jueves, 11 de diciembre de 2008

Cero a la izquierda


De un montón de artículos de Martín Caparrós que me he marcado como textos relevantes de éstos últimos meses, me parece interesante éste, para leerlo justo al cumplirse el primer año de gobierno de Cristina Kirchner.

Si hay algo por lo que me considero lejos de las filas del “progresismo” es por su vagancia intelectual, sus reacciones a lo perro de Pavlov frente a ciertos estímulos. Esa adhesión ritual y fijación a gestos ya vacíos. Gestos que resultaban desafiantes cuando estos señores eran adolescentes. Pero el riesgo, como bien lo indica Caparrós, es el tiempo que irremediablemente se nos escapa, las oportunidades que se esfuman y toda la gente que la pasa muy mal y la pasará peor en el futuro.

Cali

Diario Crítica

CONTRATAPA

cero a la izquierda

Si esto sigue así el gobierno centrista de los Kirchner va a tener la culpa de una vuelta victoriosa de la derecha.


Por Martín Caparrós.

12.09.2008

El problema es después. Ahora estamos como estamos –más o menos– y se diría que esto va a durar: tengo la sensación de que los tres próximos años van a ser pura mediocridad semejante. Es una sensación: una mezcla de ideas que no puedo llamar un análisis pero que, si analizo, me parece acorde con los datos que tengo, las experiencias, las palabras. Creo que, a menos que se produzca alguno de esos shows inesperados que la Argentina siempre ofrece, los tres años de kirchnerismo que nos quedan van a seguir siendo, en el mejor de los casos, como éstos: un gobierno confuso, sin objetivos claros, sin pertenencia definida, sin una base firme, que va y viene entre la realidad y su discurso y que, de vez en cuando, puede intentar incluso alguna medida con la que estoy de acuerdo.


Pensando en los gobiernos previos no parece tan grave: sólo será otra de esas pérdidas de tiempo, de esos clásicos desperdicios de oportunidad que han hecho grande y tonto –tan fracasado– a este país.


El problema es después. Porque, para desgracia de propios y ajenos, este gobierno dice que promueve ciertos cambios progres –y ha convencido a buena parte de la ciudadanía desatenta, la mayoría, que no siempre tiene ganas de ponerse a analizar matices. Si un señor te recibe en un consultorio con una bata blanca y un estetoscopio y te dice sacate la camisa y decí treinta y tres, vas a pensar que es un doctor. Y después, cuando te diga que tenés pie de atleta aunque lo que te duele es una oreja no vas a pensar que no es doctor, vas a decir qué pelotudos son los médicos, no entienden una goma.


Los K se la pasaron diciendo que eran médicos, y sería injusto culparlos por eso. Después de 2001 era notorio que se había abierto un espacio de cambio: la ¿izquierda? lo dejó libre, y la naturaleza y el ¿peronismo? tienen horror al vacío. Entonces los K corrieron a asaltarlo: desenterraron, tras mantenerlas sepultadas 25 años, sus pequeñas historias juveniles y supusieron que con eso les alcanzaba para borrar sus años de negocios impresentables y menemismo activo. No hay por qué culparlos: ellos tenían que intentarlo. Los que no teníamos por qué tragarlo éramos los demás, pero parece que, tras declararnos huérfanos orgullosos, nos asustamos y salimos a buscar un papá.


Así que vinieron, ocuparon ese espacio, usaron algunos de sus símbolos y proclamaron que su gobierno es progre o que es de centroizquierda o que está del lado del pueblo o esas cosas y se pusieron a hablar de justicia social y derechos humanos y redistribución de la riqueza –aunque acumulen miles de millones y los usen para pagarles a los países centrales mientras las escuelas y los hospitales no funcionan, aunque sigan gobernando con los caciques habituales, aunque mantengan la desigualdad más insidiosa. Pero el discurso seguía tan progre y hubo quienes lo creyeron o simularon creerlo o pensaron que les convenía creerlo. Entonces los K cooptaron algunos de los movimientos sociales más reconocidos y los integraron a su aparato, con funciones cambiadas: las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo pasaron a ser su mejor firma de relaciones públicas, la legitimadora incuestionable; los piqueteros pasaron a ser su fuerza de choque, los clientes más fieles; ciertos intelectuales respetables pasaron a ser su coro griego, aplausos prestigiosos. Yo estoy absolutamente a favor de que ese tipo de movimientos se involucre en política partidaria: son políticos y toman partido, no podrían hacer otra cosa. La pena es que se peguen a un gobierno que no cambia nada, que desdeña las metas que esos movimientos proclamaban. Uno de los mayores logros del kirchnerismo –que el establishment alguna vez le agradecerá como merece– ha sido deslegitimar y esterilizar a las Madres, los piqueteros y compañía limitada.


Pero el problema central es que las mayorías distraídas –fogoneadas por ciertos medios y ciertos grupos muy atentos– aceptan el discurso: sí, claro, es un gobierno medio zurdo, fijate, están las Madres, los piqueteros, mirá lo que dicen. Sí, así es como gobiernan estos tipos, un desastre, lo que hace falta es…


Ése es el problema y es, ahora, sobre todo, un desafío para los que nos decimos más o menos de ¿izquierda? Digo izquierda para tratar de entendernos; ya sé, lo tengo escrito: somos confusos, tan confusos que no tenemos ni siquiera un nombre. Pero se pueden establecer ciertas características generales, casi obvias: cuando digo izquierda hablo de los que eligen creer que no tiene que haber ricos y pobres –que la diferencia entre los que tienen más y los que menos, si la hay, debe ser muy escasa. Los que eligen creer que todas las personas deben tener las mismas posibilidades de alojarse, curarse, aprender, trabajar, desarrollarse, y que el Estado sirve para garantizarlo. Que debe haber formas reales de participación de los ciudadanos en las decisiones políticas y en el control del gobierno. Que la justicia debe hacer justicia. Que ninguna institución religiosa o militar o económica puede imponer sus normas a los ciudadanos. Que el nacimiento, el género, las preferencias sexuales no deben definir el tratamiento que cada cual recibe de los otros. Que las personas son más importantes que las patrias.


Son puntos básicos, pero ahora se alejan y se alejan. Si todo sigue así, si de nuevo conseguimos no hacer nada, dentro de tres años –con suerte– esto termina en un gobierno Macri-De Angeli, Carrió-Miguens, Solá-Balestrini o lo que sea que la nación bendiga. Ése es el problema: no este gobierno mediocre, sin objetivos claros, sin pertenencia definida, sin una base firme, que va y viene entre la realidad y su discurso, ya perdido, sino el efecto que este gobierno puede tener sobre los diez próximos años. Si esto sigue así el gobierno centrista de los Kirchner va a tener la culpa de una vuelta victoriosa de la derecha todavía más derecha a la política argentina. El período K terminará siendo un terrible cero a la izquierda.


En eso, creo, debería consistir una política de ¿izquierda? en estos tres años: en tratar de buscar opciones que eviten el desastre anunciado. Hay tiempo, ideas nunca hubo. Pero ya estamos grandes –yo, por lo menos, ya estoy grande: no me quedan muchas otras chances. Si no hacemos algo más o menos pronto, los años diez van a ser otros años noventa y van a ser otra vergüenza, tan tristes de vivir, tan denigrantes.



lunes, 8 de diciembre de 2008

Puerto Montt pega con Wincofón

Hay algunas experiencias que son casi casi insignificantes y uno las descubre con el paso del tiempo como indestructibles.

Desde el momento en que comencé a leer la nota de Osvaldo Bazán en el Crítica de hoy, no pude dejar de reírme sorprendido. Por un lado, recordándome escuchando Puerto Montt de Los Iracundos en esa época. Segundo, porque había estado, minutos atrás, dándole vueltas a ésto de la "nostalgia" y aquellas cosas que quedan fijadas en la memoria.


Los uruguayos eran mis preferidos dentro de los discos de grandes éxitos que sacaba regularmente la RCA. La voz y actitud de Eduardo Franco, su cantante, le daban al grupo un condimento que los destacaba del resto. Luego empecé a comprarme los simples de Los Iracundos. Un Long Play de un mismo artista era como algo demasiado importante cuyo único caso conocido en ese entonces eran los LP de Sandro comprados por mis hermanos.


En esa época no tenía winco, así que era cuestión de ver en qué momento mi vieja se traía el winco de la escuela (de la que era directora) o cuando mis hermanos se traían algún otro aparato prestado. Luego tuve mi winco propio pero ya en ese momento Los Iracundos habían sido reemplazados en mis preferencias. Sin embargo, la voz de Franco sigue siendo una referencia imborrable.


Cali

diario Crítica

Puerto Montt


Una vez por semana papá viajaba a Rosario y volvía con un long play. Un día llegó con un disco simple: una canción de Los Iracundos. Fue instantáneo, era 1969, la revolución estalló en casa. Osvaldo Bazán.


Por O. Bazán

08.12.2008


Papá nunca me llevó al fútbol. Papá no iba a la cancha, no veía fútbol por televisión, en realidad despreciaba el negocio del fútbol con una intensidad que también tenía para otros asuntos. Papá quería que escucháramos música, que leyéramos libros, que nos interesaran los diarios. Nos quería curiosos aunque después no lo soportó. Y un día recitó Bécquer, golondrinas y eso, y dijo: “¿Ven?, eso es poesía. Tienen que saber poesía y matemática”.


Me transmitió la voluntad de la literatura aunque no recuerdo jamás haberlo visto leer un libro. Me dio las ganas por la música pero nunca fue un exquisito en materia musical.


Hubo un tiempo en que envidiaba a Fito Páez; el padre le hizo escuchar a Tom Jobim o a Frank Sinatra. Ahora que murió hace mucho, ya estoy reconciliado con papá, apasionado por Los Wawancó, el Quinteto Pirincho y Lafayette, un tecladista brasileño, maestro del órgano Hammond que versionaba los grandes éxitos de la época y –me enteré mucho después– fue casi el fundador del sonido de la Joven Guardia brasileña y músico de la banda de Roberto Carlos.


Papá, allá en el largo atardecer del pueblo santafesino, tenía un orgullo simple y concreto: el combinado podía soportar siete long plays juntos. Iban cayendo de a uno y a él le gustaba decir que podía escuchar dos horas de música sin levantarse de la silla para cambiar el disco. Y entonces, Wawancó, Quinteto Pirincho, Lafayette, sin interrupciones, sólo mirando de reojo cada vez que el pick up se levantaba y dejaba caer, pesado y con ruido inconfundible, el próximo disco.


Una vez por semana papá viajaba a Rosario y volvía al pueblo con un long play. Un día llegó con un disco simple. Raro, no compraba discos simples. Pero se había entusiasmado con una canción que había escuchado por la radio. Una canción de Los Iracundos. Fue instantáneo, la escuchó en el viaje de ida y entró a una disquería y la pidió. Era 1969. Fue una revolución en casa.


Ya no había dos horas de long plays. Era la canción una y otra vez, una y otra vez, y el pick up volvía y volvía.


La canción hablaba de un lugar rarísimo: Puerto Montt. La historia era la historia más triste del mundo.


“Sentado frente al mar/ mil besos yo le di/ después le dije adiós/ todo termina aquí/ y ella me dijo así:/ ‘Abrázame y verás/ que el mundo es de los dos/ salgamos a correr/ busquemos el ayer/ que nos hizo feliz’./ Puerto Montt/ me alejé de ti/ sin saber por qué/ y yo la dejé/ sola frente al mar/ bajo el cielo azul/ de Puerto Montt.”


Puerto Montt fue para mí, un niño campesino con voluntad para la maravilla, el lugar en donde se rompían los amores. El mar por antonomasia.


La segunda parte de la canción, a mis seis años, directamente se reveló como sublime: “Mil violines en su voz/ susurraron un adiós/ y un amor que se quedó/ perdido frente al mar/ y el viento lo llevó/ Silencio sin piedad/ encontraré al volver/ mas en la soledad/ su voz me gritará:/ ‘¡No, no, te vayas de mí!’”.


Me parecía el colmo de la poesía. ¿Cómo a alguien se le había ocurrido que podían sonar mil violines en una voz, en el mismo momento? ¿Y qué pasa cuando suenan mil violines juntos?


–Papi ¿Puerto Montt no existe, no?


–Sí, creo que queda en Chile –me dijo y fue a buscar un mapa. Estaba contento. Quería que nos interesáramos, mi hermano y yo, por las cosas que la vida tenía para ofrecer. Buscar juntos una ciudad en un mapa era para papá el mejor plan para hacer con sus hijos.


–Acá, acá abajo está Puerto Montt. Debe de hacer frío ahí. Eran los años en los que papá sabía todo.


Eduardo Franco escribió la canción sin haber estado jamás en Puerto Montt. Pero ese paraje de desolación absoluta, de conciencia de que el fin es evidente y cercano, de que más allá no hay nada y el resto es viento cabe entero en la canción. Lo supe hace unos días, cuando llegué a la ciudad llevando en el auto, casi como un chiste, el CD de Los Iracundos. Puerto Montt es fría, azul y final. La enorme sorpresa fue comprobar que sentados frente al mar, los protagonistas de la historia continúan abrazados. Él no tiene nada para decir y en el rostro de ella estallan los mil violines. El resto, otra vez, es viento. Una enorme estatua de concreto de más de cinco metros de alto, conocida localmente como “Los monos feos” o “Los mazapanes” (el mazapán es la golosina típica de la región) mira hacia la bahía violentamente azul, oscuramente azul, atravesando para siempre el momento del dolor. Impresiona el tamaño del sufrimiento. Sabés que en minutos más ella quedará irremediablemente sola rodeada de azul y él se irá y ni sabrá por qué. Sin vuelta atrás. Sabés que no hay cómo encontrar el ayer que te hizo feliz. Sólo silencio sin piedad.


La canción fue presentada por Los Iracundos en el Festival de la Canción de Buenos Aires en 1969. Salió segunda. Cuarenta años después nadie recuerda “Como somos” de Piero, que cantada por Fedra y Maximiliano ganó el primer premio. Papá siempre dijo que aquella elección había sido una injusticia. Hoy sé que tenía razón.

En este disco venía Puerto Montt de Los Iracundos. También estaban Lo Gatos con "Viento dile a la lluvia", Alma y Vida con "Del gemido de un gorrión" y temas de la Conexión Nro.5 y La Joven Guardia. Al resto, no me animo a nombrarlo siquiera.



sábado, 6 de diciembre de 2008

"Curiosa Noche"


Veamos, suelen señalarme que las entradas que coloco tienen una carga “nostálgica”. Es cierto. Pero también hay que decir que algunas cosas están ahí nomás y no las puedo evitar. Todo el mundo recordó hace unas semanas los 40 años del álbum blanco de los Beatles a moco tendido. Por algo pasa, qué se yo. Si alguien supone una respuesta que me la diga.

Aquí voy con la radio otra vez. Sucede que anoche viajaba hacia un cumpleaños en Palermo Hollywood, todo muy contemporáneo. Pero en la radio del remis está la voz de una locutora conocida, es Daisy May Queen. Su programa se llama “Curiosa noche”, ¿cómo usa ese nombre? Minutos después la cortina musical es “curiosa noche” (!) en una versión nueva y rara del tema original de Vivencia. ¿Qué es todo esto?


Vamos atrás en el tiempo. Mediados de los ’70, todavía no hay dictadura y por Radio Del Plata de Buenos Aires todas las noches un ciclo conducido por Juan Alberto Badia marca una época. Badía nunca hizo programas de “culto” ni cosas extraordinarias, siempre se destacó por hacer programas que cualquier conductor sensato debería hacer: cosas con buen gusto y con verdadero aprecio por la música.

Durante los años en que Badia estuvo en las noches de Del Plata con “Flecha Juventud” ("Imaginate" y “Curiosa Noche”) pasó tanta música y tantos músicos pasaron que es una referencia obligada de aquellos tiempos y es mucha la gente que le guarda un eterno agradecimiento.

Para mí, que andaba por los quince, era una ventana nocturna adecuada, iba desde las 22, para días de semanas cuando al otro día había que levantarse a la madrugada. Aunque a veces se despachaba con programas especiales que arrancaban a las 22 y terminaban a las 4 de la mañana. Había que prepararse para esos viajes a través de la historia de los Beatles o maratones de rock nacional durante una noche entera.

La cortina pertenecía al dúo Vivencia y es un tema muy querido para adolescentes que se refugiaban en la radio y lo libros. Otros tiempos.

Aquí está la versión de Vivencia que grabaron en 1981 del tema de los ’70. La que usa Daisy May Queen hoy (Vale 97.5) está grabada no sé por quién.



Recuerdo perfectamente la noche del Luna Park del Adiós Sui Géneris con Badía y con la radio
pegada a la oreja estando ya en la cama. Esas cosas no se olvidan más y se agradecen siempre. Un reflejo de algo de todo esto está en este tramo de un diálogo entre Guillermo Novellis y Patricia Sosa (http://www.aadi-interpretes.org.ar/Contenidos/patricia10.aspx).

GN: -Sí, a “eso”. Cuando todo esto arrancó (seguramente tengo una visión distinta desde el lugar donde lo viví, porque soy un tipo del interior, criado en un pueblo), a mis artistas preferidos y a mis ídolos los veía en revistas. El día que pasaron Anochecer de un día agitado, en Canal 5 de Rosario, un sábado a la tarde, en el 79 ¡al fin pude ver que Lennon se movía! ¡No era una foto! Después vi Adiós Sui Generis en Mar del Plata, año 78, 77… jamás había estado en un show. Leía a Gloria Guerrero, leía las revistas Humor y Pelo. Todo eso me alimentó, me hizo ser lo que soy, me hizo querer ser uno de los tipos que estaban ahí adentro y conseguir un disco y escuchar, porque no estaban en la radio, nadie te lo pasaba. En AM yo escuchaba Badía , a las 11, llegaba del industrial a la noche, mi vieja me preparaba la comida y ya a las 11 terminaba de comer y escuchaba el tema “Curiosa noche…” de Vivencia. Después venía la “Beatlemanía”.
PS: -Después venía “Modart en la noche”, la media hora de los Beatles. Mi vieja no me lo dejaba escuchar, porque al otro día tenía que ir al colegio. Entonces me compré una radio portátil y la escondía en la funda de la almohada, pero yo sabía que a las 12 de la noche venía Pedro Aníbal Mansilla… ¡si me habré hecho el bocho con él!
GN: -Ahora trabaja en radios del interior, y es médico. En la radio de mi pueblo él es el que hace todas las publicidades.
Fragmento presentación de "Flecha Juventud": http://www.jurassicradio.com.ar/audio/juan-alberto-badia...imaginate-flecha-juventud