Alguna vez dije que este blog se alimentaba de las “sincronicidades”, al menos de aquellas a las que uno pone atención. Hoy compré el diario Perfil y encontré una nota destacando el ejemplo regional y mundial de un país que le dijo adiós a las armas, Costa Rica. Si, ya sé, muchos no toman muy en serio a Costa Rica. Es un país pequeño, con pocas posibilidades, aún así, políticamente tanto o más visible a nivel internacional que Argentina. Esto lo digo por los cínicos que siempre escuché opinar con desprecio hacia Costa Rica por ser un país “bananero” y “aliado” a los Estados Unidos. Deberíamos mirar un poco lo que sucede a sus alrededores. Costa Rica ha sido refugio de todas las calamidades políticas que han sucedido y suceden en la región. Su política exterior no ha sido de la mejor, es cierto. No podría decir que ha sido peor que la nuestra. No es la ausencia o presencia de un ejército lo que define eso.
Costa Rica califica, igual que Argentina, entre los país que poseen un Índice de Desarrollo Humano (IDH) alto. Argentina está en la posición 38 y Costa Rica en la 48, Brasil aparece en la posición 70 cerrando el lote de los países con un IDH “alto”. (PNUD, 2005).
Mientras la región está gastando en armas de un modo descomunal en estos últimos años, Costa Rica apuesta para su defensa en la protección de los organismos internacionales de negociación. A los tumbos, como todos, pero es un pequeño ejemplo a tener en cuenta.
Cali.
internacionales – diario Perfil 8/11/2009
un ejemplo regional
Costa Rica cumplió 60 años sin utilizar Fuerzas Armadas
Por Leandro Dario
Mientras ayer se cumplían 60 años de la Constitución costarricense de 1949 que consagró la proscripción de las Fuerzas Armadas en ese país y lo transformó en un caso testigo en todo el mundo, el presidente Oscar Arias lanzaba una campaña mundial para el desarme y la seguridad compartida. “Hoy estamos aquí clamando por un mundo más pacífico, pidiéndole silencio a las armas, debemos recordar que el cambio empieza en nosotros mismos”, dijo Arias en un acto en San José ante decenas de jóvenes de todo el mundo.
Luego de una Guerra Civil que enfrentó a la dirigencia de Costa Rica, fueron las propias autoridades de ese país las que decidieron prescindir de los militares para mantener la seguridad exterior. Así, la Junta Revolucionaria que tomó el poder en 1948 propuso disolver las tres armas y destinar el presupuesto militar a las áreas de educación y salud.
Arias, Premio Nobel de la Paz en 1987, no sólo continuó con el desarme como política de Estado, sino que también afianzó el rol de Costa Rica como garante de la paz en la región al mediar en el conflicto hondureño. “Renunciamos a las capacidades ofensivas –defensivas en términos militares–. Los conflictos los resolvemos mediante la vía civil y a través del diálogo”, dijo Álvaro Ramos, asesor de seguridad de Arias.
Costa Rica consta actualmente de fuerzas policiales que se encargan de la seguridad interior, constituidas por 12.500 hombres armados con escopetas, revólveres y ametralladoras, pero no dispone de transportes o armas militares destinadas a la seguridad exterior. “Los ejércitos no sirven para nada, las Fuerzas Armadas no son vitales para un país –completó Ramos–. Vivimos en una zona muy conflictiva sin tener militares. Creemos en el derecho internacional para solucionar los conflictos nacionales”.
Hacía mucho tiempo que no andaba por el centro de Buenos Aires de madrugada. El martes pasado anduve por la zona de Plaza de Mayo alrededor de las 5 AM, ya era de día, pero me encontré una ciudad vacía. No encontré un solo café abierto, ni por Diagonal Norte, ni por Diagonal Sur, alrededor de la Legislatura, ni por Avenida de Mayo. Era el comienzo del día, había amanecido. Estaba solo por el centro de la Ciudad de Buenos Aires y nada.
Algo ha cambiado en esta ciudad. Luego pasé por al recova del edificio de la Administración Federal de Ingresos Públicos, y en contraste dramático a ese nombre me sorprendió la cantidad de gente, familias enteras durmiendo en el triste reparo de ese sitio. En las escalinatas, veredas y rincones que hacían un poco menos cruel la situación en la que estaban
Eran muchos. Algo dramático nos está pasando. El centro neurálgico del poder en la Argentina es un sitio de reparo para gente que quedó al costado del sistema. Desprotegidos. Desamparados. Muchos. Y cuántos serán en la ciudad?
No es que desconociera esta realidad, verla en esa soledad hacía todo más triste.
Buenos Aires se ha convertido en un sitio peligroso, humillante para mucha gente e indiferente. Para cuando ingresaran los empleados y funcionarios a esos edificios esa gente será removida del precario “techo” que por unas horas les dan los ingresos fiscales de la Argentina.
Basta nada más. Buenos Aires tiene el alma de piedra.
Tuvo su continuidad el artículo de Caparrós en comentarios varios en el diario Crítica y un segundo artículo que aquí reproduzco. Me parece que el debate tiene que existir, aunque aún no sea factible en el corto plazo, pero debe existir la opinión anti-militar en la Argentina.
Los gráficos corresponden a parte de los materiales de la campaña que comenté para que se reconozca el derecho a no hacer el servicio militar (2003/2004). Campaña que finalizó abruptamente (felizmente) con la decisión de Menem de acabar directamente con el Servicio Militar ese mismo año 2004.
Va la segunda parte.
Cali
Más adiós a las armas
Parece que los medios argentinos no hablamos de eso: que decidimos hacer como si ya no tuviéramos ejército.
Por M. Caparrós, diario Crítica 29.10.2009
Parece que los medios argentinos no hablamos de eso: que decidimos hacer como si ya no tuviéramos ejército. Es curioso; el viernes pasado publiqué, aquí mismo, un artículo –Adiós a las armas– que discutía, en sintesis, si vale la pena seguir gastando una fortuna en unas fuerzas armadas mal armadas y peor preparadas y que, sobre todo, no tienen ninguna hipótesis sensata de conflicto porque una guerra con los vecinos es impensable y una con Inglaterra es insostenible, o sea: un cuerpo que está ahí porque siempre estuvo ahí, porque los estados tienen ejércitos, por el peso de la tradición y la conservación.
Esa tarde un programa de radio Nacional –Carbono 14, conducido por Miriam Lewin y Eduardo Anguita– me llamó para comentar el asunto. Conversamos; hasta allí, seguía siendo pura opinión, eso que no nos interesa. Pero poco después la radio recibió una llamada del ministerio de Defensa: querían contestar algunas cosas. Plural, curioso, el programa puso en el aire al secretario de Estrategia y Asuntos Militares, Germán Montenegro, el segundo en la jerarquía del ministerio. El secretario dijo que “la Argentina, que no tiene hipótesis de conflicto a corto o mediano plazo, configura a sus Fuerzas Armadas teniendo en cuenta un escenario de incertidumbre”. Eso sí era lo que los libros suelen llamar información y, como tal, fue reproducida en un cable de la agencia oficial Telam a las cinco de la tarde: la Argentina no tiene hipótesis de conflicto para sus fuerzas armadas porque “en lo inmediato no hay un país que pueda amenazar la soberanía argentina”, aunque –dijo el secretario Montenegro– “tenemos recursos muy importantes, un territorio rico, presentamos reclamos sobre la ampliación de la plataforma continental y no sabemos qué amenazas pueden surgir desde el escenario internacional incierto y cambiante”. O sea: que están ahí por si acaso y ya veremos. El cable de Telam fue un pif casi perfecto; sólo lo reprodujo un medio on line de la Patagonia –y ningún otro. Que el Estado argentino no defina ni piense definir la función de su ejército no parecía un tema que tuviera por qué importarle a nadie.
O eso, por lo menos, supusieron los grandes medios de la patria. En Criticadigital.com, en cambio, la discusión hervía desde la mañana. O, dicho de otro modo: hacía mucho que no me puteaban tanto.
–Pero si a usted le gusta, Caparrós, no se me queje.
–Sí, claro. Nada me calienta más que cuando me amenazan o me mandan al carajo. No me diga que a usted no.
Y eso que yo había tratado de ser calmo, ecuánime, exponer razones. Que –muy expresamente– no escribí ni una palabra sobre el hecho de que el ejército argentino es la institución más violenta de nuestra historia, la más homicida, porque no quería que las emociones tiñeran una propuesta que iba más allá: que, en el famoso concierto de las naciones, el poder moral de desarmarse es mucho mayor que el escaso y costosísimo poder de fuego de un ejército que no tiene objetivos. Fue un vendaval. Pero había, también, en medio de las puteadas argumentos, y me interesa discutirlos.
El más repetido tuvo que ver con la costumbre: siempre hubo un ejército, todos los países –casi todos– tienen un ejército, así que tiene que seguir habiendo. No hay nada más triste como base para una discusión: los grandes momentos de la historia son aquellos en que algunos no aceptan ese principio y deciden pensar algo distinto. Incluyendo, por ejemplo, a ciertos militares de esta tierra que supusieron, a principios del siglo XIX, que el hecho de que los españoles siempre la hubieran gobernado y gobernaran el resto del continente no era razón suficiente para no repensar el asunto. No revisar los conceptos que parecen evidentes es la mejor garantía para seguir cayendo.
Otra línea de argumentación fue la “mal de muchos”. Una síntesis posible es la de un tal Jacinto Chiclana, fugitivo de Borges: “Las fuerzas armadas no tienen función alguna, la policía no te protege, los maestros están siempre de paro o vacaciones, los políticos son corruptos e incompetentes, la industria argentina no puede competir con nadie, los hospitales no tienen ni curitas, el periodismo descubre escándalos que terminan en nada, los impuestos se utilizan para favorecer a los amigos del gobierno de turno. Haciéndola corta: el país y sus instituciones son tan inútiles como el ejército (eso es coherencia): ¿por qué no abolirlos también?”, proponía, mordaz, el falso Jacinto. ¿Es necesario aclarar la diferencia entre una institución que funciona mal pero necesitamos y una que, por carecer de un sentido claro, tal vez no? ¿Decir que sabemos para qué están los hospitales y las escuelas y no parecemos saber para qué está el ejército, y que entonces tenemos que mejorar quirófanos y aulas pero quizá podemos mandar a casa a los soldados?
La discusión seguía. Muchos ponderaban el trabajo humanitario del ejército, sin duda muy útil pero que puede y debería ser encarado por un cuerpo especializado: ¿o se necesita saber manejar un tanque para reconstruir un puente, un fal para rescatar pobladores de la inundación? Otros –los más insultantes– me recriminaron que hubiera descrito la guerra de las Malvinas como “la tontería soberbia de pensar que una banda de inútiles mal preparados y peor equipados podía mellar siquiera la carrocería de uno de los ejércitos potentes de este mundo”. Me exigían respeto por “la sangre vertida en las Malvinas”. Es cierto que los soldados que llevaron a pelear eran inútiles para ese trabajo, pobres, por culpa de sus jefes y sus equipos perimidos. Me da muchísima pena –y he escrito sobre eso–, pero detesto el chantaje de la sangre, tan en boga en la Argentina actual: que te maten es horrible pero no da derechos ni silencia a los vivos ni cambia tu historia. Si no se puede pensar qué hicieron los que perdieron su sangre por su patria también habría que alabar a los sargentos nazis, por ejemplo. Lo cual me hizo acordar del 2 de abril de 1984, cuando Jorge Dorio y yo conducíamos un programa de radio –Sueños de una noche de Belgrano– y dijimos que era complicado hablar de esa guerra y de sus muertos porque, entre otras cosas, el primer soldado argentino caído en las islas, el primer mártir, era un capitán Pedro Giachino que si no hubiera muerto allí habría tenido que responder a acusaciones graves sobre violaciones de derechos humanos. Y entonces un comando nazi encabezado por un autodenominado Castrogé tomó el estudio, nos tuvo de rehenes, nos dijo muchas veces que nos iba a matar. Fue una noche difícil –y sigue siendo otra discusión que no se ha dado.
Entre los argumentos que más me impresionaron –y fueron numerosos– están los de la línea Malena: “Sucede que somos un país semicolonial y Caparrós lo asume, pero derrotado. ¿Acaso no tenemos que recuperar nuestros recursos para desarrollar la industria y terminar con el hambre? ¡Cómo que no hay hipótesis de conflicto! Por favor, el agua, la minería, el petróleo…”. Ése sí que es un triunfo de la ideología contra la historia: imaginar, pese a tantos hechos y evidencias, que el ejército va a proteger los recursos naturales argentinos. ¿Para quién, para la Barrick Gold, para Repsol? Cuando tuvo poder, el ejército entregó más recursos que nadie. La tal entrega no es como en las películas: no vienen hordas de soldados a ocupar los pozos o las minas; llegan en jets privados ejecutivos con valijas de dólares para los funcionarios, jueces, periodistas, militares que pueden ayudarlos a quedárselos. Y el ejército después, si acaso, se los cuida.
Había otros argumentos, pero vuelvo a lo que más me sorprendió: que el segundo del ministerio de Defensa diga que nuestras fuerzas armadas no tienen hipótesis de conflicto –y no le importe a nadie. Aún cuando la ley 23.554 de Defensa Nacional, promulgada en 1988, diga tan claro en su artículo 8 que “el sistema de defensa nacional tendrá por finalidad: a) Determinar las hipótesis de conflicto y las que deberán ser retenidas como hipótesis de guerra; b) Elaborar las hipótesis de guerra, estableciendo para cada una de ellas los medios a emplear…”. Alguien debería explicar por qué no cumplen con la ley.
Una noche, a mediados de los noventas, estuve en una rara cena en la embajada de México –yo no suelo estar en esas cosas– con Dante Caputo y Raúl Alfonsín. En un momento comenté lo curioso de que hubiera sido Menem quien limó el poder del ejército argentino, y Alfonsín y Caputo dijeron que esa debilidad les parecía contraproducente. Les pregunté por qué y Alfonsín dijo que el ejército era necesario porque servía de contrapeso; que, sin él, la policía sería la única fuerza armada en la Argentina y que no habría quién la controlara.
Era una hipótesis de conflicto muy rara –ejército versus las policías– pero, por lo menos, era una. Si el gobierno sigue diciendo que no tiene ninguna, deberemos quedarnos con la sospecha de que, en realidad, las fuerzas armadas argentinas están ahí para mantener, dentro del país, el poder de los que tienen poder en la eventualidad de que los que no tienen puedan amenazarlo: para la represión, que es lo que siempre han hecho. Lo cual está muy prohibido por la ley de Defensa Nacional, pero ya sabemos cuánto pesa eso en la Argentina. En todo caso, insisto, vale la pena discutirlo en serio.
Cuando el año pasado se cumplieron los 25 años del retorno a la democracia mi balance personal se focalizó casi en una única variable, la más importante para mí desde los años bajo el gobierno militar y se trata del sueño de terminar con los militares y los valores castrenses en la sociedad: el autoritarismo, la violencia y la falta de racionalidad. La democracia y sus progresos siempre tuvieron una contabilidad algo simplificada en mí, ¿cuánto nos alejábamos de una sociedad militarizada?.
Durante los `80, los juicios a las juntas y el escarnio público fueron la fuente de mayor avance en ese sentido, también la disolución de algunas “hipótesis de conflicto” estúpidas como los que sosteníamos con Chile, en primer lugar, y algo larvadamente (aunque muy costosa económicamente) con Brasil. Ese período de Alfonsín fue determinante para afianzar la democracia y enfrentar los planteos militares que pretendían mantenerse como actores políticos en la Argentina. Siempre le exigí más a Alfonsín, pero lo que sucedió en esos años no fue poco, por el contrario, fue determinante. El pensamiento militarista, en ese entonces, se ocultaba en acusaciones como la “desmavilnización” y la desprotección de las instituciones militares.
Desactivar hipótesis como Antártida fue sacarles de las manos una gran porción de poder, presupuestos y razón para parasitar. El proceso de los `90, que tuvo sus reflujos, siguió siendo positivo. Durante el proceso hacia la reforma constitucional estuve principalmente dedicado a procurar el reconocimiento constitucional del derecho a la “Objeción de Conciencia”, el derecho a negarse a realizar el servicio militar obligatorio por razones morales. Teníamos que acabar con la más poderosa institución de disciplinamiento y militarización de la sociedad. Por esos años, desde el Taller Ecologista junto al SERPAJ, promovimos el reconocimiento a ese derecho y dimos cobertura a un grupo de “objetores”.
No logramos ese objetivo en la Constituyente de Santa Fe, nuestro lobby no pudo con los partidos políticos tradicionales, aún, con el Frente Grande, la novedad política de entonces.
Una situación muy loca vivimos cuando, en esos meses sucede el asesinato del soldado Carrasco en Neuquén. Ese hecho fue determinante para volcar la balanza, para que el Servicio Militar dejase de ser obligatorio. Menem, con su eficacia simplificadora, en agosto de 1994, borró del mapa una de las instituciones más tradicionales y aberrantes en la sociedad argentina. Una revolución, “Menem lo hizo” diría su propaganda electoral luego.
Desde entonces la historia ha sido muy distinta. Hoy los militares no son actores políticos, no deciden, no intervienen. Pero gastan plata y distraen aún recursos económicos y humanos que pueden ser destinados hacia otras áreas. Lamentablemente se incorporaron las mujeres al reclutamiento voluntario, una verdadera tontería.
Quiero aprovechar un artículo recientemente publicado por Martín Caparrós para reactivar el debate acerca de qué debemos hacer en materia de gasto militar. Son tantas las cosas que se podrían hacer con esos recursos. Podemos enseñar a miles de jóvenes a través de un servicio social voluntario a ayudar a la gente en situaciones de emergencia, a realizar tareas útiles, oficios, a manejar herramientas y no armas. Algunos dirán, “si el ejército acude en situaciones de emergencia!”, si, pero lo hace con instrumentos no aptos y gente no preparada para eso, podríamos hacerlo regularmente, hacerlo bien, con gente preparada y con los instrumentos necesarios. Hay tantas cosas que reparar, cuidar y rehacer en la Argentina, que tener gente grande haciendo simulacros de combates como chicos, gastando plata y aprendiendo lo que, si alguna vez se usa, será para dañarnos, es ridículo. Basta. ¿Quién querrá cerrar los cuarteles definitivamente?. ¿Cuándo?
Les dejo el artículo de Caparrós. a quien hay que agradecer su valentía y frontalidad. Ojalá haya quienes quieran seguir con el tema y seguir con el proceso de desmilitarización.
Cali
“El Taller Ecologista de Rosario viene realizando distintas campañas: * OBJECION DE CONCIENCIA: Un derecho humano que debe ser reconocido. En conjunto con el Servicio de Paz y Justicia y el grupo Nacimiento se inicia esta campaña a fines de 1993 con intensa actividad durante 1994. Se presentaron 7 jóvenes objetores de conciencia en Rosario y una mención en el nuevo texto de la Constitución Nacional. (Susana Moncalvillo, Dic.1995)”
Sui Generis, tema del disco que nunca fue (1975)
Adiós a las armas
A veces me da por preguntarme para qué tenemos un ejército. O, como yo no tengo nada: para qué existe el ejército argentino. M. Caparrós.
diario Crítica, 22.10.2009
Tampoco es que me suceda todo el tiempo, pero algunas tardes de esta primavera que no parece primavera me da por preguntarme para qué tenemos un ejército. O, como yo no tengo nada: para qué existe el ejército argentino. Durante más de un siglo, la respuesta fue más o menos clara: el ejército –tierra, agua o aire– era el reaseguro armado que tenían los ricos argentinos contra la posibilidad de un levantamiento de los sectores que querían compartir su poder, socavar su poder, sacarlos del poder. Así funcionó cuando se ac abaron las guerras territoriales –contra los indios, contra los paraguayos, contra las provincias– y los que se alzaban eran los radicales, en 1890, en 1905; así funcionó, a partir de 1930, cada vez que los gobiernos democráticos no parecieron aptos para mantener la hegemonía de los ricos –porque eran populistas, porque molestaban a las grandes corporaciones, porque no conseguían reprimir todo lo necesario– y entonces los señores convocaban un par de reuniones, doraban píldoras, prometían prebendas y mandaban al ejército a poner orden –y gobernar, junto con ellos, unos años. El ejército, en esos años felices, era uno de los polos de la política argentina y, precavidos, muchos ricos mandaban a algún hijo menor a formar parte de ese cuerpo, a mantener una mano en el pomo. Era lógico: necesitaban ese poder armado. Pero ahora –por ahora– la democracia les garantiza el control y la supervivencia del sistema, y los golpes están muy desprestigiados y terminan por salir muy caros, así que el ejército ya no les interesa. Por eso, entre otras cosas, lo fueron achicando; por eso, entre otras cosas, ya no mandan a sus hijos al Liceo y ahora los coroneles de la Nación no se llaman Anchorena sino Spichicuchi.
–Pero estimado, lo que usted dice son infundios, pura ideología. El ejército es el esqueleto de la patria, el legado del Libertador.
–Sí, ya sé, y también sirve para los desfiles. Pero últimamente no va mucha gente. Ya con la selección tenemos suficiente.
–Evite los golpes bajos, por favor. Nuestro ejército nos sirve sobre todo para defendernos de los enemigos de la argentinidad.
–Por supuesto. ¿Y cuáles serían esos enemigos?
La última vez –una de las muy pocas– que el ejército sanmartiniano peleó contra extranjeros fue en 1982, Islas Malvinas, y ya todos sabemos cómo fue: la tontería soberbia de pensar que una banda de inútiles mal preparados y peor equipados podía abollar siquiera la carrocería de uno de los ejércitos potentes de este mundo. Fuera de eso llevamos, grasiadió, más de cien años sin una pinche guerra externa. Y, lo mejor: sin grandes perspectivas de tenerlas.
En la paz, entonces, hay algo que los ejércitos sí suelen tener y que llaman, pomposamente –porque los términos científicos quedan bien, dan serio– “hipótesis de conflicto”. Hace años que me pregunto qué hipótesis de conflicto real puede sostener el ejército patrio. Con los ingleses ni hablar, porque no hay forma de que no perdamos. Con los birmanos, checoslovacos, norvietnamitas y otros demonios soviéticos va a ser complicado –para empezar, porque habría que encontrar una buena excusa; para seguir, porque viven muy lejos; para terminar, porque ya no existen. Con los franceses o los indios o los australianos tampoco suena lógico; quedan, por supuesto, los vecinos. La posibilidad de que vayamos al combate contra Chile, un suponer, por diez leguas de hielos continentales, o contra Paraguay por el agua de un estero, o contra Brasil por un casino en Iguazú o un penal mal cobrado es cada vez más tenue. El mundo actual está lleno de organizaciones y mecanismos para que eso no suceda, y el nivel de conflicto al que –eventual, remotamente– podríamos llegar con nuestros vecinos es perfecto para que lo solucione una de esas mediaciones.
Lo cual es tan afortunado porque, de todas formas, no estamos a la altura. Nuestro ejército –desprestigiado, descuidado, justamente reducido, mal equipado– no sería capaz de combatir dos días seguidos contra Brasil, que acaba de comprarse 17.000 millones de dólares en aviones, helicópteros y submarinos nucleares, y ni siquiera contra Chile, que también acumula fierros a lo bobo. América Latina sigue llena de pobres, pero nuestros vecinos están derrochando fortunas: el gasto militar en la región se duplicó en los cinco últimos años. Lo cual nos deja dos opciones: o sumarnos de atrás a una carrera carísima que no podemos permitirnos y vamos a perder de cualquier modo, o hacer de necesidad virtud y declarar que no queremos ni precisamos un ejército, transformar la Argentina en un país desarmado –o relativamente desarmado– y decir que somos los más buenos y razonables y maravillosos. Y quizás, incluso, alguien nos crea. Nosotros mismos, por ejemplo.
Sería fantástico. Una medida inteligente, desapasionada, modélica –y, encima, muy rentable. El presupuesto nacional de este año prevé gastar 5.900 millones de pesos, un 2.5 por ciento del total, en las fuerzas armadas. Esos 5.900 millones son más que los 5.000 que se dedican a la asistencia social, por ejemplo –que podría entonces duplicarse. O son un 66 por ciento del presupuesto de salud, que podría crecer en dos tercios, o el equivalente de 120 hospitales buenos nuevos. O un tercio más que el presupuesto de ciencia y técnica; un área que, si recibiera esa inyección, podría ayudar a intentar un país que dejara de ser el sojero de los chanchos chinos. Eso sin contar las numerosas posesiones de las tres fuerzas que podrían servir para escuelas, hospitales, empresas públicas, iniciativas mixtas. Y habría miles de empleados más o menos capacitados que podrían reciclarse en otros empleos –con un lapso largo de readaptación y seguro de desempleo a cargo del Estado. Muchos de ellos, incluso, podrían aumentar las fuerzas de seguridad –que ahora parece una de las prioridades de la política argentina.
Aún así, sería extraordinario. ¿Se imaginan el desfile del 9 de julio de escuelas, asociaciones, clubes de barrio, criadores de llamas y vicuñas? ¿Se imaginan el edificio Libertador sede de tres carreras de la UBA? ¿Se imaginan los dólares de los turistas japoneses por un crucero en verdadero portaaviones a la Antártida? ¿Se imaginan la cantidad de pilotos realmente preparados que podrían trabajar en Aerolíneas? ¿Se imaginan las grandes estaciones de experimentación agrícola de yuyito en las tierras ex-militares? ¿Se imaginan al presidente Pepe Mujica declarándonos la guerra para defender sus plantas de papel y a nuestro gobierno diciéndole que sí faltaba más con todo gusto pero nosotros no hacemos esas cosas, que si quiere invadir que invada nomás, que la fuerza es el derecho de las bestias?
Quedaríamos tan bien, sería todo tan lindo: nada te legitima tanto frente a una situación de conflicto como no querer ningún conflicto. Solucionaríamos un par de problemas acuciantes y, de yapa, seríamos un país envidiado, estudiado, un caso testigo, un orgullo menor en una época en que andamos tan escasos de orgullitos: de cómo una sociedad se desembarazó de un parásito arcaizante que no le servía para nada y consiguió convertir esos recursos perdidos en beneficio para su sociedad. Porque, de todas formas, insisto, lo que tenemos es un ejército de utilería, de opereta: un ejército que sirve para decir que tenemos un ejército pero no tiene hipótesis de conflicto razonables ni medios para llevarlas adelante. En tales condiciones, no tiene ningún sentido conservarlo. A menos que los ricos quieran guardarlo por si de nuevo necesitan patotearnos y matarnos; si así fuera no deberíamos pedir su cierre para mejorar un par de cosas; deberíamos exigirlo por puro instinto de supervivencia. Lo digo en serio: me parece que vale la pena pensarlo, darle vueltas, proponerlo. Es el momento, como casi siempre.
Con la camiseta del colegio Ecos, Luis Alberto Spinetta tuvo su único contacto con la prensa antes del show en Vélez, el 4 de diciembre. Y regaló un tema inédito, dedicado a los padres de la Tragedia de Santa Fe.
Diario Crítica, 28.10.2009
Verborrágico. El Flaco Spinetta concentró los temas: habló de Charly García, de Mercedes Sosa y del show con las que dio en llamar las bandas eternas.
Apareció vestido con la camiseta del colegio Ecos: “Todos fuimos, todos somos, todos podemos ser”. Y lo primero que hizo fue cantar una canción nueva, dedicada “al 8 de octubre y a los padres de la Tragedia de Santa Fe”. En su único encuentro con la prensa previo a su sho w en Vélez el 4 de diciembre próximo, Luis Alberto Spinetta eligió empezar por tomar su guitarra para entonar las estrofas de “Retoño”.
“Me parece una ofrenda para ustedes empezar con esta canción que está dedicada a los padres de esta tragedia. Pero tengo una pena y es que la Justicia no se hace cargo de una persona que no debió estar en un micro, no debió pasarse de carril y terminar con tantas vidas”, dijo, en referencia al fallo que el lunes absolvió al conductor del micro del desastre, ocurrido en octubre de 2006. “Por eso tengo puesto este emblema, que es una causa prácticamente interminable para mí”, remató el músico, ligado a los familiares desde el primer momento.
(1976)
Antes de abrir el juego a las preguntas de los periodistas, El Flaco habló de este y otros temas. Como su reunión, sobre el escenario de Vélez, con Charly García. “Quiero contarles que fue un enorme honor para mí ser invitado por Charly García. Pude charlar con él, hablar de música, fue un diálogo entre músicos, amoroso, firme. Y fue una alegría estar en un show tan impresionante y el hecho de que Charly nos pueda dar su música”.
También recordó con emoción a Mercedes Sosa: “La cantora viajera que se fue me hizo un regalo impresionante, fue el 23 de diciembre pasado, cuando grabé con ella “Barro tal vez”. Ella me tocó con su magia, me dejó un regalo alucinante, para toda la vida. Cuando éramos chicos y cantaba la zamba pensaba qué lindo sería que la cantara Mercedes Sosa. Mucho tiempo después, Dios me dio ese lujo”. Y sobre el megashow de “Spinetta y Las Bandas Eternas” dijo que “fue una idea de la producción”. “Es otra alegría enorme hacerlo: presentar a las bandas eternas, como les puse, es un momento de entrega total, de devolver el amor que la gente dio todo este tiempo y que ya este pinche cabrón, como dice el maestro Castaneda, sea el anfitrión. Estoy en un momento de entrega total, y presenterme con mis bandas es un lujo. En este show no se habla de ninguna oferta, más allá del deseo de los músicos de reunirse. El rédito es la música y poder compartir una noche espectacular. Porque es una vez: no voy a salir de gira con esto”.
(1997)
También hubo palabras cariñosas para León Gieco, cuyo documental Mundo Alas, dijo Spinetta, merece el Oscar. “Después de esa gira mágica, cualquier otro intento de hacer algo sería ególatra y mezquino. Es una fuente de inspiración sentir que otros pueden hacer mucho más que vos”.
Y Spinetta habló de deseos. De cumplir 50 años con esta música, “tan eterna como la edad astronómica en relación a los hombres”.
Con las entradas ya a la venta, el concierto de diciembre tiene, según sus palabras, origen en el “amor y el respeto a la música y a estos músicos”. Y bromeó:“Lo hago porque no se me ocurren temas nuevos”.
Creo que el sábado por la mañana escuché esta noticia, una señorita de Movistar hablaba muy entusiasta en una entrevista por un programa radial, pauta comercial mediante, quiero creer al menos, sobre el lanzamiento del campeonato argentino de SMS…
Resulta que la habilidad de la que se trataba buscar era aquellas personas que más rápido envíen SMS…
Quedé impresionado porque el marketing no tiene fronteras cuando toma ese rumbo mágico de la idiotez humana y el vacío absoluto. Resulta que tendrá a miles de adolescentes (claramente adolescentes) enviando a mansalva SMS en sus teléfonos compitiendo a ver quién escribe más rápido. Se busca al SMS más veloz de la Argentina. Para qué? para llevarlo al campeonato mundial.
Aquí la noticia que extraigo de la página de LG/Movistar:
Movistar y LG lanzaron hoy el primer Campeonato Argentino de SMS para encontrar a la persona que escriba el mensaje de texto más rápido del mundo. Los dos argentinos que escriban más rápido representarán al país en el Campeonato Mundial que se disputará en noviembre en los Estados Unidos.
El LG Mobile World Cup 2009, que llega por primera vez a la Argentina de la mano de Movistar, se llevará a cabo en simultáneo en 16 países, entre los que se encuentran Rusia, Indonesia, México, Sudáfrica, España, China y Corea del Sur.
Los participantes competirán durante aproximadamente un mes para demostrar sus habilidades en la escritura de mensajes de texto, basados en la velocidad y la precisión. La competencia local, que incluirá no sólo a Buenos Aires, sino también a participantes de todo el país, finalizará el viernes 30 de octubre en el Luna Park, en un evento que tendrá las presentaciones en vivo de Kuday, Airbag y Dante Spinetta.
No tiene límite la estupidez ni la inutilidad. Quedé preocupado por los chicos que participarán, qué buscarán? Qué descubrirán al hacerlo? Cuánta plata más recaudará Movistar durante ese período? Puede ser cierto?
En esas cavilaciones, durante la tarde, me encontré con otro joven y otras teclas. Como decía Hesse, todo encuentro casual es una cita. Hacía rato que quería conocer a Horacio Lavandera, esa joven estrella del piano, ahora mundial. Su último disco, producido en el nuevo sello discográfico “Calle Angosta” dirigido por Lito Vitale.
El disco es “Compositores Argentinos” (2009). Como me gustan las obras que interpretaba me le fui derecho, CD + DVD. Excelente por todos lados, todo música. Horacio Lavandera tiene 24 años. No se si envía SMS con rapidez, pero la habilidad de sus dedos sobre las teclas tiene un merecido podio. Gracias a Zeuz que sigan saliendo talentos así. Lavandera hoy vive en España.
Me gusta compartir a Julian Aguirre, “inventor” o uno de los inventores de la música argentina. Son dos obritas bastante conocidas que datan de 1917 y 1918. Escuchen a Lavandera mandando sus SMS.
Lo he dicho varias veces, el suplemento Radar de Página/12 es para mí el mejor suplemento dominical de los diarios en Argentina. Siempre tiene lo que necesito y quiero leer y, a veces, me saca de la comodidad y me hace animar a cosas nuevas. Para mi es lejos, lo mejor que se publica los domingos. Aunque de Página/12 (el diario) estoy cada vez más alejado, pero bueno.
Este domingo pude hojearlo y entre las cosas que traía estaba esa sección en la que un artista elige una obra, sección simple, pero es un juego interesante que permite aproximarse a canciones y obras de un modo diferente.
Esta vez le toco a una de Ivan Lins y una favorita mía también “Começar de novo”. Canción que descubrí del casete “Pedaços” (1979) de Simone. Ese casete, por ese tiempo, conformaba una unidad inseparable con el radiograbador de Guillermo y sus mates.
Ivan Lins es una usina infinita de canciones. Esta es solo una.
La nota.
Cali
Domingo, 18 de octubre de 2009
FAN > UN MUSICO ELIGE SU CANCION FAVORITA
Haberme ya golpeado y sobrevivido
Por Guillermo Fernandez
Hay un tema que marcó prácticamente toda mi vida, es “Começar de novo”, de Ivan Lins. Lo conocí en el año ‘78, cuando recién salía, y me alucinó como músico y me cautivó por su letra. Es una canción que me apoyó en diversos momentos de mi vida, al punto que terminé comprendiendo que a lo largo del tiempo sigue siendo un himno para mí, escuchándola permanentemente. Me alienta en situaciones a veces difíciles de la vida, y me inspira profundamente en lo musical.
Conocí la canción gracias a un gran músico amigo, el rosarino Lalo de los Santos, que formaba parte de un gran grupo en el que estaban también Fito Páez, Silvina Garré, Juan Baglietto, Jorge Fandermole y otros, con quienes conllevamos un montón de lindos momentos. Los conocí a todos ese mismo año: yo estaba grabando en la compañía EMI, en la calle Mendoza, e ingresando a sus estudios me encontré con este grupo de chicos, muy hippies, sentados en el hall de entrada. Pregunté por ellos y me contaron que eran una banda de talentosos músicos recién llegados de Rosario, y que ese mismo día grababan ahí. Así que, estando yo en el estudio de al lado, pasé un rato a escucharlos. Ahí estaba esta sinfónica pop rock, e inmediatamente tuve la sensación de que a partir de ellos cambiaría el panorama de la música en Argentina.
En 1978 Lins grabó ese tema en Brasil, acá no se había editado, así que nos pasábamos casetes truchos y cuando una copia de ese casete llegó a mis manos vía Lalo, fue un punto sin retorno: ya no pude olvidar esa canción nunca más. Cuando falleció Lalo se pasó ese tema, “Comenzar de nuevo”, en su funeral. Su hijo se llama Ivan, en homenaje.
En el momento en que grabó esa canción Lins era un artista prohibido por sus letras; sus canciones era realmente muy revolucionarias para ser parte de la música pop de aquellos tiempos. “Comenzar de nuevo” es la historia de una persona que después de un momento muy difícil –en la situación en que se encontraba Brasil en esa época, como otras partes de Latinoamérica– se levantaba después de un secuestro. Ahí es que dice: “Comenzar de nuevo y contar conmigo / va a valer la pena haber amanecido”. Es como un canto permanente al levantarse después de la desgracia, a tomar impulso, a cobrar fuerzas y seguir adelante.
Con esa fuerza, con ese aliento, la canción me acompañó en momentos conflictivos, en situaciones difíciles de trabajo, en momentos de dolores fuertes, de pérdidas, de muertes. Siempre está esta canción a mano; la busco permanentemente. Es un tema que considero muy altruista, y que me resulta muy fuerte, capaz de devolverme raudamente al espacio donde yo necesito estar. La canción estuvo conmigo en la enfermedad y muerte de mi hermana. En el año ‘74, cuando el papá de mi novia de entonces, la mamá de mis hijos, fue secuestrado y torturado por la dictadura, escuchando esa canción tomé fuerzas para cruzar el umbral de la Décima Brigada en Palermo para hablar con “Adolf” Harguindegui y preguntar por él. La canción también me acompañó cuando, a principios de los ‘90, fui estafado por un productor importante y una compañía muy grande en Estados Unidos, y como consecuencia estuve vetado en todas las discográficas, y sin poder cantar tuve que dedicarme a otra cosa. Fueron tres años, tiempos muy difíciles para mí en los que seguí regresando a esa canción como un nuevo punto de partida.
En todas esas épocas, como en aquellos años complicados pero de mucha efervescencia creativa de los inicios, “Comenzar de nuevo” estuvo siempre ahí, dando fuerzas, levantando el ánimo, poniendo la energía para ir para adelante a pesar de todo.
Simone - Começar de novo (1979)
Comenzar de nuevo (Começar de novo)
Letra: Ivan Lins, Vitor Martins
Começar de novo e contar comigo Vai valer a pena ter amanhecido Ter me rebelado, ter me debatido Ter me machucado, ter sobrevivido Ter virado a mesa, ter me conhecido Ter virado o barco, ter me socorrido
Começar de novo e contar comigo Vai valer a pena ter amanhecido Sem as suas garras sempre tão seguras Sem o teu fantasma, sem tua moldura Sem suas escoras, sem o teu domínio Sem tuas esporas, sem o teu fascínio
Começar de novo e contar comigo Vai valer a pena já ter te esquecido Começar de novo
Guillermo Fernández y su Orquesta Típica estará presentando por estos días su nuevo CD, Deseo, que rescata el espíritu de las orquestas típicas de los ‘50, a través de un repertorio que incluye clásicos como “Corrientes y Esmeralda”, “Niño Bien”, “Viejas alegrías” y “El llorón”, y obras propias de Fernández nuevamente junto al poeta Luis González (“Deseo”, “Dame una razón para olvidarte” y “Petróleo”). Los próximos viernes 23 y sábado 24 de octubre, en Torquato Tasso, Defensa 1575.
Ivan Guimaraes Lins (Río de Janeiro, 1945), se graduó como químico industrial en 1969, pero para entonces ya se había producido el inicio formal de su carrera musical, que tuvo lugar cuando tenía 18 años, en 1963. Por esa época pasó por varias bandas y varios festivales. Entre algunos de sus grandes éxitos de los ‘70 se cuentan la canción “Somos Todos Iguais Nesta Noite” (compuesta junto a Vitor Martins), que está incluida en el disco homónimo, de 1977, que incluía también hitos previos como “Aparecida”, “Dinorah, Dinorah” y “Maos de Afeto”. El tema “Começar de Novo” apareció en uno de sus discos más inspirados de esa década: A Noite, producido por Milton Miranda para EMI Odeon, y compuesto por temas escritos junto a Vitor Martins, entre los cuales se destacan “Desesperar, Jamais” (un samba en guitarra, interpretada con la participación de Roberto Ribeiro), “Antes que Seja Tarde”, “Saindo de Mim”, “Formigueiro”, “Velas Içadas”. “Começar de Novo” se convirtió en un gran éxito a principios de 1980, en la voz de Simone, para su disco Pedaços.
En 1984 Lins se presentó por primera vez en la Argentina, en el Luna Park, con un show televisado por ATC en el que participaron León Gieco, Luis Alberto Spinetta y Pedro Aznar. Entre los artistas que grabaron temas de Ivan Lins alguna vez se encuentran Ella Fitzgerald, Patti Austin, Sarah Vaughn, Lee Ritenour, Dave Grusin, Carmen McRae, Nancy Wilson, Take Six, Sergio Mendes, George Benson, Manhattan Transfer, Herbie Mann, Terence Blanchard, Toots Thielemans, Sting, Chaka Khan, Brenda Russell, Diane Schuur y Barbra Streisand, con una versión no muy aceptada de “The Island”, según se conoce por su título en inglés “Começar de Novo”. Lins volvió a grabar su tema a principios de los ‘90 para The Brasil Project, convocado por el armoniquista belga Toots Thielemans (donde participaron también Caetano Veloso, Djavan, Chico Buarque, Milton Nascimento, Gilberto Gil, entre otros), y con Simone en 1999 en su cd / dvd en vivo Cantando Histórias, grabado en el Café Teatro Arena de Rio.
No hay una única razón por la que hago este blog. En principio, compartir algunas cosas que me parece merecen ser compartidas. Cosas que no desarrollo en otros sitios y que hacen a cultivar la amistad con quienes la distancia y la falta de tiempo no nos permiten frecuentar la conversación.