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lunes, 20 de abril de 2015

Despechados y furiosos en las redes sociales

En base a un texto que originalmente publiqué en Facebook el 19 de julio del año pasado, quiero ahora ampliarlo para enfatizar algunas verdaderas malas artes que se practican en las redes sociales, o simplemente, a veces se trata de simple mala onda con el universo no del todo bien administrada.

La redes sociales son instrumentos radicales de comunicación que han cambiado muchas conductas de la vida cotidiana, que nos permiten interacciones impensadas sólo algunos años atrás. Nos permiten ser parte de una conversación mayor que no podríamos sostener de otro modo. Mucho se ha escrito sobre el excesivo narcisismo, la falta de pudor y el manejo irresponsable de las mismas. También se señala el imperio de la imagen y los textos breves por sobre toda reflexión pormenorizada y bien escrita.

No me es claro si las redes sociales realmente nos alejan de la escritura y la lectura. Pero en líneas generales, creo que es mucho más lo que nos dan que las cosas negativas o lo que perdemos con ellas. Según Jeremy Rifkin, son un instrumento que está potenciando una empatía global que debemos destacar. Esto nos habla de cualidades potenciales y esperanzadoras de las redes sociales.

Sin embargo esto no siempre es así y, con bastante frecuencia, todo lo contrario.

Si usáramos las redes sociales como un espacio de intercambio para entender, entendernos, comprender mejor a los otros y los asuntos que nos interesan, tal vez nos demos cuenta de cuánto se pierde en discusiones y en la búsqueda permanente del disenso.

Pareciera que acordar, o expresar un disenso de manera correcta, amistosa y cordial, es una conducta que en las redes sociales no es común. Más bien, el estilo imperante es una rápida escalada de provocaciones y agresiones, que en muchos casos, muestran que ni se ha leído correctamente  a quien se responde. Se pierden energías en crear disensos o en encontrar rápidamente las diferencias. Anatomía de un troll

En tanto ágora pública, hay quienes vamos a las mismas a parlamentar y conversar sobre diferentes asuntos con nuestros vínculos --“amigos” o “seguidores”—a veces sobre simples banalidades, otras, procurando intercambiar información y pareceres. En muchos casos, sin embargo, la lógica es binaria: “me gusta” o “no me gusta”. Pero mientras un “me gusta” es un click, el disenso y la manera de expresarlo es con una catarata de descalificaciones o simples muestras de total desprecio por lo que otro ha dicho. Esa es la dinámica dominante. 

Deberíamos utilizar las redes sociales para encontrarnos, para co-incidir (incidir juntos en la realidad). Aunque estemos físicamente lejos, aunque no seamos iguales, aunque pensemos un tanto diferente, siempre hay un espacio común. Precisamente, las redes nos deberían facilitar encontrar nuestros espacios comunes con los demás. Sin embargo, son usadas con demasiada frecuencia como escenario público para las provocaciones, los prejuicios y mostrar con desparpajo, y penosamente, cuánto descreimiento y cinismo hemos sabido acumular en nuestras cabezas.

Otro fenómeno indeseable es que muchas de esas provocaciones no son otra cosa que la manifestación de pequeñas y venenosas  expresiones disparadas por envidias, celos, despechos, frustraciones o pura impotencia.

Hace poco leía una nota en donde se  describía el riesgo que significa para cualquier empresa o empleador la combinación entre un empleado despechado y las redes sociales. La nota en cuestión la transcribo más abajo, me parece muy útil. Su conclusión es sencilla y desalentadora: no hay mucho o muy poco para hacer. A modo de consuelo, señala que “Lo bueno también se difunde, pero en menor medida. No obstante, si una empresa o un funcionario tienen un buen prestigio ganado, serán menos creíbles las acusaciones negativas. Es el mejor antídoto.”

Las discusiones frenéticas, las obsesiones y la necesidad de descargar ataques a mansalva en las redes sociales son un fenómeno muy conocido hoy. A esto debemos sumar el ejercito de investigadores free lance, entusiastas de la libertad de información y que por lo tanto cualquier basura creen que debe ser publicada y demás personajes de las redes.

También aparecen aquellos que no pueden con su alma detectivesca, por decirlo de un modo elegante, y andan patrullando las redes sociales buscando el error del prójimo. Incluso se han desarrollado sistemas que hasta revelan si uno ha borrado un tuit! Para los que solemos tener que redactar las cosas un par de veces por errores de tipeo somos delatados como si fuésemos vándalos o no se que cosa. En fin, personajes que montan un estado policial de vigilancia y un clima de paranoia.

También están los picaros que roban datos ilegalmente y luego pasan por investigadores y paladines de la libertad de palabra y le revelan al mundo información “sensible”.

Así la fauna electrónica de las redes sociales se multiplica. Espero que esto sólo sea un mal momento de la historia de internet.

Personalmente, me encuentro con frecuencia con gente (“amigos” o “seguidores”) que necesitan descargar su odio a través de mi propio Facebook de manera casi compulsiva. No puedo menos que dejarlos que se tranquilicen y esperar que se les pase. El diálogo los incentiva aún más ya que necesitan de la polémica y el peor error sería una respuesta que no sea amable, en tal caso, tienen la situación soñada: una polémica en el tono que buscan denodadamente.

Por lo general, el tópico que plantean podría, potencialmente, ser de gran interés para el debate o el intercambio de opiniones: política pública, religión o temas internacionales. Cualquiera de esos temas podrían ser grandes conversaciones, pero lamentablemente, estos personajes descubrieron a través de las redes que son portadores de una súbita claridad y sabiduría, lo que les permite sermonear a media humanidad.

No importa de qué se trata, desde la soledad y frente a un teclado, vomitan su resentimientos, sus prejuicios y odios en forma de juicios terminantes y condenatorios. Su mundo está lleno de grandes verdades, ideas absolutas y una lógica binaria exasperante. Replican, en cierto modo, el clima de debate que se ha instalado en la tv en programas como “Intratables”, un modelo de debate basado en chicanas, provocaciones, conceptos duros y superposición inaudible de voces.  

Así, estos personajes suelen interponerse frente a las buenas cualidades y las potencialidades de las redes sociales, precisamente, generando el ruido suficiente para que el diálogo no puede sostenerse y, entonces, la conversación sana debe retirarse, esperando mejores tiempos para volver.

Cali 

"El problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que los estúpidos están llenos de certezas" Charles Bukowski

 

Cuidado con los despechados y su poder en las redes

Por Jorge Mosqueira | LA NACION

Angry Bird es un juego online que ha tenido más de 1000 millones de descargas, lo que demuestra el enorme nivel de su éxito. La revista The Economist ha titulado, con gran acierto, un artículo con las siguientes palabras: "Beware the angry birds" ("Cuidado con los pájaros enojados"). La base argumental del juego es una guerra que se produce entre unos cerdos que gustan comer huevos de pájaros, los cuales son defendidos por las aves. Los logros y fracasos durante el desarrollo del juego llevan a distintos niveles, como premios y recompensas. Es decir, lo habitual.

La advertencia del título en The Economist hace referencia a que, en los tiempos que corren, las empresas y también sus responsables se encuentran expuestos como nunca lo fueron antes.

Una cadena de mensajes a través de Twitter, Facebook o cualquier otra, puede destruir la posición y el prestigio obtenido tanto interna como externamente durante años. La comparación sobre cómo han cambiado los tiempos es muy ilustrativa: "Durante las dos semanas siguientes tras el vertido de crudo de Exxon Valdez en Alaska, en 1989, las acciones de Exxon perdieron un 3,9% de su valor, pero se recuperaron rápidamente. Durante los dos meses posteriores al vertido de petróleo en el Golfo de México de BP en 2010, el valor del petróleo de la petrolera británica cayó a la mitad [y aún hoy no se han recuperado completamente]".

La realidad de las empresas ha cambiado radicalmente, desde el punto de vista de su exposición. Dejaron de ser ámbitos cerrados y cualquiera puede convertirse en delator. El ejemplo más contundente es el de Julian Assange y la publicación de WikiLeaks, que introdujo a un informante, Edward Snowden, nada menos que en organismos de inteligencia de los Estados Unidos. Un simple pendrive puede dar lugar a la difusión de informes y conversaciones que pretendían ser privadas y confidenciales. El espionaje industrial, tan complicado en otras épocas, hoy es un camino fácil para cualquiera que lo intente.

Pero la cuestión va más allá, porque el acceso a la información, incluyendo la más delicada, puede tener una circulación viral con consecuencias imposibles de prever. Un empleado despedido que, a su criterio, es el resultado de una acción injusta, tiene la posibilidad de hablar pestes de la empresa, con datos y fundamentos tan sólidos que la mayoría de los que reciben el mensaje lo creerán a pie juntillas. Ni siquiera es necesario firmarlo con su verdadero nombre y apellido.

Aceptar esta situación puede dar paso a una paranoia institucional. Todos los empleados, de cualquier nivel, se convertirían en desconfiables por naturaleza. El poder de la información se ha diseminado por todo el conjunto de la población interna. De algún modo, pueden ser una amenaza. La manera de sortear esta situación, según diversos consultores, es cuidar que cualquier comentario imprudente quede registrado en un mail u otro registro informático, pero no mucho más. Los búnkeres del Directorio se han transformado en cajas de cristal. En el artículo que hacemos referencia, opina Eric Dezenhall "que la mejor defensa, en la era actual de escándalo global e instantáneo, es ser bueno en tu trabajo".

Lo bueno también se difunde, pero en menor medida. No obstante, si una empresa o un funcionario tienen un buen prestigio ganado, serán menos creíbles las acusaciones negativas. Es el mejor antídoto..

domingo, 19 de octubre de 2014

Canuto Cañete, detective privado

En relación a mi entrada previa, “Vulnerabilidad, internet y pillaje”, una de los aspectos que allí señalé es que la vulneración de correspondencia privada es un acto “muy alejado del ideal de privacidad que a lo largo de siglos hemos logrado conquistar como un derecho”.

Profundizando lo que allí puse, es que esa conquista, se plasmó durante el siglo pasado en la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos. La Declaración dice:

Artículo 12.

Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra y su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

Por esta razón, la Ley 26.388, que en mi artículo previo cito, pena la violación de correspondencia privada y correos electrónicos.

Ahora bien, también señalé allí que en mi caso suponía haberme topado con alguien “que creerá que es muy progresista y esclarecedor publicar correspondencia privada de los demás”. Entonces, voy a ser un poquito más explícito sobre este punto.

Si, efectivamente, se trata de gente “progre” (porque en realidad son varios) quienes están tan interesados en mis correos privados y en publicarlos anónimamente en internet. Acto heroico de estos tiempos.

Diré algo más. Se trata de gente que seguramente ustedes los ven o leen con mucha frecuencia juzgando con severidad a los demás, explicando cómo deben comportarse las empresas, los ciudadanos, los políticos y Dios y María Santísima. Todos los días ellos denuncian y te dicen lo que debemos hacer para que este mundo, este país y esta ciudad, sean más humanas, justas y sustentables. Así es, sermonean al prójimo sin hacerse cargo de portar una mínima dosis de moralidad. 

Canallas que, disfrazados de defensores de la humanidad, espían y amenazan. ¿Quiénes y por qué? Habrá más.

Cali

 

 

  

 

domingo, 12 de octubre de 2014

Vulnerabilidad, internet y pillaje

Hace pocos días he sido víctima de la vulneración de mi correspondencia privada. Para ser más preciso, de una de mis cuentas de correo electrónico, cuenta que hace un tiempo atrás, cuando sospeché que había sido vulnerada, dejé de usar. Nunca he sido una persona especialmente cuidadosa en este aspecto, ni siquiera con mis claves bancarias y de otras servicios. Comenzaré a ser un poco, no mucho, más cauto de ahora en más.

Sentirse vulnerado en la intimidad es una situación poco grata e incómoda. Digo esto a pesar de que desde hace muchos años realizo actividades públicas y por lo tanto me someto al debido escrutinio y valoración pública de mis actos. Pero que se haga una valoración de mi correspondencia privada en el ámbito público, es complicado, más aún, cuando es poco precisa la identidad de quien lo esta haciendo público.

Toda conversación privada es eso, un compartir situaciones íntimas, de la órbita de la vida privada, compartiendo debilidades, dudas, sueños y proyectos íntimos. En fin, lo que cualquiera de ustedes comparte cotidianamente con amigos, colegas, pareja y familia. A mi juicio, tal vulneración es un modo de actuar desleal y muy alejado del ideal de privacidad que a lo largo de siglos hemos logrado conquistar como un derecho. Jamás utilizaría esas malas artes ni aún con mi peor enemigo, sería traicionar mi conducta en relación a cómo uno debe hacer convincentes su ideas.

Además de lo dicho, vale aclarar que para la justicia la violación de correspondencia privada se trata de un hecho delictivo. Así lo señala la Ley Nacional ley 26.388 (de delitos informáticos-2008) la que dice:

ARTICULO 4º — Sustitúyese el artículo 153 del Código Penal, por el siguiente:

Artículo 153: Será reprimido con prisión de quince (15) días a seis (6) meses el que abriere o accediere indebidamente a una comunicación electrónica, una carta, un pliego cerrado, un despacho telegráfico, telefónico o de otra naturaleza, que no le esté dirigido; o se apoderare indebidamente de una comunicación electrónica, una carta, un pliego, un despacho u otro papel privado, aunque no esté cerrado; o indebidamente suprimiere o desviare de su destino una correspondencia o una comunicación electrónica que no le esté dirigida.

En la misma pena incurrirá el que indebidamente interceptare o captare comunicaciones electrónicas o telecomunicaciones provenientes de cualquier sistema de carácter privado o de acceso restringido.

La pena será de prisión de un (1) mes a un (1) año, si el autor además comunicare a otro o publicare el contenido de la carta, escrito, despacho o comunicación electrónica.

Si el hecho lo cometiere un funcionario público que abusare de sus funciones, sufrirá además, inhabilitación especial por el doble del tiempo de la condena.

De todos modos, los pillos del delito de chismosería no pasarán un tiempo en cana como así lo dice la ley. No me interesa mucho este punto.

En relación a episodios pasados, también me he sentido vulnerado en mi privacidad cuando constaté con terror que mis conversaciones telefónicas estaban siendo escuchadas y mis movimientos seguidos en la decadencia de la dictadura y el inicio de la democracia. Algo de eso cuento en “Ecoenlace y desenlace (taller 3)”. Hace poco tenía una conversación sobre la película “la vida de los demás”. Recomiendo que la vean, este tipo de pillaje me hace acordar tanto a lo adictos a espiar vidas ajenas que son los totalitarismos y sus defensores.(1) 

He dicho que es feo sentirse “vulnerado”. Algo muy diferente es ser vulnerable. Son dos cosas muy distintas. Me considero un ser vulnerable, ese es mi modo de ser, quien me conoce sabe a que me refiero y sabe que también reside allí alguna fortaleza. Anoche regresando a la Argentina en un vuelo inacabable leía a Jeremy Rifkin en su libro “La civilización empática” (2), entonces me topé con estos párrafos (“todo encuentro casual es un cita”, decía Borges a través de uno de sus personajes):

“Si la libertad es la capacidad de vivir plenamente el potencial de nuestras posibilidades, y si Ia medida de nuestra vida es la intimidad y la diversidad de nuestras relaciones, cuanto más vulnerables seamos, más abiertos estaremos a establecer relaciones significativas e íntimas con otras personas. En este sentido, ser vulnerable no significa ser débil, ni ser una victima o una presa, sino estar abierto a Ia comunicación en el nivel más profundo de la interacción humana.

Para los partidarios de la visión corpórea, la verdadera valentía es mostrarnos a los demás tal como somos, con todos nuestros defectos. Es la voluntad de colocar los detalles más íntimos de nuestra vida en manos de otro. Ser vulnerable es confiar en nuestros semejantes. Confiar es creer que los demás nos tratarán como un fin, nunca como un medio; que no seremos usados ni manipulados para servir a los fines de otros; que seremos vistos como seres preciados y valiosos. Somos verdaderamente libres cuando los demás nos tratan como un fin, no como un medio. No podemos ser realmente libres en un mundo donde todos desconfían de todos. En un mundo así la libertad se reduce a su forma negativa, a la capacidad de aislarnos de los demás y de convertirnos en una isla. Las sociedades autoritarias que alimentan la paranoia y la desconfianza enfrentando a unos contra otros aplastan el espíritu de la libertad.

Así pues, la base de la libertad es la confianza y la franqueza mutuas. La libertad nunca es cosa de «solitarios» como dirían los racionalistas —John Wayne cabalgando por el Lejano Oeste-., sino una experiencia profundamente comunitaria. Sólo somos verdaderamente libres cuando confiamos los unos en los otros y decidimos compartir la lucha que todos libramos por ser y prosperar. A su vez, la confianza abre la posibilidad de extender la conciencia empática a unos ámbitos nuevos y más íntimos.

Nelson Mandela es un buen ejemplo de libertad en el sentido corpóreo. En los cerca de veintisiete años que vivió encarcelado, muchas veces en celdas de aislamiento, optó por hacerse amigo de sus carceleros. Los trataba como personas únicas, con sus propias luchas personales. En lugar de optar por ser invulnerable y estoico, optó por ser humano. Sus carceleros empezaron a verlo y a sentirlo como un ser humano más. Sus prejuicios se fueron derritiendo a medida que la admiración que sentían por él iba en aumento y lo acabaron viendo como una persona como ellos cuya lucha no era distinta de la suya.

Parte de la razón de que esta noción corpórea de la libertad resuene en la mayoría de nosotros es que se basa en un sentido más profundo de lo que conforma a la persona. El modelo invulnerable -el lobo solitario capaz de controlar totalmente sus emociones— es un ejemplar raro y la mayoría de nosotros nunca lo hemos visto. Ser invulnerable es no necesitar a nadie, es ser capaz de vivir al margen de los demás. Aunque hay anacoretas y misántropos capaces de vivir así, su vida dista de ser completa. Han cerrado los canales emocionales que hacen del ser humano el ser más social de los animales.

La invulnerabilidad evoca la imagen de un superhombre libre de las debilidades, las flaquezas y los defectos que nos hacen vulnerables, imperfectos, necesitados de los demás y, por lo tanto, humanos. Los psicólogos nos recuerdan que si una persona finge ser invulnerable, adopta una actitud libertaria extrema en relación con sus derechos y no da muestras de emoción ni de compasión, en realidad suele ser alguien tan atemorizado por su sensación de vulnerabilidad que su postura «de macho» se convierte en una máscara tras la que ocultar ese temor.

Uno no puede sentir verdadera empatía con las luchas y las vulnerabilidades de los demás si es incapaz de reconocer esas mismas luchas y vulnerabilidades en sí mismo.”

Finalmente, también debo reconocer que se ha puesto de moda en los últimos años la violación de la intimidad de las estrellas de la televisión en videos mucho más “hot” que mi correspondencia electrónica (aunque no se hasta donde ha llegado el “hacker” que me ha tocado!). También, más recientemente, están los personajes que se dedican a violar correspondencia privada de embajadas y servicios gubernamentales de información cuyos resultados me parece que poco aportan, pero se supone que eso los hace parte de una supuesta libertad informativa y transparencia. Francamente, escapa a mi entendimiento la verdadera utilidad de tal “cruzada”.

En mi caso, supongo que me topé con algún cruzado de estas últimas características que creerá que es muy progresista y esclarecedor publicar correspondencia privada de los demás. Cada uno  calificará a eso como le parezca: como un defensor de la libertad de expresión para algunos; para otros, como en mi caso, como un simple pillo. En tanto la Justicia lo califica de simple delincuente.

Cali

    

 (1) La vida de los demás (Das Leben der Anderen) es un largometraje alemán del año 2006 que supuso el debut como guionista y director de Florian Henckel von Donnersmarck. La película transcurre en el Berlín este durante los últimos años de existencia de la RDA y muestra el control ejercido por la policía secreta (Stasi) sobre los círculos intelectuales. Está protagonizada por Ulrich Mühe, Sebastian Koch, Martina Gedeck y Ulrich Tukur.

(2) “La civilización Empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis”, Jeremy Rifkin, 2010.

sábado, 2 de noviembre de 2013

La audio-modernidad líquida

¿Qué me está pasando? ¿Qué nos ocurre con la forma en que escuchamos música? Sobre esto ya he hecho algunos comentarios previos, pero los síntomas se extienden y acrecientan. Si alguien viera el estado en el que se encuentran mis CDs, consideraría que jamás presté atención a eso de “tener” música. Sin embargo, nada más lejano de la realidad.

He sido un melómano y un enamorado del buen sonido y así fui pasando, decidida y felizmente, a la etapa del CD. Tratando de armar una buena cadena de audio. Pero algo pasó en estos años que ese no parece ser el camino a seguir. O no, no sé.

Por un lado, tuve mi primera desilusión cuando hace algunos años comprobé la finitud del los CD-R. Los CDs grabados o “quemados”, mecanismo que creíamos perfecto para piratear discos, es inútil. Se destruyen con el tiempo. Esta  semana puse mi copia de “Universo ao meu Redor” de Marisa Monte y descubrí que ya ingresó en su etapa de degradación irreversible. Pero aún así, el olvido progresivo en que ingresaron los CDs (originales) me cuesta mucho revertirlo y, por el contrario, ahora ando por la vida escuchando “streaming”. ¿Qué me está pasando?

Siempre lamenté la rápida decadencia del CD en manos de la portabilidad del MP3, llegando al ridículo de comprarme CDs para luego “comprimirlos” para escucharlos en el MP3. Luego la tara de escuchar música on line de manera casi indecente por su facilidad y vastedad, accediendo a casi absolutamente cualquier cosa, aunque sea en calidad miserable. En el camino, fue quedando atrás el sonido de calidad y la necesidad contar con componentes “High Fidelity” o los costosos “High End”.

En toda este proceso en que se ha ido desmaterializando la música y su portabilidad, un fenómeno para mí increíble, en el cual no entro ni a palos, es el enamoramiento vintage por los vinilos o LPs. Crecí con ellos y los adoro. Pero ni a palos vuelvo a esa locura. Esa reivindicación del sonido más “cálido” es una reverenda idiotez que sirve para explicar la inexistencia de un sólo parámetro en el cual el vinilo pueda mejorar el sonido de un CD o DVD. La única “calidez” del vinilo es el tibio recuerdo de nuestra adolescencia perdida, después es un mercado para un nicho. En fin.

Todo esto, para comprobar día a día que esto que me ocurre también le sucede a muchos otros. Aquí va una serie de artículos que hoyimage se publican en La Nación con los nuevos fenómenos del streaming. En este punto debo recomendar fervientemente visitar y probar a Jazz24.org, una radio hecha para y por amantes del jazz (en su infinitas modalidades) sin avisos comerciales y sin pavadas. Una ONG a la que he comenzado apoyar económicamente y soy “activista” todas las horas del día que puedo.

Cali 

PS: va la nota de hoy de Franco Varise y recomiendo la columna de Alfredo Rosso.

Hábitos

La música que suena ahora

(Suplemento Sábado, La Nación, 2 de noviembre de 2013)

Con los servicios pagos de streaming y la reaparición de los vinilos, se imponen nuevas formas de consumo que marcan el fin de las descargas y los CD

Por Franco Varise | LA NACION

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Valentina Ruderman, de 23 años, no puede parar de escuchar música. En su casa, cuando camina, cuando trabaja y, si pudiera, también mientras duerme. En su iPhone, de manera online , tiene todo lo que necesita para musicalizar la película de su vida. Lucy Patané, de 28, en cambio prefiere descubrir grupos o canciones online , paladear un poco los sonidos, conocerlos, para después comprar los discos de vinilo y disfrutarlos en su casa.

La llegada a la Argentina de Spotify , el anuncio de YouTube (Google) de su servicio de música pago por streaming y el espectacular crecimiento de las ediciones de discos de vinilos nuevos (no de saldo) acompañados con tarjetas para que el usuario descargue el disco digital conforman el nuevo combo para disfrutar de uno de los placeres centrales de muchos: escuchar música. A esto se le suma el último lanzamiento de los Hertzios del sitio local Taringa Música! , que promueve cambiar el formato físico del CD, un poco decrépito, por objetos (libros, esculturas) definidos por los autores con un código para descargar la música.

Empecemos con algo de historia. A principios de la década del ochenta, el stowaways empezó a cambiar la forma en que la gente escuchaba música. Ese dispositivo con un nombre tan extraño terminó masificándose como el walkman. Lo maravilloso del momento, lo revolucionario, era que uno podía escuchar mientras caminaba o viajaba. Y que el soporte en el que venía la música era en cassette que, incluso, podía regrabarse.

De aquella pequeña revolución a esta segunda década del siglo XXI pasaron casi 30 años, y el nuevo stowaways ahora se llama streaming. Por primera vez en mucho tiempo, la forma en la que escuchamos música tiene nombres nuevos: Spotify, Deezer, Shazam y, próximamente, YouTube entre otras aplicaciones. El usuario accede mediante el pago de un canon mensual (Spotify cuesta 36 pesos) a millones de grupos y canciones que no necesita almacenar, porque los temas corren de manera streaming (como el YouTube tradicional, pero sin video). Sería como el Netflix de la música, con la ventaja de que puede emplearse en modo offline (sin conexión a Internet) y compartir listas con amigos: de ahí el nombre de social music.

"Con este sistema terminé de cerrar el combo para escuchar música. Ya probé todo: descargar, el Grooveshark , pero ninguno terminaba de convencerme. Con Spotify tengo toda la música que quiero en mi iPhone para escuchar en el auto (por Bluetooth), en mi casa en el microcomponente y mientras viajo", cuenta Clara Arean, de 26 años.

Al igual que Clara, Nicolás Vajnenko, de 29 años, abandonó la descarga de música, el traspaso de archivos en pendrive entre amigos y la compra de CD, porque le resulta más sencillo tener todo online y sin ocupar espacio. "Me simplificó el tema de estar buscando sitios para bajar música y ese tipo de cosas; ahora busco lo que quiero y lo escucho en el auto, en mi casa o donde quiera con el iPhone. La verdad es que busqué muchas bandas y me sorprendió que estuvieran disponibles", dice Vajnenko, que trabaja en una maderera.

Spotify fue fundado por Daniel Ek y Martin Lorentzon en 2006, en un pequeño departamento de Estocolmo, Suecia. En 2008 hizo su primer lanzamiento en siete países de Europa. Hoy cuenta con 6 millones de usuarios pagos en todo el mundo que acceden a más de 20 millones de canciones. Es lo que suele denominarse un sistema on demand: que los usuarios seleccionan lo que quieren escuchar, cuando quieren y donde quieren...

Gustavo Diament, Managing Director para América Latina de Spotify, dice a LA NACION que la idea es poner a disposición de los fans toda la música del mundo. "Fue creado para ofrecerles a los fanáticos de la música una alternativa a la piratería que aseguraba que los titulares de los derechos de la música y los artistas fueran compensados por su trabajo", explica. Si bien hay algunas críticas de algunos autores, el sistema tiende a perfeccionarse tanto para el artista como para el usuario. No sería descabellado pensar que más pronto que tarde, el proveedor de música estará incluido en la factura hogareña de servicios pagos mensuales (como ya ocurre con Netflix).

Fer Isella, director creativo de Limbo Music y creador del PAM (Plataforma Argentina de Música), de la Secretaría de Cultura de la Nación, cree que el camino es inexorable: "Todos recordamos ese momento de quiebre total: la llegada de Napster, esa instancia donde el cambio de paradigma encontraba su vértice y abría los ojos (y orejas) al público. Al mismo tiempo, lamento que la industria no se esté adaptando al paso que corresponde, y que aún le tenga miedo al desafío. Un visionario salvó a una industria musical ciega y sin capacidad de cambio: Steve Jobs. ¿Y por qué? Porque era una persona que comprendía el futuro de las formas de consumo de la gente. La palabra clave es acceso. La gente quiere todo: ya, fácil, cerca y en todos sus ambientes; quieren experienciar la música y pagar un precio relativamente justo por ello".

Valentina ya encontró su método perfecto. Lo resume así: escuchar música online y comprar vinilos. "Es como con los libros, soy muy ansiosa y si algo me gusta mucho me gusta ir a comprar el vinilo", plantea. "Ocurre que online podés escuchar mucha música, pero en definitiva no es tuya y a mí me gusta tenerla", agrega.

El formato de discos de vinilos vendría a compensar hoy la ansiedad de Valentina como la de muchos otros a la hora de poseer un fetiche. Parece bastante extraño que un formato de más de 50 años vuelva a transformarse en una de las nuevas maneras de escuchar música: el sitio Amazon informó que la venta de vinilos, en lo que va de 2013, aumentó un 100% respecto de 2012. Si este dato ya parece una rareza, lo es más que desde 2008 la venta de vinilos en ese sitio creció un 745 por ciento. El disco más vendido este año es Random Access Memories, de Daft Punk. "Internet permite acceder a servicios que añaden al simple placer de escuchar un disco, tal cantidad de información y tantas posibilidades, que la desaparición de los soportes físicos tradicionales se me antoja inminente. En lo que se refiere al fetiche: vinilos, sin duda", asegura Diament de Spotify.

Lucy Patané heredó una buena colección de vinilos de su padre. Cuenta que de muy chica, uno de los rituales con su papá era ponerse a desempolvar los vinilos y escucharlos juntos. El cruce generacional hoy permite que los discos que los padres fueron atesorando también puedan ser disfrutados por los hijos. A la vez, el segmento activo musicalmente es mucho más grande que en otras décadas cuando, a determinada edad, los adultos cambiaban sus gustos musicales o dejaban de actualizarse. La cultura rock, como la denomina el escritor y periodista inglés Simon Reynolds, incluye para arriba a personas de 60 años. Y lo determinante de ese tipo de cultura, señala, es el apetito por nuevas músicas y bandas.

"La música es mi vida. No sé si tengo un estilo o gusto particular a la hora de escuchar, sino que tiene que sorprenderme. En este momento me gustan mucho las orquestas tropicales y el calipso, pero es parte de un momento", dice como introducción Lucy. Según relata a LA NACION, su método para encontrar cosas nuevas comienza con Bandcamp, un servicio online donde los artistas suben sus obras para compartir en las redes sociales como Facebook. "Escucho mucho Bandcamp donde está muy presente la escena de bandas locales, pero siempre me gustó mucho el formato de los discos de vinilo. Ahora con el hecho de que se editan nuevos me gustan más", relata Lucy que, además, abrió su propia disquería de vinilos, Mercurio. El lema de la disquería: Escuchar online, comprar en Mercurio dice mucho acerca de este momento. "Estuve en Europa y me compré ediciones preciosas, pero las que se editan acá también son muy lindas y no cuestan tanto, unos 150 pesos", grafica Lucy.

Los nuevos discos de vinilo pesan 180 gramos (bastante más que los tradicionales) y las ediciones vienen acompañadas con lo que en la industria se denomina anabólicos: una tarjeta para descargar el disco a formato digital, un simple de regalo u otros objetos. Por ejemplo, el último disco de David Bowie o el de Depeche Mode, por mencionar dos artistas, traen estas opciones de descarga y, en Mercado Libre, pueden conseguirse por unos 395 pesos.

El sonido de los discos de vinilo también es otro de los aspectos revalorizados por los consumidores de música. Es que la producción musical había cambiado mucho con la entronización del CD, porque para incluir más canciones terminó adoptándose un criterio de masterización basado en la comprensión y el mayor volumen posible de los temas. En el camino se perdieron la calidez y el rango dinámico de los sonidos que estaban muy presentes en los vinilos. Ahora, esos dos aspectos vuelven a cobrar valor para los melómanos que ya se cansaron de que todos los discos suenen igual. El furor por los auriculares de calidad es otro de los frutos de esta combinación donde el sonido, otra vez, resulta importante. Y si durante el reinado del MP3 o el CD, un buen equipo de música era sinónimo de alguien que escucha mala música, eso comenzó a cambiar ya que los vinilos requieren de parlantes y bandejas que reproduzcan con mayor fidelidad. De hecho existen en la Argentina bandejas nuevas como la Numark TTUSB (3200 pesos) que posee una conexión USB para transformar digitalmente la música o la Stanton STR8 (7174 pesos) para amantes del sonido perfecto.

A todo esto, el lanzamiento de los Hertzios por parte de Taringa Música! agrega opciones al combo musical. Se trata de formatos diferentes que contienen un código para la descarga musical. Un hallazgo.

Al final de cuentas, queda claro, cada época encuentra su manera de conectarse con la música..

 

 

Opinión

En defensa del formato CD: porque nada (ni nadie) es eterno

Por Alfredo Rosso | Para LA NACION

La posibilidad de la desaparición del formato físico de la música es algo triste, por varios motivos. Primero porque se rompe el concepto de una obra discográfica, como algo completo, como una unidad. Se pierde la posibilidad de apreciar, de una manera reflexiva y con todos los elementos literalmente en la mano (música, arte de tapa, letras) un trabajo que tiene una unidad estética, conceptual, que ocupa un lugar concreto en tiempo y espacio. Esto que es verdad para la música de rock, lo es mucho más para una obra clásica, digamos una ópera. ¿Se imaginan tratando de escuchar arias en Spotify o Napster? ¿Buscando desesperadamente un libreto de "Rigoletto" en iTunes? ¿Y en el jazz? ¿Te subís a la Nube para escuchar una versión de 20 minutos de "My favourite things", de John Coltrane? ¿Y cuál versión, porque en general nunca se especifica?

Muchas veces, en la música que las radios tienen ahora en su disco rígido vos querés pasar la versión original, pongamos por caso, de "Smoke on the water", de Deep Purple, la de "Machine Head", y de repente sale una versión en vivo sin saberse su origen ni la formación de la banda que la interpretó. Lo mirás al operador y en su rostro se lee: "Y? qué querés? Acá no dice nada sobre qué versión es ésta". Por otra parte, las famosas "nubes" de música alejan el control de la obra del usuario y la disponibilidad o no de ese material musical pasa a ser prerrogativa de los dueños o administradores de esa "nube", y no del oyente. Y algún día pueden negarte el acceso.

El formato físico permitía una transmisión de la cultura mucho más eficiente. Compartías un vinilo, un casete o un CD. "Fijate en el tema 4, es fantástico"; "Mirá la tapa de ese disco de King Crimson. La música es un buen reflejo de ella?" Prestabas un disco, intercambiabas discos. Los llevabas con vos de aquí para allá. Te juntabas con gente para oírlos. Ahora, ¿qué vas a hacer? "Chicos, vengan a casa a comer, que después nos subimos a la Nube a escuchar MP3..." Nah. El vinilo estuvo bien para su época. Es cierto: el sonido es más "cálido" que el del CD, pero, a su vez, te limita a escucharlo en un lugar estático. Y a mí me gusta escuchar música en casa, pero también caminando por la calle, en la bici, en un auto, en el bondi, en la playa... Entonces, para mí, el CD es ideal porque te da la mejor fidelidad posible en un formato conveniente, retiene la parte de arte de tapa (convengamos que reducida y no tan atractiva como el vinilo) y permite una mejor información en términos de letras. Y para los que dicen que el CD no es eterno, les respondo: nada es eterno. Nosotros tampoco. Pero yo tengo CD que tienen más de 15 años y están perfectos.

 

 

Opinión

Nada resulta más sencillo que escuchar canciones en streaming

Por Guillermo Tomoyose | LA NACION

Las ventajas de la transmisión online de contenidos, o streaming en la jerga tecnológica, es la nueva alternativa a las descargas digitales de música y video. A pesar de las ofertas legales y muy buenas, como el catálogo de música y películas de Apple en la tienda iTunes, nada resulta más sencillo que Spotify o Deezer, por mencionar algunos de los servicios de este tipo que he probado. Por supuesto, algunos optan por métodos mucho más trabajosos, tales como la descarga directa o en redes P2P. Todos estos procedimientos, muy flojos de papeles en la mayoría de los casos, suelen ser justificados en pos de la calidad de la pista de audio y la ansiedad de los usuarios. También existe Grooveshark.com , una muy buena plataforma online , ideal para acceder de forma gratuita desde un navegador web (limitada a una aplicación móvil paga diseñada en Html5), con un amplio pero desordenado catálogo, de origen dudoso y algunas veces en mala calidad de sonido.

En su versión paga, los servicios de streaming de música no requieren de una conexión constante a Internet desde una tableta o teléfono inteligente, ya que permiten almacenar las listas de canciones y discos en modo offline . Además, ofrecen la posibilidad de llevar la colección de música a cualquier reunión de amigos, y si la selección no es del agrado, basta con conectarse a una red Wi-Fi para volver a buscar nuevos temas. Todo eso sin tener la necesidad de utilizar cables USB para conectar el dispositivo móvil a una computadora para copiar los archivos de forma manual o mediante iTunes, en el caso de usar un dispositivo móvil de Apple. La aplicación de Spotify, disponible para la mayoría de los dispositivos móviles del mercado, es muy intuitiva, fácil de usar y permite pasar de un tema a otro gracias a la opción de artistas relacionados, una opción muy divertida al momento de recordar viejos hits y artistas que quedaron en el recuerdo y que muchas veces uno no recuerda más que la melodía de sus hits. Por su parte, tuve la oportunidad de probar Deezer, ya que tiene una versión para el teléfono BlackBerry Z10. No está mal la interfaz, pero se advierte menos pulida y fluida que Spotify. No obstante, ambos catálogos son muy completos y cumplen con la mayoría de las expectativas que tienen los usuarios.

Sin embargo, no todas son flores para el streaming de música. Este tenedor libre de canciones es un catálogo casi ilimitado, pero por cuestiones de licencia, los álbumes de Stone Temple Pilots, muchos de los temas de su solista Scott Weiland y toda la discografía de Kid Rock no están en la edición argentina de Spotify, cuando pude comprobar que la versión norteamericana sí los tenía. Son esas extrañas fronteras que impone la industria discográfica en una geografía online sin límites.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Gané el Lotto!

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Acabo de recibir la notificación que he ganado la friolera suma de 1.000.000 de dólares. Acabo de reventar la tarjeta con regalos de fin de año para todos ustedes!!!

La prueba contundente de mi fortuna:

De: UK LOTTO [mraliwilliams@freeolamail.com]
Enviado el: Lunes, 27 de Diciembre de 2010 04:50 a.m.
Para: "Undisclosed-Recipient:;"@dialb.greenpeace.org
Asunto: RE: Su ID de correo electrónico ganado un millón de dólares

Inglaterra nacionales ganadores de lotería en línea gratis

Nos complace anunciar a usted que usted es uno de nuestros afortunados 10 (Diez) Los ganadores de este hoy. comunicarse con el Sr. Mateo. Stanley Williams para la reclamación

direcciones ganadores fueron seleccionados al azar de la World Wide Web a través de un drenaje del sistema informático y extraídos de más de 100.000 los sindicatos, las asociaciones y organizaciones de sociedades que cotizan en línea de Asia, Australia, Nueva Zelanda, Europa, América del Norte y América del Sur, Oriente Medio y África, como parte de nuestro Programa Internacional de Promociones.

Número del billete:  

56475600545 188
Número de serie:      5368/02
Los números ganadores: 20 34 23 25 30 31 48 10 BB

Usted consiguiente, se han aprobado para demandar una suma total de $ 1.000.000 (Un millón de dólares de EE.UU.) en efectivo acreditado al archivo. REF No.: IR/08/736207147/VN

Una vez más, en nombre de todo nuestro personal, FELICIDADES! Atentamente,

El Sr. Matthew Stanley Williams
Gerente de Promoción

sábado, 4 de septiembre de 2010

Uy! me colgué con YouTube

Internet

Este martes leí la noticia que el “Jornal do Brasil”, diario emblemático de Brasil, deja de publicarse en papel para mantener, únicamente, su versión on line. Esto obedece, entre otras razones, a los nuevos hábitos de lectura. Esta noticia tiene una directa vinculación con un artículo publicada hace unos días en La Nación, que reproduzco más abajo, acerca de uno de los tópicos que frecuentemente coloco aquí, ¿qué pasa con nuestra cabeza en la nueva atmósfera “comunicacional” que nos hemos creado?. 

Un aspecto muy particular, en esa nueva atmósfera, es la tendencia generalizada a ejercitar cada vez más un tipo de pensamiento simplón y rudimentario, un razonamiento sin matices y que evita cualquier síntoma de complejidad o de matices. Basta mirar el tono de la mayoría de las opiniones que se vierten en los más diversos foros de internet. Aquí no se trata de cualidades mentales o virtudes intelectuales, es una cuestión de actitud, ¿estamos dispuestos a aceptar la complejidad de las cosas o preferimos reducir todo a una pocas variables? 

Otra aspecto demoledor es la tara de leer todo por arriba. Confieso que soy bastante proclive a la lectura en diagonal. Una lectura veloz buscando las palabras claves que me lleven rápidamente a lo que busco. Un ejercicio que el permanente apuro me obliga continuamente. Eso va erosionando el hábito de la lectura. Es como que la cantidad de bits por segundo es tanta, que cuando uno comienza a leer como corresponde la velocidad baja tanto que nos sobra tiempo de procesador y.. se distrae!. Por eso procuro siempre tener algún texto que requiera de una lectura seria y meditada. Que obliga a bajar el caudal de bits. Lo hago con bastante disciplina.

Igualmente este blog es un ejercicio de lectura, de tener que releer cosas antes leídas o buscar información procurando profundizar algo. Así y todo, estamos sometidos a la distracción permanente. Estar on line es tener la banda ancha que te seduce para cualquier lado todo el tiempo. De hecho, esta entrada la había terminado de armar hace un par de noches y recuerdo que me quedé colgado viendo unas entrevistas de Diego Capusotto, ¿qué tiene que ver? Eso, nada.

Cali

Por qué estamos tan distraídos

Mori Ponsowy
Para LA NACION

Martes 31 de agosto de 2010

Hiperactividad improductiva. Ese fue el diagnóstico del psiquiatra cuando me quejé de mi creciente incapacidad para concentrarme. El nombre del padecimiento no me molestó tanto como saber que no había ninguna pastilla para curarlo y que lo único que podía hacer era insistir en focalizar la atención.

Días después, una amiga me dijo que ese diagnóstico le parecía una estupidez. "Hiperactividad puede ser -opinó-, pero improductiva, no." Intenté convencerla de lo contrario contándole que escribir me cuesta cada vez más. image

"Termino un párrafo y reviso los e-mails . Intento avanzar en otro, pero uno de mis contactos en Skype me llama y cuando vuelvo a la nota que estaba escribiendo, he olvidado la idea que se me acababa de ocurrir -le dije-. Además, cada vez leo menos."

Sólo esto último pareció asombrarla: "¿No leés en Internet?", preguntó. Iba a contestarle, pero me dijo que acababa de llegarle un correo que estaba esperando y nos tuvimos que despedir.

Me quedé pensando. ¡Claro que leo en Internet! ¿Quién no lo hace? No sólo eso, sino que seguramente gracias a la Red hoy se lee muchísimo más que en los años 70 y 80, cuando la principal fuente de entretenimiento era la televisión. La vastedad de contenidos que ofrece Internet permite mucha mayor libertad de elección que la tele. Desde juegos para los más chicos y partidas de póquer on line para los grandes, hasta diccionarios y libros enteros de la literatura universal están al alcance de un clic en cuestión de segundos. Basta con conectarnos y un universo aparentemente inagotable de millones de bits se despliega ante nosotros. La facilidad para encontrar cualquier cosa que estemos buscando, sumada al vértigo de la sorpresa inagotable convierten a Internet en una tierra seductora, irresistible.

Millones de personas pasamos, hoy, la mayor parte de nuestro tiempo de lectura en Internet. Como si hasta ahora hubiéramos vivido en la tundra desolada, quienes nacimos antes de la existencia de la Red nos hemos visto habitando, de pronto, una densa selva amazónica. Su hechizo es tal que quizá hoy leamos aún más que en el pasado. ¿Cuál era mi queja, entonces? Tratando de responder esto, sentí que lo que realmente me molestaba no era leer menos, sino la manera en que leo ahora. Leo en la pantalla con el mundo desplegado frente a mí y es como si estuviera sentada en Times Square intentando leer a Heidegger: no me puedo concentrar; las luces caleidoscópicas de un océano de neón me distraen; empiezo leyendo El ser y el tiempo, y, sin darme cuenta, un rato después estoy mirando el último video de Lady Gaga en YouTube. image

Estaba por llamar a un par de amigos para averiguar si sufrían del mismo mal, pero inmediatamente cambié de idea: ¡mejor investigarlo en Internet! En segundos, comprobé mi hipótesis. Hay artículos en diarios, revistas y blogs en los que gente de todas partes se queja de lo mismo. Nicholas Carr, un columnista de The Atlantic Monthly , lo describe así: "Antes me resultaba fácil sumergirme en un libro o en un artículo extenso. Ahora con frecuencia mi concentración empieza a desviarse después de dos o tres páginas. Me agito, me impaciento, pierdo el hilo y al fin busco hacer alguna otra cosa. Siento como si estuviera obligando constantemente a mi cerebro desobediente a regresar al texto".

Después de leer los testimonios de otros, de pronto mi queja se presentaba clara y precisa. Lo que me pasaba era que mi habilidad para pensar, leer o escribir sobre un tema específico por un tiempo prolongado se había marchitado. Incluso cuando investigo en Internet, rara vez llego al final de un texto y mi lectura es en diagonal, como si me hubiera graduado con honores en un curso de lectura veloz. Corroboré esto, de nuevo, en la Red: un grupo de investigadores de University College, en Londres, afirma que la mayoría de los cibernautas dedica menos de sesenta segundos a cada sitio y que la conducta más común es saltar de un lugar a otro y leer, a lo sumo, una o dos páginas de un artículo antes de abandonarlo.

La esencia de la Red parece ser la interrupción y la rapidez. Con el tiempo, como pasamos tanto tiempo navegando, nos hemos vuelto tremendamente impacientes y, en consecuencia, los medios tradicionales -presionados por sus departamentos de marketing- han tenido que hacer sus contenidos cada vez más cortos para satisfacer nuestros nuevos hábitos. A partir de marzo de este año, The New York Times dedica la segunda y tercera página de su edición en papel a resumir las noticias más importantes del día. image

El cambio ha ocurrido a nivel mundial y, por supuesto, también es evidente en el diario que usted está leyendo ahora. Entre el año de su fundación, en 1870, y al menos hasta 1890, LA NACION publicaba folletines como "El Capitán Cornabute", de Julio Verne, y notas de opinión de escritores como Rubén Darío y José Martí de hasta 20.000 caracteres; cien años después, la longitud promedio de las notas de opinión había disminuido un 35% hasta rondar los 13.000 caracteres; hoy, la longitud de esos artículos es de alrededor de ocho mil quinientos caracteres; es decir, de nuevo un 35% menos, pero ahora eso ha ocurrido en sólo veinte años. Como se ve, la tendencia a sintetizar noticias y artículos no nació con la invención de Internet, pero sí se ha acentuado geométricamente desde entonces. Por lo general, esto es aún más marcado en los periódicos tabloides. Es importante señalar que este cambio no obedece sólo a la necesidad de los medios de adaptarse a las nuevas tecnologías, sino también a las necesidades del público, que cada vez tiene menos paciencia para llegar hasta el final de una nota. image

La vida online se caracteriza por un estado de permanente distracción. Todo cuanto requiera una concentración detenida nos impacienta. La lectura profunda, las palabras largas, las oraciones complejas y la argumentación minuciosa se tornan cada vez más anticuadas. La información prevalece sobre el análisis y la inmediatez, sobre el pensamiento. Como siempre, algunas cosas se ganan y otras se pierden en el camino. Se gana la posibilidad de acceder a un universo de datos y, por otro lado, se va perdiendo la costumbre de sumergirse en las ideas, siguiendo razonamientos que avanzan con rigor desde los enunciados iniciales hasta llegar a las conclusiones. Lo que se pierde, en suma, es el gusto y la costumbre por el pensamiento complejo y la argumentación.

La argumentación y el pensamiento racional requieren tiempo para exponer, analizar, comparar, deducir y, por último, concluir. En este sentido, la lectura detenida y profunda se asemeja mucho a la estructura del pensamiento. Comprender realmente un texto supone haber dialogado con él con el mismo cuidado con que lo haríamos con un maestro admirado. Leer de ese modo exige sopesar las ideas del otro, descubrir sus falacias y analizar sus aciertos hasta llegar, finalmente, a ideas propias acerca del mundo que nos rodea.

Ese tipo de lectura no es el que nos caracteriza mientras surfeamos en la Red. Esto se debe no sólo a la sobreexcitación que la pantalla nos provoca, sino también a que Internet es un negocio, además de una herramienta prodigiosa. Cuantos más links visitemos, mayor es la cantidad de información que compañías como Google recolectan sobre nosotros para después llamar nuestra atención con publicidad de productos que nos interesen. A esas compañías no les conviene que los usuarios leamos detenidamente y, por eso, nos seducen con miles de cartelitos y nuevas alternativas. Se trata de una relación inversamente proporcional: a menor concentración del cibernauta, mayor ganancia económica para ellas. image

Además de una visita al archivo de LA NACION, hice gran parte de la investigación para esta nota en Internet, de modo que lo dicho hasta aquí no pretende ser un lamento por los tiempos idos, sino, más bien, la expresión de un deseo. Ojalá que los lectores no olvidemos que el pensamiento y la argumentación necesitan tiempo y que no todo cabe en capsulitas. El mundo es demasiado complejo como para ser explicado en un eslogan. Ojalá, también, que la mejor prensa escrita, aún incorporando las nuevas tendencias tecnológicas, no lo olvide y conserve secciones destinadas al análisis y al pensamiento.

He dejado al psiquiatra y me parece que empiezo a superar mi "hiperactividad improductiva". En comparación con los meses anteriores, he podido escribir esta nota en tiempo récord. Lo único que tuve que hacer es esconder el cable de conexión a Internet detrás de las valijas que guardo en la parte de arriba del armario. Para llegar ahí tuve que subirme a una escalera y, como no tengo una, fui a pedírsela al vecino. En este momento, siento un cosquilleo en el estómago. Es que en cuanto llegue al punto final de esta oración iré a buscar la escalera y volveré corriendo a sacar de su escondite al cable que pondrá, de nuevo, el mundo al alcance de mi mano.

© LA NACION

 

Mientras armaba esta entrada me distrajo:

lunes, 30 de agosto de 2010

Vida virtual: ¿inclusión o marginación?

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He puesto numerosos artículos sobre las redes sociales y esta nueva realidad que se ha creado, esta nueva “sociedad” que hace funcionar a la gente de manera tan especial. Todavía se sabe poco de qué efectos profundos está incubando en nosotros esta vida virtual. Aquí un artículo que se dispara sobre aquellos que deciden no ser parte del juego, al menos, por ahora!

Cali

Vida virtual: ¿inclusión o marginación?

José Eduardo Abadi
Para La Nación

Sábado 28 de agosto de 2010 | Publicado en edición impresa

La relación entre el hombre, la tecnología, la identidad y los vínculos son un tema frecuente en la agenda actual. También lo es la enorme cantidad de gente que participa y se incluye en ellos, que destaca muchos de sus aspectos positivos.

Hoy, en cambio, voy a referirme a algunas ideas presentes en los que voluntariamente no se suben al tren ni forman parte del numeroso elenco de las redes sociales: aquellos que no quieren pertenecer ni interactuar en esos ámbitos.

Una de ellas es la vivencia de pasar de sujeto que conserva su autonomía a la convicción de objeto visible, pero anónimo y manejable por otros. Para ellos, la participación en las redes sociales implica una suerte de sobreexposición sin control, en la que se cede una parte sustancial de la privacidad. Esto lleva a otro punto que he observado y a menudo no se registra, y que empuja un sentimiento de pérdida de lo que yo he llamado "el secreto identitario de uno mismo", asociado a ese aspecto que exige ser preservado para aquello singular que hace a lo irrepetible de la noción de sujeto.

En concordancia con esto, a la sociabilización en Facebook se la vive como algo intrusivo, como una invasión que sostiene al personaje. Una puesta en escena eterna que termina banalizando al sujeto, en la que nunca baja el telón que permite recuperar lo propio.

Se plantea aquí el gran tema: la diferencia a veces obvia y a veces sutil entre la realidad y la ficción. Lo lejano se transforma en cercano y lo distante en próximo. Esto acarrea muchas paradojas: ¿Dónde queda, entonces, lo verdadero, lo ilusorio y lo artificial? ¿Y qué pasa con el engaño?

Otro elemento es el temor o la angustia a una disociación de sí mismo entre el personaje del argumento virtual y el autor que lo presenta. En la mente de muchos, no deja de retumbar: "¿Qué coherencia existe entre el sujeto que exhibo y el que soy?". Dicho de otro modo: ¿esta construcción me refleja correctamente, o lo hace de un modo resbaladizo, que me distorsiona y deforma? Insisto nuevamente: ¿estamos frente a lo auténtico o frente a lo falaz?

Por eso, ante estos nuevos lenguajes comunicacionales, navega siempre la pregunta alrededor de la densidad o la superficialidad de los vínculos interpersonales que se establecen y que nos dan sentido.

El debate en torno a la solidez de los lazos que conforman la trama vincular anuncia el interrogante fundamental: ¿los lazos que articulan la red relacional se fortalecen y multiplican creativamente, o la soledad conserva astutamente su trono?

Casi como una posdata, quisiera agregar una reflexión: el protagonismo de los sujetos en redes como Facebook promueve la realización imaginaria de ser el creador-partero de distintos renacimientos, en la que a través de un argumento ficcional se transitan aquellas vidas que pudieron o se desean ser vividas.

El autor es psiquiatra, psicoanalista y escritor

 

Vida real: ¿barro tal vez? 

No se muy bien, pero para compensar.