viernes, 1 de agosto de 2008

El Peor Acuerdo


Artículo de Martín Caparrós destacable por su sinceridad y franqueza, sin hacer trampas con la historia ni con sus lectores. En un mar de discursos tramposos y tribunas abarrotadas de conversos mentirosos, una gota de transparencia.

Cali
Diario Crítica
El peor acuerdo

Nunca hubiera pensado que alguna vez podía llegar a estar de acuerdo con el hijo de puta del ex general Luciano Benjamín Menéndez.

Por Martín Caparrós
24.07.2008

Nunca hubiera pensado que alguna vez podía llegar a estar de acuerdo con el hijo de puta del ex general Luciano Benjamín Menéndez. Y sin embargo, ayer.


Ayer, en su alegato final, el ex Menéndez, ex jefe de una de las unidades militares más asesinas, el Tercer Cuerpo de Ejército, hombre de cuchillos tomar y de presos matar, peroró en su defensa. Dijo, en síntesis, que las fuerzas armadas argentinas pelearon y ganaron para “evitar el asalto de la subversión marxista”. Y yo también lo creo.


Con algunos matices. La subversión marxista –o más o menos marxista, de la que yo también formaba parte– quería, sin duda, asaltar el poder en la Argentina para cambiar radicalmente el orden social. No queríamos un país capitalista y democrático: queríamos una sociedad socialista, sin economía de mercado, sin desigualdades, sin explotadores ni explotados, y sin muchas precisiones acerca de la forma política que eso adoptaría –pero que, sin duda, no sería la “democracia burguesa” que condenábamos cada vez que podíamos.


Por eso estoy de acuerdo con el hijo de mil putas cuando dice que “los guerrilleros no pueden decir que actuaban en defensa de la democracia”. Tan de acuerdo que lo escribí por primera vez en 1993, cuando ví a Firmenich diciendo por televisión que los Montoneros peleábamos por la democracia: mentira cochina. Entonces escrib
í que creíamos muy sinceramente que la lucha armada era la única forma de llegar al poder, que incluso lo cantábamos: “Con las urnas al gobierno/ con las armas al poder”, y que falsear la historia era lo peor que se les podía hacer a sus protagonistas: una forma de volver a desaparecer a los desaparecidos. Me indigné y, de tan indignado, quise escribir La Voluntad para contar quiénes habían sido y qué querían realmente los militantes revolucionarios de los años sesentas y setentas.

(A propósito: es la misma falsificación que se comete cuando se dice, como lo ha hecho Kirchner, que este gobierno pelea por realizar los sueños de aquellos militantes: esos sueños, está claro, eran muy otros. En esa falsificación, Kirchner y el asesino ex se acercan; ayer Menéndez decía que “los guerrilleros del 70 están hoy en el poder”, sin ver que, si acaso, los que están alrededor del gobierno son personas que estuvieron alrededor de esa guerrilla en los setentas y que cambiaron, como todo cambió, tanto en los treinta últimos años que ya no tienen nada que ver con todo aquello, salvo para usarlo como figura retórica).


Es curioso cómo se reescribió aquella historia. Hoy la mayoría de los argentinos tiende a olvidar que estaba en contra de la violencia revolucionaria, que prefería el capitalismo y que estuvo muy satisfecha cuando los militares salieron a poner orden. “Ostentamos el dudoso mérito en ser el primer país en el mundo que juzga a sus soldados victoriosos, que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas”, dijo el asesino –y tiene razón. Pero la sociedad argentina se armó un relato según el cual todos estaban en contra de los militares o, por lo menos, no tenían ni idea. Es cierto que no podían haber imaginado que esa violencia era tan bruta, tan violenta, pero había que ser muy esforzado o muy boludo para no darse cuenta de que, más allá de detalles espantosos, las fuerzas armadas estaban reprimiendo con todo.

El relato de la inocencia mayoritaria se ha impuesto, pese a sus contradicciones evidentes. Los mismos medios que ahora cuentan con horror torturas y asesinatos las callaron entonces; los mismos partidos políticos que se hacían los tontos ahora las condenan; los mismos ciudadanos que se alegraban privada y hasta públicamente del retorno del orden ahora se espantan. Y todos ellos conforman esta masa de ingratos a la que se dirige el muy hijo de exputa: “luchamos por y para ustedes” –les dice y, de hecho, los militares preservaron para ellos el capitalismo y la democracia burguesa. Pero la sociedad argentina se ha inventado un pasado limpito en el que unos pocos megaperversosasesinos como éste hicieron a espaldas de todos lo que ellos jamás habrían permitido, y les resulta mucho más cómodo. Como les resulta mucho más cómodo, ahora, indignarse con el ex que repensar qué hicieron entonces, a quién apoyaron, en qué los benefició la violencia de los represores, y lo fácil que les resultó, muchos años después, asombrarse, impresionarse e indignarse.


El ex Menéndez es, sin duda, un asesino, y ojalá que se pudra en la cárcel. Es obvio que no es lo mismo la violencia de un grupo de ciudadanos que la violencia del Estado, pero es tonto negar que nosotros proponíamos la guerra popular y prolongada como forma de llegar al poder. Y también es obvio que la violencia de los militares no les sirvió sólo para vencer a la guerrilla: lo habrían podido conseguir con mucho menos.


Durante mucho tiempo me equivoqué pensando que los militares habían exagerado: que la amenaza revolucionaria era menor, que no justificaba semejante despliegue. Tardé en entender que los militares y los ricos argentinos habían usado esa amenaza como excusa para corregir la estructura socio-económica del país: para convertir a la Argentina en una sociedad con menos fábricas y por lo tanto menos obreros reivindicativos, para disciplinar a los díscolos de cualquier orden, y para cumplir con las órdenes reservadas del secretario de Estado USA, su compañero Kissinger, que les dijo en abril de 1976 que debían volver a convertir a nuestro país en un exportador de materia prima agropecuaria.


Es lo que dijo el ex: “¡Y nosotros estamos siendo juzgados! ¿Para quién ganamos la batalla?”. Porque es cierto que la ganaron, y que su resultado principal no son estos juicios sino este país sojero.


Ése es el punto en que casi todos se hacen los boludos. La indignación siempre fue más fácil que el pensamiento. Supongo que es mejor que muchos, para sentirse probos, prefieran condenar a los militares antes que seguir apoyándolos como entonces. Pero no deja de inquietarme que todo sea tan fácil y que sólo un asesino hijo de puta suelte, de vez en cuando, ciertas verdades tremebundas.

viernes, 25 de julio de 2008

Por las paredes

A partir de la referencia a “El Poeta Manco” y lo que sucedía en aquellos años que estoy relatando alrededor de Acuarela, quiero rescatar este texto de Reynaldo Sietecase de su libro “El viajero que huye”.


El fenómeno del graffiti tuvo su momento de esplendor arrancando tímidamente en 1981 y duró hasta los primeros años del gobierno de Alfonsín. Tal como lo señala Reynaldo, muchos de los pibes que andaban con el aerosol a la noche por Rosario, ahora se los puede encontrar en importantes redacciones y en la TV.


Quiero rescatar que en el local de Montevideo 923, la sede del Rafael Barret, era también la sede del Taller Ecologista (cuarto gran proyecto!) y de otros núcleos anarquistas, con quienes ya habíamos comenzado a cohabitar desde 1986 en Callao 314 (Callao pi). Durante esos años muy locos no paré de asombrarme por los personajes que allí pasaban, los libros y revistas anarquistas que aterrizaban en ese local provenientes de todas partes del mundo. Pero antes que se me sigan amontonando cosas, el texto:

Por las paredes

Por Reynaldo Sietecase

Desaparecidos los tizones impiadosos del poeta-croto Cachilo, las únicas palabras que se encuentran trepadas a las paredes remiten a las internas partidarias.

El graffiti expresión contrainstitucional por excelencia, ha cedido su ímpetu al ritmo de la consigna “Ciudad limpia, Ciudad sana”, asfixiada entre afiches y pasacalles que anuncian cumpleaños y bodas de plata. Desde los muros ya nadie llama a terminar “con la terrorización de la muerte y la soledad” como lo hizo durante dos años una leyenda anónima pintada en San Martín al 500.

El graffiti, esta forma fuera de la literatura, se ha convertido para alegría de los frentistas y las autoridades en una especie en extinción como el ferrocarril, la amistad epistolar y los cines de barrio. Quiero creer que su ocaso no está relacionado a la falta de ingenio

Será responsabilidad del pragmatismo que ya nadie evoque a Urondo desde un muro, como en el 81: “estoy seguro de poder vivir en el corazón de una palabra... Sin jactancias, puedo decir que la vida es lo mejor que conozco” (Laprida y Rioja. EL Poeta Manco) o la promesa inquietante de Cucaño: “me meteré en tu sueño como una puñalada”.

Si bien muchos de esos anónimos infractores de ordenanzas y edictos navegan ahora en la vorágine de las redacciones, me pregunto: dónde quedaron las frases ingenuas, los prohibido prohibir que le quitaban el sueño al cortador García y al intendente del gobierno militar Alberto Natale: “somos los jueces de los jueces” (El Poeta Manco, 1982 Córdoba y Moreno), “Colabore con la policía, péguese solo” (en una pared de Las Flores).

El retorno de la democracia hirió de muerte a la irreverencia. Aún así Bichito de San Antonio (Un cable a tierra en medio de este suicidio), Los Eccos de Humberto, Los Caquetas y los L-Mentales ( “Mi honda mata mil. Robledo Punch”) entre otros no interrumpieron su actividad graffitera hasta mucho después del gobierno de Raúl Alfonsín: “Con la democracia se come, se educa y se FIFA” (La Barra de Pasco) o “Volveré y seré sifones” (Ivess).

Las palabras abrazaban al desprevenido en calles y plazas y arrancaban sonrisas: “una novia sin tetas más que novia es un amigo”, “Ay patria mía yo quiero milicos como el sargento García”, “La masturbación produce amnesia y no me acuerdo qué más”. Los R.I.P. que Horacio Olivera escribió con La Maga, a instancias de Cortázar, en los cajones de los floristas en las márgenes del Sena no nos enseñaron nada.

Sólo el viento libertario resiste en las paredes. “duerma tranquilo a su hijo lo cuida la policía” o “Cuidado. La policía está armada y anda suelta” (en el ingreso a Santa Fe por la autopista), ambos con la A dentro del inevitable círculo. Sólo los muros refutan lo real. Así el Negro Olmedo, en una última burla, afirma en una pared “Superman miente” o un lacónico “la calle está dura” y como Luca Prodan sigue vivito y pintado “Luca not dead” o “Luca dijo basta”.

Como encuadre de reflexión, recuerdo la invitación de Carlos Solero para visitar el Centro de Estudios Rafael Barret, de Montevideo 923, donde el lenguaje anarquista está expuesto en fotos en blanco y negro. Se trata de otras paredes y de otras ciudades. Propuestas que para animarme en la expedición imagino de la mano de algún abuelo cercano: “Fuera il stato”, “abolire la leva” y “autogestione é la solucione”.

Pienso en el valor de las causas perdidas, en el mayo francés un cuarto de siglo después, en los tantos mayos argentinos, en los Juan José Castelli desaparecidos durante la última dictadura como señaló Andrés Rivera y las consignas imposibles que poblaron los muros de esta ciudad que como le ocurrió al Orador de la Revolución perdieron la voz para siempre.

“Los militantes anarquistas se encontraban defendiendo un edificio del centro de Barcelona codo a codo con los comunistas, las fuerzas franquistas no les daban respiro. En un momento determinado, los anarcos se empiezan a retirar, Cuando el líder comunista los increpa porque están abandonando la posición que tanto costó defender. Los anarquistas responden que ellos terminaron la jornada laboral”. EL amigo me relata la escena que vio en un film documental sobre la Guerra Civil Española mientras se bebe mi whisky.

La relación entre graffitis y pensamiento utópico es innegable. Y la declinación de su práctica exigiría más de un análisis. Tal vez los graffiteros no tengan nada que decir, ni siquiera que “el placer es revolucionario” o, simplemente, están aclarando hasta que Francis Fukuyama y los frentistas desensillen.

Reynaldo Sietecase en EL viajero que huye. HS 1993. Rosario.

martes, 22 de julio de 2008

Acuarelamente

La solapa del libro dice:
Oscar Bondaz

Es esposo, padre, lector, bibliotecario, librero y poeta, en ese orden. Nació en Villa Elisa, provincia de Entre Ríos, en el año 1954. Afincado, desde 1978, en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Colaboró en revistas literarias de la ciudad. Integró el grupo literario “El Poeta Manco” desde 1982. Últimamente, participó en los ciclos de lectura de poesía organizados en distintos bares de Rosario, auspiciados por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad. Tiene varias obras inéditas, entre ellas “Empachados Anónimos”.
El libro es “Los hechos de dominio público”, publicado por editorial Ciudad Gótica en mayo de 2001. Me encontré por casualidad con Oscar en una librería de Rosario en el 2002, allí estaba trabajando como librero. Feliz de verlo, conversamos hasta que desaparece sin decir nada y vuelve otra vez con esa expresión de siempre y me regala su primer libro, luego veré que tiene una dedicatoria que dice:
para Cali
cariñosamente
cariñosamente
por los momentos únicos
acuarelamente fúricos
oscar
Rosario, 27/07/02
En la contratapa hay un escrito de Reynaldo Sietecase:
Pariente entrañable de Juanele, Oscar Bondaz, se hizo poeta cuando logró descubrir la inquietud del agua. El río Uruguay empujó a su corazón una música que merecía cantarse. Por eso sus primeros poemas tienen la levedad de los pájaros y sus últimos trabajos, la oscura densidad de los árboles que sostienen las orillas.
Pintó Villa Elisa, los arroyos y los ríos que le acariciaron el alma. Después, en plena dictadura, llegó a Rosario. Otro río, el Paraná, le abrió la humedad de su palma. Se plantó para contar el mundo a través de los dolores y la soledad de los hombres. Fue el poeta manco, escribió sus poemas con tiza en las paredes.(*)
Habló por los empachados de hambre, por los olvidados. La vitalidad de su literatura no requirió de publicaciones. Creció con la humildad y la persistencia del yuyito silvestre.

Ahora esta obra cálida y lúdica, elaborada en el silencio, se asoma con sus rimas y colores. Otra vez la poesía logra vencer a la muerte.

Reynaldo Sietecase
(*) Nota mía: el Poeta Manco fue un grupo literario al que Oscar perteneció allí durante 1981/2. En las paredes de Rosario aparecían escritos versos tales como “estoy seguro de poder vivir en el corazón de una palabra... Sin jactancias, puedo decir que la vida es lo mejor que conozco”. (Laprida y Rioja. EL Poeta Manco)