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domingo, 16 de septiembre de 2012

Protestas y desconcierto

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La protesta del pasado jueves fue desconcertante para muchos. No sólo porque la dimensión que tuvo nadie pudo anticiparla, o casi nadie, sino también porque está mostrando la dificultad para hacerla encajar en los dogmas, en los prejuicios y en los “relatos” que se quieren sostener.

A mi juicio, se trató de una sana reacción social frente a una serie de hechos que se enmarcan en un comportamiento soberbio y plagado de hipocresía del Gobierno Nacional. Es una larga serie de hechos, casi todos, de un modo u otro, aparecen reflejados en muchas de las pancartas que graficaron a las protestas en las diferentes localidades del país. Una de las más notables es el zafarrancho que están armando para lograr una reforma constitucional que permita a CFK seguir al mando del Poder Ejecutivo por (al menos) un nuevo período.

No participé de estas protestas, como no suelo participar de actos de esta naturaleza, auto-convocados, porque, si bien la dinámica es interesante, suelen generar el espacio para que cada uno despliegue, de manera exacerbada, sus razonamientos a niveles extremos. De allí que, si bien puedo compartir varias de las demandas genéricas, suelo evitar la incómoda situación de verme rodeado de gente que expresa cosas o sentimientos que no comparto. Por ejemplo, puedo compartir con muchos el rechazo al intento de la reforma constitucional pero no me gusta cuando tal cosa se reclama poniéndole adjetivos insultantes a la Presidenta. No estoy diciendo que todos actúen de ese modo, digo que este tipo de movilizaciones, por su naturaleza, permiten ese tipo de expresiones.

Ahora bien, lo anteriormente dicho, no me permiten restarle ni legitimidad ni potencia a la movilización de la semana pasada.

La estrategia del oficialismo, en sus más amplias expresiones, procura estigmatizar la movilización asociándola a intereses golpistas o anti-populares. Ese es un diagnóstico interesado. No es un diagnóstico cierto. Es una lectura que procura reforzar la idea de que la oposición o crítica a ciertas medidas del gobierno serán, sistemáticamente e invariablemente, catalogadas de antidemocráticas y cipayas. Eso es una trampa fenomenal en la que ha caído buena parte de la dirigencia política y social. Por eso, cuando la gente salió a la calle, desconcertó al gobierno y también a los propios dirigentes de la “oposición”.   

Frente a un cúmulo muy grande de medidas y acciones gubernamentales que resultan incomprensibles, me parece, entonces, un síntoma de salud básico que la sociedad, o un sector de ella, se exprese y se plante para mostrar su disconformidad. No veo nada preocupante en eso, todo lo contrario. En todo caso, lo bueno o lo malo que esto pueda generar, tendrá que ver en cómo se canalizan tales reclamos desde las estructuras políticas y sociales. Cómo lo metaboliza el Gobierno, cómo lo digieren los partidos de la oposición y cómo lo asumen, o no, las organizaciones sociales. A juzgar por las reacciones inmediatas, la respuesta oficial está siendo la peor de todas: ningunear, descalificar y convocar a una contramarcha! Eso es lo que llamo estar perdidos en su soberbia.

Mencioné los exabruptos que suelen expresarse en este tipo de movilizaciones (y en muchas otras). La presencia de elementos autoritarios o individualistas exacerbados no cambia la naturaleza y la representatividad de la protesta. En este punto, creo que debemos procurar mantener una mirada comprensiva sin caer en la trampa de deslegitimar una protesta o grupo social por la presencia de individuos con comportamientos extremos. Recordemos que ese mismo mecanismo se utiliza para deslegitimar desde un grupo piquetero, una movilización de la CGT o una asamblea barrial. La protestas fueron pacificas, tolerantes y generalistas en sus reclamos.

No sirve de nada agitar el fantasma del interés reaccionario ni antidemocrático en gente de a pie que reclama con consignas bastante obvias. Por el contrario, me resulta ciertamente reaccionario, antidemocrático y peligroso, un gobierno que miente, como ocurre en el caso del INDEC, y se enorgullece de hacerlo y es defendido por muchos en mantener esa mentira. Estoy tomando tan solo un ejemplo trivial, INDEC. Esas son el tipo de cosas ciertamente corrosivas para la democracia. Esa es la responsabilidad gubernamental que una protesta como la del jueves pone bajo crítica. No debemos dar vuelta las responsabilidades. El Gobierno deberá dar, o no, una respuesta a esas críticas. Esa es su responsabilidad.

Finalmente, la categorización de “clase media” como sinónimo de “reaccionario” y “anti-patria” es una categorización muy hipócrita de parte de muchos que la expresan. No sólo porque muchos de quienes así califican a las protestas, pertenecen  a la clase media, sino porque se cae en una categorización bastante autoritaria y complicada como es la de idealizar las protestas “propias” y demonizar las “ajenas”. Las contradicciones y las tensiones irresueltas abundan en todas ellas.

Comparto aquí dos notas de opinión sobre el tema de dos intelectuales que siempre es un desafío leer y analizar: Beatriz Sarlo y Martín Caparrós.

Cali

 

Opinión: La maldición argentina de ser hoy un representante de la clase media

Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

Cuando Raúl Alfonsín ganó las elecciones presidenciales, en 1983, se esperó ansiosamente que los peronistas hablaran por televisión reconociendo la victoria. Mucho parecía depender de ese reconocimiento, que iba a dar legitimidad a los resultados. Hacia media noche, el ensayista Jorge Abelardo Ramos (de quien descienden Jorge Coscia y Ernesto Laclau) apareció en las pantallas desconfiando todavía de los escrutinios parciales: "He visto a gente festejando por la calle Santa Fe, vestidos con Pierre Cardin". Ramos era un provocador, pero la frase con la que quería desacreditar un posible triunfo de la UCR tiene una historia que se prolonga hasta el presente.

Invalidar una manifestación por la composición social de sus integrantes fue un tipo de discriminación que se difundió precisamente para atacar al peronismo. Vittorio Codovilla, dirigente del Partido Comunista, calificó a las masas movilizadas por Perón el 17 de octubre como una multitud de marginales y lúmpenes. La oposición a ese primer peronismo reduplicó esa apuesta discriminatoria: negros, cabecitas, fueron los sustantivos que usaron los "cultos" para designar a los obreros.

Décadas después, el lenguaje de la discriminación vuelve a utilizarse para describir a los manifestantes del jueves pasado. De nuevo, las calles que se mencionan son Santa Fe y Callao como centro místico de la convocatoria. Si ese lenguaje podía describir adecuadamente la anterior movilización de caceroleros, que fue pequeña y poco entusiasta, no parece el más adecuado para la última. El cruce emblemático de las dos avenidas de Barrio Norte tuvo decenas de espejos en las ciudades argentinas.

Sin embargo, las críticas kirchneristas a la movilización del jueves se apoyan en datos y citan consignas indiscutiblemente escritas en las páginas de Facebook que propagandizaban la convocatoria. Allí se ha usado el lenguaje del odio contra los planes sociales y la asignación universal ("planes descansar" y "asignación para coger", entre otras frases), que no salió de la cabeza de Cristina, sino de una iniciativa presentada, hace años, por Elisa Carrió. Este despiste ideológico, la antipatía contra la política y el encierro dentro de los propios deseos indican el terreno fracturado en el que se mueve la protesta.

Por televisión algunos relatores periodísticos se entusiasmaron recordando la "primavera árabe". No recordaron, sin embargo, quiénes ganaron las elecciones en Egipto después de esas movilizaciones de masas. Por televisión también se subrayó la ausencia de toda interpelación política. Se olvidó, sin embargo, que es la política la que puede dar una continuidad a las reivindicaciones de quienes se movilizaron el jueves.

La lección de 2001

Todo sucede como si no tuviéramos la posibilidad de aprender de 2001: si se rechaza la política, lo que se consigue, finalmente, es o el activismo permanente (difícil de sostener en una sociedad como la argentina) o la volatilización de las energías llevadas al espacio público, que encuentran muchos obstáculos para seguir allí sin organizaciones.

Las manifestaciones "espontáneas" tienen todos los problemas de la ausencia de la política que, al mismo tiempo, rechazan. Un verdadero dilema que queda de manifiesto cuando se mira el paisaje español, donde son los partidos, rechazados en gigantescas marchas, los que siguen definiendo el futuro inmediato, imponen un ajuste implacable y no escuchan el mensaje de los indignados.

¿Por qué se sostiene el kirchnerismo? En primer lugar porque ocupa por completo, casi sin fisuras, el aparato administrativo y económico del Estado. En segundo lugar, porque se apoya en una vasta organización territorial, que representa a ese Estado en los últimos rincones de la sociedad, donde viven los que más sufren y los que más necesitan.

El aparato kirchnerista no permite desbande ni desmadre. Este arte de la movilización lo conocen bien los peronistas y fue su legado póstumo a Cristina Fernández.

La movilización del jueves pasado mostró a sus integrantes lejos del Estado y del Gobierno, contra el que protestaban, pero también lejos de una armazón que pudiera abrirles el camino del mediano plazo. La política es complicadísima. Nada es menos instantáneo que sus expresiones.

Todo esto es sabido y parece antipático recordarlo ahora, justamente cuando el periodismo oficialista hace una discriminación de clase para acusar a los manifestantes, como si las capas medias no tuvieran el derecho de presentar sus reclamos.

Solitario, aunque también cediendo a la tentación de hablar de "gente paqueta", Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, puso un alerta en su propio campo: "El Gobierno no debe descuidar esto. Es necesario tomar nota de esta importante movilización con cuyos fundamentos no estoy de acuerdo".

Podría decirse que la manifestación del jueves puso en escena un drama de clases. Sin duda, hoy ya no se habla más en esos términos, pero lo que sucedió evocaba ese tipo de divisiones.

Los manifestantes, que provenían de ese vasto sector con muchas diferencias que son las capas medias (que comienzan, recordémoslo, con salarios de 5000 o 6000 pesos), no protestaban solamente porque no podían comprar dólares. Llevaban otras consignas y convertirlas a todas ellas en un pretexto que cubría las ganas de tener divisas a precio oficial implica despreciarlas por completo. Es la versión simétrica a la de quienes afirman que los asistentes a manifestaciones kirchneristas van "por el plan y por el choripán".

Si esa frase es repudiable en el caso de los sectores populares, es igualmente repudiable cuando los que salen a la calle son los ciudadanos que no viven en Soldati. La clase media no debe convertirse en una clase maldita. Conoce sus intereses tanto como los conocen los sectores populares. De ellos los separa un vacío: la ausencia de una política progresista que los exprese generosamente.

Una vez más, éste es el drama. Detestar al kirchnerismo no produce política. Y hoy, en cualquier lugar del mundo, afirmar la primacía absoluta de los derechos individuales (yo hago lo que quiero con lo mío) es una versión patética y arcaica de lo que se cree liberalismo.

Es injusto hacer responsables a los manifestantes de lo que les falta y les sobra a sus consignas. Su movilización indica que hay allí fuerzas dispuestas a jugar en el espacio público.

La responsabilidad cae del lado de intelectuales y políticos que no articulamos una interpelación progresista, democrática y autónoma. No supimos escribir las cosas mejor que en Facebook..

 

 

La ley de la calle

Por: Martín Caparrós | 15 de septiembre de 2012 ((blog Pamplinas http://blogs.elpais.com/pamplinas/)

Cacerolazo

No defendían sus dineros como hace cuatro años; algunos eran los mismos, otros no, y todos salieron a decir que no toleran ciertas conductas del gobierno. Yo acuerdo con muchas de sus críticas y, aún así, creo que no era mi marcha: es más que probable que no comparta con muchos de los movilizados del 13-S casi nada, que nuestras visiones del mundo y sus políticas estén alejadísimas; también es probable que haya unos cuantos con los que sí. Fueron muchos miles: la idea de su homogeneidad es otro de los trucos del relato oficialista: que eran todos de los barrios caros, que eran todos de clase media alta, que no pisaban el pasto para no mancharse, que estaban bien vestidos –enunciado, por supuesto, por gente de clase media alta que vive en barrios caros, que suele “vestir bien” y no pisar el césped. Pero es una reducción: había mucho más que eso. Porque la convocatoria fue dispersa, porque una de las particularidades del gobierno kirchnerista es que algunos de sus actos pueden producir reacciones semejantes en personas muy diferentes, porque las consignas de la noche eran más que variadas.

Lo cierto es que, más allá de sociologías de café y taxonomías interesadas, la irrupción de la calle opositora cambia cosas. Instala una dinámica nueva que vale la pena tratar de pensar.

Está, por un lado, el problema de la ocupación de los espacios: el oficialismo basaba parte importante de su legitimidad en su capacidad de movilización –los jóvenes, los actos, la plaza y otros lugares comunes del relato– y, por lo tanto, la movilización era un recurso que sus voceras y voceros ensalzaban cadena tras cadena; ahora, cuando ya no les pertenece en exclusiva, se lanzaron a hacer malabarismos que, una vez más, se les transforman en esputos ascendentes: si dicen que “también en la cancha de Boca hay mucha gente”, ¿cómo podrán, la próxima vez, jactarse como suelen de su propia mucha gente? Por ahora, el truco consiste en definir movilizaciones malas y movilizaciones buenas; las malas son las de los bienvestidos en la calle, las buenas son las de los bienvestidos en el palco; el argumento tiene sus problemas. Quizás, que es demasiado claro: una definición del populismo.

Pero eso es un detalle. Lo central de la nueva dinámica, creo, será el crescendo. El gobierno y su gobernadora ya dijeron que la salida de los nuevos cacerolos no les importa, que allí no hay nada que escuchar. No por nada, sino porque honestamente no creen que valga la pena escuchar a esa gente.

El gobierno piensa que no debe gobernar para ellos sino para los suyos. No me parece mal: un partido siempre gobierna para una fracción de la sociedad. Es mentira que se pueda gobernar para todos. Siempre se beneficia a unos o a otros –aunque buena parte del discurso y la práctica políticos consista en tratar de disimularlo. El problema es que, en este caso, no está claro quiénes son realmente los suyos. Y, sobre todo, el error del gobierno es que su ataque a los que ataca es mayor en las palabras que en los hechos, cuando debería ser exactamente lo contrario: irritan al pedo. En lugar de hacer, amenazan. Y, cuando hacen, enarbolan esa inepsia con la que manejaron, por ejemplo, el tema del dólar: agregando una regulación nueva cada dos días, mostrando que empezaron sin tener ni idea de dónde iban –como cada vez.

Su otro problema está en pensar que los propios son el famoso 54%. Como si todos esos votos les pertenecieran, como si no se dieran cuenta de que un porcentaje significativo –y todavía no medido– de quienes los votaron no apoyan muchas de sus medidas y sus formas recientes. Pero siguen hablando como si nada de eso. No pueden engañarse tanto; espero –de verdad– que solo sea un recurso retórico, porque si realmente lo creen son peores que lo que uno podría creer.

En todo caso insisten: en las voces de los cacerolos no hay nada que les interese, que quieran o deban escuchar. Los cacerolos, en cambio, descubrieron que tienen con qué hacerse oír. Sería tonto pensar que se van a resignar a esa sordera oficial; sería necio pensar que no van a volver.

Me imagino que en las próximas semanas va a haber marchas parecidas y es probable que sean cada vez más numerosas. Me imagino que en algún momento el oficialismo –que nunca es rápido para corregir sus velocísimos errores– va a querer disputarles la calle. Me imagino que la primavera va a florecer de marchas, contramarchas.

Si eso sucediera, el que pierde es el gobierno: pierde la hegemonía, se convierte en un contendiente cuando, hasta ahora, aparecía como el protagonista indiscutido, el actor único. Quizás prevean su error y no lo hagan. Quién sabe: si no se dieron cuenta de que la Rerre era lo peor que podían lanzar, no veo cómo ni por qué se darían cuenta de esto.

Pero para evitar la pelea por la calle tendrían que desarmar las marchas cacerolas con alguna concesión, algún gesto que sirviera para bajar la tensión y diluir las demandas. No veo cuál sería. O sí: el más probable –el mejor terreno de entendimiento que los oficialistas y los cacerolos podrían encontrar– es la represión. ¿Qué mejor podría ofrecer la doctora CFK que hacerse cargo de los reclamos por la inseguridad y producir un endurecimiento de la intervención policial –que, en última instancia, la favorece de más de una manera? ¿Qué mejor -para ella- que una maniobra que le permitiría recuperar algún favor en los que ahora la critican al mismo tiempo que aumentaría su control de esa calle que ahora teme perder?

Sería siniestrito. Espero, una vez más, equivocarme.

lunes, 29 de noviembre de 2010

El otro fracaso de Copenhague

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Podría exagerar y titular esto como “el verdadero fracaso de Copenhague”, pero por ahí es demasiado, entonces el “otro fracaso”.

Todos sabemos que hace un año los ojos del mundo estaban puestos en Copenhague a la expectativa de un acuerdo global para los próximos años en relación al cambio climático. Eso no sucedió. En cambio, un grupo de países firmó una simple promesa llamada “Acuerdo de Copenhague”. Un fracaso.

A un año de esa reunión en Copenhague (COP15) puedo señalar otro aspecto de ese fracaso.

El extravío y el todo vale climático.

Ahora que estamos a pocas horas de iniciada la deslucida reunión en Cancún (COP16) me doy cuenta que el impacto que tuvieron los misiles disparados sobre el IPCC durante el 2009 fueron, esta vez, muy eficaces. La parálisis política en la COP15 hizo el resto. Resultado: cualquiera puede ensayar la explicación que quiera para el cambio climático, total, mas o menos, “algo de razón tendrá”.

Desde hace un año, pero con particular intensidad en estas últimas semanas, previas a Cancún, veo como crece el extravío. Todo tiene lugar para explicar qué hay detrás y a los costados del cambio climático. Insisto, estas cosas, antes de Copenhague, casi no existían. Los “negacionistas” del cambio climático, por ejemplo, antes eran gente que intentaba parecer racional y competente, aunque fueran empleados de petroleras y automotrices.

Al ganar peso en los medios las más absurdas críticas al IPCC (la ciencia, lo siento, no tengo otro modo de decirlo) parece que estamos ante algo que puede ser o no, y si no se sabe si es o no es, caben en el medio cualquier delirio. Por otro lado, al perder peso las negociaciones en torno a la Convención de la ONU sobre el Cambio Climático parece ser que, en términos políticos, cualquier explicación viene bien.

Así, crecen discursos, como el que expone Martín Caparrós en su último libro, en el que a partir de sospechar que todo es un invento, suponer que todo es un gran negocio de gente como Al Gore y que entonces, todo parece ser una maniobra de marketing. Nada se explica ni se prueba, se sospecha. Se tiran hipótesis. Cualquier cosa. image

Están los que no ponen en duda el cambio climático, pero que descreen de la “política” climática. Tampoco se explica mucho y cuando se explica algo, lo hacen con fenomenales errores conceptuales y técnicos. Entonces se dan ideas y se replican mails que contienen errores garrafales acerca de los mercados de carbono, el Protocolo de Kioto, la Carta de las Naciones Unidas y lo que sea.

En el terreno político-ideológico, una recurrente explicación es decir que la culpa del cambio climático es del… capitalismo!. Es una trivialidad porque todos, absolutamente todos, los problemas que tengan una connotación económica, y éste más aún, serán producto del capitalismo puesto que es el sistema económico dominante en el mundo. Entonces, está claro que si existen problemas de distribución de la riqueza, hambre, destrucción de ecosistemas y de países, todo esos problemas son perfectamente atribuibles al capitalismo y es una explicación cierta e inapelable. El punto es reconocer la trama del problema y diseñar los cambios, en la profundidad que se necesite. Si lo que se necesita es una reformulación completa de la economía tal cual hoy la conocemos, entonces habrá que diseñar esa reformulación, desde sus primeros pasos.

Hay quienes están intentando que el sistema económico actual pueda adaptarse de tal modo que responda al desafío de reducir drásticamente las emisiones, hay quienes creen que esa tarea es imposible. No alcanza señalarlo, porque eso ya está ocurriendo, como lo hacen economistas liberales como Jeffrey Sachs. Ambos tienen que mostrar un plan de acción creíble a corto y mediano plazo, al menos. De otro modo es una simple invocación, casi mística. 

Hablando de mística, eso es lo que faltaba. Si le ponemos a esta discusión un poco de Biblia, GAIA, Pacha Mama y lo que venga, entonces la ensalada es cada vez más grande. Hay en escena santurrones y predicadores, bajo la vestimenta de antiguas y nuevas creencias. Un caso que me llamó la atención es el de la Fundación Códigos. Veamos este caso, realmente, estrambólico.

Fundación Códigos se llama así porque procura mostrarnos y revelar los códigos secretos de la Biblia en torno al cambio climático. Lugar de origen: Punta del Este. Su página: imperdible.

Quiero poner un par de videos aquí:image

1) Luis Seguessa, el presidente de Fundación Códigos, en el programa de Nancy Pasos. Hay algunas brutalidades aquí, tales como decir que el hielo del Artico está sobre tierra, cosa que no es así, el hielo ártico es hielo flotante, su derretimiento  no contribuirá al aumento del nivel del mar. Su teoría sobre “el problema del tsunami” es original y por último, lanza que “nos estamos quedando sin oxígeno”. Todo en 1’ 20’’ 

2) En este video institucional explica que el problema del cambio climático es que estamos “quemando” oxígeno cuando quemamos combustibles. Jamás había oído hablar que era posible quemar oxígeno!. Siendo ese el problema, la solución es autos eléctricos. Por supuesto nada dice sobre cómo se producirá esa electricidad. El asunto es no “quemar oxígeno” con “combustión cero”. Alguien pensará que Seguessa está haciendo una campaña pagada por la Toyota para ganar mercado para su “Prius”. No creo. Francamente creo que Toyota tiene mejores argumentos.

Dejo para la investigación de los lectores ver los videos sobre los códigos secretos de la Biblia, porque allí está la clave de toda esta sabiduría desconocida que nos revela sobre el cambio climático la Fundación Códigos.

Para refrescar la sabiduría, no tan novedosa, y aquellos códigos, no tan secretos, que les ayudarán a transitar por estos temas sin tanto desvaríos, ver: oxígeno, combustión, ciclo del oxígeno, cambio climático, IPCC, en wikipedia, es sencillo y no se dice macanazos.

Cali

lunes, 15 de noviembre de 2010

Estoy verde (5)

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Acabo de ver por televisión a Martín Caparrós hablando de su libro “Contra el Cambio” y eso me “motiva” a volver nuevamente sobre mis apuntes de la lectura de ese trabajo.

Voy a continuar recorriendo las principales observaciones de Caparrós a lo largo del libro, por orden de aparición. En el capítulo 2, “Nigeria”, vuelve a desarrollar un collage de postales del país visitado y de sus habitantes con algunas de sus reflexiones climáticas. Una de ellas está dedicada a la ciencia climática. Merece destacarse: (Pág.56)

Otra victoria –gloria gloria hosanna- de la religión positivista. En el centro del movimiento, el mito de la ciencia todopoderosa: capaz de imaginar lo que puede pasar dentro de un siglo. Sus predicciones no se presentan como hipótesis posibles sino como certezas consensuales: si muchos buenos científicos suponen que a  + b - 8,36 = sanseverino, debe ser verdad aunque no puedan demostrarlo. El método científico abandonó el ensayo y error, la búsqueda de la demostración –y se convirtió en democracia o estadística: si muchos lo piensan debería ser cierto.

En primer lugar, lo de la ciencia capaz de “imaginar” es una licencia literaria que no se corresponde con el supuesto “positivismo” que le adjudica inicialmente. Por supuesto, acepto que está utilizando cada palabra para golpear duro, sin errores, pero eso de poner a la ciencia en el rol de “imaginar lo que puede pasar” es un exceso.

Luego, con más precisión, habla de “predicciones”, pero en un análisis de una enorme incomprensión y desconocimiento acerca del proceso de compilación de la información existente sobre el cambio climático, básicamente, a cargo del IPCC. Aunque lo peor sería que no sea meramente desconocimiento. Es el mismo dardo, dirigido al corazón de las discusiones climáticas, que lanzan los “negacionistas”. El mejor modo de neutralizar cualquier progreso en las negociaciones internacionales es hiriendo al IPCC. La disparatada ecuación que presenta Caparrós pretende ridiculizar al IPCC.

Sucede que el IPCC no “supone” ninguna cosa ni desarrolla investigación científica alguna.

El IPCC es el organismo encargado por la ONU para compilar la información científica existente, sistematizarla y tornarla comprensible para quienes tienen que tomar decisiones. Semejante rol, con la complejidad de la información de la que se trata y la extrema sensibilidad política de sus potenciales conclusiones, debe ser realizado por un organismo de las características del IPCC. No se trata de un grupo de científicos que “suponen” cosas. Es un grupo de científicos que debe indicar, con transparencia y neutralidad, qué dicen los miles de papers, investigaciones publicadas, registros y mediciones a escala global de cada uno de los aspectos que hacen al comportamiento atmosférico y sus impactos actuales y potenciales.  

A falta de mejores críticas, el pecado del IPCC es ser “democrático” y basarse en “estadísticas”. En fin.

Habría que hacer el ejercicio de imaginar si ese rol lo jugase un cuerpo científico que no tuviese las características del IPCC, por ejemplo, si fuese la NASA o algún otro cuerpo científico de esa envergadura (y parcialidad). O tal vez imaginar si cada gobierno tuviese sus propias fuentes de información y asesoramiento. Imaginen la de INDEC que habría!

Francamente, pretender herir al IPCC es no tener ni idea de lo que eso significa o no querer que las negociaciones existan. En cualquier caso, un error gigantesco para alguien que, como Caparrós, pregona valores democráticos y ser independiente de los intereses económicos que traban sistemáticamente las discusiones climáticas.

Porque si se tratase de una genuina controversia de criterios, teorías o modelos climáticos, ese tipo de diferencias son las que se registrarían en las investigaciones y publicaciones científicas, las que, finalmente, terminarían reflejándose en las conclusiones del IPCC.

Pero como los “negacionistas” suelen estar flojos de “papers”, sus críticas no llegan a entrar en las “estadísticas” del IPCC.

A modo de breve reseña, para saber qué es el IPCC, tomo esto de su sitio oficial

Al detectar el problema del cambio climático mundial, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) crearon el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) en 1988. Se trata de un grupo abierto a todos los Miembros de las Naciones Unidas y de la OMM.

La función del IPCC consiste en analizar, de forma exhaustiva, objetiva, abierta y transparente, la información científica, técnica y socioeconómica relevante para entender los elementos científicos del riesgo que supone el cambio climático provocado por las actividades humanas, sus posibles repercusiones y las posibilidades de adaptación y atenuación del mismo. El IPCC no realiza investigaciones ni controla datos relativos al clima u otros parámetros pertinentes, sino que basa su evaluación principalmente en la literatura científica y técnica revisada por homólogos y publicada.

Una de las principales actividades del IPCC es hacer una evaluación periódica de los conocimientos sobre el cambio climático. El IPCC elabora, asimismo, Informes Especiales y Documentos Técnicos sobre temas en los que se consideran necesarios la información y el asesoramiento científicos e independientes, y respalda la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMCC) mediante su labor sobre las metodologías relativas a los inventarios nacionales de gases de efecto invernadero.image

Sin pretender que nadie se sienta mareado con información extremadamente compleja, invito a que le peguen al menos una hojeada al resumen del último informe del IPCC (2007). Se trata del material más compacto y resumido de lo que contienen los extensos informes de cada grupo de trabajo. Está escrito para que pueda ser leído por el público, prensa y, fundamentalmente, políticos (“Resumen para responsables de políticas”).

En la página 27 pueden ver el cuadro “tratamiento de la incertidumbre”. No hay nada que pueda ser asimilado a hacer pasar por “cierto” lo que no lo es. Lo de Caparrós no alcanza siquiera a ser una acusación, es simplemente, una observación “canchera”, sin dar la menor idea de cómo una tarea de esta naturaleza, magnitud y voltaje político, podría ser hecha de manera más rigurosa.  

Por último, lo del “ensayo y error” y el “método científico”, por mucho que lo añore Caparrós, debo advertir que hace ya mucho tiempo que la ciencia ha alcanzado algunos límites del conocimiento en dónde el viejo método de la física clásica no tiene ya el mismo protagonismo. Vastos campos de la física teórica se desarrollan  primero mediante teorías que intentan explicar, al menos parcialmente, algunos fenómenos que luego gozan de aceptación si tales explicaciones resultan ser “convincentes” o resultan más operativas o abarcativas que sus  antecesoras. A veimageces puede pasar mucho tiempo hasta que pueda llegar a demostrarse su validez mediante alguna “prueba”. La incertidumbre, el carácter probabilístico en la explicación de algunos fenómenos, las muy particulares y ambiguas descripciones de lo que ocurre a dimensiones pequeñísimas nos colocan en un sitio bien diferente al de la física clásica. 

Pero son también numerosos los campos del conocimiento que se desarrollan sin poder apelar al método del ensayo y error. Un caso típico, es la climatología. Los modelos predictivos del comportamiento del clima se van ajustando a medida que resultan convincentes y operativos. Se trata de escalas de tiempos geológicos y de tal grado de complejidad de variables que resulta un absurdo pensar en el “ensayo y error”. Lo que digo es trivial. No encuentro razón para que tal cosa sea descripta como algo sospechoso o sujeto a los “caprichos” de una opinión mayoritaria tendenciosa. O al menos hay que tratar de demostrarlo. 

Luego seguiré con este libro. Pasión de ecololós.

Cali

domingo, 7 de noviembre de 2010

Estoy verde (4)

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Voy a continuar avanzando un poco más con el último libro de Martín Caparrós, “Contra el Cambio”. Estoy siguiendo su primer capítulo, “Amazonas”, donde despliega sus objeciones básicas y prejuicios para con los “ecololos”, como le gusta llamar a ecologistas y a todo aquelos que tenga inclinación a preocuparse por cuestiones ambientales, y particularmente, con las climáticas.

Recordemos que este libro es un sub-producto del trabajo realizado por su autor para la UNFPA titulado “En la frontera. Jóvenes y cambio climático”. En su recorrido por el mundo buscando “casos” de jóvenes enfrentando el cambio climático, su primer capítulo lo lleva al Amazonas. Allí, en una descripción vaga y poco precisa de las iniciativas conservacionistas que se desarrollan en el amazonas (y más allá también) arriba al ejemplo de Carlos Miller, el fundador del IPA (Instituto de Permacultura da Amazonia) en Manaus, donde dice: (pág. 27)
Miller había trabajado en fundaciones ecologistas que, para preservar ciertas áreas, las vaciaban y creaban parques naturales; 
-Yo estaba incómodo: no podía ser que para salvar una tierra hubiera que echar a las personas que vivían en ella. Cuando me encontré con la permacultura, pensé que podía ser una solución. El hombre cuando planta saca todo lo que hay y planta en ese vacío. El bosque amazónico hace lo contrario, porque está asentado sobre un suelo muy pobre en nutrientes, y necesita vivir de sí mismo, de su propia descomposición. Nosotros lo copiamos, y usamos abonos naturales y mezclamos distintas plantas que se ayudan unas a otras para crecer sin arruinar el medio ambiente.
Realmente desconozco la trayectoria de Carlos Miller, buscando en internet puedo ver que es el nodo Manaus de Avina y que su trabajo se asocia a lo más “conservador” de las organizaciones de conservación. Aún así, no me animaría a ser despectivo con su trabajo. Todo lo contrario. De esa experiencia personal que relata el señor Miller Caparrós hace una generalización para consolidar el prejuicio de que a los ecologistas sólo les interesan las plantas y no las personas. Es una generalización brutal, por lo rústica y lo poco ilustrada.
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Desconocer el gigantesco trabajo que desarrollan innumerables organizaciones para poder preservar ecosistemas, no sólo valiosos en su rol como tales, sino también como sustento directo de poblaciones y comunidades, procurando equilibrar ese objetivo con el desarrollo social y las actividades productivas de gran escala, es una injusta manera de simplificar tan compleja situación. El sistema productivo vigente lo resuelve de manera sencilla, deforesta y pone soja o vacas. Nada dice Caparrós sobre eso, al menos en profundidad. ¿Quién, sino los ecologistas han puesto el dedo sobre esa llaga?. Pensemos lo que sucede en la Argentina con los bosques, es un buen ejemplo, porque también sucede en la Amazonia. Vienen las topadoras, siembran soja, se acabo el bosque ¿y la gente?. Se tuvo que ir! seguramente en algún barrio suburbano de alguna ciudad como Rosario o Buenos Aires. ¿Fue el “conservacionismo” el que lo hizo?. 

El tema es mucho más complicado. ¿Qué pasó frente a este drama en la Argentina? no fue ningún otro que el movimiento ecologista el que promovió y generó la “ley de bosques nativos” cuyo objetivo combina, de la manera más sabia que se pudo pensar, conservación, con permanencia de los habitantes criollos e indígenas, las necesidades productivas de gran escala y la explotación forestal. La ingeniera más apropiada posible. Ese es el mundo real del ambientalismo, no sus ejemplos más específicos, marginales, experimentales o heterodoxos. No se puede generalizar desde esas aristas. Es un mal truco.

Por ejemplo, quienes en estos días están poniendo el acento en la ausencia de fondos para implementar la “ley de bosques” en el presupuesto 2011 son los ecologistas, acompañados por actores locales y políticos que comienzan a ver el descalabro. Recomiendo esta nota de Clarín de estos días.
Avanzando en su texto, Caparrós agrega más adelante: (pág.30)
Parece que resulta más fácil ser ecologista a la distancia, y lamentar la destrucción de la selva amazónica desde San Francisco o París, que resistir la tentación de quemar los árboles de ese terreno que, una vez desmontado, podría alimentar al que lo quema. 
No sólo parece Caparrós. Es así. Es más fácil ser ecologista a la distancia como también es más fácil ser solidario, revolucionario, pacifista o combativo. Todos somos valientes y estamos en las grandes causas cómodamente a la distancia. Es más fácil ser comunista a la distancia como es más fácil ser indigenista. Es una trivialidad señalar ese hecho, y no es una característica distintiva del ecologismo “ecololó”.
Y por supuesto que es más fácil adoptar una pose preocupada que estar muerto de hambre y de frío. Por supuesto, y supongo que cualquier lector se lo puede imaginar.

Por otro lado, difícilmente se encuentre alguna organización o expresión ecologista que ponga el acento en las economías de subsistencia que deben deforestar o quemar bosque para su supervivencia. Si se hace referencia a ello, en aquellos casos que alcanzan niveles relevantes, no he visto acción tendiente a culpabilizar o expulsar, por el contrario he visto la mil y un maneras de buscar alternativas. En cambio si he visto como los gobiernos provinciales, por hablar de nuestro país, los criminalizan y/o los corren de todas las formas posibles.  Por lo general, gobernadores envueltos en las banderas de la patria libre, justa y soberana. También es más fácil ser justo, libre y soberano a la distancia votando cretinos. ¿Como los podríamos llamar?
Pero el tema es el cambio climático, y tampoco le resulta convincente a Caparrós el ejemplo que él mismo seleccionó relatar sobre los esfuerzos que se hacen algunos jóvenes para frenar la deforestación en la Amazonía: (pág.32)
El problema de estos esfuerzos por conservar los bosques es que no atacan la cuestión central. Lo que más aumentó las emisiones de CO2 en los últimos treinta años fue la generación de electricidad que se triplicó –y que, obviamente, no tiene nada que ver con selvas y sabanas
El problema es la selección de los casos que describe en su libro ya que todos los casos son víctimas de algún  suceso meteorológico o emprendimientos minúsculos que poco y nada hacen a la cuestión energética. Nuevamente, ¿por qué sacar conclusiones mirando aristas tan particulares? El debate climático está centrado en el cambio de las fuentes de energía, a todo nivel y en todos los foros. Es el tema estructural en las discusiones climáticas globales y el centro de las campañas de las organizaciones ecologistas en todo el mundo. ¿por qué tergiversar hechos que se pueden comprobar fácilmente? La realidad es mucho más compleja que una colección de ironías.
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En los últimos años la situación climática se ha agravado lo suficiente como para volverse relevante poner el acento también en la deforestación. La deforestación representa el 30% de las emisiones, detener los procesos de deforestación en algunos sitios claves, Amazonas es uno de ellos. Disminuir la deforestación representa una reducción que puede alcanzarse relativamente rápido y de una proporción muy grande de emisiones, algo que con el cambio tecnológico requerido en el sector energético puede demandar mucho más tiempo.

Esto no significa olvidar lo estructural. Todo lo contrario. Insisto, el centro de la discusión global climática está puesto en las fuentes energéticas por ser el problema que crece y que necesita más tiempo y fondos y tiene un voltaje político y económico superlativo!. Sucede que si uno va a buscar respuestas a las emisiones del sector eléctrico en los sitios inadecuados (Ej. un proyecto de permacultura en Manaus) difícilmente las encuentre: (pág.34)
El centro de permacultura es un esfuerzo importante y es, al mismo tiempo, algo tan ínfimo. Sus impulsores ya me explicaron que su principal utilidad es el ejemplo, la posibilidad de convencer a otros campesinos de seguir el modelo; yo me pregunto si esas pequeñas iniciativas individuales, tan bienintencionadas, tienen alguna posibilidad de influir seriamente. Suelo pensar que para que las cosas cambien deben cambiar en un ámbito más general, más poderoso: un cambio político. Pero con ese modelo nos salió todo mal. Éste, sin embargo, no termina de parecerme suficiente.
Esta reflexión es medular. Es estrictamente cierta y es una crítica, o autocrítica tal como está formulada, que explica muchas cosas.

Es cierto que esas experiencias “micro”, a escala “piloto”, no alcanzarán por sí solas jamás la escala necesaria para producir un cambio de proporciones en el sistema productivo ni para mitigar el cambio climático.
Lo que no es cierto, lo que está equivocado, es creer que la estrategia “verde” sea lograr tales cambios “sólo” por medio de esas iniciativas locales. No es así. En este momento hay ecologistas en Alemania en las vías del ferrocarril bloqueando el transporte de basura nuclear desde Francia, en este momento hay ecologistas discutiendo en las discusiones presupuestarias del Congreso Nacional para que aparezcan los fondos  de la “Ley de Bosques” y hay un número importante de activistas y algunas de los mejores dirigentes verdes viajando a Seúl, Corea, para la reunión del G20, la próxima semana. Van a discutir políticas de subsidios y políticas climáticas con las principales economías globales. Hay infinitos frentes así todos los días. ¿Cuál es el más importante? Hace rato que digo que esa pregunta la hacen los que aún no entendieron el estado de las cosas.image

Lo más importante: ni quienes están en los pasillos de los parlamentos, o las salas de conferencias, piensan que quienes están en las vías en Alemania hacen algo menos importante, ni éstos últimos lo piensan de quienes están en un proyecto piloto en la Amazonía ni en una reunión con el bloque del FPV por los fondos de la ley de bosques. La práctica verde es diferente a la práctica política de los movimiento contestatarios o revolucionarios que le precedieron. Tales movimientos basados en la acción política y en el debate ideológico, tuvieron serios límites, “con ese modelo nos salió todo mal” dice Caparrós.

Hoy no es posible discutir el sistema de subsidios agrícolas de la UE y el comercio de alimentos sin contar con algo más que una reivindicación ideológica. Se hace necesaria una base práctica sólida que permita ser convincentes al proponer un modelo alternativo. Allí juegan un rol más que importante las experiencias “minúsculas” que permiten saber qué funciona y qué no. ¿De qué serviría “un cambio político” si el único modelo agrícola que sabemos aplicar es el modelo de Monsanto? Esos malos ejemplos ya se vivieron..

Si hoy se logró la “ley de bosques nativos” en la Argentina, en buena medida se debió a que conocemos que “otro modelo” de explotación del bosque es posible. Porque por muchos años se desarrollaron “experiencias” que condujeron, por ejemplo, a tener el sistema FSC que permite certificar buenas prácticas de explotación forestal, asegurando no sólo la sustentabilidad del bosque sino también las condiciones laborales, muchas veces, con mayor efectividad que los propios ministerios de trabajo.
Sigo con Caparrós: (pág.40)
Los países centrales ya hicieron su conquista de la naturaleza, su desarrollo sucio. Y el mundo está como está porque ellos lo hicieron, pero ahora se dedican a dictar normas a los países más pobres sobre cómo proteger esa naturaleza, que ellos ya se cargaron: cómo seguir siendo pobres pero verdes. Digo: es como un chiste que los grandes impulsores de la ecología sean las sociedades que ya cambiaron sus ecosistemas hace tres, cinco, dos siglos para adaptarlos a su necesidades y apetitos –y que sacaron de todo eso pingües beneficios. Ahora quieren que los otros, los pobres, respeten lo que ellos no respetaron, so capa de “salvar al planeta”. Esa es, ahora, una de las claves del debate.
Esta última argumentación es la más pura ortodoxia anti-ambiental. Hasta es la línea argumental de los gobernadores, como el de San Juan, Jujuy o La Rioja, durante el reciente debate sobre la “Ley de Glaciares”: “Los porteños, que ya hicieron pelota todo, ahora nos quieren decir que hacer”.
Argumento defensivo, que a veces resulta en un buen ataque, y que sólo debería ser utilizado para obligar a compartir responsabilidades, históricas y presentes, como corresponde. Pero lamentablemente, la mayoría de las veces es una argumento para decir “compartamos la irresponsabilidad”.

Finalmente, Caparrós señala las urgencias del hambre en el Amazonas y en el Sur Global (como ahora se le dice). El problema es que contrastar esa urgencia con el problema del cambio climático es un simple golpe bajo. Es lo mismo que taparle la boca a quien quiera discutir el saneamiento del Riachuelo con la urgencia de los pibes desnutridos en Misiones. Si así fuera, debemos suspender todo debate por la ley de medios, reforma política, etc. Si uno usa ese tipo de argumentos hace un zafarrancho mayúsculo. Caparrós, más o menos, hace eso: (pág.43)
Insoportable –auténticamente insoportable- es no comer.Y eso, por ahora, no depende del cambio climático.
Hasta aquí por hoy.
Cali
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domingo, 26 de septiembre de 2010

Estoy verde (2)

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A raíz del nuevo libro de Martín Caparrós la revista “Veintitrés” publicó la nota “verde que no te quiero verde” que ya puse aquí. En esa nota hago referencia a un artículo en el que Caparrós desarrolló por primera vez su particular visión del ecologismo, “Ecololós”. Quiero publicar esa nota porque es un texto, para mí, “histórico”. Lo fue en su momento, por eso guardé ese recorte por años, y lo es, ya que ahora vuelve potenciado en “Contra el cambio” (Anagrama, 2010).

Argumentaciones como las expresadas por Caparrós se escuchan con bastante frecuencia. Pero se vuelven de particular importancia cuando las dice alguien como él, con una estatura intelectual tal, que hace que merezcan una revisión prolija. Uno suele encontrar esa lectura “pavota” o “descalificante” del movimiento verde, por ejemplo, en boca de periodistas como Rolando Hanglin o como en el caso de Eduardo Ferreyra, un ex milico vuelto observador permanente (por decirlo elegantemente) de las organizaciones verdes.

Uno de los comentarios de la entrada anterior decía: “ojalá que el debate pueda darse porque no le haría mal al ecologismo poder polemizar sobre cuestiones más de fondo y menos coyunturales”. Estaría bien, sin duda, pero…

…hay algo que lamentablemente (o afortunadamente) caracteriza al movimiento verde y es que no es un movimiento intelectual. Digo esto con el mayor respeto y reconocimiento a los muchos intelectuales, escritores y teóricos que le dieron marco a las múltiples expresiones del movimiento verde. Si bien yo soy devoto de algunos “popes” del ecologismo intelectual, debo decirlo con franqueza, no es en ese terreno donde se despliega el brillo del combate verde. No es allí donde podemos salir a mostrar el libro más gordo ni que tenemos la teoría más larga.

El ecologismo es profundamente “pragmático” y “activista”. Por eso, lamentablemente o saludablemente, se lo ve siempre envuelto en peleas “coyunturales”. Para hacer referencia a esto me interesa citar a un trabajo de Manuel Castells donde dice: “Si hemos de evaluar los movimientos sociales por su productividad histórica, por su repercusión en los valores culturales y las instituciones de la sociedad, el movimiento ecologista del último cuarto de este siglo se ha ganado un lugar destacado en el escenario de la aventura humana”. Lo mismo que le desagrada a Caparrós con la “popularización” de lo verde, es lo que fascina a Castells por el grado de “productividad histórica”, por su poder de impacto en tan corto plazo.

La cita pertenece a capítulo 3 de la "Introducción: Nuestro Mundo, nuestras vidas", del Volumen II, "El Poder de la Identidad", de la obra "La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura" de Manuel Castells de 1997. Agrega en otro párrafo: El ecologismo no es sólo un movimiento de concienciación. Desde sus comienzos, se ha centrado en hacer que las cosas cambien en la legislación y el gobierno. En efecto, el núcleo de las organizaciones ecologistas (como el denominado Grupo de los Diez de los Estados Unidos) dirige sus esfuerzos a presionar para obtener legislación y a apoyar o oponerse a candidatos políticos atendiendo a su postura sobre ciertos temas. Hasta las organizaciones orientadas a acciones no tradicionales, como Greenpeace, han dedicado cada vez más su atención a presionar a los gobiernos e instituciones internacionales para obtener leyes, decisiones y la aplicación de decisiones sobre temas específicos. De forma similar, a nivel local y regional, los ecologistas han hecho campaña en favor de nuevas formas de planificación urbana y regional, medidas de salud pública y el control del desarrollo excesivo. Es este pragmatismo, esta actitud orientada a un tema concreto, la que ha otorgado al ecologismo la delantera sobre la política tradicional: la gente siente que puede hacer que las cosas sean diferentes aquí y ahora, sin mediación o demora. No existe distinción entre los medios y los fines”.

Volveré sobre estas cuestiones, pero antes de colocar la nota “histórica” de Martín Caparrós, quería destacar que si bien existe un ecologismo “teórico”, que explica su razón de ser a través de la crítica radical al “desarrollismo”, tanto capitalista como estatista; que como ninguna otra expresión política muestra la necesidad de construir equidad en el presente y equidad inter-generacional, que como ninguna otra expresión ideológica es radicalmente global e internacionalista, por ende, pacífica y no violenta, que como ninguna otra expresión ideológica ha puesto el ojo crítico en las ortodoxia tecnocrática; que ha reivindicado lo local frente al orden imageimperial (sea cual fuere la bandera, marca o logo uniformador), y que si bien hoy son diversas las iglesias que militan en algunas de estas cuestiones, debemos ver en dónde tomaron cuerpo esas ideas, y es esa “productividad” histórica del movimiento verde, la que señala Castells.

Bueno, va la nota escrita por Caparrós en 1992, unos meses después de la reunión de la Cumbre de Río de Janeiro (ECO´92).

Cali

 

Ecololos (Martín Caparrós)

El oso bailoteaba agitando sus cascabeles como aquella duquesa sus joyas en ese recital de los Beatles. Albert may, 1964. Pero el oso estaba en una calle de Atenas o, mejor, en la televisión. La televisión mostraba al oso junto con sus dueños y explicaba, porque la televisión siempre explica.

-Y sus dueños, una familia de gitanos croatas, no han encontrado mejor forma de sobrevivir en su nuevo exilio que maltratando al nuevo animalito…- explicaba con acento español la tele; que los dueños del oso habían tenido que huir de su país devastado por la guerra; que estaban vagando por Grecia sin más recurso que las limosnas de la gente; y que pobre oso. Pobre oso, por suerte somos gente educada, sensible: ecológica.

El fantasma empezó recorriendo, como corresponde, Europa, pero ahora es tan internacional como cualquier sesenta. Y ha ido cambiando, poco a poco, con el tiempo.

Ahora la ecología es algo así como la solidaridad de los individualistas, la excusa de una época de escépticos. Y tiene sobre las demás opciones una gran ventaja: ofrece mejoras personales evidentes. Hubo momentos en que alguna ideología- cristianismos, socialismos- había convencido a mucha gente de que no podía ser feliz si su prójimo no lo era, no podía sentirse satisfecho si su vecino tenía hambre. Ahora, que tales antigüedades han quedado en el desván de la historia, la ecología triunfa como una actriz de Hollywood: es fácil darse cuenta de que la degradación del medio ambiente no deja- en principio- a nadie a salvo, que si el agujero de ozono se agujerea el sol saldrá para todos, y que preocuparse por la conversación de las rain forest sudamericanas no es puro altruismo, ni requiere el esfuerzo de imaginar la desgracia de un chico morochito: su destrucción amenaza muy directamente el régimen de aguas del planeta, el calor y la lluvia sobre el propio sombrero.image

Lo cual es muy sensato. Pero tan pequeño…que es necesario arruinar mejor el planeta ni se discute. El mundo es para el hombre y no hay que ordeñarlo al punto de que ya no de leche. Pero es esto: puro sentido común, banalidad. Hacerse ecololó- hacer de eso la preocupación principal- es otra historia.

El hombre es el peor desastre para el medio ambiente. Desde que se civilizó produjo las peores catástrofes ecológicas. De todo tipo. Francia era hace mil años un gran bosque, y los franceses se morían de hambrunas y de gripe. Los ecololós hubieran alertado contra la destrucción de ese patrimonio forestal que dejaría sin madera a las generaciones venideras. Sin madera, indispensable para estructuras y combustibles. Y, sin embargo, desde entonces, el hombre ha inventado otros materiales estructurales, otros combustibles. La ecología, entre otras cosas, supone que las mismas técnicas requerirán siempre los mismos recursos naturales, y se aterra porque proyecta las carencias futuras sobre las necesidades actuales.

Es una de sus grandes ventajas: la ecología es la forma más prestigiosa del conservadurismo. Es, en sentido estricto, un esfuerzo por conservar – los bosques, los ríos y las montañas- y eso tras tantos años de suponer que lo bueno era el cambio, debe ser muy tranquilizador. Fantástico, haber encontrado una forma de participación que no suponga riesgos, beneficie directamente a uno mismo y proponga la conservación de lo conocido. Fantástico: y sirve, incluso, como materia para enseñarles a los chicos en la escuela.

Está claro: la peor amenaza para cualquier ecosistema sigue siendo el hombre, lo cual no nos autoriza a suprimirlo inmediatamente. Y además, no cualquier hombre. Según un informe reciente del Banco Mundial, para el año 2000 se supone que habrá 9000 millones de personas: el 80% de ellos, en los países pobres. Y esto es muy malo para el medio ambiente, porque esa gente quiere comer en lo inmediato y carece de la visión de futuro necesaria para pensar en que, si arrasan una selva para plantar comida, algún ecosistema se desequilibrará de aquí a veinte años. por eso los ecololós americanos hacen helados con frutos del Amazonas: así contribuyen a que los nativos no desarbolen sus selvas, y contribuyen a sus propias conciencias sintiéndose los benefactores del planeta tierra. y su calidad de vida aumenta sin tapujos.

Hubo otros tiempos: recuerdo que hace quince años, en Francia, en los indicios del auge ecologista, algunos estábamos contra las centrales nucleares no porque ensuciaran el arroyuelo circundante, sino porque significaban la más formidable concentración de energía- de poder- que nunca se había visto. Era hace años, un poco antes de que Greenpeace empezara a surcar los mares y las pantallas con su barco con camarotes de primera para el capitán y los jefes, y de segunda para la tropa.

Hay- supongo que hay, y además esto siempre hay que decirlo- algunos ecologistas realmente rebeldes. Pero cada vez más se ven, so pretexto de ecología, todo tipo de Alsogarayes preocupados por el oso, el chancho y los demás animalitos.

- Ay, estos negros ensucian todo, son tan poco ecológicos…

- Sí, son tan nocivos para el futuro de la humanidad.

Su modelo deben ser los baños alemanes. A mí me encantan los baños alemanes. Son tan cuidados, tan limpitos. Los baños de los turcos son mucho peores: hasta el jabón es peor. Y, además, no usan ese papel higiénico adorable, tan terso, tan suave, tan tentador, que dice cada dos hojitas que es papel reciclado: que no amenaza la supervivencia de las selvas del Tercer Mundo. Alemania vende armas a todas las guerras que se arman en el mundo, para mayor lisura de las autopistas con Porsche, y usa papel higiénico que no ofende a la naturaleza.

Los ecololos son así, han encontrado su lugar en el mundo, su prisma perfecto. Yo cada vez los soporto menos. Son tan bien educados, tan bien intencionados, tan dueños de la buena palabra. Son- casi- como los mimos. Son buenos, comprensivos. Incapaces, se supone, de matar a una mosca. Es más: si te llegaran a ver matando a una, serían capaces de romperte la cabeza.

(Página/12, 28 de octubre de 1992)

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Acabo de escuchar a Litto Nebbia cantando esta canción de Los Iracundos, así que comparto la música de esta entrada, je.