viernes, 12 de febrero de 2010

Del Greenwich Village a Cosquín

image

Brasil es una increíble fuente de voces femeninas. He puesto algo aquí de muchas de ellas. Hace poco me hice de “Hoje”, el último disco en estudio de Gal Costa, del año 2005. Luego vinieron dos discos en vivo, uno de ellos en Blue Note, los dos son del 2006. Luego no hubo más nada de Gal Costa. Hace unas semanas estuvo en el festival de Cosquín, extrañamente no pasó por Buenos Aires.

image

Gal Costa es otra maravilla de esta parte del mundo. Aquí haciendo un tema del disco “Hoje”, sospecho que de los shows del 2006.

Acá una rareza, junto a Roberto Carlos, haciendo uno de esos temas indestructibles de Roberto y Erasmo Carlos, “Sua estupidez”. Gal Costa hacía este tema a comienzos de los 70.

Gal Costa Sings Bossa Nova at the Blue Note
Ben Ratliff - New York Times - 18/05/2006

The Brazilian singer Gal Costa came to the Blue Note this week with a small band and did what great, experienced pop singers often promise to do but rarely pull off: she rescaled her performance to jazz-club dimensions. Her opening set on Tuesday was like one long, well-balanced exhalation, warm and quiet and cathartic. She had a sound in mind and got to the point.
For the most part she chose the comfort of a bossa nova repertory that slightly predated her own career - which began in the mid-1960's - but that she has gracefully inherited, mostly songs associated with the twin powerhouses of Antonio Carlos Jobim and João Gilberto. They are famously subtle, but their secrets remain pretty open: they have gorgeous moving harmonies, and they are lavish with a rhythm that pulsates beneath the surface.
Ms. Costa met their demands. Her voice has minimal vibrato and a little bit of Billie Holiday's midregister honk; it has thickened slightly over the years, and she favors the full, true, airy note, held just long enough for its significance to settle in.
Taking the idea of jazz-club music seriously - she usually plays bigger concerts on the rare image occasions that she comes here - Ms. Costa and her four-piece band revealed bossa nova in its old, first-wave style. Marcus Teixeira played Gilberto-like guitar chords and asymmetrical rhythms. Zé Canuto wound counterpoint passages on alto saxophone and flute around Ms. Costa's vocal lines. The drummer Jurim Moreira played Brazilian rhythms with hands and brushes on a minimal kit, occasionally giving the bass drum a hard, resonant kick to insinuate the low beat of the surdo drum in samba.
The band's sound also benefited from an acoustic bass, or something close, anyway, played by Adriano Giffoni: it was a fretless semi-acoustic upright. All this was a relief. Ms. Costa had the courage to use simple ingredients.
Of the Jobim repertory, she knocked off several of the big ones: "Fotografia," "Desafinado," "Chega de Saudade," "Vou Te Contar," "Corcovado" and "Garota de Ipanema." She sang "I Fall in Love Too Easily," demonstrating that she had put in some hard listening to Chet Baker's version; she also sang "As Time Goes By" and three songs from the 1930's and 1940's by Ary Barroso, including the devastating "Prá Machucar Meu Coração."
Ms. Costa gave just enough of herself. She began the set warily, and her first few songs were tentative. Then she consolidated her strengths and everything clicked. Her stagecraft, which here wasn't much more than a natural, sexy-maternal manner of moving, smiling and serially locking eyes with front-row patrons, was fully on. She owned the music, easily and contentedly.


Gal Costa continues through Sunday at the Blue Note, 131 West Third Street, Greenwich Village,(212) 475-8592

sábado, 6 de febrero de 2010

venganza de clase, clase executive

image

Finalizando con mis comentarios sobre el extraordinario” artículo de Pablo Alabarces (PA) titulado “Carballo, Cromañón y la venganza de clase” veamos sus último dos párrafos:

“En este caso, en cambio, la muerte se coló, como acto de militancia, en el homenaje a los chicos de Ecos. Quiero ser cuidadoso: no hay muertes de primera ni de segunda; esa tragedia muestra aspectos aberrantes de nuestra sociedad; toda militancia por la seguridad en las calles y rutas merece mi apoyo enfático (he firmado todos sus petitorios). Pero me temo que se produce aquí un desplazamiento similar a los reclamos por la “inseguridad”: hay que salir a “blumberguizar” la calle cuando matan a una maestra, pero hay que quedarse en casita cuando la cana mata un negrito o un rockerito. Y ahí venía mi comparación con Cromañón: se trató de una masacre rockera –la que Rolling Stone, con acierto, tituló “La mayor tragedia de nuestra generación”–, independientemente del juicio estético que Callejeros nos merezca. Para ser clarísimo: era una banda de cuarta, y sus miembros, como el juicio demostró, un puñado de cobardes que esconden su culpabilidad en la soberbia. Pero los públicos de Cromañón murieron por creer que el rock es una ceremonia que combina belleza y resistencia político-cultural: lo mismo que los asistentes al recital de Spinetta, si no me equivoco mucho. ¿Eligieron la banda equivocada? ¿Por eso merecieron la muerte? ¿No merecían, entonces, una mínima mención?”

Aquí PA hace un reconocimiento que no hay muertes “de primera o segunda”, aunque implícitamente, y como ya lo señalé, supone que hay muertes que nos deberían pertenecer más que otras. Personalmente no siento así las cosas. No siento a la tragedia de Cromañón más cercana que otras tantas muertes cotidianas.

Suponer que, en tanto público de Luis Alberto Spinetta (LAS), practicamos un “desplazamiento” en el tema inseguridad y, por ende, “nos quedamos en casita cuando la cana mata un negrito o un rockerito”, es una temeraria acusación que no es demostrable y, por supuesto, no se brinda ningún indicio sobre la misma. Por otro lado, no ha habido “rockero” (una palabra ya anacrónica y vacía) que no haya expresado su opinión acerca de lo que Cromañón puso de manifiesto: sobre las responsabilidades que les caben a los artistas y productores y la propia responsabilidades del público. Si productores y artistas realmente aprendieron la lección, se verá. El público que estaba ese día en Vélez, creo que tiene la lección aprendida, y supongo que de mucho antes. ¿Qué más se puede hacer como público?. Por supuesto que descarto hacer demagogia con las víctimas, como lo hace PA.

PA agrega que “los públicos de Cromañón murieron por creer que el rock es una ceremonia que combina belleza y resistencia político-cultural: lo mismo que los asistentes al recital de Spinetta, si no me equivoco mucho”. Creer que murieron por esa razón es colocar en un lugar equivocado esa tragedia. Es desconocer que hoy el “rock” comprende muchas cosas, de las más variopintas, entre ellas, algo de belleza y algo de resistencia político-cultural. Me atrevo a decir que de esos dos elementos, las dosis son bastante pequeñas. Esto ocurre por muchas causas: porque los tiempos fueron mutando y las significados fueron modificándose, porque la producción del espectáculo es otra, porque los actores son más y muy diversos. No sé decir en qué combinación de variables actúa cada uno de esos elementos, no me atrevería, pero no puedo desconocer que hoy el público que asiste a un concierto de “rock” no siempre va para ser parte de una “ceremonia” que combina belleza con resistencia. Eso es ingenuo y un poco anacrónico, lamentablemente.

Las preguntas de PA son un desatino. ¿De dónde surgen esas dudas?, ¿qué lo hace sospechar que alguien piensa en el merecimiento de esas muertes? ¿porque no fueron mencionados? Disparatado ese razonamiento, Si fuse así deberíamos convertir cada concierto en una especie de ceremonia de entrega de los Marín Fierro donde cada uno que sube debe realizar una larga cadena de recordatorios, agradecimientos y bajadas de línea para así evitar ser acusados de ser poco menos que inhumanos.

image

Finalmente, dice:

Los muertos de Cromañón fueron víctimas de la combinación de capitalismo salvaje –ganar dinero sin reparar en cómo– y retiro del Estado –que no sirve ni para hacer una inspección–. Carballo fue apaleado por ir a un recital de “fieritas”, lo que lo convirtió en alguien digno de que se le aplicara la pena de muerte reclamada por Susana Giménez y Spinetta y ejecutada cotidianamente por todas las policías argentinas. Frente a toda la serie, el comportamiento de las estrellas de rock –Spinetta, Callejeros, Pity y también Los Redondos cuando fue lo de Bulacio– es invariable: mirar para otro lado, seguir hablando de la belleza y el universo y la Galaxia de Andrómeda. Lo que todos estos crímenes insisten en hablarnos es de una sociedad cada día más injusta, si eso fuera posible, donde la clase social sigue siendo la variable que ordena las jerarquías, y donde la violencia se ejecuta sistemáticamente sobre los mismos actores. Pero todo este cuadro se vuelve atroz cuando además cuenta con la complicidad activa de los que se proclaman como más conscientes, inteligentes, cultos. Que lo haga Macri, vaya y pase: pero que el rock practique la venganza de clase me parece simplemente intolerable.

Lugar común. Se puede elegir la tragedia que se quiera y yo lo explico por la combinación del “capitalismo salvaje y el retiro del estado”. Mis chances de equivocarme son muy bajas.

Luego la ensalada: Spinetta, Susana, ya había aparecido Blumberg, Callejeros, Pity, los Redondos, Macri. Bien, las expresiones a las que se refiere PA de Spinetta me parece que son bastante diferentes a las de “Susana” y en lo único en que coinciden es que ambos expresan la reacción espontánea que surge frente a ciertos hechos, y Spinetta explicita eso sin dejar de diferenciar lo racional de lo emocional y reactivo.

También la cita que se hace de la Rolling Stone, “la mayor tragedia de nuestra generación”, es un tanto confusa. Si aceptamos hablar de “generaciones”, convengamos que en los públicos de “rock” conviven ya varias generaciones. La generación de Cromañón es bien diferente a mi generación. Es de suponer que quien escribe eso sea alguien de la generación de los chicos de Cromañón y no es aplicable a las diferentes experiencias vividas por chicos que hoy tienen 14 años y señores que ya superan los 60.

Ahora algo respecto si yo, público de LAS, soy público de rock. NO, no lo soy.

Recuerdo que mi huida del rock se dio a mediados de los ‘80. De ese momento tengo dos imágenes. Una, en el Festival de La Falda (Córdoba), un público que era un horda de gente alcoholizada que buscaba cualquier pretexto para cagarse a trompadas entre ellos. No era contra la policía ni el capitalismo. Era dañarse, dañar un festival que era de ellos y putear músicos y a quienes los aplaudían. La segunda, en Rosario, en mi primer experiencia con Los Redonditos de Ricota. Lo que yo vi en ese concierto me asustó. Recuerdo que me fui al fondo, contra la pared del gimnasio donde era el concierto. No podía creer ese pogo violento y las actitudes más cavernícolas que nunca había visto en un concierto de rock. ¿bandas equivocadas? Me inclino a pensar que tragedias como Cromañón y muchas muertes “fieritas”, como los llama PA, se fueron engendrando poco a poco. Las razones son muy complejas, pero no hay que hacerse el distraído.

La simplona pluma de PA poco favor le hace a sus lectores. Nada aporta en materia de intentar ayudar a comprender o pensar, en su verdadera dimensión, ciertas cosas que son, naturalmente, muy complejas. Pero no es un columnista que escriba para eso, creo que lo hace para jugarla de polémico y diferente, no importa que en ese intento egocéntrico se lleve puesto a gente que no comprende, ni siquiera respeta ni intenta entender.

Cali

(estas líneas fueron escritas en un vuelo de regreso a Argentina, llego, y me entero de la muerte de un pibe de 14 años en un partido de fútbol. Esa muerte me es tan cercana y dolorosa como la de los chicos de Cromañón, y me importa nada si era “rockero” o no)

image

lunes, 1 de febrero de 2010

Un grande

image
Esta madrugada me ha sorprendido la muerte de Tomás Eloy Martínez, uno de los más grandes periodistas y escritores que teníamos hasta hace unas horas. Digo teníamos porque es parte del valioso capital que tenemos como sociedad. He hecho algunas referencias a su trabajo a lo largo del blog. Quiero mencionar que mi última lectura de Tomás Eloy Martínez fue “La pasión según Trelew”, en su edición de 2009.
Recomiendo enfáticamente su lectura, porque su poderoso texto original, su investigación periodística en tiempo real de los hechos ocurridos en 1972, siguen repercutiendo hoy cuando siguen los juicios a los militares involucrados en los hechos. En esos juicios, la investigación de Eloy Martínez es una de las fuentes de información. Esta edición contiene nuevos textos y un epílogo de otra gran periodista, Susana Viau.

Keith Jarrett, “Lifeline”, 1987