó Ros (hijo) había aparecido en la escena folcklórica y rockera de forma increíble y en vivo era una aplanadora. En nuestro ejercicio de eclecticismo y apertura, no podía faltar en la revista. En la vacaciones que ya mencioné, en Entre Ríos ese enero, Tarragó Ros fue una rigurosa banda de sonido, desde sus discos más tradicionales hasta sus últimas colaboraciones con León Gieco.
En ese momento, su último disco era “tarragoseando” (1981) un disco fantástico donde colaboraron músicos como León Gieco, Rubén Rada, Domingo Cura, Oscar Alem y más. Es un disco que se destaca aún hoy. León Gieco también acababa de editar “Pensar en Nada” (1981) y era también una inflexión en su carrera. El encuentro de ambos era muy convocante.
“Canción para Carito” , tema extremadamente trillado ya, aparece en ese disco en su versión original. Antonio Tarragó Ros sufrió de sobrexposición, no siempre por lo musical, pero su talento es fantástico.
Antonio Tarragó Ros me había pegado desde no hacía mucho, había un disco, “Un camino nuevo” (1977) que era toda una novedad para mí, allí aparecía la primera versión de “María Va” y la “Polkita de Don Verídico”, cortina musical de un delirante personaje de Julio Cesar Castro que hacía en esa época Luis Landriscina.
En la nota, Antonio Tarragó Ros relata el encuentro musical y de amistad que había nacido en esos meses con León Gieco. De ese encuentro nos cuenta algunas cosas en las que estaban trabajando, siguiendo la línea de “Carito”: “… y es sobre ese tema del desarraigo que estamos escribiendo con León. Por ejemplo, hicimos hace poco un rasguido doble con letra de los dos que habla de los hijos de gente del interior que viven en Buenos Aires, porque mis hijas son porteñas y quiero que lo sean a pesar de ser hijas de un correntino , quiero que amen a esta ciudad, a la música de esta ciudad, porque esto es lo que es de ellas; y creo que yo tengo que ayudarlas a que se encuentren con su propia identidad, por eso esta letra dice así:
Contento con mis hijos / yo sé que tengo suerte,
en su mirar descanso / porque miran de frente.
Ellos saben muy poco / del lugar donde he nacido,
pero sí saben cuidarse / en el lugar donde he querido
tantear un horizonte / repleto de sorpresas,
no tienen soledad / sus almitas sin tristeza.
Ellos no canta lo mismo, / por qué querer que lo canten;
ellos no sienten lo mismo, / por qué querer que lo sientan
ellos no sufren lo mismo, / por qué querer que lo sufran
contento con mis hijos / yo sé que tengo suerte,
en su mirar descanso / porque miran de frente.
Gurises bien templados / de esta selva de cemento.
que me pide doce horas / por cobijo, por sustento.
Yo quiero ser ser su amigo, / no juez, contrincante,
sentirme cerca de ellos, / dejar que el río cante.”
En ese momento, el tema aún no estaba grabado, lo incluiría en el disco “Confluencia” de ese año.
Las hijas a las que se refería en 1982 hoy son mayores e Irupé Ros, la mayor, es una artista indescifrable, folklorista, gótica y extraterrestre. De su disco Jazmín (2001) un tema dedicado a Santa María de los Buenos Aires.
Irupé parece que habla con objetos inanimados, los azules, las hadas y unas cuantas cosas más andan por su cabeza cuando toda el piano, compone y canta, como por ejemplo, en “Jazmín”.
En la Argentina se mata gente todos los días en una guerra civil nunca declarada, pero letal. Su campo de batalla son las rutas y calles de toda la Argentina y participan de la misma miles de argentinos. Caen hombres, mujeres, niños, sin discriminación de ningún tipo.
Nos estamos matando y pareciera que nadie supiera por qué.
Aquí algunas razones que percibo:
Por supuesto que aquí entran en consideración las múltiples variantes de la idiotez de muchos: alcohol, drogas, creer que van en un auto/moto como si estuviesen jugando en una playstation. En fin, toda la idiotez que ya conocen todos y de las que abundan crónicas todos los días.
Luego están los problemas de idiotez colectiva que venimos acumulando desde años: somos coimeros y nos jactamos de hacerlo y nos quejamos luego de que no haya “controles” de ningún tipo. Somos “transgresores” en todo aquello que sea cagarnos en el prójimo, aunque somos bien obedientes cuando el poder nos pide silencio y que miremos para otro lado. Basta recordar cada uno de los años y cada una de las tragedias durante la última dictadura militar (represión, guerra con Chile, guerra en Malvinas, etc. etc.). Somos una sociedad donde el respeto por la vida todavía no alcanzó un rango elevado en nuestra escala de valores.
Finalmente, hay problemas estructurales, tenemos rutas y un sistema vial absolutamente obsoleto, peligroso y no adaptado a la cantidad de autos y las velocidades que hoy los mismos despliegan. A eso se llega por no haber previsto una situación explosiva absolutamente previsible. Festejan todos cuando durante el 2007 ingresaron al mercado unos 550.000 nuevos autos y nada se hace para que no sean 550.000 nuevos problemas letales. Por otro lado hemos destruido el ferrocarril como medio de transporte de pasajeros y de carga, y esto no es culpa de Menem, no seamos facilistas! Menen le dio el golpe mortal, pero los trenes ya eran una calamidad que se habían abandonado a su suerte y la gente que podía evitarlos, los evitaba. Esto abarrotó las rutas, la manera más ineficiente de transportar gente y mercaderías. Y también la manera más peligrosa!. Todo esto es producto de años que acumulan ceguera y malas gestiones. No se soluciona con el “tren bala” (una manera de buscar el ”efecto” inmediato) mientras al mismo tiempo se hace demagogia inaugurando ramales con sólo pintar una locomotora vieja y hacer un acto político y después los funcionarios se retiran y se olvidan si ese tren llegó a destino o si volvió a salir alguna vez. Basta de macanas!
Cali
Argentina ostenta uno de los índices más altos de mortalidad producida por accidentes de tránsito:
Unas 20 personas mueren por día, cerca de 7.000 muertos por año, y más de 120.000 heridos anuales de distinto grado, además de cuantiosas pérdidas materiales, que se estiman en unos 10.000 millones de dólares anuales.
Esta cifra es significativamente elevada si se la compara con los índices de otros países, en relación a su población y número de vehículos circulantes (En Argentina unos 6,7 millones de vehículos).
Los accidentes en la ruta (Leon Greco, 1981)
Al costado de tu tiempo quedan los queridos Detrás de tu cabeza todo el recorrido Adelante están los días si vendrán Porque tus ojos nunca podrán ver lo que sigue
Mas allá del horizonte está el destino Mas allá de ese destino hay un abismo En el que caerás si no te cuidas, oh mi amigo
En el medio de la ruta flota la pregunta Rodeando tus sentidos están los de otra gente En el medio de la suerte si tendrás Canta la flor reciente sin saber lo que sigue