miércoles, 5 de marzo de 2008

Each Small Candle

Colombia, Ecuador, Venezuela... demasiadas armas juntas, mucho uniforme, demasiados milicos, demasiado fascismo trasvestido.

Cali


Each Small Candle (Roger Waters)

Not the torturer will scare me
Nor the body's final fall
Nor the barrels of death's rifles
Nor the shadows on the wall
Nor the night when to the ground
The last dim star of pain, is held
But the blind indifference
Of a merciless unfeeling world
Lying in the burnt out shell
Of some Albanian farm
An old Babushka
Holds a crying baby in her arms
A soldier from the other side
A man of heart and pride
Breaks ranks, lays down his rifle
And kneels by her side He binds her wounds
He gives her food
And calms the crying child
She gives him absolution then
Across the great divide
He picks his way back through the broken

China of her life
And there at the kerb
The samaritan Serb turns..
Turns and waves.. goodbye

And each small candle
Lights a corner of the dark... When the wheel of pain stops turning
And the branding iron stops burning
When the children can be children
When the desperados weaken
When the sea rolls into greet them
When the natural law of science
Greets the humble and the mighty
And the billion candles burning
Lights the dark side of every human mind

Each small candle


domingo, 2 de marzo de 2008

Esperando a Bob, en un país "rolinga"


Bueno, el suplemento RADAR de Página/12 de hoy usó el mismo recurso que usé para empezar a hablar de la espera por Bob Dylan: las entradas desplegadas.

Obviamente, el talento del diseñador Alejandro Ros y sus recursos superan ampliamente a lo que humildemente puse en la entrada publicada aquí el 24 de febrero. Esta zoncera es parte de las infinitas cosas que siempre me unieron entrañablemente a Página/12 (a pesar de que cada vez estoy más cerca de abandonarlo como diario “hogareño”).

Bueno, en relación a esto quiero retomar otra nota publicada por Fresán en Página/12 hace ya un tiempo (sigo reciclando de mi antiguo blog!). El tema es así, Bob Dylan vino ya dos veces a la Argentina, la primera en 1991. No recuerdo cuál fue el motivo por el cual no pude asistir a ninguno de sus shows, muy probablemente estaba afuera del país o estaba sin plata, no recuerdo. En la segunda, en 1998, yo ya vivía aquí en Buenos Aires, pero en esa oportunidad actuaba en una de las actuaciones de los Rolling Stones en River, nada malo, pero no era para mi muy atractivo la tribu “rolinga”. Así que desistí.

Sobre este último punto quiero destacar aquella vieja nota de Rodrigo Fresán en ocasión de la tercera visita a la Argentina de los Rolling Stones. Luego volveré sobre Bob Dylan.

Cali


Página/12 (Viernes, 24 de Febrero de 2006)

Un país rolinga

Por Rodrigo Fresán

No estoy allí pero es como si estuviera porque alguna vez estuve. Y es que si algo caracteriza tanto a los Rolling Stones como a la Argentina es la constancia de ciertos modales. Y juntos son dinamita.

Así que ya saben: el chico que ahorró durante años y que hará cola durante varios días para entrar primero, la modelo que será “descubierta” cenando con Mick Jagger en algún antro de moda o saliendo de la suite de turno, Keith Richards y Ron Wood tocando con la misma gestualidad entre épica y absurda de adolescentes con guitarra de aire frente al espejo del placard, Charlie Watts cada vez más parecido a Bela Lugosi, algún momento de catarsis violenta a la hora de entrar al estadio y, tal vez, una pizca del omnisciente Diego y/o camiseta del seleccionado sobre el escenario... Y, claro, las mismas viejas canciones de siempre o (no está de más advertir que a quien firma esto se le escapan las excelsas virtudes de A Bigger Bang en relación a “flojos” discos anteriores que, en su momento, fueron alabados como “renacimientos”) las nuevas canciones de siempre que, siempre, sonarán enseguida como las viejas: riffs primarios, letras simples con corazones rotos y callejones oscuros y el rock como pócima mágica y redentora, y un señor dando saltitos.

Y, por encima de todo y de todos, los fans.

Me ha tocado vivir la llegada de los Rolling Stones a varias ciudades del mundo y en ninguna parte ocurre lo que en Buenos Aires. Mientras que en el resto del planeta son entendidos y aceptados y disfrutados desde hace años como un productivo parque temático de sí mismos, como multimillonarios caballeros de fortuna atracando puertos (no tengo dudas de que el cadavérico Richards estará formidable en la inminente segunda parte de Piratas del Caribe), o como una divertida y nostálgica banda de autohomenaje, en la Argentina los Rolling Stones son dioses.

En la Argentina se crean palabras escalofriantes como rolinga, se abraza su credo sociológicamente imposible donde comulgan barrio bajo y jet-set, y se cree en los Rolling Stones como si en ello fuera la vida. Y tal vez esta pasión tenga que ver con que los argentinos y los Rolling Stones están hechos a mutua imagen y semejanza. Unos y otros viven más o menos felizmente enredados en un pacto fáustico donde el primer mandamiento de sus satánicas majestades es “No envejecerás” o, mejor, “No sabrás cómo envejecer”. A diferencia de lo que ocurre u ocurrió con artistas “maduros” como Johnny Cash o Bob Dylan o Leonard Cohen o Ray Davies o Paul McCartney, los Stones han optado por seguir en la misma, repetir los mismos tics, entender al rock and roll desde el vamos y hasta el fin como respuesta monolítica y ya fosilizada en contra (pero a favor) de la insatisfacción de una eterna edad del pavo.

A la Argentina le ocurre lo mismo si se la compara con otros países colegas: la misma vieja canción de siempre, los mismos discursos, las mismas caras de piedra cada vez más agrietadas o los rostros supuestamente novedosos pero instantáneamente experimentados en el acné de sus intenciones y en sus grititos histéricos.

La pequeña pero más que atendible diferencia es que a los Rolling Stones les va muy bien en lo suyo.

Alguna vez lo escribí, vuelvo a escribirlo ahora: habiéndolo inventado todo, a los Beatles sólo les quedó inventar el separarse. Fue entonces cuando, quizá, los Rolling Stones decidieron seguir juntos para siempre, orquestando sucesivos duelos Jagger/Richards para angustia de la concurrencia, anunciando nuevo tour, girando en círculos, como viejos long-plays.

Cuando me acuerdo de la Argentina de mi infancia –cabe la posibilidad de que se trate de un mecanismo de defensa, de una de esas alteraciones del pasado– no puedo evitar el pensarla como un país beatle. Después, en algún momento, la Argentina decidió ser un país rolinga. Supongo que fue entonces cuando comenzaron los problemas.

sábado, 1 de marzo de 2008

Del otro lado del río


He terminado de leer el libro “Del otro lado del río. Ambientalismo y política entre uruguayos y argentinos”, una compilación de Vicente Palermo y Carlos Reboratti (2007). Este libro ya lo había recorrido rápidamente hace unos meses por cuestiones de urgencia, ahora pude leerlo completo y más tranquilo.
Por supuesto que este libro tiene, especialmente en la mirada de Vicente Palermo, una relación directa con el libro comentado en lo publicado aquí el 17 de febrero. Se trata sin duda de la mejor recopilación que he leído de entuerto argentino-uruguayo en torno a las papeleras. Tema en el que he estado envuelto bastante y valoro muchas de las apreciaciones y hechos cronológicos que se destacan a lo largo de las diferentes contribuciones. Contribuciones que realizan autores argentinos, uruguayos y brasileños.
El conflicto de las papeleras es claramente un conflicto donde se han mezclado de manera explosiva (como siempre que se mezclan) ambientalismo con nacionalismo. Un binomio que aquí, como en cualquier otro sitio, favorece la ceguera y algunas de las peores taras sociales y políticas, tales como el egoísmo, el facilismo futbolero y la ausencia total de autocrítica.
Estos elementos explican en parte la incapacidad manifiesta de ambos gobiernos para encausar el diferendo en términos políticos bilaterales o, mejor aún, como un asunto de relevancia regional. Así se inflamaron los ánimos de manera continua y se recurrió a mentiras de todo tipo, a sobreactuaciones, giros increíbles de muchos funcionarios y el pretender generar una causa nacional que nos involucre a todos y nos confiera una unanimidad que todo nacionalismo busca denodadamente.
Rescato un fragmento del capítulo escrito por Palermo donde algo de esto se analiza y se lo vincula con el tema que él analiza con profundidad en su anterior libro “Sal en las heridas”.
Recomendable para cabezas abiertas. Para acordar y disentir con cada uno de los autores, pero valioso aporte para la comprensión del conflicto y especialmente del comportamiento de este lado del río.
Cali









Cuando en cualquier sociedad aparecen nuevos valores, o movimientos que al alentarlos los introducen en la agenda pública, esos nuevos valores no actúan en el vacío. Bienvenidos sean, pero no podemos ignorar que se incorporan a las matrices culturales preexistentes. Sus sentidos, y el sentido de la acción de quienes los alientan, están condicionados por las nociones fuerza de aquellas matrices. La cultura, las formas preexistentes de concebir nuestras identidades y de entender nuestra relación con Edmundo cobran su precio. Tal vez la crisis de las papeleras marque un antes y un después en la conciencia ambientalista de los argentinos, pero así las cosas, ésta no es necesariamente una buena noticia.
El territorialismo, el unanimismo, la fe en el potencial regenerativo de una causa nacional y muy especialmente la noción victimista del despojo estructuran la acción colectiva contra las papeleras en los distintos planos: vecinos, gobiernos local, provincial y federal. Tanto en la retórica como en las formas no retóricas de la acción. Es por ello que la movilización adquirió un talante cada vez más torvamente intimidatorio.
Nuestro nacionalismo no es especialmente agresivo ni hostil con el mundo, no es expansionista, no es xenófobo. Es un nacionalismo endodirgido, defensivo, un nacionalismo que focaliza en los “malos argentinos”, los “enemigos internos”, que varían según la declinación nacionalista de que se trate; no son lo mismos nacionalismos de derecha, de izquierda, el liberal, el conservador, el autoritario, el democrático, etc. La agresión es la excepción, no la norma. Pero, atención, lo que encierra esta frase de tan inocente apariencia –la agresión es la excepción, no la norma— es alevoso. El nacionalismo pretende constituirse como una excepcionalidad justificada: la excepcionalidad de quien es perfectamente justo, digno y paciente, y tolera el atropello… pero hasta un límite. En mi opinión, en la crisis de las papeleras se han activado casi todos los componentes constitutivos del nacionalismo territorialista argentino que, se expresa nítidamente en la configuración, y vigencia aún hoy, de la causa Malvinas.
Tras la guerra de 1982, se separó tajantemente la causa Malvinas del conflicto. Se atribuyeron la decisión de ocupar las islas, así como la guerra, a la dictadura militar, y se asumió que la causa nada había tenido que ver con ellas. De ese modo se preservó la causa de las facetas más canallescas de la guerra. Pero una consecuencia de la separación tajante entre causa y guerra, y de la consiguiente preservación de la causa, fue que no se hizo necesario, ni siquiera resultó posible, examinar críticamente los rasgos más perniciosos de la propia causa. No es asombroso, por tanto, que rasgos como el territorialismo, la noción victimista de despojo, el unanimismo de las causas nacionales, entre otros, se hayan mantenido robustos en la matriz político-cultural de los argentinos. En 1982 percibimos y experimentamos en una clave victimista nuestra propia agresión, y pudimos conferirle a ella el carácter de un acto de fuerza, puramente defensivo y plenamente justificado, excepcional. Esa relación profunda entre causa y los acontecimientos se borró luego de la memoria, y ello permitió que la experiencia no hiciera mella alguna en la noción victimista que legitima como acto defensivo, justificado y excepcional nuestra agresión. La matriz político-cultural que alimentó la causa Malvinas se reactiva hoy bajo los ropajes del vecinalismo y el ambientalismo. Y no se trata de falsos ropajes, de disfraces, que ojalá lo fueran. Lo peor es que son auténticos.