sábado, 31 de enero de 2009

Miscelánea


1) Las entradas al blog las realizo con el editor de Blogger que me resulta muy malo. Quizás porque no lo sé usar. Por eso muchas veces aparecen algunos errores de tipeo. A veces, también, algún error ortográfico. Cuando los descubro (o me lo hacen saber) los corrijo. Es decir, las entradas viejas suelen recibir algún retoque de ese tipo. La idea es que no existan errores para hacer su lectura más fácil y respetuosa del lector. Así que si descubren ese tipo de errores, no me molesta que me lo hagan saber, como muchos lo hacen. No me molesta.


2) Cuando una nueva entrada sale enviada automáticamente por email recuerden que allí no sale la entrada completa. No aparecen por ejemplo los cuadros para escuchar los temas musicales. Por eso recomiendo, para leer la nota completa, hacerlo desde el blog y aprovechar completamente de los hipervínculos y demás accesorios que complementan la nota.


3) El blog ha cumplido un año el 1 de enero de 2009. La idea era hacer esta experiencia hasta junio de 2008 y entonces decidía si valía seguir o no. Aquí estoy.

4) Todo un ejercicio este de volver a escribir en primer persona después de tantos años. Mucho tiempo escribiendo en primera persona del plural. No me ha sido fácil.

Nada más. Un poco de música para celebrar.




Es de este disco Me lo acabo de comprar, regalo de navidad.


Es del año 2005 en base a grabaciones en vivo entre el 2002 y 2004. Tocan Wayne Shorter (saxos), Danilo Perez (piano), John Patitucci (bajo) y Brian Blade (batería).



martes, 27 de enero de 2009

Ojalá

Estoy convencido que la llegada de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos es uno de esos hechos que se convierten inmediatamente en un “tester” para todos, ya que todos somos interpelados por tales episodios. Ese ha sido y es el foco de interés que me interesa y me interesó destacar con las dos notas que coloqué de Jorge Lanata, ya que ambas ponían el ojo en las opiniones que, rápidamente, comenzaron a instalarse frente a un hecho cuya complejidad y riqueza no admite lo obvio o la repetición de tonterías mil veces dichas.

Pasados unos días de esos comentarios preliminares y habiendo recibido comentarios con preguntas y cuestionando algunas de esas opiniones, aprovecho para explayarme un poquito más sobre algunos aspectos no desarrollados anteriormente.


Las descripciones sociológicas que explican (siempre a posteriori!) las razones del éxito de Obama, en general, no me convencen. Sucede, por ejemplo, con la hipótesis de Caparrós (Crítica, 20/1/09) según la cual en el voto a Obama existe un propósito de doble disculpas: por la esclavitud y por el gobierno de Bush. Pecados del que la sociedad estadounidense habría querido redimirse, según Caparrós esos pecados son “básicamente dos: uno pequeño, inmediato –la presidencia Bush– y otro enorme, incesante: la esclavitud”.


Para ponderar tales supuestos debemos tener en cuenta que la cantidad de personas que votan en Estados Unidos son aproximadamente la mitad del electorado. O sea que la opinión expresada en las urnas es de una minoría. Ahora esa minoría se reduce aún más si tenemos en cuenta que Obama ganó con el 52,9% de los votantes. McCain obtuvo el 47,5% de los votos. Quiere decir que el 47,5% de los votantes no sólo no lo votó, sino que votaron directamente en CONTRA de Obama. Entonces, lo que podamos decir sobre el voto Obama, para luego extrapolarlo a la sociedad toda, requiere que se lo haga con cuidado y teniendo en cuenta esos porcentajes mínimos y estrechos.


Por otro lado tengo la siguiente opinión: la situación de los repúblicanos era realmente muy mala para estas elecciones luego del desastre del prolongado gobierno de Bush con una superposición de guerras, ataques y amenaza terrorista, denuncias de todo tipo, una crisis económica histórica y el repudio generalizado de todo el planeta. Con este panorama y humor social la presidencia se decidió, prácticamente, en las internas de los demócratas. Esas internas no fueron nada fácil para Obama. Si en ellas hubiera emergido Hillary Clinton como candidata demócrata, me parece que el resultado no hubiera sido muy diferente. Hoy tendríamos a Hillary en la Casa Blanca. Esto es un ejercicio contrafáctico, lo sé, y hay que huir de estas cosas, pero tampoco me parece descabellado. Quiero decir, cualquier candidato competente demócráta hubiera tenido altísimas chances de ganar. Entonces, a mi juicio, la razón fuerte del voto a Obama es el repudio y rechazo a la era Bush, ese repudio fue lo que volcó las preferencias electorales de una minoría que oscila en alrededor del 10% del electorado, que es la minoría que puede votar para un lado o para otro, acorde a su cambiante humor.

Con esto quiero decir que desestimo todas las explicaciones que vayan más lejos que el rechazo a Bush para justificar a Obama. Por supuesto, hay un síntoma interesante en que los demócratas se hayan animado con él y la sociedad no se haya espantado. Pero francamente, no me parece determinante. No creo que la sociedad quiera ser disculpada por su vergonzoso maltrato a los negros y así obtener un nuevo crédito para lanzarse a nuevas cagadas globales o que Obama sea un títere, o peor, una simple máscara, colocada allí para dar una señal de cambio y esperanza para la gilada y seguir por detrás haciendo lo mismo. No no creo en aqullas hipótesis que derivan en tales conclusiones perversas. Bueno, déjenme hacer a mí también mi sociología de café.



Volvamos al tema de la esperanza. Obama generó en su electorado un entusiasmo pocas veces visto, entusiasmo que ni por asomo logró Kerry en el año 2004, se acuerdan? Así y todo, a Kerry lo votó el 48,3% del electorado (las diferencias en cuanto a votos son mínimas!). Ese entusiasmo con Obama se irradió por todo el planeta (con la excepción, por supuesto, de los iluminados argentinos). Algunos ejemplos de esa expectativa generada los da Lanata en su nota, luego, en la nota que incluyo al final de Miguel Bonasso, se citan otros. Basta también mirar la cobertura que ha hecho, por ejemplo, el semanario Brecha (Uruguay) sobre Obama. Si tuviera que sintetizar a la inmensa cantidad de voces que expresan esa esperanza debería hacerlo con un extenso discurso que combinara una sabia dosis de pragmatismo y lucidez, una mesurada, pero también necesaria, mirada critica, una militante actitud de que la esperanza es una obligación. Todo eso mezclado con la voluntad de hacer de la política una materia digna en donde involucrarse. Ese complejo discurso se podría desarrollar más o menos así: “… Ojala”. Es simple, no es tan complicado.


Escribía un borrador en torno a la palabra "ojalá" cuando en el diario Crítica del domingo pasado,
Miguel Bonasso remata su nota apelando a ese mágico “ojalá”. Nadie podrá decir que Bonasso sigue la línea editorial de ninguna usina de pensamiento cipayo. Creo que lo hace en base a mucho de lo que puse a modo de exageración en el párrafo anterior.

Antes de terminar, algo sobre el afuera y el adentro al que hacen referencia los comentarios. Lo exterior (entusiasmo Obama) y lo nacional (entusiasmo Kirchner). No sé las razones por las que Lanata no adhirió al entusiasmo del proyecto de transversalidad de Kirchner. Puedo explicar sí, las razones por las que, en mi caso, no operan de manera similar ambas situaciones. Si bien de Obama se poco, se lo suficiente como para animarme a pronunciar ese mágico “ojalá”. De Kirchner sabía mucho más, lo suficiente como para tener una actitud, como mínimo, muy cautelosa. Sobre los resultados del gobierno Kirchner, sería para otro capítulo.


Finalmente, un detalle no menor. Miguel Bonasso lo rescata y Fidel Castro lo mismo, y me alegra
que lo hagan. Obama parece estar muy cerca (y ojalá lo esté!) de Jimmy Carter, para mi un tipo sobresaliente. Entre otras cosas, quiero recordar que Carter hizo mucho por los argentinos en los peores años de nuestra historia. Lamentablemente el mandato de Carter terminó mal (colaboraron activamente los de siempre) y su fracaso dio paso a Reagan. Ojalá Obama pueda. Es todo.


Cali





Crítica - Contratapa
La esperanza negra
¿Podrá iniciar Obama las grandes reformas que EE.UU. necesita? ¿O se conformará con algunos cambios gatopardescos? M. Bonasso.
Por M. Bonasso

25.01.2009


Desde que Jim Jeffries desafió sin éxito al campeón negro Jack Johnson, se acuñó en la jerga boxística mundial aquello de “la esperanza blanca”, que luego se extendería a cualquier actividad humana como símbolo de lo deseado pero improbable.

Si la esperanza blanca parecía poco probable en el campeonato de todos los pesos, la esperanza negra era directamente inconcebible en el ring de la política estadounidense. Sin embargo ha ocurrido, está ocurriendo. Tal vez por esa acertada definición de Bismarck, el Canciller de Hierro, que supo conciliar los intereses de su clase junker con los de una burguesía en ascenso: “Todo político llega tan alto como la ola que tiene por debajo”. Y no cabe duda de que Barack Obama tiene un tsunami bajo la tabla.


Hasta el momento cabe decir que ha sabido surfear con enorme destreza sobre la ola de cincuenta metros hasta alcanzar la presidencia, pero una cosa es conquistar el poder y otra muy distinta lo que se hace después con él. Allí, incluso los líderes mejor dotados hacen lo que pueden y no siempre lo que quieren. “En política –sentenciaba Perón– si uno consigue el 50 por ciento de sus objetivos, se puede dar por muy satisfecho”.

Al relatar su reciente encuentro con Cristina Fernández de Kirchner, Fidel Castro lo sintetizó muy bien: “Expresé que no albergaba personalmente la menor duda de la honestidad con que Obama, undécimo presidente desde el primero de enero de 1959, expresaba sus ideas, pero que a pesar de sus nobles intenciones quedan muchos interrogantes para responder. A modo de ejemplo me preguntaba: cómo podría un sistema despilfarrador y consumista por excelencia preservar el medio ambiente”.


Una reflexión atinada y justa, que excluye el escepticismo esquemático, apostando a la buena fe de quien aparece como emergente de un gran cambio pero no deja de considerar la inevitable tensión entre el individuo y el sistema. En un país donde presidentes como Abraham Lincoln o John Fitzgerald Kennedy fueron asesinados por desafiar el racismo, la intolerancia o ese poder detrás del trono que Ike Eisenhower denominaba “el complejo militar-industrial”.

¿Podrá iniciar Obama las grandes reformas que Estados Unidos (y, en consecuencia, el mundo entero) necesita para lograr la paz y un desarrollo sustentable que no acabe en este siglo con los recursos naturales? ¿Es, como sostienen algunos analistas, el dirigente realista que pondrá fin al sueño hegemónico de la dinastía Bush para reconocer de una vez por todas la multilateralidad internacional? ¿Será lúcido como aquellos estadistas británicos que conformaron el Commonwealth cuando era evidente que el Imperio iniciaba su declinación después de la Segunda Guerra? ¿O se conformará con algunos cambios gatopardescos que eludan la cuestión de fondo?

Las primeras medidas (positivas), su discurso inaugural auspiciando una nueva suerte de modelo rooseveltiano y un regreso a los valores fundantes del país multiétnico que ahora comanda van en la dirección correcta. Pero es el título, falta la nota.

Hace unos veinte años, cuando la Unión Soviética naufragaba como consecuencia de ese "socialismo real” que no era real socialismo, en una larga sobremesa mexicana, en casa del inolvidable Fernando Benítez, escuché con cierta sorpresa una profecía de Gabriel García Márquez: “Estamos viendo la Perestroika soviética, algún día asistiremos a la Perestroika norteamericana”.


No parece que esa circunstancia radical haya llegado, pero es evidente –según las propias palabras de Obama– que la crisis económica, social y de credibilidad hacia adentro y hacia fuera merece “ambiciosos planes” que restablezcan el idealismo y el voluntarismo de los padres fundadores, aquella “reducida banda de patriotas (que) se juntaba ante las menguantes fogatas en las orillas de un río helado”.

“Hoy les digo que los desafíos a los que nos enfrentamos son reales. Son graves y son muchos. No los enfrentaremos fácilmente o en un corto período”.

Nadie sabe aún cuántas brazas más abajo se encuentra el lecho marino de la crisis. Nadie puede asegurar que el neokeynesianismo que propone Obama, con un mercado inevitablemente regulado por el sector público, contará con los recursos para recrear un necesario Estado de bienestar. Estados Unidos disfrutó en los cuarenta de un neokeynesianismo de guerra eficaz, pero la receta dejó de rendir frutos con el belicismo atroz de W. Las invasiones de Afganistán e Irak, unidas a la especulación desenfrenada del modelo neoliberal, influyeron de manera decisiva en la actual crisis económica.


Hacia adentro, desde la campaña hasta el discurso inaugural, Obama se ha preocupado por restablecer la política, solicitando y obteniendo hasta el fervor el apoyo de los ciudadanos de a pie, de los descendientes de aquellos “hombres y mujeres (que) lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener llagas en las manos para que pudiéramos tener una vida mejor”.

Hacia el exterior convoca a dialogar al mundo musulmán y admite “que no nos podemos permitir más la indiferencia ante el sufrimiento fuera de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos del mundo sin tomar en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado y nosotros tenemos que cambiar con él”.

Efectivamente, no hay mundo futuro posible cuando un solo país devora el 25 por ciento de la energía global y contribuye en igual o mayor medida a ese efecto invernadero, que amenaza cambiar la faz de la Tierra cuando los casquetes polares se derritan y los océanos sumerjan a naciones enteras.


El keynesianismo de Franklin Delano Roosevelt funcionó sobre la base de gigantescas obras públicas y la industria automotriz dinamizando al conjunto de la economía. Hoy la fórmula es obsoleta: la General Motors, cuyo beneficio –según un ministro de Eisenhower– era el de Estados Unidos, está en terapia intensiva, compartiendo la sala con otras corporaciones industriales y financieras.

Éstas son algunas de las dificultades objetivas con las que deberá enfrentarse Obama. Además están las subjetivas. Las de los depredadores que le dejaron esta herencia y tuvieron que retirarse abucheados por los ciudadanos de a pie. Los codiciosos que no se esfumaron y han demostrado a lo largo de las décadas que saben cómo acotar el poder ajeno o retomar el propio.


Éstos son los interrogantes a los que seguramente se refería Fidel, que vio desfilar durante su liderazgo a diez presidentes de los Estados Unidos y sólo rescató plenamente a uno, bienintencionado como Obama, que se llama Jimmy Carter.


En cualquier caso, ojalá que la esperanza negra se confirme en los hechos y avancemos hacia un mundo más racional y humano.

jueves, 22 de enero de 2009

"estás enferma de frustración..."

Quiero destacar la nota de opinión de Jorge Lanata de hoy en Crítica (y su predecesora de ayer). En estos días he visto cómo el cinismo canchero argentino y la profunda frustración que arrastramos, brotó con particular vigor.


La asunción de Barack Obama despertó en muchos una urgente necesidad de descalificar y ningunear al nuevo presidente de Estados Unidos. Caramba.


No detectar y ponderar la magnitud de la expectativa que generó a escala mundial la llegada de Obama, es no interpretar la fragilidad de algunas cuantas cosas en el mundo que penden de algunos hilos a los que Obama ahora tendrá acceso. Creo que la expectativa y la esperanza se justifican. Eso no es garantía de nada, por supuesto.


“Demócratas y republicanos son lo mismo”, frase obvia o estúpida, según lo que se quiera decir. No inteligente en ningún caso. Ambos partidos defienden las instituciones de la democracia de los Estados Unidos y ese combo implica que ninguno piensa en desmantelar nada estructural en ese sistema, obvio. Si uno lo mira en cuanto a las sutiles diferencias de prioridades internas y externas y el acento que cada uno pone en aspectos económicos, de seguridad, multilateralidad, etc., decir que son lo mismo es la manifestación de un profundo desconocimiento en política internacional. Una verdadera idiotez. Esas “sutiles diferencias”, en semejante país, representan en cada decisión que cientos de miles de personas puedan o no caer al abismo en algún lugar del planeta.


Pero bueno, brotó la argentinidad al palo.


Va la nota de hoy y luego su antecesora de ayer. En el medio, pongo un tema que me sonó en la cabeza cada vez que escuchaba las explicaciones de por qué Obama es un fiasco.


Cali


Zamba de mi esperanza

Jorge Lanata

22.01.2009


“Cuando uno pierde la esperanza se vuelve reaccionario.”

Jorge Guillén, poeta español, 1893-1984.


“La esperanza ha contribuido a perder al género humano.”

Henrik Johan Ibsen, dramaturgo noruego, 1828-1906.


“Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.” (dejad, pues, los que entráis aquí, toda esperanza).

Inscripción en la puerta del infierno según Dante Alighieri en La Divina Comedia.


OK, manga de cínicos, cobardes y frustrados, me convencieron: el Negro no va a cambiar nada. Nada. Ni una puta cosa. Tuve –en la edición de ayer– un momento de debilidad: la musiquita, los niños con los globos frente al Capitolio, el inconcebible moño de Aretha Franklin: demasiado Sony, ya sé. Cometí el pecado de la ingenuidad, escribí en este diario que quizá, que por qué no, que al menos una vez. La jauría me cayó encima:


–¿Pero no ves que no es TAN negro?


–Es la continuidad del capitalismo explotador.


–¡Quiere que su país sea grande, y si su país es grande el nuestro es chico!

–¿Y Vietnam, y Pearl Harbor, y El Salvador y todas las otras películas de Stone?


–Ya lleva un día en el gobierno, ¿no? ¿Y qué hizo? ¿Nacionalizó Wall Street? ¿Disolvió el Fondo Monetario? ¿Condonó la deuda? ¿Bajó el precio del Big Mac?


Amanecí avergonzado de optimismo y hojeé las primeras planas de 721 diarios de 73 países (lo recomiendo, métanse en www.newseum.org ): desde el Al-Ryadh de Arabia Saudita hasta The Dominion Post de Wellington, New Zealand, o The Winnipeg Sun de Canadá, pasando por el Bild alemán o toda la prensa de Nicaragua. Y supe, entonces, que el mundo vive equivocado y los argentinos tenemos razón: todos, en algún lugar, hablaban de esperanza. Pobre gente, ¿no? Deberíamos empezar a avivar giles.


El mundo no discute si el Negro nos va a cagar. El mundo observa que:


• Por primera vez después de Kennedy surge un candidato con una capacidad de liderazgo inusitada.


• Ese candidato crece en base a las nuevas tecnologías y a los aportes de cinco y dos dólares para la campaña en un país donde vota la mitad del electorado.


• El candidato recurre a un discurso épico, de sacrificio y de corrección del rumbo histórico.


• Dos millones de personas asisten durante horas a su ceremonia de asunción, bajo temperaturas de cinco o seis grados bajo cero. No llegaron hasta allí en micros contratados por el gobierno, y –si comieron o tomaron– pagaron por su choripán, tal vez llamado en origen “choribread”.


¿Algo de esto convierte al Negro en el Mesías? No. El Mesías sigue siendo rubio y de barba rala. Tal vez, entonces, el problema sea otro: ¿qué esperan o esperaban del Negro aquellos que hoy sentencian que no cambiará nada?


• Que eliminara la Green Card.


• Que organizara koljós en Arizona.


• Que impusiera la lectura obligatoria de Pierre Proudhon, al grito de: “La propiedad es un robo”.


Es curioso, porque en la confusión mundial, en el terrible error de la Humanidad que se permite creer, quizá, un poco, que Obama sea mejor que Bush, se escuchan voces insólitas:


• En el Centro de Estudios sobre la vida del Che, de próxima inauguración en El Nuevo Vedado, Adelaida March, la última mujer de Guevara, dijo a El País de Madrid:

–Niña, ni Jesucristo sabe lo que va a pasar. Ojalá Obama cumpla y haga un cambio.


• En un programa de televisión en Moscú, Vladimir Putin, primer ministro ruso, le respondió al público que asistía a la emisión en vivo:

–En estos momentos nos están llegando señales de cambios positivos en la relación con los Estados Unidos. Albergamos esperanzas.


• En Medio Oriente, Mahmud Abbas, el presidente palestino, felicitó a Obama, insistió en la palabra esperanza y lo instó a involucrarse inmediatamente en el proceso de paz. El movimiento islamista Hamás se mostró dispuesto a conversar con el nuevo presidente: “No nos oponemos a mantener un diálogo con él. Obama debería aprender de los errores de su predecesor”, dijo Fawzi Barhum, portavoz de Hamás.


¿Y si el Negro no puede? ¿O no quiere, o nunca quiso?


¿Habría sido en vano esperar? Escribí ayer, en este diario, que no: porque la esperanza pone a prueba a quien la genera, pero mejora al que la profesa, a quien puede sostenerla, al que cree que este mundo, alguna vez, comenzará a cambiar en serio.


OPINIÓN

Esperanza

“Durante meses se nos burlaron por hablar de esperanza. Pero siempre supimos que no es optimismo ciego", les dijo Obama. Quienes lo apoyan hoy son mejores que ayer: volvieron a tener esperanza. Jorge Lanata.

20.01.2009


Lo primero que escuché fue que no era tan negro.


–No es tan negro... –como si la negritud fuera prueba de algo.


Después vi por la televisión su discurso de Chicago. Y el video en YouTube fue lo que me hizo emocionar: Will.i.am y la música de Black Eyed Peas en un rap con Scarlett Johansson, Herbie Hancock, Eric Olsen, John Legend, Jesse Dylan y otros treinta y dos personajes diciendo “Yes, we can”.


–Estos yanquis son increíbles, eh. Saben cómo vender a un tipo...


Y ahí estaba yo, frente a la computadora, hipnotizado como si en la pantalla estuvieran pasando Lo que el viento se llevó. Los inventores de Hollywood tratando de venderme esperanza. Nadie podría hacerlo mejor (solamente, quizá, el Vaticano, la otra formidable fábrica de sueños). Leí a analistas políticos, intelectuales, banqueros, pseudofilósofos –todos los que ahora opinan sobre hechos consumados– diciendo que quizá, que jamás, que era ésta la reformulación del sueño americano, que el imperialismo volvía a atacar, que llegaría tan condicionado que nunca, que tal vez, que al final.


Me encontré una noche en el teatro, pasando el tape de Black Eyed Peas:


–No quiero que lo vean por una razón política sino humana. Creo que alguna vez tenemos que empezar a combatir el cinismo. Tanto cinismo nos oxida el alma, y lo que van a ver tiene la fuerza de la ingenuidad. “Yes, we can”. Parece un cándido aviso de Cola-Cola. Yes, we can. ¿Y si nos miente? ¿Y si el cínico es él, ese que ni siquiera es tan negro? Poco importa, porque el cambio se logró en nosotros: somos menos cínicos, recuperamos nuestra posibilidad de creer en algo, podemos intentarlo otra vez.


Escribo estas líneas en nuestro puto y querido país en el que las palabras han perdido el sentido; fueron vaciadas, gastadas, saben a chicle viejo y seco. País de eufemismos, de frases hechas, de silencios cómplices. Leo, acá, que él dice allá: “Tenemos más riqueza que nadie, pero eso no nos hace ricos. Tenemos las mayores fuerzas armadas sobre la Tierra, pero eso no es lo que nos hace fuertes. Nuestras universidades y nuestra cultura son la envidia del mundo, pero no es por eso que el mundo se acerca a nosotros. Es el espíritu americano, esa promesa americana que nos empuja cuando el camino se hace incierto. Esa promesa constituye nuestra mayor herencia”. Lo leo y me emociona esa épica que, en otro rincón de mi cabeza, sé mentira. Pero sé también que es imposible construir un país sin ella. Ésa es la mentira que hace posible a Nueva York, aquella ciudad donde todos se duermen pensando que mañana será el gran día, y quizá mañana nunca llega, pero vuelven a dormirse soñando en eso. Esta mañana, dos o tres o más millones de personas soportarán en las calles de Washington cinco o seis grados bajo cero sintiéndose parte de la historia. La Historia, después, verá qué hace con su camino, si abrirá o no sus puertas.


El tipo les dijo: “Durante meses hemos sido objeto de risas, incluso de burlas, por hablar de esperanza. Pero siempre hemos sabido que la esperanza no es el optimismo ciego. La esperanza es lo que vi en los ojos de una joven de Cedar Rapids que trabaja en el turno noche tras todo un día en la universidad y que a pesar de ello no puede permitirse pagar la asistencia sanitaria para una hermana que está enferma; una joven que sigue creyendo que este país le dará la oportunidad de realizar sus sueños.(...) La esperanza es lo que llevó a una banda de colonos a levantarse contra un gran imperio (...), lo que condujo a hombres y mujeres jóvenes a sentarse en comedores de los que estaban excluidos por su color (...) La esperanza es lo que me ha conducido hasta aquí, con un padre de Kenia y una madre de Kansas, la creencia de que nuestro destino no será escrito para nosotros sino por nosotros”.


Ellos, los tres o cuatro millones que se frotan las manos para combatir el frío, el 53% de los americanos que lo votó, el 79% que lo apoya, son esta mañana mejores que ayer: volvieron a tener esperanza. Este tipo no tan negro la despertó. Ojalá pueda mantenerla.