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domingo, 10 de agosto de 2014

Siete consideraciones antes de elegir bando en el conflicto de Medio Oriente

Este viernes, mientras esperaba la hora de partida de mi vuelo a Buenos Aires desde San Juan, escuchaba desde la ventana de mi hotel las proclamas anti-israelíes y en favor de Palestina de los oradores en un acto convocado por diversas agrupaciones de izquierda. Siempre me resultó preocupante la miopía del progresismo y, mucho más, el relativismo moral con que se consideran las cosas. En general, a veces por una militancia anti-yanqui boba, se suelen pasar por alto crímenes horrendos y se toleran la existencia de regímenes opresivos y oscurantistas. Este artículo lo encontré gracias al twitter de Javier Smaldone (@mis2centavos). Gracias.

 

Cali


por Ali A. Rizvi:


¿Eres"pro-Israel" o "pro-palestino"? Todavía no es ni mediodía, mientras escribo esto, y ya he sido acusado de ser ambas cosas.

Estos términos me intrigan porque hablan directamente a la naturaleza obstinadamente tribal del conflicto palestino-israelí. No se oye de muchos otros países de los que se hable universalmente de esta manera. ¿Por qué estos dos? Tanto los israelíes como los palestinos son complejos, con diversas historias y culturas, y dos religiones muy similares (y divisivas). Elegir completamente un lado u otro no me parece racional.

Es revelador que la mayoría de los musulmanes de todo el mundo apoyen a los palestinos, y la mayoría de los judíos apoyen a Israel. Esto, por supuesto, es natural — pero también es problemático. Esto significa que no se trata de quién está bien o mal tanto como a qué tribu o nación son leales. Esto significa que los partidarios palestinos serían igual de ardientemente pro-Israel si hubieran nacido en familias israelíes o judías, y viceversa. Esto significa que los principios que guían la visión de la mayoría de la gente de este conflicto son en gran medida accidentes de nacimiento — que sin importar cómo intelectualicemos y analicemos los componentes del desastre de Oriente Medio, sigue siendo, en esencia, un conflicto tribal.

Por definición, los conflictos tribales prosperan y sobreviven cuando las personas toman partido. Elegir partes en este tipo de conflictos es echarle aún más combustible y profundiza la polarización. Y lo peor de todo, manchas tus manos de sangre.

Así que antes de elegir un bando en este último conflicto entre Israel y Palestina, considera estas siete preguntas:

1. ¿Por qué todo es mucho peor cuando hay judíos?

Más de 700 personas han muerto en Gaza cuando escribo esto. Los musulmanes han despertado en todo el mundo. ¿Pero es realmente debido a los números?

Bashar al-Assad ha matado a más de 180 mil sirios, en su mayoría musulmanes, en dos años - más que el número de muertos en Palestina en dos décadas. Miles de musulmanes en Irak y Siria han sido asesinados por el EI en los últimos dos meses. Decenas de miles han sido asesinados por los talibanes. Medio millón de musulmanes negros fueron asesinados por los musulmanes árabes en Sudán. La lista es interminable.
Pero Gaza hace que los musulmanes de todo el mundo, tanto sunitas como chiítas, hablen de una forma que nunca usan en otras situaciones. Hasta la fecha el número de muertes y terribles imágenes de los cuerpos mutilados de niños de Gaza inundan sus timelines de redes sociales todos los días. Si sólo fuera por los números, ¿no tendrían prevalencia los otros conflictos? ¿Qué es entonces?

Si yo fuera Assad o el EI (Estado Islámico) ahora mismo, estaría dando gracias a Dios de no ser judío.
Sorprendentemente, muchas de las imágenes gráficas de niños muertos atribuidas a los bombardeos israelíes que están circulando en línea son de Siria, con base en un
informe de la BBC. Muchas de las imágenes que estamos viendo son de niños asesinados por Assad, que es apoyado por Irán, que también financia a Hezbollah y Hamás. ¿Qué podría ser más explotación de niños muertos que atribuir las imágenes de inocentes asesinados por tus propios partidarios a tu enemigo simplemente porque no estabas prestando suficiente atención cuando los tuyos estaban matando a los tuyos?

Esto no excusa, de ninguna manera, la imprudencia, negligencia y, a veces, crueldad pura de las fuerzas israelíes. Pero claramente apunta a la probabilidad de que la oposición del mundo musulmán a Israel no sólo gira en torno al número de muertos.

Aquí hay una pregunta para los que, como yo, crecieron en Medio Oriente y otros países de mayoría musulmana: si mañana Israel se retirara de los territorios ocupados, de una sola vez — y volviera a las fronteras de 1967 — y le diera Jerusalén Este a los palestinos — ¿de verdad crees que Hamás no encontraría otro motivo por el cual comenzar una pelea? ¿De verdad crees que esto no tiene absolutamente nada que ver con el hecho de que son judíos? ¿Recuerdas lo que veías y escuchabas en la televisión pública cuando crecías en Palestina, Arabia Saudita, Egipto?

Sí, hay una ocupación injusta e ilegal allí, y sí, es un desastre de derechos humanos. Pero también es cierto que gran parte del otro lado está profundamente impulsada por el antisemitismo. Cualquiera que haya vivido en el mundo árabe/musulmán durante más de unos pocos años lo sabe. En estas situaciones, no siempre es una asignación de culpa claramente establecida y limpia, de acusar al uno o o al otro como les quieren hacer creer sus Chomskys y Greenwalds. Son ambos.

2. ¿Por qué siguen diciendo que no es un conflicto religioso?

Hay tres mitos omnipresentes que circulan ampliamente sobre las "raíces" del conflicto de Medio Oriente:

• Mito 1: El judaísmo no tiene nada que ver con el sionismo.

• Mito 2: El islam no tiene nada que ver con el yihadismo o el antisemitismo.

• Mito 3: Este conflicto no es religioso.

Para la gente de "!Me opongo al sionismo, no al judaísmo!", ¿es una mera coincidencia que este pasaje del Antiguo Testamento (el subrayado es mío) describa de manera precisa lo que está pasando hoy?

Extenderé las fronteras de tu país, desde el *Mar Rojo hasta el mar Mediterráneo, y desde el desierto hasta el río Éufrates. Pondré bajo tu dominio a los que habitan allí, y tú los desalojarás. No hagas ningún pacto con ellos ni con sus dioses.
¿O este?
Yo os he entregado esta tierra; ¡adelante, tomad posesión de ella! El Señor juró que se la daría a vuestros antepasados, es decir, a Abraham, Isaac y Jacob, y a sus descendientes.

Hay más: Génesis 15:18-21, y Números 34 para más detalles sobre las fronteras. El sionismo no es la "politización" o "distorsión" del judaísmo. Es su renacimiento.

Y para la gente de "¡No se trata del islam, sino de política!", ¿es insignificante este versículo del Corán (énfasis añadido)?

¡Creyentes! ¡No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos! Son amigos unos de otros. Quien de vosotros trabe amistad con ellos, se hace uno de ellos. Alá no guía al pueblo impío.


¿Qué pasa con los numerosos versículos y hádices citados en la constitución de Hamás? ¿Y el famoso hadiz del árbol Gharqad ordenando explícitamente a los musulmanes que maten judíos?

Por favor, díganme —a la luz de estos pasajes escritos siglos y milenios antes de la creación de Israel o de la ocupación— ¿cómo puede alguien llegar a la conclusión de que la religión no es la causa de esto, o por lo menos un factor determinante clave? Puedes ignorar en estos versículos, pero son tomados muy en en serio por muchos de los actores en este conflicto, en ambos lados. ¿No deberían ser reconocidos y abordados? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste un buen argumento secular, racional, que apoyara la expansión de los asentamientos en Cisjordania?

Negar el papel de la religión parece ser una manera de poder criticar la política permaneciendo "respetuoso" en tono de disculpa de las creencias de la gente, por temor a "ofenderlos". Pero, ¿vale la muerte de seres humanos por este "respeto" a ideas inhumanas?

La gente tiene todo tipo de creencias - desde insistir en que la Tierra es plana hasta negar el Holocausto. Puedes respetar su derecho a mantener esas creencias, pero no estás obligado a respetar las creencias en sí mismas. Es el 2014, y las religiones no tienen por qué ser "respetadas" más que cualquier otra ideología política o sistema de pensamiento filosófico. Los seres humanos tienen derechos. Las ideas no. La frecuentemente citada dicotomía entre política y religión en las religiones abrahámicas es falsa y engañosa. Todas las religiones abrahámicas son inherentemente políticas.

3. ¿Por qué Israel mataría civiles deliberadamente?

Este es el tema más importante, que saca de quicio a todos, y con razón.

De nuevo, no hay ninguna justificación para que mueran habitantes de Gaza inocentes. Y no hay excusa para la negligencia de Israel en incidentes como la muerte de cuatro niños en una playa de Gaza. Pero retrocedamos y pensemos en esto por un minuto.

¿Por qué diantres querría Israel matar deliberadamente civiles?

Cuando mueren civiles, Israel se ve como un monstruo. Atrae, incluso, la ira de sus más cercanos aliados. Horribles imágenes de inocentes heridos y muertos inundan los medios de comunicación. Las siempre crecientes protestas anti-Israel se llevan a cabo en todas partes desde Noruega a Nueva York. Y el número relativamente bajo de víctimas israelíes (ya llegaremos a eso en un momento) atrae repetidamente las acusaciones de una respuesta "desproporcionada". Más importante aún, las muertes de civiles ayudan inmensamente a Hamás.

¿Cómo puede algo de esto, posiblemente, ser del interés de Israel?

Si Israel quería matar a civiles, se le da fatal. El EI asesinó a más civiles en dos días (más de 700) de lo que Israel en dos semanas. Imagínense si el EI o Hamás tuvieran las armas, el ejército y la fuerza aérea de Israel, el apoyo de Estados Unidos, y arsenal nuclear. Sus enemigos habrían sido aniquilados hace mucho tiempo. Si Israel quisiera destruir Gaza realmente, podría hacerlo en un día, desde el aire. ¿Por qué llevar a cabo una costosa incursión terrestre más dolorosa que arriesga la vida de sus soldados?

4. ¿Usa Hamás realmente a sus civiles como escudos humanos?

Pregúntale al presidente palestino Mahmoud Abbas cómo se siente sobre las tácticas de Hamás.
"¿Qué estás tratando de lograr con el envío de misiles?" ,
pregunta él. "No me gusta comerciar con sangre palestina".

Ya no es sólo especulación que Hamás pone a su población civil en la línea de fuego.
El portavoz de Hamás, Sami Abu Zuhri, claramente admitió en televisión nacional de Gaza que la
estrategia de los escudos humanos ha demostrado ser "muy eficaz".

La organización de ayuda UNRWA de la ONU emitió una furiosa condena a Hamás después de descubrir misiles escondidos en no una, sino dos escuelas infantiles en Gaza la semana [ante]pasada.

Hamás dispara miles de cohetes contra Israel, rara vez mata a ningún civil o causa algún daño grave. Los lanza desde zonas densamente pobladas, como hospitales y escuelas.

¿Por qué lanzar cohetes sin causar ningún daño real al otro lado, invitando a un gran daño a su propia gente, para luego, poner a tus propios civiles en la línea de fuego cuando llegue la respuesta? Incluso cuando el ejército israelí advierte a los civiles que abandonen sus hogares antes de un bombardeo, ¿por qué Hamás les dice que se queden?

Porque Hamás sabe que su causa es ayudada cuando los habitantes de Gaza mueren. Si hay una cosa que ayude a Hamás más que otra —una cosa que le da legitimidad— son los civiles muertos. Misiles en las escuelas. Hamás aprovecha la muerte de sus hijos para ganar simpatía del mundo. Los usa como arma.

No tiene que gustarte lo que Israel está haciendo para aborrecer a Hamás. Podría decirse que, Israel y Fatah son moralmente equivalentes. Ambos tienen un montón de justificación de su lado. Hamás, por su parte, no tiene un ápice de ello.

5. ¿Por qué piden que Israel termine la 'ocupación' en Gaza?

Porque tienen poca memoria.

En el 2005, Israel puso fin a la ocupación en Gaza. Sacó hasta el último soldado israelí. Desmanteló hasta el último asentamiento. Muchos colonos israelíes que se negaban a abandonar fueron desalojados de sus casas a la fuerza, pateando y gritando.

Esta fue una medida unilateral de Israel, que forma parte de un plan de retirada previsto para reducir la fricción entre israelíes y palestinos. No fue perfecto —Israel aún estaba en control de las fronteras, la costa y el espacio aéreo de Gaza— pero, teniendo en cuenta la historia de la región, fue un primer paso muy importante.

Después de la evacuación, Israel abrió los pasos fronterizos para facilitar el comercio. A los palestinos, además, se les dieron 3.000 invernaderos que ya habían estado produciendo frutas y flores para la exportación durante muchos años.

Pero Hamás decidió no invertir en escuelas, comercio, o infraestructura. En cambio, construyó una extensa red de túneles para alojar miles y miles de misiles y armas, entre ellos, los más nuevos y sofisticados desde Irán y Siria. Todos los invernaderos fueron destruidos.

Hamás no construyó ningún refugio antiaéreo para su pueblo. Sin embargo, sí construyó unos cuantos para que sus líderes se escondieran durante los ataques aéreos. Los civiles no tienen acceso a estos refugios, precisamente, por la misma razón por la que Hamás les dice que se queden en casa cuando vienen las bombas.
A Gaza se le dio una gran oportunidad en el 2005 que Hamás desperdició al transformarla en un almacén de armas anti-Israel, en vez de en un estado palestino próspero que, con el tiempo, podría haber servido como modelo para el futuro de Cisjordania. Si Fatah necesitaba una razón más para aborrecer a Hamás, aquí está.

6. ¿Por qué hay muchas más víctimas en Gaza que en Israel?

La razón por la que mueren menos civiles israelíes no se debe a que haya menos misiles lloviendo sobre ellos. Es porque están mejor protegidos por su gobierno.

Cuando los misiles de Hamás se dirigen contra Israel, las sirenas se disparan, la Cúpula de Hierro entra en vigencia, y los civiles se precipitan al refugio antiaéreo. Cuando los misiles israelíes se dirigen hacia Gaza, Hamás le dice a los civiles que permanezcan en sus hogares y les hagan frente.

Mientras que el gobierno de Israel insta a sus civiles a que huyan de los misiles dirigidos a ellos, el gobierno de Gaza insta a sus civiles a ponerse en frente de misiles no dirigidos a ellos.

La explicación popular de esto es que Hamás es pobre y carece de recursos para proteger a su pueblo, como lo hace Israel. La verdadera razón, sin embargo, parece tener más que ver con las prioridades desordenadas que con recursos deficientes (ver #5). Esto es de voluntad, no de capacidad. Todos esos cohetes, misiles y túneles no son baratos de construir o adquirir. Pero son las prioridades. Y no es que los palestinos no tengan un puñado de vecinos ricos en petróleo para ayudarles de la forma en que Israel tiene a EEUU.

El problema es que si las víctimas civiles en Gaza descienden, Hamás pierde la única arma que tiene en su increíblemente eficaz guerra de relaciones públicas. Está en el interés nacional de Israel proteger a sus civiles y minimizar las muertes de los de Gaza. Está en el interés de Hamás hacer exactamente lo contrario en ambos frentes.

7. Si Hamás es tan malo, ¿por qué no están todos a favor de Israel?

Porque las fallas de Israel, aunque son más pequeñas en número, son enormes en impacto.
Muchos israelíes parecen tener la misma mentalidad tribal que sus homólogos palestinos.
Celebran el bombardeo de Gaza de la misma manera que muchos árabes celebraron el 11-S. Un informe de la ONU descubrió recientemente que las fuerzas israelíes torturaron niños palestinos y los usaron como escudos humanos. Apalearon adolescentes. Suelen ser imprudentes con sus ataques aéreos. Tienen académicos que explican cómo la violación puede ser la única arma verdaderamente eficaz contra el enemigo. Y muchos de ellos se deleitan cruelmente y públicamente con las muertes de niños palestinos inocentes.

Para ser justos, este tipo de cosas ocurren en ambos lados. Son una consecuencia inevitable de múltiples generaciones criadas para odiar al otro a lo largo de más de años 65. Juzgar a Israel más duramente significaría abordar a los palestinos con el racismo de menores expectativas.

Sin embargo, si Israel se juzga a sí mismo más duramente, como afirma — tiene que hacer mucho más para demostrar que no es igual al peor de sus vecinos.

Israel se está llevando a sí mismo hacia un creciente aislamiento internacional y al suicidio nacional debido a dos cosas: 1. La ocupación; y 2. La expansión de los asentamientos.

La expansión de los asentamientos es simplemente incomprensible. En realidad, nadie entiende el propósito de la misma. Prácticamente todas las administraciones de EEUU —de Nixon a Bush a Obama— se han opuesto de manera inequívoca. No hay ninguna justificación para ello, excepto una bíblica (ver #2), lo cual dificulta ver los motivos de Israel como puramente seculares.

La ocupación es más complicada. El fallecido Christopher Hitchens estaba en lo cierto cuando dijo esto acerca de la ocupación israelí de los territorios palestinos:

A fin de que Israel se convierta en parte de la alianza contra lo que queramos llamarlo, barbarie religiosa, teocracia, posiblemente teocracia termonuclear, o laagresión teocrática nuclear, no puede, va a tener que prescindir de la ocupación. Es tan simple como eso.
Puede ser, puedes pensar en él como una especie país al estilo europeo, al estilo occidental, si quieres, pero no puede gobernar a otras personas en contra de su voluntad. No puede continuar robando sus tierras en la forma en que lo hace todos los días. Y es increíblemente irresponsable de los israelíes, conociendo la posición en que se encuentran Estados Unidos y sus aliados en todo el mundo, que se sigan comportando de esta manera inconcebible. Y me temo que sé demasiado sobre la historia del conflicto como para pensar en Israel como simplemente una pequeña islita, rodeada de un mar de lobos rapaces, etc. Quiero decir, sé mucho sobre cómo se fundó ese estado, y la cantidad de violencia y despojo que requirió. Y soy prisionero de ese conocimiento. No puedo des-aprenderlo.

Como se ha visto con Gaza en el 2005, probablemente más fácil hablar de la retirada unilateral que en realidad llevarla a cabo. Pero si Israel no trabaja más duro para lograr una solución de dos estados (tal vez de tres estados, gracias a Hamás), eventualmente tendrá que hacer esa fea elección entre ser un estado de mayoría judía o una democracia.

Todavía es demasiado pronto para llamar a Israel un estado de apartheid, pero cuando John Kerry dijo que Israel podría terminar como uno en el futuro, no estaba completamente fuera de lugar. Es pura matemática. Sólo hay un número limitado de formas en que un Estado judío binacional con una población mayoritaria no judía puede conservar su identidad judía. Y ninguna de ellas es bonita.

***

Seamos realistas, ahora la tierra le pertenece a ambos. Israel fue tallado de Palestina por los judíos con ayuda de los británicos en la década del cuarenta al igual que mi propio lugar de nacimiento, Pakistán, fue tallado de India para los musulmanes casi al mismo tiempo. El proceso fue doloroso, y desplazó a millones de personas en ambos casos. Pero han pasado casi 70 años. En la actualidad hay por lo menos dos o tres generaciones de israelíes que han nacido y crecido en esta tierra, para quienes en realidad es un hogar, y quienes a menudo son considerados responsables y obligados a pagar por las atrocidades históricas de las que no tienen la culpa. Están programados para oponerse al "otro" al igual que lo son los niños palestinos. En su esencia, se trata de un conflicto religioso tribal que nunca se resolverá a menos que las personas dejen de tomar partido.

Así que realmente no tienes que elegir entre ser "pro-Israel" o "pro-Palestina". Si apoyas el laicismo, la democracia, y una solución de dos estados —y te opones a Hamás, a la expansión de los asentamientos y a la ocupación— se puede ser ambas.

Si te siguen pidiendo que escojas un lado después de todo eso, diles que eliges el hummus.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Las promesas incumplidas

La política resolvió sus tensiones; no hubo un nuevo golpe militar, pero la realidad comprobó que sólo con democracia no se come ni se educa.

Por Beatriz Sarlo, en Revista Ñ  (06/12/13)

10 DE DICIEMBRE DE 1983. Euforia en Plaza de Mayo por la asunción de Raúl Alfonsín como presidente.10 DE DICIEMBRE DE 1983. Euforia en Plaza de Mayo por la asunción de Raúl Alfonsín como presidente.

Los argentinos jóvenes sólo vivieron en democracia. Muchos son pobres y seguirán siéndolo. Esto es lo que no quisiera olvidar. Lo demás está casi todo en la Web.

El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín, al asumir la presidencia ante la Asamblea Legislativa, dijo: “¿De qué serviría el protagonismo popular, de qué serviría el sufragio, si luego los gobernantes, elegidos a través del voto, se dejaran corromper por los poderosos?” Yo no recordaba esa pregunta. Al leerla hoy, veo que lo que sucedió en la década menemista estaba encerrado entre esos signos de interrogación. Néstor Kirchner creyó que tenía su respuesta, que incluía una corte de poderosos alentados por su propio gobierno. La pregunta de Alfonsín pone en escena el drama de la política. En el momento mismo en que se recuperaba la democracia, el presidente electo enunciaba el obstáculo que la democracia iba a encontrar inexorablemente.

De aquella mañana de diciembre de 1983 recuerdo la alegría y la luz. No atendí la advertencia. Nunca fui más feliz y creo que muchos podrían decir lo mismo. Días después, un decreto presidencial ordenó el juicio a las Juntas Militares. Lo escuché por radio, emocionada, incrédula. Contra todo pronóstico, pero cumpliendo una promesa electoral, Alfonsín abría un tiempo de justicia, en las peores condiciones, porque los represores conservaban su poder de fuego.

En abril de 1987, desde la televisión pública, Mónica Gutiérrez y Carlos Campolongo miraban la cámara, nos miraban y decían: “Apague el televisor y venga a la Plaza”. Horas después, desde el balcón de la casa de gobierno, Alfonsín dijo: “Para evitar derramamientos de sangre di instrucciones a los mandos del Ejército para que no se procediera a la represión. Y hoy podemos dar todos gracias a Dios. La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Le pido al pueblo que ha ingresado a la Plaza de Mayo que vuelva a sus casas a besar a sus hijos y a celebrar las Pascuas en paz en la Argentina”. El primer capítulo de la hora de justicia se cerraba con la ley de Obediencia Debida. Pero antes habíamos visto el asombroso plano de televisión que mostraba a los comandantes en el momento de su condena y habíamos escuchado el alegato del fiscal Strassera.CLAROSCUROS. Días después de asumir la presidencia, Alfonsín ordenó por decreto el Juicio a las Juntas Militares.

Imagen blanco y negro de Víctor Bugge, fotógrafo presidencial: a mediados de 1989, Menem y Alfonsín caminan por el parque de la residencia de Olivos. “A mí Alfonsín me confesó que lo había convocado a Menem para proponerle el adelanto de la asunción. El le preguntó a Menem cuándo quería asumir y la respuesta fue: ya. No sabían que yo les iba a sacar la foto. Fue hecha con un lente especial y los seguí siempre de espaldas”. Luz tamizada sobre los cuerpos trajeados (un corte a la moda, el de Menem; el saco amplio y abierto de Alfonsín). Dos hombres de espalda caminan por un sendero que ni uno ni otro conocían del todo. Menem avanzaba hacia la traición de lo que había prometido a sus votantes; Alfonsín se retiraba derrotado. Los grises de la fotografía tienen ese carácter melancólico que conviene más al Presidente que tuvo que irse unos meses antes de cumplir su mandato. En esos cinco años y algunos meses transcurridos desde diciembre de 1983 había cambiado la luz.

El video-game de la convertibilidad

Otra imagen: una mañana en Santa Fe, donde sesionaba la Asamblea Constituyente que le otorgó a Menem la reelección y al país la Constitución de 1994. Desde el palco de visitantes, paso la vista sobre la sala: Chacho Alvarez, la cabeza de una alternativa republicana y social, tal como creímos muchos hasta que aceptó la fórmula con De la Rúa; Carlos Auyero, el hombre de larga experiencia y temperamento paciente; Elisa Carrió, en su restallante primera presentación en escena nacional; Palito Ortega, Reutemann, que Menem había llevado a la política inaugurando un camino que luego seguirá casi todo el mundo; y los clásicos: Cafiero, el príncipe peronista; Alfonsín, con sus carpetas. Por un momento creí que en esa sala, presidida por Eduardo Menem, transcurría la historia. Afuera, manifestaciones de colegios católicos rodeaban la sede para impedir lo que consideraban el peligro máximo: la despenalización del aborto.

Otra fotografía en el más restallante tecnicolor de los noventa: apoyado en el techo de una Ferrari roja, el cuerpo en diagonal, de mocasines, pantalón azul claro y camisa blanca, Menem es el emperador del capitalismo. Son los años en que hay fotos de Menem con todo el mundo: Charly García, Mick Jagger, Maradona (que repiten con Cristina Kirchner), Susana Giménez, Mirtha Legrand. Menem, maestro de la photo-opportunity, desenvuelto, cachafaz, simpático, en sintonía con los cambios culturales de la Argentina, no inventados acá, pero exagerados hasta la caricatura. Fotos de Menem futbolista, de Menem jugando al básquet, al tenis, de viaje con su hija. Un álbum de caprichos: los noventa son los coloridos años glam de un país que se iba convirtiendo en oscura aguafuerte. 1991. La preocupación por el precio del dólar se agravó con la hiperinflación y arrastró al

Durante esos años falsos, los argentinos de capas medias adoraron un ídolo atractivo y cruel, cuyo rito fue el video-game de la convertibilidad. Mientras el juego transcurría hasta el definitivo game-over de ese tótem suicida, la Argentina se dividía en dos países, que, hasta hoy, no han borrado sus límites aunque se discutan las cifras de pobreza. El país de Miami (real o imaginario: Miami estaba en los nuevos shoppings tanto como en la Florida) y el país de la Villa Miseria, no simplemente como tipo de urbanización precaria sino como concepto. La villa miseria es un complejo atlas con muchos mapas: el de la indigencia, el desempleo, la precariedad, el narcotráfico, la desigualdad y la inseguridad para siempre (o como si fuera para siempre, porque quien la sufre no hace diferencias temporales ni periodiza como si tuviera futuro).

Eso fue transcurriendo durante la cínica década menemista y los dos años de la Alianza, impotente, desarmada, cautelosa hasta la inercia, inmovilizada por sus promesas electorales (seguir con el uno a uno, un peso un dólar, el fantasy que se jugaba en las terminales bancarias). Nunca lo habíamos visto antes, ni tan generalizado ni tan homogéneo en todo el territorio. No teníamos idea de lo que era una pobreza consolidada y para siempre (para siempre, en la vida, es una década porque, después de ese transcurso penoso, quedan marcas que ni se borran ni se olvidan). Entrábamos al nuevo siglo con las promesas rotas: con la democracia no se comía ni se educaba. Precisamente porque, como lo dijo Alfonsín en su discurso inaugural, la democracia corre siempre el peligro de atarse al carro de los más ricos y de ser asaltada por los aventureros políticos y sindicales.

Quedó la experiencia de la hiperinflación. Tanto como la imposibilidad de gobernar que demostró la Alianza, las sucesivas olas de hiperinflación fueron mortales incluso en un país acostumbrado a ráfagas que, en otras partes, se consideran destructivas. Los que tenían tarjetas en plástico de todos los colores jugaban al endeudamiento a treinta días, baqueanos en el cálculo de que, cuando pagaran, recogerían el beneficio de la inflación. Los que no tenían tarjetas iban de aquí para allá siguiendo precios que aumentaban de una cuadra a la otra, de un kiosco a otro. Y estaban, claro, los que no tenían nada y marchaban o simplemente quedaban allí, tirados afuera por la corriente. En los barrios, las ollas populares se estabilizaron, los comedores en las villas se convirtieron en instituciones de un espacio sombrío del cual el gobierno y el Estado se habían retirado. EL FINAL DE DE LA RUA. El presidente renuncia y deja la Casa de Gobierno en helicóptero, 20/12/2001.

Los saqueos, las movilizaciones espontáneas y las organizadas en zonas liberadas, que empezaban en los supermercados y terminaban con los mercaditos de barrio, fueron otro avatar desconocido: carritos llenos de alimentos, de cerveza y de televisores. El saqueo es el momento en que la cólera impone la consigna del todo vale. Comerciantes que pasaban la noche sobre el techo de sus negocios; tiros al atardecer; policías o caudillos entreverados en acciones que tenían una base material que podía convertirse en política. Comenzó la era de la desconfianza: ¿quiénes son esos dos muchachos que caminan detrás de nosotros? ¿Quiénes los que entran, mal vestidos, al mercadito de la esquina? La desconfianza hace temblar todo lazo solidario. Hoy, los hambrientos dejan su lugar a los delincuentes. La Villa Miseria (en todas las ciudades del país) ha agregado otra capa a su mapa de despojo.

1997. Una marcha exige el esclarecimiento del asesinato del fotorreportero José Luis Cabezas.Hasta que todo explotó por los aires, como había explotado durante los últimos meses de Alfonsín, pero más y peor. En la tapa de los diarios, muertos en Plaza de Mayo, caídos en la represión ordenada por la Alianza. Sobre esas muertes, una imagen aérea: el helicóptero con el que De la Rúa, ciego e impotente, abandonó la casa de gobierno, después de renunciar. Y después, Kostecki y Santillán forman, bajo Duhalde, otra serie de muertos de la crisis. Hubo muchos cadáveres (Cabezas, asesinado por una foto prohibida de Yabrán; los cuerpos alineados en la vereda de Cromañón, que ni Néstor Kirchner ni Aníbal Ibarra quisieron ver en su presencia material; los del accidente de Once, que Cristina Kirchner no mencionó, la fila de los liquidados uno a uno: militantes sindicales, militantes sociales, Qom).

Ejércitos de cartoneros

En enero de 2002, Duhalde asumió la presidencia de un país irreconocible, casi sin moneda ni Estado. Frente a la Asamblea Legislativa dijo: “No tenemos hoy un peso para afrontar las obligaciones de salarios, jubilaciones y medio aguinaldo del Estado Nacional. La excepcional caída de la actividad económica se traduce en una fuerte caída de la recaudación. Genera esto, un círculo vicioso perverso que pone a nuestro país al borde de la desintegración, al borde del caos”. De este discurso podrá recordarse la promesa de que a cada uno se le respetarían las monedas originales de sus depósitos. Promesa rota, ciertamente porque era una fantasía. Pero el diagnóstico que hacía Duhalde daba las razones del incumplimiento. También hubo quienes se beneficiaron con la crisis, aquellos poderosos que Alfonsín mencionaba en su discurso. Esos todavía tienen que agradecer a una Argentina destruida que se hayan pesificado las deudas de sus empresas. cartonero

Todos los días, en los primeros años del nuevo siglo, desde mi oficina caminaba hacia la Avenida de Mayo. Por allí avanzaban las columnas de pobres, organizados en el piquete. Mujeres con un chico en brazos y una botella de gaseosa de quinta marca (los comentarios clasistas se referían obsesivamente a estas botellas y a eventuales sándwiches); chicos de cinco años agarrados a la madre o a la abuela, cansados de caminar, inquietos o llorosos; viejos, gente sin dientes, con ropa destrozada, deshilachada y desteñida, sin cobertura de salud, condenada a ser de tercera clase. Lo que había quedado y todavía queda: la villa que marchaba hasta el centro. Todos los días bajaba a verlos pasar.

De noche, caminaba entre formaciones compactas de cartoneros, que se iniciaban en ese oficio que ha perdurado. En la city formaban un ejército, los cuerpos inclinados sobre las bolsas que encerraban los papeles de bancos y empresas. Llegaban cruzando los puentes. En Pompeya eran un regimiento de desocupados viejos y nuevos. Después de los cartoneros, venían los que revolvían la basura para encontrar comida. Una madrugada, un viejo con anteojos para leer, examinaba cada uno de los restos que iba sacando de una bolsa cuyo contenido ya empezaba a podrirse. Otra noche, una mujer y sus hijos vestidos con delantales blancos dormían en la calle, quizá con la esperanza de que, al día siguiente, fueran a la escuela a comer algo. Todos nos acostumbramos a estas escenas. Chicos de la calle, solos, en los túneles de los subterráneos, familias con sus sillas y camas ocupando un playón de ferrocarril, como si hubieran instalado una casa.

Esa era la Argentina que había perdido sus señas de identidad de las que no quedaba sino el recuerdo entre los mayores de cuarenta años. Ninguna de estas señas (que nos habían diferenciado de América Latina) se aclimata en la pobreza profunda. El piquete, en aquellos años, fue su expresión organizativa: una mínima organización antes de que la sociedad terminara por deshacerse, o para impedir que la sociedad se deshiciera. La novedad era tan impactante como la de los saqueos. “Ustedes se han acostumbrado a esto”, me decían quienes llegaban a Buenos Aires, mientras caminábamos tarde en la noche por Corrientes, donde en la puerta de cada pizzería había gente esperando las sobras. En todas las ciudades, igual: los carritos con caballo de Rosario, la llegada de los pobres desde el norte a Córdoba, donde había mejores restos en la basura.

Kirchner, un nuevo comienzo

Elecciones de marzo de 2003. Es de noche y estoy en el sur de España. Desde un teléfono público, en la calle, donde había pasado las horas hasta que pensé que habría resultados, llamé a Buenos Aires. Yo habría votado a Kirchner o a Carrió. Estar varios meses fuera de la Argentina me evitó decidirme. Casi seguramente habría votado a Carrió, pero en la cabeza me daba vueltas una frase que dije pocos meses después a un amigo periodista: en la Argentina sólo puede gobernar el peronismo. La frase es un lugar común que quizás alguna vez sea desmentido. A los gritos, desde el teléfono público español, celebré con quienes me pasaban noticias. Celebrábamos que, después de una nueva crisis que pareció definitiva, esa incierta travesía iniciada en 2001, que tuvo cinco presidentes en pocos días, podía terminar alguna vez. La alegría de mis amigos no era por un candidato (ninguno de ellos había votado a Menem ni a Kirchner), sino porque, simplemente, las elecciones podían ser un nuevo comienzo.

Kirchner tomó esta idea demasiado en serio. Lo borró a Duhalde, después lo borró a Lavagna de la renegociación de la deuda, y finalmente se creyó el Unico. Con su muerte, se convirtió en El, pronombre divino que designa al fundador. Así se cierran estos treinta años, en los que Cristina Kirchner fue elegida presidente dos veces. Cada lector está hoy en condiciones de hacer su balance. El mío contiene lo siguiente.

El 24 de marzo de 2004 se recuperó la ESMA y se la entregó a las organizaciones de derechos humanos, que, acto seguido, se encaminaron en bandada a fortalecer el aparato kirchnerista. Se nombró una nueva Corte Suprema; en paralelo no hubo remilgos para presionar jueces, chantajearlos o hacerlos amigos del Ejecutivo. Se abrieron los juicios que habían sido interrumpidos por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. También se abusó de la historia reciente para legitimar al gobierno.

Contradicciones de la “década ganada”

Durante varios años se creció en condiciones externas excepcionales; a eso se llama la “década ganada” que también debería recibir el calificativo de perdida porque ya dos generaciones de habitantes de este país saben que la pobreza y la indigencia subsisten; y probablemente nunca hayan tenido ni una escuela completa ni un TRAGEDIA DE ONCE. Desnudó los costos fatales de la corrupción (22/2/2012). trabajo seguro. La corrupción fue una táctica para fabricar leales. Se mintió con todos los datos públicos, como si la “década ganada” necesitara de esa mentira para sostenerse. El personalismo no tuvo frenos; pero también surgió una nueva militancia política, entusiasta, activa, obsecuente y fanática, ambiciosa, sabedora de que ocupar el Estado es tan importante como ocupar el territorio, o más. Como en otro mundo, proliferaron los indiferentes o los movilizados por un activismo intermitente y antipolítico. Se fortaleció un eje latinoamericano (el primer paso, que pocos recuerdan, se dio en 1987 con la firma del Tratado de Paz con Chile); la Argentina no tuvo política exterior a la altura de sus necesidades en el resto del planeta. Se confirmaron con leyes nuevos derechos; se incumplieron derechos que están en la Constitución (paradoja: derechos baratos contra derechos caros para el presupuesto público).

Esta enumeración podría seguir. Se concentró el poder en la cabeza del Ejecutivo y se neutralizó el poder Legislativo. Tendencias centralistas, personalistas e intolerantes atacan al periodismo crítico mientras concentran varios grupos de medios adictos. Se confunden los intereses personales y de facción con el gobierno y el Estado. Es el populismo en acto y, como emblema, la imagen de Cristina Kirchner radiante en la cadena nacional, como una Viuda de la Patria, única capaz de dirigir el épico ejército de un proyecto del cual sólo ella conoce el plan maestro.

Pero más allá de un balance, la década se cierra sin que la Constitución fuera modificada. Durante buena parte de estos treinta años, la reforma de la Constitución fue fantasía y, en 1994, realidad. Alfonsín tuvo su proyecto, que la situación económica y sindical pulverizó. Menem logró el Pacto de Olivos que introdujo la reelección. Cristina Kirchner pudo haberlo intentado en el momento de su mayor gloria, después de las elecciones de 2011. No tuvo reflejos, coraje o decisión. La Argentina no encaró una nueva aventura. Quizás a eso pueda darse, finalmente, el nombre de normalidad.

Se resolvieron algunos aspectos de la cuestión política: en treinta años no hubo un golpe militar; dos veces un presidente de un partido le pasó la banda a un sucesor de otro diferente. Se disipó la ilusión democrática de 1983, cuando la democracia no era sólo un régimen de gobierno sino el fin de la dictadura. Sin ilusión, la democracia es esto: partidos depreciados y en crisis, militancias burocráticas, desigualdad. Las capas medias viven la era del desencanto y los pobres confían, quizá sin esperanza, en el Estado. Algo no funciona. Después de treinta años hay una promesa incumplida.

martes, 19 de noviembre de 2013

#CordobaNoNuclear : Mejor no hablar de ciertas cosas

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Por Juan Carlos Villalonga, Pte Junta Directiva de Los Verdes.

Poner en discusión el plan nuclear sigue siendo un desafío muy difícil en Argentina. Así lo demuestra el derrotero que viene sufriendo el proyecto de desnuclearización de la provincia de Córdoba, presentado por la coalición de ONG "Córdoba no nuclear", bajo el mecanismo de Iniciativa Popular, regulado por la Ley provincial 7811.

Las organizaciones que impulsamos el proyecto de ley que busca prohibir en el territorio de la provincia la generación nucleoeléctrica, la construcción de repositorios nucleares, el transporte de material radiactivo y la extracción de minerales nucleares, logramos la adhesión de 30 mil cordobeses, superando ampliamente el 0,8% del padrón electoral como lo exige la ley, para que el proyecto sea tratado por la Legislatura provincial.

Las adhesiones fueron presentadas ante las autoridades legislativas, pero a sólo un día de vencer el plazo de 60 días para su giro a comisiones, los mismos parlamentarios que recibieron el proyecto cambiaron de opinión. Ahora, para tratar el proyecto, piden a las ONG que certifiquen las firmas de las 25 mil personas que apoyan el proyecto. Esto representa un costo aproximado de unos 3 millones de pesos. Obviamente, un requisito que bloquea toda posibilidad de que una iniciativa popular prospere en la Provincia de Córdoba.

En primer lugar, la suma requerida para realizar la certificación invalida de hecho el mecanismo de Iniciativa Popular, no solo para organizaciones de la sociedad civil, sino para que cualquier ciudadano que tenga intención de ser parte de una democracia más intensa y participativa. Por otro lado, ni un ciudadano de a pie ni una organización civil gozan del mismo derecho que los partidos políticos al juntar sus adhesiones. Los primeros deben hacerse cargo económicamente de la logística y/o el costo de la certificación ante escribano, mientras que para los segundos, la Justicia Electoral hace el trabajo.

El desaliento a la participación por fuera de los partidos es evidente, más aún cuando se trata de un tema sobre el que nadie quiere abrir el debate. La discusión sobre el futuro energético del país está vedada, y el tema nuclear, en particular, es un tema tabú del que no se quiere discutir.

La extensión de la vida útil de Embalse es un desacierto energético y económico. El proceso de "lifting" de la central debe detenerse hasta que se decida el futuro nuclear de la provincia. Es necesario que los cordobeses tengan la posibilidad de un debate abierto y sincero sobre lo que significa extender su compromiso nuclear, con su carga de residuos, riesgos y recursos que no se destinan a otras fuentes energéticas. Es un deber también que los argentinos, en general, podamos ser parte de un discusión más amplia acerca de la inversión en fuentes de generación de energía y sus impactos inmediatos y futuros, tanto económicos como ambientales. Pero claro, debate y participación democrática no han caracterizado nunca al sector nuclear en Argentina, y tampoco a los sectores políticos que lo apoyan.

domingo, 28 de abril de 2013

Democraticemos, pero como quiere la presidenta

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Se me ocurre que estamos frente a una “primarización” del debate político. Así como nuestra economía se ha “re-primarizado”, la política se concentra hoy en dos o tres conceptos y en base a ellos se producen acalorados debates.

Por supuesto se trata de conceptos generosos en cuanto a su alcance. Si uno hace referencia a “democratizar” indudablemente tiene a priori el acuerdo de una gran mayoría. Lo mismo sucede si acude a “nacionalizar”, “soberanía” o “voluntad popular”, por ejemplo. Son conceptos generales que tienen, a priori, un consenso importante. Por ende, no quieren decir demasiado por si mismos. El verdadero debate es qué entendemos que “democratiza” y qué no lo hace; qué entendemos por aquello que nos garantiza “soberanía” y qué es lo que no nos conduce a ser verdaderamente independientes y autónomos. Aceptar esto significa que debemos abrir el debate, no encerrarlo bajo consignas, chicanas y slogans.

Esto sucedió con la mayoría de los debates en estos últimos 10 años. A todo o nada. Por supuesto que esta mecánica no es inocente. Reducir debates a un blanco y negro, simplificados brutalmente, entre un “nosotros” y “ellos”, es una táctica de construcción de poder de todo populismo. Y, por supuesto, esconce del debate la verdadera dimensión de las decisiones, desde las más significativas en términos políticos hasta las más miserables vinculadas a la corrupción.

Lo vivido esta semana en torno al debate de la reforma de la justicia mostró una vez más que la supuesta “politización” de la sociedad y de la juventud no es tal. No he visto nada parecido a la reflexión, a la descripción de cuál es el armado institucional deseable para construir una sociedad más democrática. No lo he visto en los más diversos actores sociales afines al gobierno, menos aún en los “jóvenes K”. Excepto la intervención de Horacio Verbitsky (CELS) en el Senado dos semanas atrás, todo lo demás ha sido repetir consignas vacías y chicanas gastadas. Hago esta mención aún sabiendo que Verbitsky tuvo ese vergonzoso intercambio con el ministro de justicia al señalarle que esta iniciativa "no refleja lo que dijo la presidenta".

En fin, son demasiados años de lo mismo. Lo más peligroso es que en esa dinámica también hoy se mueve buena parte de la llamada “oposición”. La “primarización” de la política es ahora una situación generalizada.

Es evidente que la politización K no pasa de una maquinaria de propaganda, disciplinamiento y repetición hasta el cansancio de lo que emana de la Casa Rosada. A mi juicio, nada más alejado a la política. Y mucho más, de una política progresista o de transformación social.

domingo, 14 de abril de 2013

No se cambian las reglas en mitad del juego

 

Nota publicada en La Nación el jueves 11de abril. Con ella estreno la categoría “Democracia” que utilizo para etiquetar a las notas del blog. Nunca había imaginado que la “democracia” iba a volver a ser en la Argentina un tópico de debate. Lamentablemente, el kirchnerismo lo está poniendo sobre la mesa todos los días.

Cali

 

Reforma judicial

No se cambian las reglas en mitad del juego

Las modificaciones propuestas para el Consejo de la Magistratura son el mejor ejemplo de un proyecto destinado a favorecer al jugador dominante, es decir, al Gobierno

Por Roberto Gargarella

A partir de los abusos reiterados que nuestra comunidad ha sufrido, hemos desarrollado un paulatino acostumbramiento frente a las violaciones de derechos. El problema, cabe aclararlo, trasciende a una facción política particular, aunque es indudable que la burla frente a las reglas se ha convertido en práctica habitual en estos últimos años. Resulta inverosímil, por caso, que el Ministerio de Seguridad haya estado involucrado (de modo judicialmente comprobado) en el espionaje a militantes sociales, sin que ello se haya traducido en la inmediata renuncia de la ministra y su secretario; o que se expropie una empresa que no se nos permite saber de quién es, pero que estaba a cargo de imprimir la moneda nacional. Frente a crímenes mayúsculos, el Gobierno ha institucionalizado la indiferencia como respuesta. Se trata de esperar a que el tiempo pase y la gente deje de protestar contra los funcionarios involucrados. Por supuesto, cabe enfatizarlo, esta situación desgraciada se ha consolidado gracias al silencio cómplice de muchos intelectuales, y al temor de tantos jueces y funcionarios públicos, que prefieren consentir abusos antes que poner en riesgo sus propios privilegios.

En materia jurídica, la actitud del Gobierno recoge los mismos parámetros: avanza en medidas que pueden implicar graves arbitrariedades, con la pretensión de que el tiempo, simplemente, naturalice sus excesos. En este contexto, se ha instaurado una práctica legalmente objetable, dentro de la cual se inscribe la recientemente anunciada reforma de la democratización de la Justicia. La práctica es la siguiente: en el medio de la partida, el jugador principal -en este caso, el Gobierno- cambia las reglas de juego, normalmente en su propio beneficio. Es lo que ocurrió cuando se reformó la ley electoral, de modo tal de perjudicar a los partidos minoritarios; cuando se modificó la ley del Consejo de la Magistratura, en favor del Gobierno; o cuando hoy se proponen cambios en nombre de la democratización de la Justicia. Este modo de reformar las reglas de juego es resistido no sólo por el sentido común, sino también por las doctrinas jurídicas más asentadas. Lo que dice al respecto el sentido común es lo obvio: las modificaciones de las reglas de juego no deben afectar el juego o la partida actual (como si a uno le modificaran las reglas del ajedrez o de una partida de cartas, mientras está jugando). Muchísimo menos si lo que se pretende es introducir un cambio favorable a quien introduce las nuevas reglas.

Dentro de la teoría jurídica contemporánea (fundamental, pero no exclusivamente, en las llamadas teorías procedimentalistas), suele destacarse un punto similar: cualquier reforma legal que implique una modificación de los procedimientos jurídicos vigentes debe mirarse con sospecha. La idea de "sospecha" que se utiliza en este caso apunta a algo jurídicamente muy preciso: cualquier reforma de las reglas debe considerarse, en principio, contraria a derecho, inconstitucional, a menos que: 1) se demuestre la existencia de una necesidad imperiosa y urgente que justifique la reforma (por ejemplo, porque de otro modo el juego no se puede seguir jugando); 2) que los medios escogidos estén diseñados del modo más estricto posible para lograr la finalidad del caso (los medios escogidos no deben ser sobreabarcativos, ni deben dejar de lado cambios imprescindibles para el logro de la finalidad anunciada), y 3) que no exista una forma menos restrictiva para alcanzar la finalidad anunciada. Para decirlo de un modo más directo: cada vez que el Gobierno "toque" las reglas del juego, el juez debe leer esa medida bajo la presunción de que quien la dictó trató de beneficiarse a sí mismo, salvo que un excepcional esfuerzo argumentativo pueda demostrar que la reforma era imprescindible (y así se adecue a los tres pasos citados más arriba). Entiéndase bien: cualquier gobierno puede tomar centenares de medidas de muy diverso tipo (desde impulsar reformas hídricas para prevenir futuras inundaciones hasta convertir en ley la asignación por hijo), sin obstáculo alguno, pero la situación no es la misma cuando lo que se afecta son las propias reglas del juego. No es admisible, por tanto, el dictado de una reforma electoral que le permita a quien la promueve aumentar su ventaja en las próximas elecciones, como tampoco lo es una reforma judicial que ayude a que el gobierno de turno tenga mejores chances de controlar a quien debe controlarlo.

Contra lo aquí sugerido, las reformas anunciadas esta semana por la Presidenta afectan las reglas del juego, están lejos de ser imprescindibles y no tocan ninguno de los puntos más importantes necesarios para alcanzar la finalidad alegada, es decir, democratizar la Justicia. En efecto, la reforma no viene a favorecer el acceso de los pobres y marginados a los tribunales; no disminuye los costos del litigio ni combate los formalismos que convierten al proceso judicial en territorio reservado para unos pocos. Otra vez, en su esencia, la reforma refuerza claramente la posición de los más poderosos (los funcionarios del Estado) y de los más ricos. Ello, no sólo a través de las trabas que se imponen a las medidas cautelares, pensadas originalmente como forma de protección de los ciudadanos más débiles frente al Estado, sino también a través de la inclusión de nuevas instancias, lo que beneficia, sobre todo, a quienes son capaces de resistir el proceso mientras éste se alarga indefinidamente: los pobres son así forzados a negociar para terminar el juicio cuanto antes y a hacerlo desde una posición de objetiva desventaja. Mientras tanto, la burocrática reforma propuesta sobre el Consejo de la Magistratura representa el mejor ejemplo de lo que puede considerarse una reforma destinada a favorecer al jugador dominante.

Para el político obstinado en reformar las reglas de juego, en todo caso, el sentido común ofrece dos consejos que, sin duda, prometen allanar el camino de la validación constitucional de la reforma del caso. Primero, la reforma de las reglas de juego debe llevarse a cabo con un consenso muy amplio, que sea capaz de incluir sobre todo a los partidos opositores; y segundo, ella debe comenzar a aplicarse recién a partir del próximo juego, es decir, nunca mientras el juego se está jugando ni mucho menos en la medida en que ella pueda favorecer al mismo que propicia la reforma del juego.

lunes, 8 de abril de 2013

Esa turbia pero imprescindible pasión por el poder


El viernes pasado se publicó en La Nación esta nota de Jorge Fernández Díaz. Una nota que bien merece el calificativo de “provocadora” ya que genera en todo aquél que la lee una reflexión acerca de cómo hacemos política en Argentina, cuáles son los estilos de construcción de poder y qué grado de aceptación tienen. Una necesaria reflexión en estos días, post inundaciones, en que han recrudecido las críticas a las dirigencias políticas por sus manipulaciones, por su autismo y el aprovechamiento, a veces inescrupuloso, de cada episodio de la vida social.
Cali

Pensándolo bien

Esa turbia pero imprescindible pasión por el poder

por Jorge Fernández Díaz (LA NACION)
Perdón por abrazarme a Byron: "La consecuencia de no pertenecer a ningún partido significará que los molestaré a todos". Y una cosa más: el lector sensible, aquel que crea que la política es el arte de los discursos altruistas y las buenas conciencias, tiene la oportunidad ahora mismo de abandonar esta página plebeya y pragmática, y seguir con las confortables monsergas al uso. Lo que se propone este cronista no será perdonado por muchos lectores, y lo sabe, pero no puede resistirse a pensar en voz alta y sin filtros sobre este asunto tan serio que damos en llamar "la política". Ahí vamos: la nominación del papa argentino, acontecimiento fundante si los hay, fue el test perfecto para calibrar el comportamiento y la pericia de las fuerzas locales en pugna. Y el resultado fue notorio: el kirchnerismo tuvo reflejos , velocidad, cinismo, fortaleza y contundencia, logró girar en el aire dejando un desparramo a su alrededor y consiguió apoderarse impúdicamente de Jorge Bergoglio, su enconado crítico, con el simple método de abrazarlo por la cintura. Gracias a su instinto salvaje, acaso con un cierto fuego sagrado que se tiene o no se tiene en política y en cualquier otra disciplina, logró que las diferencias quedaran de pronto borradas. Quince días después, casi ningún sector popular cree que el papa Francisco y la presidenta Cristina Kirchner sean realmente enemigos.
La oposición, que está plagada de almas bellas y verbales, tiene varios dirigentes que muy bien podrían postularse como los representantes nacionales de "la ideología Francisco". Todos ellos se quedaron con la boca abierta viendo cómo la dama de negro viraba, les quitaba protagonismo y ocupaba una vez más el centro de la escena. Mauricio Macri debió ser rescatado de la multitud anónima por un allegado del Papa para lograr una mera foto de cabotaje. Los demás dirigentes vernáculos que frecuentaban a Bergoglio y bebían de sus consejos, se quedaron en Buenos Aires a mirar el espectáculo por televisión. Ni se les ocurrió hacer el esfuerzo de abrirse paso a los codazos en la Plaza San Pedro para ganar la tapa de las revistas y de los diarios del mundo. Eso les parece marketing repugnante, oportunismo inconducente, demagogia sacrílega y otros apelativos igualmente morales con los que arroparse para seguir durmiendo la siesta.
Esa gente, que suele ser honesta e incluso a veces hasta inteligente, cree que hacer política es ser columnista radial o panelista del cable. Sólo el kirchnerismo, con su monstruosa voluntad de poder, dio un paso al frente y produjo hechos políticos de gran contundencia. Decía un viejo zorro del radicalismo: hay dos clases de hombres en la política, los que la comentan y los que la hacen. La oposición está llena de comentaristas que dan muy bien en cámara.
Resulta muy decepcionante para los que de verdad creemos en la necesidad de un bipartidismo que no exista un verdadero deseo irrefrenable por tomar el comando de este país. Sin ese deseo animal, no puede haber tampoco un proyecto que enamore ni un líder que lo encarne y lo explique. Lo que quedan son aspirantes a Capriles grises, o amantes de las minorías, que se indignan por todo y que en su fuero íntimo piensan que son demasiado buenos y honestos para ser elegidos por una sociedad tan corrupta y equivocada.
Al Papa lo entregaron. No fueron capaces siquiera de disputarlo un poco. Se trataba de una valla baja para el antikirchnerismo, tenía todo a favor, y aun así no logró saltarla. Algunos opositores parecen novios castos: los canallas suelen birlarles a las chicas lindas.
Hay un segundo test por delante y tiene la forma de una pregunta maldita. ¿Qué es el peronismo? Parece una interrogación básica, y de hecho hay mucha bibliografía para contestarla. Sin embargo, este asunto nunca fue debidamente resuelto por el antiperonismo, y hoy interpela como nunca a la dirigencia que aspira a derrotar en las urnas al gran partido del poder. Aquella respuesta galvanizante necesita ser repensada una vez más y de manera crucial, dado que ese movimiento nacional que practica el populismo, esa oligarquía estatal de ideologías a la carta, ha reemplazado prácticamente a todo el sistema político. Propone tácitamente un bipartidismo trucho (la interna abierta de dos o hasta tres neoperonismos) y muestra simbólicamente un triunfo cultural e histórico: ahora resulta que hasta el Papa es peronista.
Ser peronista ya no es ser nacionalista, ni neoliberal, ni desarrollista, ni guevarista ni socialdemócrata. Todos estos uniformes ideológicos sirvieron para diferentes momentos y requerimientos de la historia. Voy a arriesgar mi propia respuesta. Es sencilla, y a la vez muy compleja: ser peronista, en realidad, es hacer política con los de abajo. El peronismo se ocupa de hacer política en las clases trabajadoras, en el proletariado (dicho en términos marxistas), entre los humildes y los marginales, y no hay en esto una valoración necesariamente positiva en cuanto a sus propósitos: está visto que muchas veces sus gobiernos han actuado para crear una clientela y mantenerla hundida en la pobreza como voto cautivo y funcional. Ser peronista, a estas alturas del travestismo, sólo es operar en las zonas populares de la sociedad, allí donde únicamente la Iglesia Católica, junto con algunas evangélicas, actúa y crea conciencia. Salvo las honrosas excepciones del macrismo, que se ha metido hasta el cuello en las villas porteñas, y algunos radicales de gestión o feudo provincial, la mayoría de las fuerzas de la oposición se contentó siempre con integrar partidos de clase media. Sin inserción territorial. Y el territorio es muy grande: hay por lo menos 20 millones de pobres en este país. Con sólo posar sus ojos sobre esa sociedad postergada y mejorarle mínimamente la calidad de vida, Hugo Chávez les gana a todos sus enemigos como el Cid Campeador: muerto y con la cabeza en alto. La tradición peronista de los sectores bajos se debe a la memoria del agradecimiento del primer Estado de bienestar de los años 40, abonada por el contacto sistemático del peronismo de todos los pelajes a lo largo de seis décadas. El clientelismo me resulta abominable y creo que no debería imitarse, pero no es la única herramienta política para cautivar a las clases sumergidas. Y si no me creen, pregunten a los intelectuales del Partido de los Trabajadores de Brasil.
En algunas ocasiones, los radicales lograron que esos sectores los votaran. Pero nunca supieron, quisieron o pudieron retener esa esperanza, insertarse en esas calles y ganar definitivamente esos corazones. Como lo hicieron Perón y Evita, y en cierta medida el "partido" de Jorge Bergoglio. Los opositores deberían pensar seriamente en este hecho decisivo: no se puede ser una opción real del poder sin trabajar de manera sistemática en el barro.
Tampoco se puede ganar el premio mayor sin crear una nueva épica y construir un nuevo relato. El kirchnerismo ha abusado del montaje, pero la creación de una forma propia de relatar el presente y el pasado ha tenido gran eficiencia. Es inviable producir ilusiones sin presentarse como parte de un linaje histórico, así como es ingenuo, en nombre de la concordia, no crear figuras a denunciar y a derrotar para que el futuro sea mejor. Sin un linaje ni una narración vibrante y dura, sin un perfume a epopeya, el votante actúa por default técnico: Macri es los 90, el radicalismo es la Alianza, Binner es un santafecino y Carrió es la virgen testimonial. Un líder opositor debería tener un alegato tan alejado del Gobierno como de los medios. Un alegato original, que cambie el eje de discusión y que suene a nuevo. Un discurso sincero, lejos de la impostura, pero lo suficientemente efectista como para comunicar con rapidez y sin remilgos una idea, una verdad.
Como los viejos colonos escondidos detrás de las carretas y acosados por los sioux, algunos opositores parecen únicamente esperar la llegada salvadora del Séptimo de Caballería, que sería un fracaso económico. Es cierto que este modelo parece tener el tanque perforado, y resulta ciertamente probable que al final se descubra que como Alfonsín y Menem, los Kirchner fueron negligentes con la economía, nos hicieron vivir por encima de nuestras posibilidades y nos condujeron dulcemente a la bancarrota. Tal vez un líder opositor pueda apelar a la idea de terminar por fin con treinta años de descalabros y pueda prometer algo modesto pero deslumbrante: construir por primera vez un país serio, imitando a Chile, a Brasil e incluso a Uruguay. El discurso inaugural de Pepe Mujica hablaba de eso; el primer kirchnerismo apostaba a "un país normal" quizá sin imaginar que nos conduciría a este manicomio financiero.
La oposición, sin embargo, no debería esperar que esta crisis se precipitara. Primero de todo, porque sería como desearnos el mal a nosotros mismos y sobre todo a los sectores más indefensos. Y en segundo lugar, porque el kirchnerismo ha sabido capear tempestades y levantarse de amargas derrotas que parecían terminales. Eso es lo que más rescato de la fuerza gobernante: su pasión por prevalecer. Esa misma pasión se necesita para llegar a la Casa Rosada, probar una alternancia y realizar una experiencia sanadora. No veo esa turbia pero imprescindible pasión en nadie más.
Lector sensible, le advertí que no me perdonaría. Le recuerdo, en mi defensa, algo que no dijo Byron, pero que se advertía en mi barrio. El que avisa no es traidor.



miércoles, 28 de noviembre de 2012

Dilemas de la democracia

 
Quiero compartir un artículo de Vicente Palermo que se publica hoy ya que enfoca en una cuestión crucial. El foco es el dilema que desde hace algunos años, en la Argentina y en la región, se está discutiendo, aunque muchos aún no lo hayan advertido, sobre qué clase de democracia queremos y tendremos en nuestros países.
Recomiendo algunas notas previas sobre este tópico.
De manera progresiva ese debate se ha instalado entre nosotros y, más aún, ya está en plena ejecución un cambio sustancial en el contenido y las instituciones democráticas.
Lo que está en juego hoy no es el clásico debate acerca del “respeto” por las instituciones, o si toleramos o no los clásicos vicios de los personalismos o la “picaresca” caudillista. De lo que se trata es de una modificación en la estructura institucional, en el propio ideal de democracia que tales instituciones representan y, en lo posible, se intentará plasmar tales cambios en una nueva reforma constitucional, donde la reelección indefinida es sólo un elemento entro muchos otros. 
A mi juicio, este es el debate del momento. En lo personal, veo con preocupación que lo que se propone desde el poder es una democracia devaluada, autoritaria, que supone una sociedad con menos capacidad de reacción.
Creo que a las limitaciones de la democracia liberal debemos superarlas con mejores instrumentos y más ciudadanía. No por el atajo de legitimar las prácticas populistas. He aquí el dilema del momento.
Cali
  


Miércoles 28 de noviembre de 2012 | Publicado en edición impresa
Chantal Mouffe

Una sofisticada legitimación para democracias polémicas

Una respuesta a la pensadora belga, referencia intelectual del kirchnerismo, que relativizó la importancia de la herencia liberal y republicana al defender la experiencia de algunos gobiernos latinoamericanos
Por Vicente Palermo | Para LA NACION
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe.
Días pasados, se publicó en Página 12 una interesante entrevista a la politóloga Chantal Mouffe, bajo el título "Hay que latinoamericanizar Europa", que continúa un debate en el que participan, expresa o tácitamente, muchos autores. Cabe observar que Mouffe es esposa de Ernesto Laclau, y ambos han publicado importantes trabajos en coautoría. También ambos, y sobre todo Ernesto, son, como se sabe, fuertes referencias intelectuales del kirchnerismo.
El núcleo de la entrevista está dado por la articulación entre democracia y liberalismo. Mouffe establece el contexto histórico de ciertos "modelos" de democracia, los europeos, y reivindica otros, las "nuevas democracias latinoamericanas". Ya que Mouffe habla profusamente de "modelos" de democracia, me parece necesario aclarar desde el comienzo que los "modelos" son perceptibles solamente a posteriori. En cada momento presente, lo que hay, lo que se observa, no es el funcionamiento de "un modelo", sino una lucha por establecer determinados valores. Por ejemplo, en 1853, en la Argentina, no se optó por "un modelo de democracia", se escogieron formas institucionales que la elite dominante veía como adecuadas para sus valores y problemas. Así pensadas las cosas, al sostener que los actuales gobiernos latinoamericanos han subordinado el elemento liberal y han puesto al elemento democrático como el principal, Mouffe incurre en una patente arbitrariedad: primero afirma que Latinoamérica no está obligada a aceptar el "modelo europeo"; luego, prescribe la democracia que ella prefiere, resuelve interpretar en términos de (su) modelo las "democracias latinoamericanas recientes" y decide cuál es el mix adecuado, presentándolo como de posible constatación empírica: "En las experiencias de las nuevas democracias de Sudamérica -dijo- no hay un rechazo a la tradición liberal, pero sí hay una articulación distinta entre las tradiciones liberal y democrática."
Pero Mouffe fuerza así las cosas. Primero porque, aunque no da nombres, sí podría decirse que ciertamente en algunas de las así llamadas "nuevas democracias" hay un abierto rechazo a la tradición liberal, tal es el caso de Bolivia, Ecuador, Venezuela y la Argentina. Este rechazo podrá ir más o menos lejos en cada país, pero está en la palabra y en las acciones de los gobernantes. Y segundo, lo que hace la autora de En torno a lo político , no muy disimuladamente, es abusar de lo que sería una interpretación para pasar a dar una receta, legitimada ahora, según su opinión, por las experiencias de los pueblos latinoamericanos. Justamente, como en su receta el mix de liberalismo y democracia es más equilibrado que en la realidad de algunos de esos países latinoamericanos, la entrevistada tiene la necesidad de afirmar que en las nuevas experiencias "no hay un rechazo a la tradición liberal".
Podría apuntarse en casos concretos una perspectiva contraria: hay países latinoamericanos -como Brasil, Uruguay y Chile- en los que la dimensión liberal de sus regímenes democráticos no se ha visto dañada. Esto representa una esperanza para todos aquellos que, como es mi caso, estamos convencidos de que el liberalismo, así como el republicanismo (con todo lo diferentes que son entre sí), constituyen dimensiones sin las cuales la índole democrática de un régimen político es inevitablemente erosionada. Por otra parte, esto pone directamente en cuestión otro supuesto fuerte de la entrevistada, el de la concepción de la propia democracia.
Salta a la vista que Mouffe tiene una idea eminentemente gubernativa de la soberanía popular. Es más, identifica a la democracia con esa idea. Así, dirá: "Ese predominio del componente liberal es lo que están poniendo en cuestión los gobiernos latinoamericanos, que han puesto al elemento democrático como elemento principal. El elemento liberal no ha sido eliminado, pero está subordinado."
En la democracia, la soberanía popular jamás puede entenderse -como sí se la entiende en los casos latinoamericanos ya mencionados- como encarnada o materializada en la voluntad de un cuerpo político y/o un líder. Cuando eso ocurre, las dimensiones liberal y republicana, así como la propia dimensión democrática, sufren daños irreparables. La soberanía popular, por el contrario, tiene diversos campos de realización, desde el electoral (todos los votantes la realizan, no solamente los ganadores) hasta distintas formas de participación política y en el juego de las instituciones. Instituciones que, para que estén abiertas a la participación popular, han de estar regidas por fuertes dimensiones liberales y republicanas.
Porque, ¿qué quiere decir que "el elemento liberal no ha sido eliminado, pero está subordinado"? Elijamos el caso quizá más difícil para contraargumentar, la propiedad social o la regulación de la propiedad por razones de bien público. ¿Se trata de una subordinación del elemento liberal? Difícilmente; en el marco de un régimen democrático, liberal y republicano, conflictos entre acciones o concepciones inspiradas en esas tres distintas orientaciones se plantean constantemente. Nada tiene esto de "subordinación" (aunque a mi entender, la entrevistada tiene razón al observar que en muchas de las democracias europeas la dimensión democrática ha quedado subordinada a la dimensión neoliberal). Lo que sí tiene en cambio mucho de subordinación - y me siento obligado a suponer que Mouffe lo aprueba- es el sometimiento del poder judicial o el remodelamiento de la Constitución con el propósito de que la "soberanía popular" (encarnada en una mayoría y un jefe) se perpetúe en el poder. En suma, a Mouffe parece no preocuparle -o, más bien, aprueba- que el "elemento democrático" subordine al liberal (del republicano nada dice). No se pregunta en qué medida la "rearticulación con predominio de la soberanía popular" erosiona al propio régimen democrático. La entrevistada es muy clara: "...uno no puede decir que países donde existe la posibilidad de la reelección indefinida, como Venezuela, sean menos democráticos que países sin esa posibilidad, como los europeos". Por el contrario, yo creo que la atención al principio liberal del control y la limitación del poder hace directamente a la calidad de la dimensión democrática de un régimen político.
Y esto nos lleva al punto de las opciones políticas de los electores. "Desde mi perspectiva -dice Mouffe en la entrevista-, el criterio para saber si un país es democrático es si a la gente se le da la posibilidad de escoger, si tienen alternativas y no simplemente alternancia entre partidos distintos que, una vez en el poder, no hacen ninguna transformación fundamental." Mouffe ahora mide la democracia según la actividad electoral de los ciudadanos, algo notoriamente unilateral. Pero asumiendo su criterio, ¿qué puede observarse en los países que ejemplifican las "nuevas democracias"? Que cuando las posibilidades de escoger son reales, esto viene acompañado con una negativa polarización. Esta polarización es celebrada por Mouffe, que es muy crítica en relación con el "consenso al centro" de los países europeos. Y yo creo, en cambio, que cuanto más diversa sea una democracia -es decir, cuanto más equilibradas y en tensión estén sus dimensiones democrática, liberal y republicana-, menos propenso será ese régimen a dar lugar a la polarización que Mouffe desea (el caso brasileño es un buen ejemplo).
Esto quizás ayude a entender por qué gobiernos como el de Cristina Kirchner encuentren tan atractivas las conceptualizaciones como las de Chantal Mouffe (o las de Laclau): sus impulsos crudamente imperativos de todo tipo encuentran allí legitimaciones sofisticadas.
Por fin, Mouffe hace bien en subrayar que "el objetivo de la democracia no es encontrar los procedimientos para poner a todo el mundo de acuerdo, porque eso no es posible, sino encontrar cómo manejar el conflicto". Pero mientras las interacciones en el "modelo" de democracia que ella prefiere tienen lugar en el registro "amigo-enemigo" que ella dice rechazar, es en las democracias republicanas y liberales donde el reconocimiento de la legitimidad del palermo-vicenteoponente y las interacciones de los sujetos políticos en tanto adversarios, que ella declara preferir, es más probable.
Hay por tanto una patente incongruencia entre su defensa de los "modelos latinoamericanos" y su preferencia normativa.
© LA NACION.

domingo, 21 de octubre de 2012

Más “presidencialismo” o más democracia

Hace tiempo vengo observando, y señalando, con preocupación la creciente ola “presidencialista” en nuestro país y la región. Lo veo con preocupación porque, si bien hemos tenido desde siempre “democracias presidencialistas”, tal rasgo era, por lo general, asociado a una etapa a ser superada, a ser progresivamente desplazada por una democracia más fuerte, más participativa y menos verticalista. Lo que observo en los últimos años es todo lo contrario.
A lo largo de la última década el “presidencialismo” se ha consolidado en la política argentina. Protagonizado claramente por el estilo del gobierno kirchnerista, en coincidencia a una tendencia regional análoga, avanza decididamente en fundamentarse y fortalecerse ideológicamente y, ahora, todo indica que se intentará legitimarlo también constitucionalmente.
La emergencia de presidencialismos fuertes o liderazgos “delegativos” como producto de la salida de las crisis políticas y económicas ha sido un hecho recurrente en nuestra historia. Lo que no había ocurrido, al menos desde 1984 hasta hoy, es esta vocación presidencialista desenfrenada protagonizada en una dirigencia política mayoritaria en nuestro país. Ya no se trata de aceptar y comprender la emergencia de coyunturales liderazgos, ahora lo que se está intentando es la aceptación y profundización del presidencialismo como método deseable de gobierno, como paradigma de conducción y modelo de democracia.
La reforma constitucional aparece entonces como una necesidad, no meramente reeleccionista, sino como una adecuación de las instituciones del Estado a estos “nuevos” tiempos, al nuevo modelo que encarna el líder.
Estoy en las antípodas de esta vocación presidencialista.
No sólo como teoría política y modelo de democracia. También porque los ejemplos reales de gobiernos fuertemente personalistas no han generado, a mi juicio, los cambios profundos que la sociedad debe afrontar.
Sé perfectamente que la oposición a este presidencialismo es acusada de querer sostener una democracia “liberal” y “reaccionaria”. Frente a esas acusaciones me pregunto ¿cuál es la revolución en curso?. Creo que tal discusión debe darse apelando al análisis de políticas concretas y alejarnos del relatos y falsas epopeyas.
Creo que a la democracia “realmente existente” se la perfecciona con más democracia, no con menos. Y no me refiero a la simple rutina del recambio periódico de autoridades y la mera sucesión de actos electorales como “fiestas de la democracia” domingueras. 
Esta disyuntiva está siendo cada vez más determinante del debate político en la Argentina. Cada vez más dirigentes, analistas e individuos lo están entendiendo así.
Ernesto Laclau es una de los intelectuales que brinda soporte ideológico a la tendencia predominante.
Quiero compartir un reciente artículo de Roberto Gargarella que profundiza de manera brillante en los equívocos del espejismo “presidencialista” y analiza extensamente el discurso de una de los principales ideólogos del gobierno, Ernesto Laclau.
JCV


ante el constitucionalismo conservador

El equívoco presidencialista "que apela directamente a las masas"

Por Roberto Gargarella
Diario Perfil, 20/10/12
Ernesto Laclau presenta y defiende una peculiar versión del constitucionalismo. Dicha versión encaja bien con el estado de cosas dominante (orden al que, obviamente, viene a justificar) y aparece contrapuesta a un mundo ancho e indeterminado, al que se engloba bajo la idea de “constitucionalismo conservador”. Como la posición de Laclau a la que he accedido combina errores, silencios y ocultamientos graves, quisiera referirme a ella con algún detalle.
Comenzaría mi análisis con un párrafo central a su presentación, en donde Laclau sostiene: “En América latina, por razones muy precisas, los Parlamentos han sido siempre las instituciones a través de las cuales el poder conservador se reconstituía, mientras que muchas veces un Poder Ejecutivo que apela directamente a las masas frente a un mecanismo institucional que tiende a impedir procesos de la voluntad popular es mucho más democrático y representativo. Eso se está dando en América latina de una manera visible hoy día.”
El párrafo es muy vago, ya que nos escamotea cuáles son las “razones muy precisas” de la crítica al Congreso, y cuáles las “muchas veces” del Ejecutivo democrático. Pero su problema no es tanto ése, como el de sugerirnos datos que  no son ciertos. Lo que Laclau enuncia con contundencia es falso, a la luz de la historia latinoamericana, en donde, desde la independencia, y durante casi todo el siglo XIX y buena parte del XX el presidencialismo fuerte fue la solución no eventual, sino inequívocamente elegida y exigida por el autoritarismo militarista, católico y conservador.
El “Ejecutivo que apela directamente a las masas”, que entusiasma a Laclau, se tradujo –de modo no necesario pero sí demasiado habitual– en gobiernos poco democráticos, por lo general autoritarios en sus formas, políticamente conservadores y doctrinariamente católicos. Allí están los ejemplos del teócrata García Moreno en Ecuador o del líder autoritario Diego Portales en Chile, entre tantos otros, a comienzos de siglo XIX. Allí encontramos también a todos los duros adalides del modelo de “orden y progreso” de fines del siglo XIX (el general Roca en la Argentina; Rafael Núñez en Colombia; el general Rufino Barrios en Guatemala; el general Guzmán Blanco en Venezuela). En ese mismo registro podemos situar, además, a muchos de los gobernantes autoritarios del siglo XX (desde Porfirio Díaz en México, a comienzos del siglo, a Menem, Fujimori y Uribe –por tomar unos pocos casos– hacia el final). Frente a las evidencias que ofrece la historia latinoamericana, a Laclau no le basta con alegar que no siempre, pero sí en ocasiones, ha habido presidentes de otro tipo: ello no dejaría de señalar que es falsa la idea que él sugiere, y que nos invita a reconocer como regla, antes que como absoluta excepción, la existencia de presidentes muy poderosos, poco controlados, y a la vez más democráticos (aun tomando a “democráticos” como sinónimo de “emancipadores”).
Del mismo modo, y contra lo que Laclau sugiere con absoluta contundencia (“los Parlamentos han sido siempre las instituciones a través de las cuales el poder conservador se reconstituía”), el hecho es que “los Parlamentos” –creados por aquellos Ejecutivos autoritarios que apelaban directamente a las masas– fueron forjados desde el inicio, constitucionalmente, como instituciones opacas, débiles, vaciadas de poder efectivo. No sorprende entonces, por ejemplo, que en la Constitución de Chile de 1822, el Congreso allí diseñado se reúna sólo unos pocos días cada dos años; que en la del ’33 (impulsada por Portales) lo haga sólo tres meses por año; que en la de Ecuador de 1869 (creada por García Moreno) el Congreso sesione sólo dos meses cada dos años, o que en las de Colombia de 1832 y 1843, el Congreso funcione sólo dos meses por año. Es decir, contra lo que afirma Laclau, la historia política y constitucional latinoamericana nos dice que ha habido una fuerte correlación entre presidencialismos autoritarios y la forja –por esos mismos presidentes– de “Congresos de papel”, impotentes, sin facultades, inocuos.
En definitiva, los conocimientos que muestra Laclau en materia constitucional sorprenden por su falta de ajuste con la realidad. Ello, por supuesto, no es un problema –nadie tiene la obligación de ser experto en la materia– salvo que se invoquen argumentos constitucionales para fundar la propia polémica postura (postura que hoy implica, en Laclau, la defensa de un presidencialismo fuerte, poco controlado y con reelección indefinida, cfr. http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-178005-2011-10-02.html).
Laclau  podrá decir que las cosas han cambiado en las últimas décadas, y que la mayoría de mis ejemplos se refieren a tiempos remotos. Pero si alega esto, la evidencia otra vez va a resultarle esquiva, porque –también, si no especialmente– en los últimos años, los autoritarios Ejecutivos latinoamericanos han seguido trabajando para fortalecer su propio poder a expensas de “los Parlamentos” por él anatemizados. Los poderosos Ejecutivos regionales han hecho todo lo que estaba a su alcance para doblegarlos: a esos Congresos han buscado sobrepasarlos de distintas maneras, a veces cooptándolos, a veces sometiéndolos, a veces ignorándolos, y muchas otras veces a través de creaciones legales y constitucionales como la delegación de facultades legislativas; las “leyes marco”; los decretos de necesidad y urgencia; la doctrina de las “cuestiones políticas no justiciables”; los poderes de emergencia o en los casos más patológicos, creaciones tales como las “candidaturas testimoniales”.
Laclau cierra su poco ilustrado paseo por el parlamentarismo conservador y dice: “Detrás de toda la cháchara acerca de la defensa del constitucionalismo, de lo que se está hablando es de mantener el poder conservador y de revertir los procesos de cambios que se están dando en nuestras sociedades”.
Poco de lo que sugiere, en verdad, parece estar en juego. Ante todo, si lo que Laclau pretende es ridiculizar las iniciativas parlamentaristas que circulan el país, habrá que avisarle que las mismas se originan hoy, casi exclusivamente, en círculos cercanos al kirchnerismo (ver, por caso, los trabajos del juez Zaffaroni sobre el tema). Si, en cambio, lo que pretende es desmerecer los esfuerzos realizados por parte de las fuerzas de oposición por recuperar los controles sobre el poder, habrá que decirle que ésa ha sido la reacción constitucional habitual (aquí sí podemos hablar de “siempre”), en toda Latinoamérica, luego de gobiernos dictatoriales y autoritarios. De eso se trató la unánime recuperación de la (tradicionalmente denostada y menospreciada) categoría de los “derechos humanos,” luego de la última oleada de gobiernos autoritarios.
Por lo demás, convendrá recordarle a Laclau que, frente al tipo de constitucionalismo verticalista que él defiende, Latinoamérica ha conocido una vertiente republicana/radical de constitucionalismo, alimentada del radicalismo político de los siglos XVIII y XIX. Dicha concepción vino a pedirle al constitucionalismo (no más poder para las viejas oligarquías, sino) más poder popular, para recuperar la capacidad de decisión y control colectivos, sobre la autoridad propia de los que ejercen coyunturalmente el poder. Todavía hoy, fortalecer esa capacidad popular implica democratizar el poder, y toda iniciativa destinada a democratizar al poder implica derruir el presidencialismo. Este tipo de iniciativas, destinadas no a moderar sino a acabar con el presidencialismo, estuvieron claras para el radicalismo político latinoamericano desde comienzos del siglo XIX. Sus referentes (izquierdistas como Francisco Bilbao y Santiago Arcos, radicales como Murillo Toro, anarquistas como Recabarren en Chile o González Prada en Perú) reconocieron desde temprano que la democracia política por la que abogaban implicaba asumir una postura no complaciente sino confrontativa con la autoridad presidencial concentrada.
En la actualidad, la postura que en lo personal me interesa, y que propone confrontar con el presidencialismo, no nos invita a abrazarnos a la alternativa parlamentarista, como sugiere la anodina ciencia política de los 80. Lo que propone es agujerear el sistema representativo actual, tendiendo múltiples puentes (hoy todos bombardeados desde el poder) entre ciudadanos y decisores. El poder debe volver a la ciudadanía, a quien se le prometiera ese poder, y a quien impunemente se le expropiara. El poder debe salir del lugar en donde hoy nuestras desigualitarias sociedades lo han concentrado: las grandes empresas y el poder político centralizado y autonomizado.
Por supuesto, ese presidencialismo discrecional puede actuar de modos muy diversos: puede ayudar a construir el Estado social, como ocurrió a veces, o puede liderar su desmantelamiento, como ocurrió a finales de los 80. En tal sentido, conviene no olvidar que Fujimori, Menem, Collor de Mello o Uribe son perfectos representantes del modelo del Ejecutivo “que apela directamente a las masas”. Silenciar esa información, u ocultarla, es parte del problema que se analiza.
Laclau no es ingenuo al respecto, pero tampoco parece sincero en su argumentación. El reconoce que de su defensa de un presidencialismo concentrado y de elección indefinida se desprenden riesgos serios, pero nos oculta información acerca de sus implicaciones efectivas. Sostiene Laclau: “En primer lugar, tenemos el peligro representado por las reducciones estatistas, que trata de plantear el campo de la lucha política como la lucha parlamentaria en el seno de las instituciones existentes, ignorando que hay nuevas fuerzas sociales que tienen que ir sectando formas institucionales propias que van a, necesariamente, cambiar el sistema institucional vigente. Este reduccionismo liberal de la lucha política, el régimen parlamentario en el seno de las instituciones parlamentarias, es uno de los dos peligros. El segundo de los peligros es lo que yo llamaría la reducción ultralibertaria. Dice que hay que desentenderse enteramente del problema del Estado y crear puramente una democracia de base. Esto ignora que muchas demandas democráticas surgen en el interior de los aparatos del Estado y de los sujetos que esos aparatos han creado y que, por tanto, cualquier tipo de cambio de proyecto, cambio radical, va a tener que cortar transversalmente el campo del Estado, el campo de la sociedad civil”.
Notablemente, peligros como los que él señala son ajenos a las tradiciones radical-republicanas que aquí reivindico, y sí muy propios de la política kirchnerista que él sostiene. Para el kirchnerismo (y hay decenas de declaraciones presidenciales en ese sentido) la lucha política sólo se concibe a partir de una regla como la siguiente: “Si no les gusta lo que hacemos y quieren disputar las soluciones que proponemos, formen su propio partido político y gánennos las próximas elecciones”.
Aquí reside la trampa del argumento que se nos daba: Laclau oculta que la respuesta presidencial a piqueteros rebeldes, movimientos sociales críticos, caceroleros o grupos indigenistas ha sido siempre, recurrentemente, de modo central, exactamente, la que él objeta: la del reduccionismo liberal más reaccionario. En su condición de consejero presidencial, Laclau haría bien en advertirle a la Presidencia (no digo ahora, pero tal vez sí en un futuro viaje al país) las indeseables implicaciones que se derivan de asumir como propia, cotidianamente, esa fea postura liberal, reduccionista y reaccionaria.
La dificultad en juego en el planteo de Laclau es todavía más seria que la señalada, porque el filósofo parece no decidido a ver lo que tiene frente a sus ojos. Denuncia como riesgos hipotéticos del presidencialismo exagerado que defiende lo que son sus realidades actuales, pero al advertirlo se apresura a decir que en nuestra práctica no hay rastros de esos males de los que su teoría nos advierte.
Sostiene Laclau: “Evidentemente, la inversión alrededor de una figura líder tiene el peligro potencial de que esa figura líder se autonomice tanto respecto a aquellos que está representando que al final se corte el cordón umbilical que unía Estado con sociedad. Este peligro está allí, pero no creo que estemos muy cerca de sufrir en los países latinoamericanos; al contrario. Lo que se ha creado es una nueva relación, o se está creando una nueva relación, entre Estados y sociedad civil”. De lo que se trata, agrega, es de “administrar esta tensión potencial y tratar de crear formas articulatorias, formas hegemónicas, que vayan permitiendo sortear (este tipo de) peligros”.
Al respecto, lamentablemente, habrá que decirle a Laclau que no se apresure a huir de su propio argumento. El hecho es que, gracias al tipo de políticos y políticas que él favorece, la figura presidencial se ha autonomizado ya, y lo que es peor, dicha situación no favorece primordialmente al pueblo sino a los grandes grupos empresarios (desde la Barrick Gold a Cristóbal López o Monsanto), que ahora tienen el camino allanado. Para satisfacer sus intereses, les basta con presionar más sobre aquella figura a quien ellos (y no el pueblo) tienen llegada privilegiada y exclusiva. A veces les irá mal, muchas otras bien: para ellos, de lo que se trata es de seguir probando, de seguir mejorando las propuestas de colaboración con el poder. Penosamente, no es la misma la situación de desempleados, trabajadores en negro, obreros precarizados, campesinos expulsados con violencia de sus tierras, pueblos originarios maltratados. La autonomización que teme Laclau, justamente, es la que explica por qué es que el pueblo (sobre todo la significativa parte del pueblo que, aun simpatizando con partes de la gestión de la Presidencia, también la critica, en forma parcial o más completa) no encuentra ni obtiene nunca la posibilidad de interpelar directamente a la figura del Ejecutivo –insisto, nunca. La Presidencia no recibe a grupos de jubilados con críticas en la mano; a piqueteros decididos a hacer conocer sus reclamos; a caceroleros inquietos; a molestos líderes de movimientos sociales; a caciques de grupos indígenas reclamando por las tierras que les han sacado (todos ellos –que me lo desmientan con datos– sólo pueden ser recibidos si su objetivo es escuchar, aplaudir o aprobar alguna política ya fijada de antemano). Los grandes empresarios (o figuras del show business), en cambio, se reúnen a dialogar con la Presidenta cuando ella –como lo hace frecuentemente– los convoca a su lado.
La autonomización presidencial explica la discrecionalidad a la que nos hemos acostumbrado (cada día el pueblo se desayuna con novedades que desconocía y lo sorprenden), que simplemente radicalizan el estilo de decisión “en secreto y por sorpresa” que cultivaba el presidente Menem. Y la preferencia por recibir a empresarios antes que a piqueteros o jubilados o representantes de otros críticos grupos postergados ilustra, diría que sin fallas, los contenidos de las políticas presidenciales. Así, por caso, las preferencias por los bonistas, antes que por los jubilados; la sensibilidad hacia los intereses de las empresas megamineras, antes que hacia los asambleístas que protestan contra ellas; las iniciativas de ley sobre accidentes de trabajo, dedicadas a los empresarios antes que a los accidentados; el completo desinterés por los derechos de aquellos que trabajan en negro o en condiciones precarias; una política de medios que pretende trocar a un poderoso grupo empresario por otro de currículum menos extenso que su prontuario; la inexistencia, en la política oficial, de preocupaciones serias por los derechos de los pueblos originarios; la sistemática negativa a cumplir con los fallos de la Corte que le obligan a incrementar los pagos a los jubilados (en lugar de forzarlos a pelear por sus derechos, a su edad y con la fuerza que no tienen, desde Tribunales). No se trata de que no haya medidas virtuosas. Se trata de la cantidad de medidas reaccionarias e inconstitucionales que, desde hace años, se han  estabilizado y frente a las cuales el poder no quiere estar ni siquiera informado –por eso miente todas las cifras, por eso a tales reclamos no quiere escucharlos. Estos problemas, cruciales para cualquier versión emancipadora del constitucionalismo, desaparecen frente a los ojos del constitucionalismo oficial. Al respecto, lo mismo que vale para la Presidencia vale para Laclau: deficiencias políticas y legales como las señaladas, lamentablemente, de lejos no se ven bien, no se entienden, no van a solucionarse.
*Doctor en Derecho. Miembro de Plataforma 2012.