viernes, 29 de agosto de 2008

La dama futurista


Creo que la primera vez que leí el término “multimedia” se refería a ella. Hasta que la pude oir y ver no sabía lo que eso significaba. Luego vi muchas cosas “multimediáticas”, pero la misma palabra no tiene nada que ver entre Laurie Anderson y el ciber tutti fruti.


Una nota sobre ella y al final un video histórico de comienzos de los ’80.


Cali

La evolución constante de una dama futurista



Este miércoles y jueves, la artista estadounidense presenta Homeland en el teatro Gran Rex de Buenos Aires. Todo un privilegio para mentes abiertas


Sábado 23 de agosto de 2008

Por Leonardo Tarifeño

De la Redacción de LA NACION


Al menos en la Argentina, hubo un tiempo en el que escuchar a Laurie Anderson, ponerse una camiseta con la tapa de Big Science o calzarse los auriculares de un walkman para someterse a la fascinante monotonía de "O Superman" eran gestos que mostraban una manera marginal e inquieta de entender el mundo, una contraseña cultural que liberaba a sus seguidores del ya por entonces limitadísimo corsé del rock.


Descubierto de manera masiva a principio de los años 80, el extraño e indefinible arte de Anderson trascendía la música, hundía sus raíces en la literatura de William S. Burroughs y Thomas Pynchon, jugaba con una poesía que remitía al Tao Te King y a las aventuras de la NASA y, sobre todo, proponía un paisaje electrónico que convertía a Kraftwerk, D.E.V.O y la Yellow Magic Orchestra en aprendices torpes y burdos. El vuelo minimalista de Big Science (1982) y Home of the Brave (1986)sugería que el futuro empezaba a acercarse, y el reto de esa novedad impostergable exigía una mirada también nueva, desprejuiciada y atenta, una amplitud de miras que por entonces asomaba con cuentagotas en las artes con las que esta artista inclasificable creaba una experiencia sensorial a mitad de camino entre la performance y lo que hoy se llama spoken word . Con humor del bueno y una ternura rara pero ternura al fin, sus shows desmentían el hiperintelectualismo que podía olerse en sus discos y multiplicaban la riqueza de su personalidad, en la que cabían desde la crítica de la incomunicación global hasta la siempre divertida crónica de sus asombros. Ahora, a 25 años de la aparición de Big Science , Laurie Anderson regresa a la Argentina para presentar Homeland , su último y prometedor espectáculo. Tal vez no haya nadie mejor que ella para pensar los múltiples sentidos actuales de la palabra "evolución", ni nada mejor que su trabajo para medir y valorar los resultados de la amplitud de miras contemporánea que ella misma contribuyó a crear.


De hecho, se puede ver la trayectoria de Laurie Anderson como una invitación permanente a borrar fronteras. Nacida en 1947 en Glen Ellyn, en el estado de Illinois, formada en Historia del Arte y surgida en la escena de la performance neoyorquina de los años 70, irrumpió en la galaxia pop en 1981, cuando su single "O Superman" alcanzó un inesperado segundo puesto en los rankings británicos. La canción, construida como un cover del aria "` Souverain, ô juge, ô père" de la ópera Le Cid de Jules Massenet, combinaba ecos de Steve Reich y Terry Riley con frases extraídas del contestador automático de las oficinas del Correo de Estados Unidos. En teoría, lo más alejado del universo de los éxitos de discoteca, donde por esos mismos años brillaban "Bette Davis Eyes" de Kim Carnes, "In the Air Tonight" de Phil Collins y "Tainted Love" de Soft Cell. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el aliento experimental de "O Superman" eliminó los límites entre osadía artística y producción fabril de hits , y abrió un horizonte imprevisto para la música minimalista, consolidado dos años después por Philip Glass con la banda de sonido de Koyaanisqatsi .

A partir de entonces, la historia personal de la principal multimediatrix del arte contemporáneo se transformó en una fábrica de ideas y conductas estimulantes. Devenida celebridad electrónica, se instaló en una comunidad amish , donde la tecnología no existe. Preocupada por vivir dentro de un gueto esnob demasiado estrecho para su gusto, comenzó a trabajar en McDonald s para evitar convertirse en aquello que su medio esperaba de ella. Y coherente con su fama de mujer futurista, desarrolló en canciones y espectáculos la que fue la primera y única residencia de un artista en la NASA. "En el fondo, me considero una antropóloga -ha dicho para Smithsonian Magazine -; y por eso trato de salir de mí misma. Normalmente veo el mundo primero como artista, segundo como una neoyorquina y luego como una mujer. ...sa es una perspectiva de la que trato de escapar". Su huida incluye llegar donde nadie estuvo, la orilla en la que el arte crece más allá de las categorías y definiciones que intentan explicarlo y terminan por reducirlo.


En Homeland , la creadora de Mr. Heartbreak (1984) y el delicado Strange Angels (1989) mantiene el espíritu íntimo de sus shows más recientes, definitivamente contrapuesto a los efectos multimedia de Home of the Brave y a la magnificencia sonora que alguna vez le regaló el guitarrista de King Crimson, Adrian Belew. Se trata de un espectáculo consagrado a la palabra, muy orientado a la visión política, en un camino marcado por el humor, los sueños y los delirios de grandeza de Estados Unidos. "Si tuviera un mensaje, lo escribiría y se lo mandaría por e-mail a todo el mundo", ha dicho Anderson, tal vez para dejar en claro que la luz de su trabajo se enciende con imágenes y no a través de las ideas. Su evolución personal la lleva a un lugar solitario en el que predomina la palabra, entendida como una extensión de la música y espejo de la imagen. Mientras tanto, a más de dos décadas de su aparición, el impacto de su obra da en el blanco de un tiempo con poco y nada que ver con aquellos primeros años 80. Hoy, la vanguardista técnica cut-up implementada por William Burroughs es cosa de todos los días entre los músicos que samplean sonidos (como la propia Anderson) o "cortan y pegan" sobre una bandeja de DJ; cualquiera puede colgar los latidos de su corazón en una página web como MySpace o Facebook (una versión global del "Listen to My Heartbeat" que Laurie ensayaba sobre su violín de arco de cinta, en Home of the Brave ) y costuras electrónicas similares a la que "O Superman" presenta sobre el aria de Massenet se practican en toda computadora personal equipada con ProTools. La evolución científica desnuda la intimidad técnica de los discos de Laurie Anderson y demuestra que, en el siglo XXI, la diferencia la marca el chispazo de audacia e inteligencia que sólo el artista verdadero es capaz de generar. Del lado del público, las cosas parecen haber cambiado menos. Tal vez el corsé del rock apriete todavía más, pero quienes ven el mundo desde una mirada marginal e inquieta saben que aún tienen a una cómplice mayor en aquella que durante por lo menos 25 años no ha hecho más que trascender la música, jugar con la poesía, y ampliar y enriquecer el sentido de la palabra "evolución". Hoy, como ayer, el futuro vuelve a estar aquí. El arte sin límites de Laurie Anderson no para de comprobarlo.


Una creadora multidisciplinaria



* Laura Phillips Anderson nació el 5 de junio de 1947, en Glen Ellyn, Illinois. En su adolescencia buceó en diferentes formas artísticas de expresión, como la escultura, y sólo a fines de los años 60 realizó su primera performance: una sinfonía para bocinas de automóviles.


* Durante los años 70 realizó varias grabaciones y performance vinculadas con la avant-garde neoyorquina y a fines de la década inventó el primero de una larga lista de instrumentos: un violín de arco de cinta, con un cabezal magnético en lugar de cuerdas y una cinta de audio en lugar de las cerdas del arco.


* En 1981, la figura de Anderson se hizo mundialmente popular gracias al éxito que logró su canción "O Superman", especialmente en Gran Bretaña, donde alcanzó el puesto dos de los rankings y fue promovido por el influyente DJ inglés John Peel. El tema fue incluido en su primer álbum oficial para Warner Music, Big Science (1982). Luego llegarían Mister Heartbreak (1984), la banda sonora de la película que también dirigió, Home of the Brave (1986), Strange Angels (1989), Bright Red (1994), The Ugly One with the Jewels (1995) y Life on a String (2001), entre otros. En sus discos han colaborado figuras como Peter Gabriel, Brian Eno, Jean Michel Jarre o Lou Reed, el ex líder de la banda The Velvet Underground con quien se casó hace cuatro meses.


* Entre sus espectáculos multimedia se destacan United States I-V (1983), Empty Places (1990), The Nerve Bible (1995), Songs and Stories for Moby Dick -con el que realizó una gira internacional en 1999 y 2000-, The End of the Moon (2004) -con el que llegó a Buenos Aires en 2005 para abrir el 5 Festival Internacional de Buenos Aires- y Homeland -que presentará en el país esta noche y mañana, en el teatro Gran Rex-.


* Sus obras visuales se exponen en reconocidos museos de los Estados Unidos y Europa, como el Guggenheim de Nueva York. En 2003, el Museo de Arte Contemporáneo de Lyon, Francia, produjo una retrospectiva de su trabajo titulada The Record of Time: Sound in the Work of Laurie Anderson , que incluyó instalación, audio, instrumentos, video y arte objetos.


* Como compositora ha aportado temas para películas de Wim Wenders ( Faraway, So Close , 1993) y Jonathan Demme, piezas de danza de Bill T. Jones, Trisha Brown y Molissa Fenley, además de crear la partitura para la producción teatral de Robert Lepage Far Side of the Moon . Su trabajo para orquesta Songs for A.E ., se estrenó en el Carnegie Hall en febrero de 2000, interpretada por la Orquesta de Compositores Americanos, y después se presentó en Europa con la Orquesta de Cámara de Stuttgart, conducida por Dennis Russell Davies.


* Reconocida mundialmente como una líder innovadora en el uso de la tecnología en las artes, Anderson colaboró en el Interval Research Corporation, un laboratorio de investigación y desarrollo creado por David Liddle y Paul Allen, cofundador de Microsoft, para explorar nuevas herramientas creativas.

* Sus reconocimientos incluyen los premios Tenco de San Remo, Italia, por mejor composición (2001), y Deutsche Schallplatten, por su grabación Life on a String , además de apoyos financieros como el de la fundación Guggenheim. Estuvo comisionada para crear una serie de instalaciones audiovisuales y la producción de alta definición Hidden Inside Mountains , para la Expo Mundial 2005 en Aichi, Japón.


* En 2002 Anderson fue designada la primera artista en residencia de la NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio), de Estados Unidos, experiencia de la que surgió su performance The End of the Moon .



sábado, 23 de agosto de 2008

Cansado

Luego del derrumbre en cadena de todas las mentiras sobre las que se construyeron las ideologías del siglo pasado, me resultó siempre preocupante y penoso esas personas portadoras de un pensamiento “progre” sensiblero, pero patético a la hora de traducirse en acción individual cotidiana o de mayor pretensión.

Cada tanto me topo con alguno de esos especímenes que llevan esa caricatura a cuestas a niveles extremos, quienes andan decodificando el mundo con un código obsoleto e imposible de homologar con la sensatez. La estupidez no reconoce fronteras ni ideologías. Eso está claro. El problema es que la zoncera disfrazada de solidaridad y de categorías sociales e ideológicas mentirosas puede ser muy dañina.

Confieso que escribo esto sintiéndome cansado. Cansado de escuchar la sanata y los discursos truchos de los “progres”. Me cansan porque supuestamente son “ellos” los que están de mi lado y suelo tenerlos cerca mío. A veces compartiendo una mesa. Y me hablan como si yo pensara igual que ellos!

La palabra clave es “cansado”. Cansado de las gansadas que escucho todos los días de parte de políticos inoperantes y de montones de periodistas y bienpensantes que con su zoncera y miopía alimentan la maquinaria que nos mantiene paralizados y en situación agonizante a la mayoría.

Esto sucede en todas partes, pero me refiero al fenómeno local, que tiene sus particularidades y son las que tenemos que desentrañar, y en lo posible superar, nosotros sólos.

En relación a esto, Martín Caparrós me ha sorprendido y ha sido un hallazgo de los últimos años. Lo conocí haciendo TV o radio antes que escribiendo. Confieso que entonces me resultó soberbio e insoportable. Luego descubrí que como escritor desplegaba una dimensión que en otros medios no transmitía. Caparrós hoy es uno de los más lúcidos y arriesgados observadores de la
Argentina. No hay concesión en su mirada y por eso, les molesta a los progres. Porque criticar a ciertos gobernadores feudales de ciertas provincias es bastante fácil, el tema es mirar el centro de nuestro ser argentino y, en particular, el ser “progre”. Ahí empiezan a saltar chispas. También debo señalar que tengo en la “protohistoria” una diferencia sustancial con su pensamiento, espero encontrar “ese” artículo alguna vez para sacarlo a luz otra vez.

Volviendo al punto, quiero destacar este artículo que muestra que Caparrós con su "cansancio" hace un sano ejercicio del decir “basta con el verso”. Esta vez metiéndose con algo central para los “progres” argentinos: el peronismo.

Cali


¿Peronismo?

El peronismo, si existiera, sería como dios: el responsable de este país-desastre. Es una suerte que no exista.

Por Martín Caparrós
15.08.2008


Siempre pensé que si fuera fiel ferviente seguidor de un dios me dedicaría más que nada a negar su existencia. Haría de todo: expondría sus contradicciones para desprestigiarlo, le lanzaría desafíos para menoscabarlo, difundiría novedades de la ciencia para desmentirlo, me pelaría el upite para que nadie creyera que Él existe. Todo por Él, para Él, de puro feligrés. Es que hay autorías que es mejor negar: como si alguien pensara en defender la influencia de Bilardo en la invención del antifútbol, de Tinelli en el estilo de la televisión criolla, del comisario Lugones en la renovación de los sistemas de tortura. A nadie se le ocurre. De la misma manera, si yo creyera que un dios –mi Dios– es responsable de este mundo de mierda, lo negaría por todos los medios: trataría de evitar que lo hicieran responsable de este desastre que vivimos. El verdadero creyente simula ser ateo –como yo-, y eso hace que los ateos seamos siempre sospechosos.


Digo, porque el amigo Artemio López me escribió hace unos días en estas páginas que hay que "asumir sin rodeos que la única 'identidad política realmente existente' es el peronismo, justicialismo o como quieran llamarlo, da igual. Lo lamentamos, entre otros, por el compa Caparrós, al que sabemos algo agobiado, pero Todos Peronistas es la consigna del momento", dice, celebra. Me preocupo por él: si yo fuera fiel ferviente peronista me dedicaría más que nada a negar su existencia, disimularla, minimizarla todo lo posible. El peronismo ha gobernado 18 años de los últimos 20 y lleva más de medio siglo como la fuerza política decisiva en la Argentina. El peronismo, si existiera, sería como dios: el responsable de este país-desastre. Es una suerte que no exista.

–Ah, me va a hacer la del ateo. Ya decía yo que al final usted era peroncho.

–No, no se confunda.

–Vamos, peruquita, peronio. ¿Qué se cree, que me va a tomar por pelotudo?

Cristina K. lo había entendido en su discurso inaugural. Entonces fue una peronista astuta y no dijo ni una vez –ni una vez sola– la palabra peronismo. Pero después se asustó y se le pasó, volvió a esas fuentes cual cántaro cantarín. Y ahora, de nuevo, dale con el bombo.

Pero el peronismo ya no existe. No existe por pura falta de sentido. Si una palabra no significa nada –si no se sabe qué significa, si significa demasiadas cosas, esa palabra no funciona y tiende a desaparecer. Si perro quisiera decir mamífero carniza de ojos tristes, engaño socarrón, adolescente que ese día se quedó sin plata, cuarto planeta del sistema solar de la vigésima de Andrómeda, la hojita que al caer produce en su refrote contra el suelo un chistido que recuerda vagamente al canto gregoriano, el segundo órgano sexual, empleado perserverante, atropello violento con los codos y venticuatro más, nadie diría perro porque no está diciendo nada. Hablar es poner en acto un pacto: yo digo uch y vos sabés que uch significa más o menos uch; para que una palabra sirva tiene que significar poquitas cosas. Peronismo no cumple con este pacto: con éste tampoco.

Una designación política que designa, según lugares y momentos, a un general populista nacionalista macartista o una guerrilla socialista nacional o unos privatizadores liberales proyanquis furibundos o unos caudillos provinciales hambreadores clientelistas o unos conservadores populares sin demasiado pueblo o unos socialdemócratas demócratacristianos redistribuidores que no redistribuyen y tantos tantos otros; que nombra al mismo tiempo a Menem Duhalde Cafiero Scioli Kirchner Kirchner Rodríguez Sáa Firmenich Moyano Duarte Reutemann D'Elia Favio Iglesias Walsh designa tanto que no designa nada. Un movimiento o partido que puede ser tantas cosas es tan confuso que no es nada: no existe.

Pero ellos tratan de hacernos creer que sí: todavía suponen que les interesa, les conviene. El peronismo es un engaño, un arma: les sirve a los autodenominados peronistas para convencernos de que son parte de lo mismo y, por lo tanto, los demás deberíamos considerarlos como un todo, votarlos como un todo, temerlos como un todo. El peronismo, al final, es el 60: una línea de colectivos que en realidad son muchas. Todas tienen el mismo color, el mismo número, pero una va a Tigre, otra a Escobar, una va por Ayacucho, otra por Libertad, y todas se pintan igual, aunque sean tan distintas. Así lleva a sus clientes, entregados, apiñados, a cualquier lado, el peronismo.

Los autodenominados peronistas lo saben pero no quieren reconocerlo, claro. Entonces te dicen que el peronismo existe y se define porque los autodenominados tienen en común su voluntad de poder, su sapiencia en el logro y uso del poder. Es cierto: el poder político suele usarse para organizar sociedades de tal o cual modo; ellos en cambio organizan sociedades del modo que sea necesario para tener poder. Pero si el peronismo es eso entonces llamémoslo nietzschismo o ambición o codicia.

O están los autodenominados que conceden que el peronismo, claro, no es una definición política pero sí un sentimiento. Siempre pensé que la política no era un sentimiento sino un modo de conseguir que más gente viva mejor –o peor, según quién y cómo se ejerce. Y que es un conjunto de decisiones, de entusiasmos, de procedimientos, de entrega y de inteligencia. Pero decir "un sentimiento" es evitar cualquier discusión política: no tienen que explicar a quién representan, cómo, para qué, a quién tratan de beneficiar o combatir: no, alcanza con hablar de tradiciones y sensaciones y los que no lo entienden son amargos, gorilas o intelectualosos. Es curioso que hayan podido currar tanto tiempo, compañeros autodenominados, con pavada semejante. Y que tantos sigamos aceptándolo.

Por ahora, la mayor muestra del poder del peronismo es que creamos que existe, y que sigamos usando esa palabra. Eso es lo curioso: para los demás, para lo que no lucramos con esa palabra, decir peronismo, hablar de peronismo, es una debilidad, una concesión. ¿Por qué tenemos que darles el changüi de seguir aceptando que existen, que son uno, cuando todo muestra que no es cierto?


Quizás algo podría cambiar, en la Argentina, si dejáramos de hacerles el favor de llamarlos como ellos dicen que se llaman, si decidiéramos no usar esa palabra que no sirve como palabra porque designa cualquier cosa, que sólo les sirve a ellos para buscar poder, y empezáramos a llamarlos por sus diversos nombres. Algo podría cambiar, insisto, si tratáramos de llamar, alguna vez, las cosas por su nombre.

lunes, 18 de agosto de 2008

Digamos Basta

La historia es así, por eso de estar quebrado, me dijo, un poco riéndose, “por qué no lees el libro tal?” …y se trataba de uno de esos libros de autoayuda terribles, pero me dijo que lo tomara sin prejuicios, que valía la pena. Era una voz autorizada. Bien, aceptado.


Voy a la librería, y cuando nadie podía escucharme ni verme, le digo al vendedor “¿tenés el libro tal?” Entonces se dirige a esa terrible biblioteca cargada de libros con el título gigante “AUTOAYUDA” y saca de ahí un ejemplar. Lo agarro y huyo corriendo hacia terrenos más conocidos, busco rápido algo que compense y encuentro un libro pequeño (tampoco estaba para jugarme en grandes gastos a las apuradas), “Digamos Basta” de Alejandro Carrió, a quien ubico por ser presidente de la Asociación por los Derechos Civiles (ADC), así que dije, “éste”. Entonces sí, voy a la caja y me dispongo a pagar con el libro de Carrió colocado estratégicamente encima del innombrable. Así de simple y prejuiciosa es la razón de cómo llego a este libro.


El libro es por momentos, simple, y en otros, simplón. Transita por los lugares obvios de nuestra tradición violatoria de la ley. Es políticamente correcto y aún en sus opiniones más jugadas, encuentro coincidencias. Pero es superficial y, en algunos párrafos, faltaría un poco más de fundamentación. Aún así, quiero compartir este fragmento (Ah!, el innombrable no me sirvió para nada!).


Cali


Alejandro Carrió: Digamos "basta" si queremos ser serios



Cerca de mi casa, en la zona de Buenos Aires que rodea al campo municipal de golf, las autoridades comunales tuvieron la feliz idea de inaugurar lo que se conoce como una "bicisenda". Se trata de un recorrido más bien corto, pero geográficamente agradable. De un lado están los bosques de Palermo, del otro un club de tenis.


La idea, supongo, fue consagrar un sendero donde los ciclistas pudiéramos circular sin riesgo de polución ni de las agresiones propias del tránsito porteño. Muy visibles carteles ordenan a los automovilistas no ingresar a la bicisenda. El clásico dibujo de un automóvil cruzado por una franja roja señala de manera inconfundible esa prohibición. Su contracara, claro está, es el derecho de los ciclistas a un espacio sano y seguro. Fácil, ¿no?


En realidad, no. La prohibición de circulación a automovilistas fue ignorada por éstos desde un comienzo, de manera absoluta. Tal vez el "error" de esta bicisenda fue hacerla demasiado ancha, de modo de brindar a los conductores de autos el espacio suficiente para ingresar y circular por ella. A juzgar por la velocidad de los autos, la bicisenda se convirtió más bien en un atajo.


Los "avivados" (la capacidad de nuestra sociedad para producirlos parece inagotable) vieron en estos caminos reservados para ciclistas su oportunidad de evadir el tráfico. He sido, en sentido estricto, víctima y testigo de este crimen. Los autos han pasado casi pegados a mi humilde bicicleta, produciéndome una sensación cercana a la de una bandera al flamear. Mis señas e indicaciones a los ocasionales conductores, cuando no algún insulto, jamás sirvieron de nada. Hasta me pareció ver en ellos alguna jactancia al "salirse con la suya", frente a la estéril prohibición.


Pero al tiempo llegaron los buenos (nuestras autoridades municipales) para poner coto a esta situación de ilegitimidad. ¿Qué hicieron? Construir los llamados "lomos de burro", espaciados más o menos cada diez metros, para evitar los excesos de velocidad.


El resultado ha sido, a las claras, patético. Los autos siguen utilizando la bicisenda y con ello continúan violando la prohibición. Los lomos de burro, por su parte, molestan mucho más a los ciclistas que a los conductores de autos, que sólo han visto frustrados sus deseos de ir más rápido, para "ganar tiempo". Y no del todo. Los magníficos vehículos 4 x 4, que pululan en nuestra ciudad como si toda ella fuera una especie de ámbito rural, acometen los lomos de burro sin que a su conductor siquiera se le desordene el jopo. Qué bueno es el avance tecnológico, ¿no?


Esta pequeña historia es algo más que un racconto de mis frustraciones como ciclista amateur. Es un ejemplo del lugar que ocupa la ley en nuestra sociedad, de la reacción de nuestros gobernantes ante las transgresiones a ella y, básicamente, del inocuo sentido de las prohibiciones.

Empecemos por lo más simple. Por razones que este ensayo tratará de desentrañar, parece claro que en nuestra sociedad no hemos incorporado en absoluto la idea de que una prohibición es, por sí sola, razón suficiente para que dejemos de hacer aquello que aparece vedado.


La expresión anglosajona It's against the law ("Es contra la ley"), que es frecuente ver en carteles o calcomanías en los Estados Unidos, resume una idea fuerte que diferencia, a mi entender, la idiosincrasia de estos dos pueblos. Entre nosotros, sinceramente no creo que frente a una prohibición tengamos incorporado una suerte de mecanismo automático de autorrestricción. Es más bien lo contrario. Frente a la prohibición, tendemos a indagar qué posibilidad hay de no ser enteramente alcanzados por ella, o bien buscamos alguna persona "amiga" (si es un funcionario, tanto mejor) que nos ayude a eludirla impunemente. También tendemos a cuestionar la utilidad de la prohibición, de manera de poder justificarnos en su incumplimiento. En suma, la ley, por sí misma, no nos dice demasiado.


Más grave todavía, la ley tampoco le dice nada al funcionario que debería regirse por ella. Claro que aquí los travestismos son de diversa índole.


El más profundo, pues revela una enfermedad que arrastramos desde hace décadas, es que ningún funcionario piensa seriamente que la ley se le aplica a él como a cualquier otro. Los funcionarios genuinamente creen, por ejemplo, que pueden estacionar sus vehículos en cualquier lado, y también que con su cargo tienen incorporadas a la manera de las propinas de los acomodadores de cine- una serie de prebendas que sería hasta ingenuo no aprovechar. Un amigo diplomático que estuvo varios años en la Embajada argentina en Washington me contaba, horrorizado, la siguiente práctica de los años 90. Algunos de nuestros políticos, integrantes de esas numerosas comitivas que nos caracterizan, arribaban a Washington para algún evento acompañados de infaltables asesoras (a las que nunca se las vio asesorar en nada). Para guardar las formas, la reserva en el hotel para la "asesora" era hecha en una habitación separada a la del funcionario a quien acompañaba. Sólo que luego ("obvio", como dicen los adolescentes) ambos ocupaban una sola. Y aquí viene lo increíble. En razón de la no utilización de la habitación extra, mi amigo era preguntado acerca de la posibilidad de que el hotel extendiera un voucher, para usar esa habitación libre en algún futuro viaje. Ante la respuesta de mi amigo de "eso es imposible", el funcionario consideraba que absolutamente nada se había perdido con preguntar.


Es que para muchos de nuestros políticos, la igualdad ante la ley es un principio que, en el mejor de los casos, rige sólo para el ciudadano común. El caudillismo, con su origen histórico en el feudalismo, de lo que me ocuparé más adelante, tiene a mi juicio bastante que ver con esta idiosincrasia. ¿O acaso el ex presidente Menem no hizo gala de haber surcado la Ruta 2 en dirección a la costa atlántica con su Ferrari a una velocidad supersónica? ¿Resulta siquiera imaginable la escena de un policía parando al entonces primer mandatario para multarlo, y a Menem aceptando que, como habitante de la Nación, él también es un súbdito de la ley?

Esta reflexión nos conduce al segundo travestismo, que se relaciona con mis ya relatadas penurias como ciclista. Creo que nuestro Estado, como comunidad supuestamente organizada, muestra una gran incapacidad para hacer cumplir las leyes que el mismo Estado sanciona. Quizás no sea por casualidad, por ejemplo, que la palabra sajona enforcement no resulte de fácil traducción a nuestra lengua. Por enforcement puede entenderse la disposición y efectividad que los poderes muestran para asegurar la observancia, normalmente mediante castigos, de las reglas de comportamiento que esos poderes fijan.


Otro amigo que vive en los Estados Unidos (no el diplomático) me contó que al poco tiempo de su llegada a la ciudad de Los Angeles, fue a un cine ubicado en un centro comercial. Como la película estaba por empezar y no encontraba un espacio para dejar su auto, decidió ocupar uno de esos lugares reservados para discapacitados (decisión precedida, seguramente, de la clásica expresión porteña "Ma' sí"). Como en las enseñanzas de Alá, el final "estaba escrito". Al término de la película encontró en el parabrisas de su auto el correspondiente ticket de infracción. La multa, luego se enteró, fue de quinientos dólares. Fue la última vez en su vida que cometió esa infracción.


¿"Estaría escrito" entre nosotros un final igual? O es más bien lo contrario. Vale decir, lo escrito es que hacemos lo que nos parece, estacionamos donde se nos ocurre, regamos las veredas de la ciudad con suciedad de perro, los camiones cargan y descargan mercaderías a cualquier hora del día, los colectivos no respetan los semáforos, los políticos se presentan como candidatos en distritos donde no nacieron ni tienen residencia actual y en suma, todo da lo mismo porque ninguna autoridad reacciona frente a este variadísimo panorama de incumplimientos. En este contexto todos estamos tentados a decir: "Ma' sí".


Hay relación. ¿Hay alguna conexión entre el diagnóstico que acabo de describir y nuestra posición en el mundo, nuestro desarrollo como nación y la calidad de vida que nos prodigamos?


Antes de aventurar la respuesta que a nadie debería sorprender demasiado, permítaseme adelantar una idea central.


Si bien puede ser tentador el andar culpando a los demás por aquello que nos sucede, creo que es un camino del que no hemos sacado mayor provecho, salvo el de una mal entendida autojustificación.


Es cierto que echar culpas al prójimo, a los estados capitalistas, a los organismos de crédito externo, a las potencias que no nos dejan crecer, a los inmigrantes, al sionismo internacional, a las naciones proteccionistas y en definitiva a cualquiera menos a nosotros mismos, es leitmotiv para los populistas que, triste es reconocer, nos han gobernado muchas veces por propia elección.


El populista nos dirá aquello que una mayoría quiere oír. No es por ninguna de las cosas que mencioné hasta ahora que no logramos despegar en el concierto de naciones.No es nuestro desapego a la ley y el desprecio por las instituciones lo que nos mantiene sumergidos. Adelantarnos en una cola, mirar para otro lado cuando nuestro perro ensucia la vereda, conseguir "acomodo" para que nuestro trámite vaya más rápido (postergando así al del "no acomodado"), la exigencia del funcionario de una "comisión" para aprobar un trámite público, y el particular pagarla, nada de todo eso es la causa de lo que nos sucede, el populista se apresurará a decir y una mayoría aceptará. Los males vienen de afuera, nos persiguen y nos postergan, sin que debamos mirar para adentro y analizar qué estamos haciendo mal.


Recordemos aquella célebre frase del sindicalista Luis Barrionuevo, cuando señaló que debíamos dejar de robar al menos por un par de años, y que provocó un escándalo general. Esa frase puede haber golpeado por su crudeza y desparpajo, pero no por su desatino o su insinceridad. Es que mientras no caigamos en la cuenta de que los males que he venido señalando tienen una directa conexión con la calidad de vida que nos propinamos unos a otros, ninguna modificación estructural habrá de tener lugar.


Mientras no aceptemos que el desprecio por las reglas es generalizado, que cuando se atacan las instituciones la República se debilita, y que todo eso incide directamente en nuestra calidad de vida, las posibilidades de cambios sustanciales se alejarán de nosotros cada vez más.


Alejandro Carrió: Abogado (UBA) especializado en derecho penal y constitucional. Master of Laws de la Universidad de Luisiana. Profesor universitario en Nueva York, Columbia, UBA y, actualmente, en la Maestría en Derecho de la Universidad de Palermo. Es miembro fundador y presidente de la Asociación por los Derechos Civiles (ADC).