sábado, 27 de febrero de 2010

La Argentina malvinera

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Tras que éramos pocos apareció Malvinas. Siempre aparece, siempre vuelve. Es una letanía que ya poco tiene de reclamo real y sólo sirve para la vagancia intelectual de “nacionalistas” que prefieren recitar los versos que saben de memoria antes que ponerse a pensar un poco cómo es este mundo que nos rodea. La historia es compleja, la realidad es compleja, por eso el nacionalismo es una gran solución para quienes no toleran esa complejidad. Siempre el nacionalismo simplifica. Siempre. Como cuando grita “Las Malvinas son argentinas”. 

Malvinas para mi es un tópico ineludible y me obsesionan sus connotaciones y lo que ha costado. Aquí un artículo de Martín Caparrós, a quien admiro y también, muchas veces critico, pero siempre inteligente y feroz. Ya comencé a leer rabietas nacionalistas a raíz de este artículo.

Cali

La Argentina es malvina

Por Martín Caparrós, diario Crítica, 25.02.2010

Las Malvinas son argentinas es una gran frase. Es uno de los eslóganes de la patria y, al mismo tiempo, la síntesis de una idea de esa patria; las Malvinas son argentinas, dice: afirma una calidad teórica, sostenida por supuestos merecimientos históricos, que la realidad se empeña en desmentir. Y no dice las Malvinas serán argentinas, podrán ser argentinas, deberían ser argentinas; dice que lo son, porque está escrito en las tablas de la justicia históricogeográficopolíticoinmanente. Donde deben estar escritas también todas esas certezas acerca de lo maravilloso que es nuestro país –y sin embargo estamos como estamos. Las Malvinas son argentinas, dice, pero se ve obligado a decirlo porque –en la realidad pura y dura– no lo son. Una idea de la patria: como quien dice somos, siempre, lo que deberíamos ser, un supuesto futuro; somos lo que seremos –o lo que, al fin, no somos.

–Bueno, señor, hay que ponerse metas en la vida.

–Sin duda, mi estimado. ¿Y no podremos encontrar metas mejores? ¿Algo del image estilo la comida de los argentinos es argentina, la salud de los argentinos es argentina, la educación de los argentinos es argentina o, por sintetizar, los argentinos son argentina?

En estos días volvieron las Malvinas, y lo primero que me incomodó fue la causa aparente: el gobierno argentino protestó porque una empresa británica empezaría a explorar la posibilidad de petróleo en esa zona. Era un clásico caso de ahora se vienen a acordar: ese mismo gobierno lleva siete años manejando un país donde casi todo el petróleo es explorado y explotado por empresas extranjeras.

No sólo porque Carlos Menem –cuando Kirchner lo definía como “el mejor presidente que tuvo la Argentina”– privatizó YPF con la ayuda del señor gobernador y su señora legisladora, y los recompensó con los famosos 500 millones que siguen desaparecidos. Eso es historia antigua, de una época en que todos los que ahora dicen perro decían gato –y esperan que creamos que siempre ladraron. Pero no es necesario ir tan lejos: en 2008, en plena reforma kirchnerista, la Legislatura de Santa Cruz, perfectamente kirchnerista, extendió la concesión de la explotación de su petróleo a una empresa americana, la Pan American Energy, hasta el año 2047 a cambio de regalías muy menores. Y, mientras, el gas y el oro y la plata y el cobre y los demás recursos del subsuelo siguen en manos de empresas extranjeras que pagan impuestos ridículos y no necesitan un ejército de ocupación para proteger sus saqueos en San Juan, Catamarca, La Rioja, Chubut. Lo hacen cómodamente, bajo este mismo gobierno que, de pronto, se probó el traje nacionalista y le tiró de sisa: les quedaba pifiado que defendieran tan tenaz el petróleo distante cuando nunca defendieron el del patio de su casa.

Entonces a más de un mal pensado se le ocurrió que lo que querían era “malvinizar” la coyuntura. Malvinizar es uno de esos verbos argentinos específicos que pueden desaparecer durante años y después, de pronto, resurgir del arcón con renovados bríos: malvinizar sería “utilizar la reivindicación y la memoria de las islas Malvinas para desviar la atención de otros problemas más urgentes” –y su inventor, sin duda, el ínclito Galtieri. Quizás este gobierno haya querido hacerlo: no lo sé, y nunca me gustaron los juicios de intenciones. Quizá realmente en términos de derecho internacional era necesario protestar ante las prospecciones para mantener la causa viva en las cortes del mundo. En cualquier caso, las Malvinas volvieron a convertirse en arma arrojadiza de los debates politiqueros del momento.

image Pasa cada tanto –y nunca pasa nada. La soflama malvinera es una de esas recurrencias argentina, y lo que me gustaría averiguar es si se gasta. No termino de saber si la argentinidad de las Malvinas sigue siendo una reivindicación muy popular: si importa a muchos argentinos, o no les importa demasiado pero creen que no deben decirlo, o no les importa y lo dirían si se lo preguntaran. Es difícil saberlo: para empezar, están los muertos. Parece como si no se pudiera hablar, debatir este asunto porque hubo una cantidad de argentinos desafortunados que murieron allí, peleando bajo las órdenes del general Menéndez. Es el chantaje clásico: los muertos matan la posibilidad de discutir ideas, y convierten cualquier debate en un duelo de lealtades y traiciones. Y, aun si alguien cruzara esa barrera, se toparía con todo el aparato de la patria: decir no me importan las Malvinas –o, por lo menos, me importan mucho menos que otros cuarenta y cinco puntos en la lista– es exponerse a la cólera nacionaldivina.

Es probable, también, que a muchos les importe todavía: que tantas décadas de martilleo escolar sigan siendo eficaces, que una de las premisas ideológicas de la nación no se disuelva sólo porque el tiempo pase o la pobreza nos ataque o un general borracho haya creído que podía –y haya podido– usarla en su provecho. Yo también soy de esos que, chiquito, se compró todo el paquete cultural Próceres y Triunfos Argentinos; soy de los que recitaban convencidos que la bandera azul y blanca dios sea loado no había sido atada jamás al carro triunfal de ningún vencedor de la Tierra, y escribía poemas a Belgrano y San Martín y habría querido ser Sarmiento y fui, después, de esos que gritaban el final del Himno. Y, aún así, ya entonces la insistencia en la argentinidad de las Malvinas me resultaba sospechosa.

–¿Sospechosa? ¿Qué quiere decir con sospechosa?

–Sospechosa. Creo que quiero decir sospechosa. A veces me sucede.

Nunca entendí que nos importara tanto la posesión de 12.000 kilómetros cuadrados vacíos en el medio del mar cuando teníamos un millón de kilómetros iguales vacíos en el medio de la tierra, a los que nunca les hicimos ningún caso. Entonces me explicaron –muchas veces, me explicaron– que era un símbolo: que no podíamos permitir que una potencia colonial ocupara un territorio que nos correspondía por geografía y por historia. Por geografía parecía, por historia era raro: primero la pobló un francés, después la compró el rey de España, después el gobierno protoargentino la usó como tierra de destierro y terminó por dársela a un comerciante alemán, Vernet, a cambio de una deuda. Entonces vinieron los ingleses y la ocuparon –no muy distinto de cómo Rosas y Roca ocuparon la Pampa y la Patagonia, sólo que no tuvieron que matar a nadie. En ese punto te contestan con la legitimación del atropello más antiguo: el territorio ya había sido tomado por los españoles, así que nos corresponde, como todo lo que tomaron gracias a la bula del papa Alejandro Borgia. Y, de últimas, el recurso de la razón geográfica: sí, es cierto, pero las Malvinas están acá nomás, al lado nuestro. O sea: que la ocupación de territorios vale siempre y cuando sean vecinos, o algo así.

Pero menos entendía que nos insistieran en que esas islas lejanas eran nuestra deuda con la historia, en lugar de pensar que esa deuda era, por ejemplo, el tercer cordón del conurbano o las quebradas de la Puna o los bosques del Chaco –y sus millones de habitantes: las vidas de los argentinos son argentinas. Hasta que fui notando que el nacionalismo es un recurso que suele servir para que los habitantes de un país supongan que los culpables de sus desgracias son los habitantes de otro país y no los dueños del propio: que los causantes de nuestros males, digamos, son los piratas ingleses, no los ricos y gobernantes argentinos –que, por eso, suelen usarlo en sus momentos de menos cariño popular, para calmar las aguas o, por lo menos, desviar las olas.

En estos días volvieron las Malvinas. Supongamos que siempre fueron, más que nada, un símbolo: la forma de decir no vamos a dejar que nos ocupen otros, que nadie nos mande –lo cual sonaba particularmente curioso, levemente vacuo en esos largos períodos en que nuestros gobiernos cumplían las órdenes de Londres o de Washington sin dejar de agitar el eslogan. Pero, de todos modos, era un símbolo casi puro, sin ninguna utilidad concreta; ahora, de pronto, su carácter simbólico se completó –¿se complicó?– con uno fuertemente material: resulta que sirven para algo, que pueden ofrecer dinero so forma de petróleo. Es, quizás, un momento nuevo en la historia malvinera. Que llega cuando, a fuerza de repetir slogans como ése de que las Malvinas son argentinas, terminamos por conseguir algo muy parecido o lo contrario: que la Argentina sea malvina; que se haya vuelto un territorio ajeno, lejano de sí mismo, una mera construcción simbólica que nos sirve para muy poquito. Ser argentino significaba algo cuando significaba que, por serlo, uno tenía derecho a todas esas cosas –una vida, salud, educación, comida–; si no es eso, no significa casi nada: una vez más, un símbolo vacío.

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martes, 23 de febrero de 2010

Un trozo de este siglo y del otro

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Hace poco hice un par de visitas a Jazz & Pop, un boliche (bah!, un sótano) que para mi tiene una connotación especial porque en los 70s  y 80s era un reducto donde tocaron muchos de los monstruos que en esa época visitaron a la Argentina. Yo leía las crónicas de esas zapadas post-conciertos a través de las revistas en Rosario. Luego Jazz & Pop cerró. Ahora, en esta nueva etapa, me dispuse a disfrutar de una cartelera que cubre todo el verano. Así, cualquier noche uno puede disfrutar de buena música, como estar en un ensayo, en ese ambiente “cálido y húmedo” como sólo un buen sótano puede ofrecer.

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Uno de los gustos que me di en este verano de Jazz & Pop es haber podido escuchar a Javier Martínez, a quien nunca antes había visto en vivo. En formato de trío, a lo Manal, me despaché con una noche de Javier Martínez y sus blues, en un sótano húmedo en una noche porteña más húmeda aún, como debía ser. Hasta con el agregado que hubo que bajar el volumen porque lo vecinos se quejaban!

Javier Martínez es un “hueso duro” dentro del panorama musical nacional, una leyenda, un músico y poeta cuya figura se agranda con el tiempo.

Hace un tiempo puse la data de “Avellaneda Blues”. Si tuviese algún sentido un ranking así, Avallaneda Blues estaría entre las diez mejores de la historia de la música argentina. En aquella entrada no puse el tema porque no contaba con la maquinita “goear”. Ahora va:

Aquí un programa dedicado a este increíble Javier Martínez

Para terminar, el trailer de “Argentina Beat”, y ahí está Javier Martínez.

sábado, 20 de febrero de 2010

SUBE, pero casi ni se nota

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Vengo siguiendo este tema que representaría una mejora importante en el transporte público de pasajeros en el área metropolitana, donde cientos de miles de usuarios diariamente son transportados por algún medio. Hacerle la vida más sencilla a la gente debería ser prioridad de cualquier gobierno. Esta idea llega demorada, a la saga de la iniciativa de las empresas del sector, pero más vale tarde que nunca. 

La iniciativa, razonable y necesaria, sufrió de esa patología típica de la dirigencia política argentina: hacer anuncios de cosas imposibles de cumplir, sumando frustración y descreimiento. Dando plazos más ciertos y con un conocimiento más acabado del sector, se ganaría en confianza y se mostraría al Estado Nacional al comando de algunas cosas.

El sistema del boleto electrónico único, SUBE, según la denominación hecha por el gobierno, funciona hasta ahora sólo en aquellos sitios en donde ya existía la “subtecard” y la más amplia llamada “monedero”. Ahora ambas funcionan de manera asociada. Esto muestra que el sistema es factible, aunque la fantasía de los plazos anunciados por la propia presidenta han quedado al descubierto, como no podía ser de otra manera. También el gobierno debió modificar su actitud de manejar el sistema, no sólo por os resquemores que eso generó, sino que no tiene sensatez meter al estado a gestionar lo que ya funciona y puede tener sus propios mecanismos de autocontrol. En fin, el sistema terminará por imponerse, si no se hacen más macanas.

Hace poco fui a cambiar mi “subtecard” por la tarjeta “monedero” porque suponía que tenía ésta una cobertura mayor. Me informaron entonces que mi subtecard ahora también sirve para las líneas de ferrocarril, peajes y las líneas de colectivo que ya tienen colocado el sistema de la tarjeta monedero. Este es un ejemplo que el propio sector desea desarrollar un sistema único de pasajes y que las distintas empresas lo pueden hacer de manera eficiente.

Si la iniciativa del gobierno avanza, se supone que deberá ampliarse este servicio a la totalidad de los transportes públicos en el área metropolitana y hacerse más rápidamente. Eso si deja de lado los fuegos de artificio y se dedican a hacer las cosas. Perdón por el énfasis, pero sucede que es sólo un botón de lo mucho que debe hacerse en algo tan esencial para la calidad de vida como es el transporte. En estas cosas es donde se pone en juego el declamado “progresismo”.

Pongo un fragmento de una nota de fin del 2009 en lo que se repasa un balance de las promesas gubernamentales del año pasado.

Seguiré. 

 

promesa oficial incumplida

Termina el año sin el SUBE

La Presidenta anunció en febrero el boleto electrónico y para esta fecha debería estar funcionando a pleno. Intereses varios lo frenaron. 

Julieta Tarrés, diario Crítica, 28.12.2009

A prueba. De las 370 líneas de colectivos de la zona metropolitana, el pago con tarjeta se aplica sólo en seis.

El Sistema Único de Boleto Electrónico (SUBE) sigue congelado. Seis meses después de que el destituido secretario de Transporte Ricardo Jaime lo pusiera en marcha, el 22 de junio, el servicio sólo funciona en seis de las 370 líneas de colectivos, en el ferrocarril Urquiza y en las cinco estaciones del subte y premetro. Cristina Fernández de Kirchner había prometido en febrero pasado que el sistema iba a estar listo antes de que terminara el año.

En el Gobierno culparon de la demora a las cámaras de autotransportistas de pasajeros y a los concesionarios ferroviarios. “Los empresarios del sector querían el control directo de la recaudación diaria de los pasajes y entorpecieron la implementación”, explicó a este diario un allegado a Schiavi. Durante ese tiempo se distribuyeron tarjetas magnéticas, aunque no se instalaron máquinas nuevas en ómnibus y trenes. En Nación Servicios prometieron avances entre enero y febrero. Un puñado de pymes argentinas participarán de la nueva licitación del Estado antes de marzo para fabricar 7.500 de los 17.500 equipos que necesita el SUBE para funcionar a pleno en el área metropolitana.

Tras los insistentes reclamos de los propietarios de empresas de colectivos y trenes, el 17 de diciembre pasado finalmente el Gobierno aceptó el acuerdo propuesto por los privados: la recaudación y los recursos del SUBE se “coadministrarán”. Para que la instalación y la puesta en marcha del sistema avance, la gestión será compartida y la canalizará el Banco Nación, desde la división Nación Servicios.

Las dos partes suscribieron un convenio la semana pasada en el que se aclara que los dueños de los colectivos “coadministrarán, monitorearán y tendrán el control online” de los 900 millones de pesos mensuales promedio que movilizará el SUBE cuando funcione a pleno.

Según Claudio Kramer, director de Cámara de Industrias Electrónicas (Cadieel) la pelea por la recaudación generó más demoras de las esperadas. “Ahora, en estos meses, probablemente haya avances. El sistema está bien encaminado, pero quedan fases por resolver. La licitación que Transporte tiene que abrir para que participen empresas pyme es un ejemplo”, contó a Crítica de la Argentina el director de la entidad que agrupa a firmas nacionales fabricantes de lectores y monederos para el transporte público.

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Los empresarios de las pequeñas y medianas empresas del país, que quedaron afuera de la primera etapa licitatoria, esperan ansiosas las bases del próximo concurso oficial para participar del SUBE. Y para eso trabajarán contrarreloj todo el verano.

“Nos informaron que en cualquier momento van a abrir la licitación para que las pymes argentinas participemos”, adelantó Javier Tomadoni, gerente general de CoinControl. En los próximos seis meses, Schiavi se comprometió a que las empresas pongan en funcionamiento las 10 mil máquinas que quedaron por instalar de la primera etapa y las 7.500 que les proveerán las firmas nacionales. “Antes de julio de 2010, el sistema completo estará funcionando”, prometió el mes pasado el secretario de Transporte.

A la segunda licitación, de la que participarán sólo pymes (al menos así lo aseguró Ángel de Dios, director de Nación Servicios), se presentarán sólo cinco firmas: Expendedoras, CoinControl, Laser Argentina, Cooperativa Industria CRV y DCM Solutions. Según fuentes oficiales, se les exigirá un patrimonio neto de base que demuestre que van a poder afrontar el costo y el tiempo de entrega del servicio al que se comprometerán.